domingo, 18 de junio de 2017

UN ESCRITOR OPORTUNO

En 1969, en su famoso ensayo La nueva novela hispanoamericana, Carlos Fuentes le dedicaba un capítulo a Juan Goytisolo junto a los dedicados a Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. La decisión era muy significativa: Fuentes convertía a Goytisolo ni más ni menos que en un homólogo de los grandes del boom. Los maliciosos, de hecho, interpretaron que Fuentes le estaba regalando un simbólico quinto sillón de lo que consideraban un club exclusivo, junto a los cuatro latinoamericanos de moda (la mafia). Pero lo cierto es que no son muchos los novelistas españoles que han tenido ese tipo de generosos reconocimientos al otro lado del océano (quizá un caso comparable sería ahora el de Vila-Matas). Ni Cela ni Delibes lo tuvieron, por ejemplo.
Sin duda, Señas de identidad no puede estar a la altura de Rayuela o Cien años de soledad, pero ese es en realidad un asunto menor, porque la importancia de Goytisolo en esos intensos años es incuestionable. Su desarraigo, su impugnación radical de la España franquista, su inquietud por encontrar la solución formal adecuada para la novela como género, le situaron durante mucho tiempo en posición permanente de vanguardia literaria (más que sus hermanos). Primero, practicando y a la vez problematizando el realismo social español. Después, descubriendo como tantos otros la Revolución Cubana y la pujanza cultural de América Latina, e incorporándose a la utopía transformadora. Su dinamismo muchas veces pareció inagotable, de Formentor a París, pasando por La Habana. Pero pronto llegaron los costes, empezando por la dura polémica a propósito de Cuba. Y, sobre todo, llegó a España la democracia.
En los ochenta, el Goytisolo inquieto y lleno de energía literaria aún mantuvo la iniciativa con sus memorias de Coto vedado, tan superiores a las de sus compañeros de generación, como Barral o Caballero Bonald. Y no sólo por el tema homosexual, sino por otros aspectos, como la inclusión de las sobrecogedoras cartas de los esclavos de la familia Goytisolo en la Cuba colonial. Esas son memorias de verdad interesantes, con imaginación creativa, no las bobadas de tanto ego inflado que han inundado desde entonces las librerías.
Sin embargo, sabemos que no es fácil resistir en la vanguardia. Algunos artistas que fueron muy audaces en su tiempo hoy bordean el ridículo en televisión (como Jodorowski). En el caso de Goytisolo, la democracia diluyó progresivamente su prestigio por culpa del lavado de cara de la España modernizada. La automarginación marroquí sin duda contribuyó a esa postergación, pero también hay razones externas fáciles de comprobar. En la era socialista, en una España cada vez más europeizada, el destierro perdió valor como gesto, como actitud contestataria; quién va a ponerse a reivindicar al conde don Julián en tiempos de crecimiento económico y libertad gozosa. La España sagrada que Goytisolo quiso destruir con sus novelas pareció desvanecerse rápidamente, gracias a gansadas como la "movida" y a nuevos escritores convencidos de que el Estado ya no era el enemigo y que se podía pactar sin problemas con el poder.
Así, a pesar de algunos momentos de Ferlosio y luego de Chirbes, nos fuimos quedando sin escritores agresivos y problemáticos y fuimos condenando a la obsolescencia una determinada forma de ejercer la crítica hacia la realidad. Y todo para quedarnos con modelos como Pérez-Reverte, tan agresivo a su manera. Pero la España sagrada, corrupta y mezquina no se había ido del todo, y ahora lo sabemos. La democracia ya no puede ocultar la inmoralidad y la podredumbre acumulada en décadas de olímpico autobombo, codicia insaciable y mediocridad contrarreformista. España, con sus condecoraciones a las vírgenes, sus rectores que plagian y sus patriotas con ahorros en Suiza y Andorra, sigue siendo un fracaso como proyecto, y ya se nos han acabado los motivos para la euforia. Por eso nos hubieran venido bien unos Goytisolos que cuestionaran los mitos de progreso que hoy se desmoronan. Pero no los tuvimos.

No se trata de volver a consagrar a escritores malditos. Bastaría con encontrar algunos que conozcan y propaguen las ventajas morales del desarraigo. Porque las tiene. Aunque el final del escritor desarraigado, como en este caso, pueda ser muy triste.

domingo, 4 de junio de 2017



ERROR MÁS ERROR

La desorientación política de estos tiempos posutópicos empieza a crear, sobre todo en países como España, escenarios sorprendentes, resultado de la mezcla de las nuevas formas tecnológicas de simpleza y la extendida ansiedad por encontrar soluciones inmediatas y superficiales. En el caso del PSOE, el partido sigue sumando errores a la interminable decadencia. Es verdad que la decadencia se explica en cierto modo por el declive de la socialdemocracia europea, que ya ha llegado al límite de sus promesas, pero también se explica por razones endógenas: el bajo nivel retórico y argumentativo de muchos de sus dirigentes, el pésimo ejemplo que dan los vínculos de algunos nombres ilustres con la oligarquía, y en general la petrificación organizativa del partido, cómodamente aburguesado desde hace décadas e incapaz de problematizarse a sí mismo y por tanto de comprender las nuevas necesidades sociales.
En ese sentido, lo sucedido en los últimos meses revela una descomposición muy profunda, aunque, eso sí, con cierto interés narrativo. Hay que reconocerle a Sánchez –o, más probablemente, a sus asesores- el modo en que ha sabido culminar su resurrección y tener por fin un mínimo de carisma en forma de pseudorrebeldía, después de tantas ideas peregrinas y recursos de persona ruiz. Personalmente, me alegra que alguien con un nombre tan parecido al mío suene todos los días en los medios e incluso parezca triunfar, ya que eso tal vez me quite la idea de cambiar mi firma y publicar como Pablo Umbral o algo parecido (no es fácil ser Sánchez, admitámoslo). Pero todos sabemos que la aparente tenacidad del nuevo secretario general no es más que una fórmula mercadotécnica, la única que le ha funcionado después de los fracasos sucesivos de su discurso acartonado y hueco. Lo interesante, de todos modos, será comprobar si su imagen de indómito le dará gasolina hasta las próximas elecciones. Teniendo en cuenta el infantilismo y la desmemoria crecientes de la sociedad española, cabe la posibilidad incluso de que remonte a base de gestualidad izquierdista y falso aplomo reivindicativo.
La democracia liberal es a menudo impredecible, y se supone que esa es una de sus virtudes, aunque muy a menudo lo imprevisto es sólo la variante menos mala de las posibles. Algo así sucede con los experimentos socialistas. Asombra, sin embargo, la obstinación de muchos socialistas de peso en defender la idoneidad de alguien como Susana Díaz, tan marcada por la ambición, los sonsonetes y una fibra tradicionalista que mal se puede esconder detrás de lo que llamaríamos eufemísticamente su “perfil regional”. Ya se vio su oportunismo cuando rompió el pacto con Izquierda Unida para acabar pactando de nuevo pero con Ciudadanos, y poco más se puede decir de una candidata a la que la propia derecha y sus voceros respetaban de forma muy evidente. En cualquier caso, sorprende la incapacidad de los cerebros del partido para no percibir que su estilo acomodaticio difícilmente podría devolver la ilusión a unos simpatizantes necesitados de más agresividad, aunque sea puramente verbal, en tiempos de irritación crónica.
Naturalmente, esa es sólo la última secuencia de la cadena de errores de un partido anquilosado por la nefasta y perpetua sombra del felipismo y del cebrianismo, y que Rodríguez Zapatero terminó de hundir. Sin duda, también se puede argumentar que parte del declive del zapaterismo tiene que ver con factores externos, como la crisis del euro y las restricciones de la política europea. Pero hay aquí un margen de responsabilidad individual ineludible que dañó de manera enorme la confianza de los ciudadanos españoles en sus dirigentes. Zapatero creyó –y no le niego la honestidad- que la reforma exprés de la Constitución en agosto de 2011 era una medida necesaria y urgente, y actuó seguramente motivado por un cierto sentido patriótico. Pero aquel día hundió su partido, les dio argumentos a los independentistas catalanes (que no los tenían), llevó la democracia parlamentaria a las tinieblas por no decir a las cloacas, rindió la soberanía nacional a monstruos tecnocráticos y confirmó la vileza internacional del capitalismo financiero. No es poco para un día, y para una decisión. Y encima ganó dinero con ello vendiendo el relato de su cobarde gestión.
Hay errores graves y errores fatales, y luego están los errores sin autocrítica, que tienen otro efecto añadido: tienden más a reproducirse. Esa es la situación del socialismo. Veremos cuál es su próximo error. Viendo a Sánchez cantar la Internacional, no cabe duda de que queda poco para saberlo.

domingo, 21 de mayo de 2017

CARVALHO RELOADED


He tratado de revisar metódicamente mis sentimientos a veces contradictorios ante la noticia de que el escritor Carlos Zanón será el encargado de revivir el personaje de Pepe Carvalho para una próxima novela que continuará las andanzas del detective creado por Vázquez Montalbán. Una vez concluido el autoanálisis, el resultado me parece claro: envidio a Zanón. Más allá de purismos y de traiciones, más allá de los evidentes riesgos de una estrategia descaradamente mercantil, intuyo que me gustaría tener algún día una oportunidad como la que ahora tiene Zanón. Aunque, también es verdad, seguramente yo firmaría con seudónimo (Raúl Garay, por ejemplo). Porque practicar estos juegos tiene sus peligros, como cuando José Luis Garci se atrevió a jugar ni más ni menos que con Sherlock Holmes, con resultados catastróficos. Veremos qué tal le va a Zanón.
Este fenómeno no es nuevo y forma parte desde hace mucho del código de conductas de la cultura masiva, pero quizá haya que temer una expansión en los próximos tiempos de ese concepto franquicial de la literatura. Al fin y al cabo, solo sería un nuevo paso en la asimilación por parte del mundo literario serio de técnicas y procedimientos mercadotécnicos procedentes de formas artísticas como el cine o incluso el cómic. Una asimilación seguramente inevitable en la fase actual de hipercompetencia capitalista, en la que el sueño de la profesionalización del escritor se está precarizando y no es extraño ver a escritores aceptando ofertas que harían vomitar a los bohemios de los buenos tiempos.
Sin duda hay una “alta literatura” que no se ha contaminado del todo, pero tal vez acabe siendo irremediablemente marginada ante estos nuevos productos, más aptos para las exigencias de ese mercado en el que ya estamos todos, mal que nos pese a algunos. Sin entrar en los casos muy conocidos de las sagas de Pérez-Reverte o Ruiz Zafón, ¿acaso El monarca de las sombras no es, o se vende como tal al menos, una segunda parte, es decir, una especie de secuela, de Soldados de Salamina? Es probable que las estrategias de mercado procedentes de las grandes industrias de la cultura global estén penetrando mucho más en las expectativas de autores y lectores de lo que pensamos.
Ante ese panorama, deberíamos empezar a cambiar nuestras categorías de análisis, de modo que veamos Juntacadáveres como la precuela de El astillero, y Cien años de soledad como un primer crossover, por la presencia de (si no me falla la memoria) de Victor Hugues, Rocamadour y Artemio Cruz. Pero puede que el peligro sea mayor, y temo que ahora he de ponerme profético: el descenso evidente de los beneficios económicos por derechos de autor en tiempos digitales quizá lleve en un futuro próximo a nuevos “modelos de negocio” en los que los personajes sean vendidos o alquilados como Carvalho. Viendo lo que es capaz de hacer Andrew Wylie con el legado de Bolaño, debemos estar preparados para todo cuando el superagente vea la oportunidad de sacar dinero antes de que caduquen los derechos de autor. Y es que en un mundo saturado de relatos y en el que cada vez es más difícil ser original, tal vez el futuro de la imaginación literaria dentro de unas décadas estribe en la reescritura permanente de la literatura previa para satisfacer la demanda de unos lectores infantilizados y ansiosos por regresar una y otra vez a sus héroes.
Sí, ya sé que suena obsceno y tremendista, pero déjenme completar la profecía. Imaginemos algunos posibles títulos: Rayuela 2: qué le pasó a Horacio OliveiraLuces de bohemia: cuando Max conoció a Latino, La Regenta liberada (sobre la vida sexual solitaria de Ana Ozores), The Walking Dead: Arrival to Comala, y el reboot Cien años de soledad: el otro manuscrito, en el que descubrimos que Melquíades tenía escondido otro manuscrito y que Macondo puede reconstruirse a través de un resto de ADN de los Buendía o algún agujero de gusano cuántico. Aunque también podemos ser más ambiciosos y mezclar personajes libres de derechos de autor de diferentes novelas: así, igual que existe en cómic La liga de los hombres extraordinarios, a alguno se le ocurrirá La liga de los héroes de la modernidad, en la que Hans Castorp, Stephen Dedalus, Marcel, Gatsby y alguno más se unen para formar un extravagante e incompetente grupo de rescate que, por supuesto, fracasará a la hora de salvar a su amigo Joseph K. de una muerte segura e injusta. Y ya puestos, no vendería poco un Cincuenta sombras de Larsen, en el que el proxeneta monta por fin el superprostíbulo con todas las prostitutas del boom, desde Eréndira hasta Alejandra Vidal pasando por la Manuela. La lista de experimentos es interminable y también podríamos abrir una serie de grandes duelos literarios: por ejemplo, encerrando en una sala a un personaje narrador de Fernando Vallejo y a uno de Javier Marías, a ver cómo acaban y quién deja hablar a quién. 
La única esperanza que tenemos es que nunca acierto en mis profecías. Pero alguna vez lo conseguiré.


domingo, 7 de mayo de 2017

EL NUEVO ENEMIGO DE LA LITERATURA


No, no me refiero a los presentadores de la televisión que, como mi excompañero de carrera Jorge Javier Vázquez, acaparan la mesa de novedades incluso en el gran día de la cultura que es Sant Jordi, y la atiborran de fatuidad y cosmética mientras algunos intentamos organizar la denuncia por intrusismo profesional. Tampoco me refiero a Mercedes Milá y su nefasto programa pretendidamente democrático, con sus Mama Chicho de la puerilidad lectora y su apoteosis del like como criterio estético. Ni al creciente fenómeno de los booktubers, productos de la pedagogía Flanders que nos domina desde hace tiempo y que han conseguido que algunos revaloricemos inesperadamente la obra de don Marcelino Menéndez Pelayo y la de cualquier fósil del mundo analógico. Y tampoco me refiero a ese viejo enemigo que llevo toda la vida aguantando, el grupo PRISA, que después de décadas de ejercer su hegemonía se está volviendo casi entrañable en su decadencia, convertido en nido de carcamales millonarios antipodemitas aterrados ante la perspectiva de quedarse sin su soñado premio Cervantes (y hay al menos dos que sueñan ya con el Nobel).
No, hay otro enemigo más discreto y subterráneo; más propicio, en definitiva, para la paranoia. Un rival enigmático cuyo poder se está extendiendo de forma poco visible y que está colonizando comportamientos a marchas aceleradas. La elite académico-humanística, como siempre, no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde y el daño sea irremediable; aunque no sé si incluso un superhéroe como Bourdieu hubiera podido enfrentarse a un villano como él. El enemigo tiene nombre extranjero, como buen malvado exótico, y parece personaje de novela negra nórdica o delantero danés barato adquirido en el mercado de invierno de fichajes. Su nombre es Nielsen.
Sí, Nielsen. Tendremos que redefinir el esquema de la comunicación de Jakobson y darle su puesto como factor de la literatura del siglo XXI, sobre todo en un país como España, tan proclive al yugo de la codicia. Nielsen es una base de datos por suscripción con resultados de ventas de libros y, por tanto, el equivalente literario de los medidores de audiencia televisiva; pero también es, como me dijo un editor, algo parecido a la lista de morosos de los bancos, por la que cualquier escritor publicado queda marcado por su nivel de rentabilidad, es decir, su capacidad de crédito, nuevo concepto socioliterario. Esa capacidad de crédito es lo que puede determinar su trayectoria posterior mucho más que los otros supuestos factores del éxito literario en el neoliberalismo cultural actual.
Nielsen está barriendo con todo y pronto no quedará nada. Nunca el capital había tenido un esbirro tan eficiente en el terreno cultural; el refugio del arte puro se está quedando sin oxígeno y no habrá más remedio que salir a la superficie. ¡Ríndete, humanismo tradicional de Auerbach y Curtius! Estás en vías de extinción, porque ya ni te va a salvar el dinero público. ¡Y tú, Onetti, no te quejes tanto, que te hubiera ido mucho peor si te hubieras encontrado con Nielsen! Ni en la cama hubieras estado a salvo. Porque Nielsen es una fuerza seductora y aparentemente inocua, pero cuando ya te vuelves adicto es imposible escapar. Hasta qué punto los editores están ya contaminados por ese virus, es difícil de saber, conociendo la sinceridad del gremio. Pero conociendo la avaricia predominante, podemos temernos lo peor.

Nielsen va camino de ser el HAL 9000 de la cultura capitalista, pero debería andarse con cuidado. Algún día habrá una resistencia organizada. Mientras tanto, ya podrían los de Anonymous hackearlo y cambiar los datos de Pérez-Reverte por los míos. 

domingo, 23 de abril de 2017


LA IZQUIERDA Y EL NORTE

Los dos movimientos que en estos años han propuesto de una manera u otra la impugnación del Régimen del 78, surgidos ambos de una importante movilización popular y marcados por una aparente voluntad transformadora e incluso constituyente, se encuentran ahora en una situación de encrucijada que no invita precisamente al optimismo. En el caso del independentismo catalán, la obstinación es ya chulesca y se va tiñendo cada vez más de dogmatismo asfixiante y vulgar sedición. En el caso del 15-M, los autoproclamados herederos de su legado político se están enfrentando con poca pericia a las complejas exigencias que implica la incorporación al orden político liberal y parlamentario, y están perdiendo aceleradamente la iniciativa de que gozaron, con astucia que hay que reconocer, durante al menos un año o dos. En ese sentido, el espectáculo ofrecido en Vistalegre II (a lo que habría que sumar algunos otros ejemplos posteriores) no sólo mostró la dificultad de organizar una estrategia política real que encaje no en la calle sino en el parlamento; también mostró la peor cara de su narcisismo de generación LOGSE, sin que le puedan echar esta vez la culpa a los medios de comunicación de la oligarquía. En este caso, fue el propio placer infantil por la sobreexposición mediática el que ofreció una imagen general de inmadurez, descoordinación y lucha de egos.
En ambos movimientos ha pesado mucho, creo, una percepción ambiciosa pero irrealista de “la mayoría” a la que creen representar y defender. Los resultados electorales, en cambio, demuestran que el ideal moral de justicia social de la izquierda está lejos de ser mayoritario y que los impulsos transformadores más o menos sustanciales tienen límites evidentes. En todo caso lo único que crece es la respuesta nacionalista a los problemas, es decir, el repliegue egoísta, sea –mal que les pese a algunos la comparación- en versión anglosajona, francesa o catalana. En el fondo, no es de extrañar, teniendo en cuenta que la quimera de la globalización próspera y feliz cada día engaña menos, y que soluciones como el keynesianismo o las burbujas crediticias ilimitadas parecen ya gastadas, con lo que el capitalismo nos conduce una vez más a su intrínseco sálvese quien pueda.
Con todo, en el caso español, la posición de Unidos Podemos, aunque sea en sus niveles actuales, parece imprescindible desde la perspectiva de los que creemos en la necesidad de que haya algún freno a las interminables coacciones del gran capital y sus mafias corruptas para afectar a los intereses públicos. La disolución de Izquierda Unida en la nueva coalición, desgraciadamente, parece ya irreversible, para tranquilidad de Tania Sánchez, y poco o nada se puede esperar del PSOE, gane quien gane las primarias (ganará Cebrián, seguramente). Ahora bien, un partido con cinco millones de votantes debe afrontar la responsabilidad evidente que supone tener una oportunidad real de gobernar, aunque sea una oportunidad remota y siempre dentro de un pacto. Julio Anguita, por ejemplo, nunca llegó a esos niveles, ni en sus mejores tiempos, y por eso Felipe González pudo despreciar sus ofertas de pacto. A corto plazo, parece indiscutible que PSOE y Podemos, a pesar de que la distancia simbólica entre ambos se agranda cada día, están condenados a entenderse y a pactar porque ninguno podrá gobernar en solitario. Esa es la clave del futuro inmediato, aunque no sea fácil el arreglo. La victoria de la doctrina resistencialista de Iglesias frente al posibilismo de Errejón lo complica todo más, pero es difícil de creer que Iglesias pueda realmente ampliar mucho más su base social, aun contando con que el PSOE no haya tocado fondo, o que pueda justificar ante sus votantes (ante sus militantes, seguramente sí) que vale la pena seguir permitiendo por acción o por omisión más años de gobiernos como el del PP. Además, sea con razón o no, Iglesias genera adoración entre sus seguidores pero mucha antipatía y sobre todo miedo entre sus no votantes. Quizá Alberto Garzón encajaría mucho mejor en el papel de líder menos arrogante que Iglesias y menos vaporoso que Errejón. O Ada Colau, pero el hecho de ser catalana, no nos engañemos, le complica la proyección a nivel español.
Habrá que ceder y negociar, desde luego. La pregunta es hasta dónde. O para llegar a dónde. Y aquí es donde salen las dudas, porque la mercadotecnia podemita y su culto a la imagen (los significantes, frente a los significados) han mostrado su oquedad (demasiado cercana a ejemplos olvidables como el melindroso ecosocialismo), porque intentan como sea disimular hasta qué punto se han contagiado de los problemas reales de la izquierda europea, de su falta de norte, que ya ha hundido a la socialdemocracia una vez que ésta ha perdido su poder negociador ante la ausencia de un fantasma como el del comunismo. Quizá sea hora de asumir que mientras el centro del debate político esté en la numerología económica, la iniciativa la mantendrá el establishment neoliberal, porque su superioridad tecnocrática a la hora de hacer cuentas y su capacidad de intimidación han conseguido ya una derrota moral de la izquierda: que el ciudadano sea hoy más que nada un accionista de una empresa que es su nación, y que se comporte como tal, consciente o inconscientemente.
Algunas voces dicen que la renta básica universal es la única posibilidad que tiene la izquierda de recuperar hoy la iniciativa política con un proyecto ilusionante y moderadamente utópico en el terreno económico. Tengo muchas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto, y más aún sobre su sostenibilidad política (imagínense las campañas de la prensa española que todos conocemos, sacando cada día testimonios de borrachos y drogadictos gozando de la renta básica), pero también es cierto que el prejuicio ante el experimento se asemeja bastante a esos prejuicios ante propuestas audaces como -precisamente- la legalización de las drogas. De cualquier modo, hacer verosímil la propuesta, situarla en el centro de la discusión, podría llenar de contenido el debate político más allá de otras propuestas que también pueden ser decisivas, como la salida del euro o incluso de la Unión Europea, tema crucial sobre el que en Podemos se habla muy poco, sin duda por estrategia. Si no se recupera el vigor programático con propuestas de alcance y no de mera propaganda televisiva o tuit, todo el esfuerzo de imaginación política se va a quedar en poco más que un relevo generacional sin llegar a ninguna transformación real. Nos libraremos de algunos corruptos, seguramente, pero seguiremos sin tener la iniciativa.

domingo, 9 de abril de 2017

CONFESIÓN /AUTOPSIA DE UN FILÓLOGO


Sé que no es dramático, pero la verdad es que tengo un problema: he de ponerme a investigar en serio y de manera urgente. La carrera académica no permite ya descansos y los buenos tiempos de la holgazanería universitaria se acabaron al menos en España, especialmente para los que ni siquiera hemos llegado aún a funcionarios. Debo ahora producir conocimiento y transferirlo a la sociedad, por lo que parece, y no sé muy bien cómo hacerlo. Lo de la innovación es todavía más grave: con lo que me ha costado tener alguna idea clara, ahora resulta que todo debe pasar y nada debe quedar, porque nada es lo bastante bueno como para merecer la preservación. O sea que hay que investigar y además saber cómo explicar de manera creativa lo que investigamos, para que los chavales estén contentos cuando les suban las matrículas.
En realidad, tuve ideas para investigar relativamente creativas hace años, en la fase ascendente, cuando España aún prometía progreso y yo aportaba lo que podía: el problema es que algunas de esas ideas, tal vez las más originales, me las pisaron otros que ni siquiera me conocían pero se pusieron las pilas antes; y las ideas que por fin pude llevar a cabo con cierto rigor, francamente, no le han interesado a nadie. Nadie me cita, nadie me lee (y poco ayuda tener un nombre tan vulgar, casi de líder fracasado del PSOE). Soy un científico de bajo nivel en el ámbito de los estudios literarios. Aunque el asunto es más profundo: creo que lo que me pasa es que tengo una crisis epistemológica. A ver cómo se cura eso. Se supone que leyendo, pero no tengo claro qué.
Los investigadores de los estudios literarios tienen poca tendencia a confesar sus miserias: hay que mantener el postureo pseudocientífico y no se puede ceder ni un milímetro, no sea que el Estado nos quite el pequeño paraguas protector de que aún disponemos, o que algún colega prestigioso nos humille públicamente con chulería estilo Paco Rico por tener dudas, que son indicio de falta de fe. Además, conservamos aún cierto orgullo ancestral de elite humanística e ilustrada (a pesar de que una y otra vez la realidad nos demuestra que las fantasías de una sociedad hiperculta no se cumplen ni siquiera con la tecnología más avanzada de la historia y con obras gratuitas), y por eso seguimos empeñados en preservar heroicamente legados culturales, en defender valores que creemos trascendentales y en soñar húmedamente con que nuestras prédicas salvarán algún día (¿cuántos siglos llevamos así?) las almas desorientadas. Será por eso también que este mundillo académico, cada vez más irrelevante en el conjunto de la sociedad, parece hiperactivo últimamente y todos están encantados de conocerse a sí mismos (iba a utilizar una frase tarantiniana muy famosa, pero me la guardo). Pero a mí cada día me cuesta más mantener el elemental grado de simulación que la farsa exige, y necesito desahogarme en este blog semiclandestino comportándome como aquel mago enmascarado y sacrílego que se atrevió a desmontar con todo detalle en un programa de televisión los trucos más habituales del mundo de la magia.
Lo cierto es que, ante la urgencia de recuperar mi alicaída productividad he recurrido a un brainstorming cervecero-heurístico para tomar una decisión inmediata. Se me han ocurrido las siguientes opciones:
Opción 1: rebuscar entre los trabajos de doctorado alguna basurilla inédita y esperar que el tema sea tan insignificante que los evaluadores anónimos de alguna revista sepan aún menos que yo del tema y lo acepten. Hoy todo vale, y juego con algunas ventajas: hay escritores como hormigas, y pocos latinoamericanos y menos aún los españoles saben de países que no son el suyo.
Opción 2: como es probable que esos ficheros estén en vetustos disquetes y sea imposible reciclarlos, mejor elijo algo rápido de eso que llamamos cultura –lo primero que se me ocurra, da igual-  y me pongo a divagar con apariencia de análisis sesudo y combativo para sacar alguna gran verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca, como por ejemplo que hay ideología en el fútbol o en los museos o en los parques, o machismo en determinados espectáculos. Claro, como la estética es una convención reaccionaria y obsoleta, todos los objetos culturales, desde Los Morancos hasta el Alcoyano, son igual de valiosos porque pueden ayudarnos a comprender cómo funciona el poder y por tanto a liberarnos de todas las injusticias. No es de extrañar que el estructuralismo –tan frío, tan antihumano, tan tecnocrático- haya sido olvidado; es muy aburrido analizar obras si no sirve para fantasear con alguna redención política y descubrir la sopa de ajo de la opresión. “Necesitamos más Cultural Studies para impedir que vuelva a pasar lo de Trump”, he llegado a leer por ahí.
Opción 3: la intermedialidad es otra buena excusa, y ahí llevo algo de ventaja: yo sí me tragué Twin Peaks entera en su momento, e incluso me di cuenta de que todas las tomaduras de pelo de la obra. Ahora cierta vanguardia académica está descubriendo lo provechosas y virginales que son las hibridaciones entre medios audiovisuales y literatura y es enternecedor el modo en el que se dejan deslumbrar por el efecto literario de homenajear a las series de televisión estadounidenses. Como encuentre una novela que incluya a Sonny Crockett, tengo tema para diez artículos.
Opción 4: sí, ya sabemos que la inmanencia estética está en vías de extinción, y lo curioso es que la Escuela del Resentimiento que la atacaba parece cada vez menos resentida y más cómoda. Hay, sin embargo, un terreno, fuera de las cavernas de los mandarines intelectuales, donde aún parecen creer en la estética, increíblemente: se trata de los estudios sobre la literatura infantil. Los pedagogos son ahora mismo tal vez los más preocupados en encontrar como sea la función estética en alguna parte para poder demostrar que existe la literatura infantil, que hay literariedad en ella incluso desde lo que podríamos llamar su grado cero: “sana, sana, culito de rana”.
Opción 5: también podría dedicarme a algún novelista muy actual que no esté todavía consagrado y forjar una alianza estratégica con él (siguiendo el modelo Cercas-Gracia, mucho más eficiente que Vargas Llosa-Oviedo, por ejemplo). Pero es fundamental que su esperanza de vida no sea baja, para poder ir exprimiendo al máximo la autoridad con la que hablaría de él. Sin embargo, eso implicaría hacerle la pelota para ganarme su confianza y poder presumir de conocimiento de primera mano. Aunque en realidad el precio es más alto: ¡le estaría dedicando mi tiempo y mis energías a la competencia novelística, dándole capital simbólico que yo necesito para mí mismo! Está claro que solo puedo dedicarme ya a escritores muertos.
Opción 6: otra opción muy hispánica es ponerme empírico y empezar a exhumar y revisar epistolarios. Esa es una buena opción: podría llegar a salir en prensa para dar a conocer la utilidad social de la investigación, y a lo mejor me serviría para justificar una estancia en el extranjero, porque ahora que se digitalizan todos los fondos se está poniendo más difícil eso de las estancias. De hecho, lo de los epistolarios también se acabará pronto, porque a ver dentro de veinte años quién va a dedicarse a estudiar los miles de correos electrónicos de los escritores contemporáneos (¿acabaremos estudiando los chats?). Debo decir que he tenido siempre un escaso interés en ese tipo de documentos, salvo en algunos casos muy específicos, cuando el documento revela un misterio autorial o la intervención decisiva de una determinada fuerza en el trabajo literario. Que Rubén Darío y Amado Nervo compartieran reino interior, o que muchos grandes machos de la cultura mexicana salgan del armario, o que sepamos por fin los motivos de la pelea entre Gabo y Marito, o que encontremos la prueba de que tal héroe del antifranquismo estaba a sueldo de la CIA, me resulta algo así como dermatología literaria, puro chisme que obvia la gran frase del dr. House, que sería buen filólogo: todo el mundo miente. De todos modos, esta opción investigadora tiene sus ventajas: aunque no encuentre nunca un documento que demuestre quién es el autor de Lazarillo de Tormes, siempre puedo apostar por un nombre y repetirlo a todas horas con el argumento tan científico de “demuestra tú que yo no tengo razón”. Así lo ha hecho una exprofesora mía, y su entrada personal de la Wikipedia corrobora el incuestionable triunfo.
Opción 7: en caso de desesperación, puedo buscar algún modelo narrativo y procurar sistematizarlo en el ámbito de lengua española dejando claro desde el principio que la investigación es solo un punto de partida. Parece, sí, un proyecto demasiado ambicioso y extenso, pero siempre se pueden buscar atajos conceptuales. Por ejemplo, bastaría con redefinir la “novela rizomática” como aquella novela cuyo final no se entiende porque el novelista sabe que si la obra termina con un mensaje positivo el resultado será baboso y cursi, y si la termina con uno negativo venderá poco. Así puestos, mejor que no se cierre nada y todo se ramifique y disperse. Y en caso de que se complique demasiado mi búsqueda, siempre me quedará la metaliteratura, que es lo más fácil de analizar y lo que mejor refuerza la burbuja de nuestra ilusión académica. Total, ningún autor me desmentirá si encuentro un guiño culto en su obra.

No se podrá negar que planes no me faltan. Es cuestión de ponerse manos a la obra. Seguiré informando.

domingo, 26 de marzo de 2017

LOBEZNO HA VUELTO

(Pensaba leer y reseñar la novela de Javier Cercas, pero, francamente, prefiero dedicar mi tiempo a Lobezno.) 
Sí: como él mismo diría, Lobezno ha vuelto. Su séptima película como personaje protagonista le confirma como uno de los más destacados reclamos de la industria del ocio actual, que mueve millones de dólares por todo el mundo y genera una producción simbólica de innegables efectos globalizadores. Por ese motivo podríamos situarlo ya a la altura de James Tiberius Kirk, Mr. Spock, Batman, Superman, Spiderman, James Bond, Indiana Jones, Darth Vader y algunos más, personajes que forman un repertorio sin el cual es difícil comprender el poder actual de un determinado tipo de cultura, que, nacida de bases populares (a menudo juveniles y enfáticamente masculinas) e infravalorada durante mucho tiempo desde el punto de vista estético, sostiene ahora un enorme negocio franquiciado que aprovecha al máximo las posibilidades de la nueva sociedad tecnológica y que ha sabido captar a base de dólares a creadores que empezaron sus carreras con algo de riesgo (American Beauty, Memento, Usual Suspects, Cop Land). 
Quizás esté abusando de la comparación, pero en cierto modo el negocio certifica el ciclo ascendente de la presencia cultural de estos personajes, como el que tuvieron en su momento los héroes griegos, los artúricos y los de la literatura anglosajona decimonónica. Sí, ya sé que suena a blasfemia literaria y ramalazo pop, pero qué quieren que les diga, prefiero estos productos estadounidenses antes que a Alatriste (o Falcó). Y por mucho que los desdeñemos, su importancia socioeconómica e ideológica es hoy por hoy más notoria, lamentablemente, que la de Stephen Dedalus o Hans Castorp.
Pero tal vez lo más interesante desde el punto de vista narrativo sea el lento y consciente proceso de sublimación o como mínimo dignificación que la industria del cine ha llevado a cabo para conectar la nostalgia de los primeros consumidores de estos productos -la mayoría en edad madura hoy, pero dotados de suficiente poder adquisitivo- con las generaciones herederas, que no vivieron el nacimiento de esa cultura y que entran ya directamente en la nueva fase. No es una buena noticia para el lenguaje del cómic, que probablemente ya ha pasado su edad de oro, como la ópera en su momento, y que difícilmente sobrevivirá a las nuevas seducciones que ofrece el omnipresente mundo audiovisual.
Ese fenómeno de maduración realista es ya muy evidente en la película Logan: la presbicia de Lobezno y la senilidad imparable de Charles Xavier son muestras de un notorio esfuerzo de verosimilización de los héroes, y a ello se añaden algunos toques pedantones para espectadores que exigen algo más que saltos mareantes y cuchilladas: de ahí la referencia –demasiado subrayada, en mi opinión- a Raíces profundas e incluso el recurso tan literario de la mise en abyme, que también podemos encontrar en la película. Pero nada de esto hubiera funcionado igual si el personaje no tuviera unas bases sólidas desde hace más de treinta años; desde los tiempos en los que algunos ya nos esforzábamos por imaginar una posible adaptación cinematográfica del cómic y pensábamos que Sonny Landham (el Billy de Depredador) podía ser una buena opción. De hecho, ya en 1981, en el famoso "Days of The Future Past" (The Uncanny X-Men nº 141-142) se planteaba una distopía futura en la que aparecía un Lobezno canoso y decadente como líder de un movimiento de resistencia ante los robots exterminadores de mutantes (antes de Terminator, por cierto).
Lo curioso es que el atractivo de Lobezno es absolutamente imposible de encontrar en su primera aparición en cómic, allá por 1978, si no me equivoco, de la mano del guionista Len Wein, que lo enfrenta a Hulk como mercenario a sueldo del gobierno para atrapar al monstruo verde. Al año siguiente el cómic se tradujo al castellano, y pudimos conocer ya a Wolverine, primero como Lobato. Pero el personaje carecía de los rasgos que luego le han hecho popular; aparecía siempre enmascarado y ni siquiera se decía de él que era mutante ni canadiense ni que tenía el cuerpo velludo hasta casi la hipertricosis.
Su inclusión en los nuevos X-Men poco después tampoco parecía augurarle demasiado protagonismo futuro, pero, a diferencia de otros héroes que empezaron protagonizando su propia colección, Lobezno ha ido creciendo semánticamente y pasando de ser personaje plano a personaje redondo, por decirlo en términos básicos. No siempre ese tipo de experimentos salen bien, como podríamos ver hoy en la confusa y pretenciosa serie de televisión Legión, sobre el hijo de Charles Xavier. En el caso de Lobezno, la clave fue, como sabemos, la intervención del guionista inglés Chris Claremont, responsable también de otro de los giros psicológicos fundamentales en la historia del cómic de superhéroes: la conversión moral de Magneto (es Claremont el que convierte al personaje en víctima del nazismo para justificar su agresividad ideológica y su resentimiento).
Pero para conseguir que Lobezno empezara a brillar hubo que tomar algunas decisiones creativas. Por ejemplo, uno de los compañeros de esos nuevos hombres X era Ave de Trueno, un personaje tan telúrico y hosco como Lobezno. Consciente de que los dos personajes no cabían en el grupo, Claremont, antes de que los lectores se encariñen con él, mata a Ave de Trueno en el número 95, apenas iniciada la historia del nuevo grupo. No hace falta recordar lo difícil que es matar en un cómic de este género a un personaje y evitar la tentación comercial de resucitarlo más adelante. En este caso, esa muerte dejó el camino libre para que Lobezno pudiera exhibir progresivamente sus contradicciones entre agresividad exterior y riqueza interior, y a revelar misterios y puntos íntimos de vulnerabilidad por debajo de su esqueleto indestructible y su exceso de testosterona. En ese sentido, es decisivo el número 114, en el que un globo del personaje nos revela su amor absolutamente secreto por Jean Grey, a la que en ese momento cree muerta. Mucho más adelante, cuando Jean Grey enloquezca poseída por su demonio interior, Lobezno intentará matarla para salvar al mundo, pero vacilará fatalmente, por amor, a la hora de clavarle las garras. El final de esa saga ya lo conocemos: el hermoso e inolvidable suicidio de Jean Grey, pésimamente reconstruido en la versión cinematográfica.
La biografía de Lobezno se va enriqueciendo también con otros datos imprevistos: en el 118 tenemos el primer toque orientalista y conocemos ya algo de su pasado en Japón, y en los 120-121, vemos sus problemas con el gobierno canadiense, que le exige volver a trabajar para el Estado como arma militar. Por supuesto, Lobezno saca su vena libertaria y escapa del acoso del gobierno. Ese temperamento suyo anarcoide tiene otros momentos memorables, como en el número 129, en el que está a punto de pelearse con un quiosquero que le abronca por leer un ejemplar de Penthouse sin pagarlo.
La agresividad del personaje también tuvo que pasar un proceso de suavización para adaptarse a cierta corrección política: por eso, los mercenarios a los que destripa de forma implacable en el número 133 y que parecen haber muerto, reaparecen vivos (aunque mutilados y reconstruidos como ciborgs) tiempo después, evitando que la pulsión homicida de Lobezno sobrepase los límites morales y legales y deteriore su creciente ejemplaridad para los lectores. Es esa una función modelizadora que se fortalece a medida que Lobezno acapara liderazgo dentro del grupo de héroes y socializa mejor sin perder su identidad carismática. Adquiere tanto protagonismo que en el X-Men Annual nº 11, de 1987, llega a convertirse en Dios gracias a un objeto mágico, aunque, fiel a su individualismo, renuncia ni más ni menos que a la omnipotencia para seguir con su temporalidad humana de ser sufriente pero libre.

Visto así, no debe sorprender que tanto lector de cómics se haya encariñado desde entonces con un personaje solitario, atormentado y a la vez noble como es Lobezno. Su conflicto entre razón e instinto tiene más relieves y matices, es decir, es menos binario, que en Hulk; carece de ínfulas patrióticas como el Capitán América porque su clase son los oprimidos mutantes y en todo caso es más espartano que de otro lugar, y por suerte no es un asqueroso ricachón con mala conciencia como Bruce Wayne o Tony Stark, ni un bobalicón cutre como Peter Parker o un vulgar hombre de familia como Reed Richards. Ojalá no languidezca en refritos, reboots, secuelas y precuelas; sería duro tener que acabar detestando a un gruñón tan entrañable. Aunque difícilmente dejaremos de envidiarle las garras y algunos de sus usos.

domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE LO UNIVERSAL DEL SUFRAGIO


El independentismo catalán, empeñado desde hace años en que se le tome en serio, ha conseguido ya ese objetivo, pero se acerca a su encrucijada más seria, porque por la vía legal choca con el muro que ya conoció Ibarretxe en su momento. Nadie, sin embargo, quiere suicidarse políticamente siendo el primero en poner el freno, lo que significaría quedar estigmatizado para el futuro y sin placa en la plaza del pueblo. En ese contexto, la opción pragmática de seguir trabajando en la ampliación y persuasión de la base social a la espera de un contexto más apropiado (porque Rajoy, aunque a veces nos lo parezca, no será un presidente eterno) ha sido desechada, y la razón está en la ansiedad de los que temen que los vientos de la Historia diluyan el impulso actual y la espuma baje como ha sucedido con los vascos. Son los mismos que se dejan seducir por lo desconocido y que están ilusionados ante la perspectiva de un escenario sin precedentes en el que se imponga sencillamente quien demuestre más voluntad (es decir, más convicción; es decir, más fanatismo) y consume los hechos. Por si acaso, el laboratorio de ideas (de Rahola a Viver i Pi-Sunyer, pasando por sor Lucía Caram) busca soluciones imaginativas para ir un paso por delante del gobierno español, cosa que en cierto modo está consiguiendo, aunque lo que le sale son ideas a menudo aberrantes basadas en triquiñuelas secretas, juegos de trilero y dobleces fulleras, que pueden conducir al monumental disparate de declarar la independencia para convocar el referéndum para saber si el pueblo quiere la independencia. Por supuesto, en la lógica indepe, todo es perfectamente democrático, porque el demos está acotado y la mística voluntad del pueblo eterno es muy clara: según parece, una amplia mayoría (TV3 dirá pronto que es un 105%) quiere el referéndum. Lo quiere, parece ser, pero no está claro si lo necesita ya, hoy, de manera inmediata e insoslayable; en todo caso, también querría seguramente que el PIB estuviera repartido de otra manera, y no parece que en ese sentido se le haga mucho caso, ni desde Madrid ni desde la plaza Sant Jaume. ¿Es así como se quiere crear la nueva república? ¿Esa es la revolución de las sonrisas? ¿De eso se trataba todo? ¿De que la mitad más chillona gane a base de conchabanzas y a hurtadillas? ¿De dar por ganado el partido por la mínima sin haber siquiera salido al campo a jugar, como en los casos de forfait?
La deriva sediciosa del independentismo en esta legislatura está perjudicando su inicial legitimidad social, y ello se debe a la permanente provocación y el empecinamiento monotemático, tan bien resumido en el lema del derecho a decidir, una de sus mejores maniobras retóricas. Sin embargo, los que no estamos en esa parroquia pensamos que esto de votar es más serio de lo que parece y que requiere de algo más que entusiasmo dominguero. ¿El Brexit solucionó el problema o creó uno nuevo? ¿Acaso no les hubiera mejor a los escoceses independentistas si hubieran esperado algo más de tiempo antes de hacer su referéndum? ¿Realmente un hipotético referéndum catalán con un resultado hipotético pero no improbable de 51-49, en un sentido u otro, resolvería algo y justificaría tantas energías invertidas y un posible trauma histórico?
Imitando cierta frase de Homer Simpson, podríamos gritar: "viva la democracia, la causa y la solución de todos los problemas". Pero es que no acaba aquí el asunto: entiendo que Bertín Osborne no tenga ese derecho a decidir sobre Cataluña, pero ¿y en mi caso? Perdón por la autovictimización, pero yo nací en Barcelona, me eduqué en catalán, he vivido allí más de treinta años (pagando impuestos cuando tocaba) y si ahora resido en Sevilla –paraíso, demasiado a menudo, de cierta catalanofobia muy característica-, es básicamente por la endogamia de la Universitat de Barcelona, que me cerró tres o cuatro veces la puerta en las narices. Con esos antecedentes, ¿soy parte de ese pueblo catalán que busca la libertad que se le ha negado desde hace tres siglos? ¿Soy catalán porque me siento catalán, porque ontológicamente lo soy, porque lo quiero ser, porque lo debo ser, o simplemente lo fui y dejé de serlo en cuanto cambié de lugar de residencia? ¿Tengo, sea como sea, derecho a decidir? ¿Sobre qué, exactamente? Sé que hoy estoy abusando de las preguntas, pero es que ni siquiera tengo claro si son preguntas retóricas o no.
Mi caso es, por supuesto, un átomo insignificante de toda esta historia, pero a lo mejor no es tan irrelevante si hacemos algunos cálculos y recordamos que la delimitación del censo electoral podría ser decisiva en un caso de empate técnico como el que se vive ahora. No se trata, por tanto, de poner excusas para retrasar el problema a la espera de que se desinfle, sino de respetar la complejidad del problema, que no es poca.

Quién me iba a decir a mí que acabaría defendiendo la constitución que da privilegios eternos a los Borbones. Será la vulnerabilidad creciente que conllevan los años, pero lo cierto es que hoy prefiero la ciudadanía como protección individual antes que la identidad como hechizo romántico.

lunes, 27 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (I)


YO NO HE MUERTO EN MÉXICO
y espero no hacerlo nunca, pero he visto muertes (demasiadas) en México y he pensado mucho sobre ese país y todo lo que lleva a su espalda, esa carga de mitos y metáforas con las que se ha creado la fama que ahora tiene y que, en cierto modo, pero sólo en cierto modo, es lo que me atrajo para ir a vivir allí una temporada (y me quedé muchos años). No diré hoy que todo en México es muerte porque eso supondría asumir que el destino es sólo un espejo y que nada cambia nunca. Pero sé que ese es mi verdadero país, y no Cataluña ni España, porque en Cataluña y en España hace mucho que dejé de reconocerme, y sin embargo al otro lado del océano me sentí en casa, incluso cuando se trataba de ver muertes y discutir sobre las pocas verdades y las muchas mentiras del ser mexicano.
Lo confieso: he intentado vivir casi todos los tópicos de México, y es que uno busca la magia aun cuando sabe que la magia es el peor de los engaños. Podría decir, por ejemplo, que viví bajo el volcán, bajo el mismo volcán de la novela, el Popocatépetl, pero no en el valle de México, sino en el de Puebla, al otro lado de donde se instaló el Cónsul de Malcolm Lowry. Viví bajo el volcán, que humeó casi todos los días augurando una gran revelación geológica, y pude incluso sentirme un clon de ese mismo Cónsul, en sus borracheras y en su efímera sobriedad. Pero es que he tenido varias reencarnaciones: he sido Hernán Cortés, español canalla y genial estratega, prepotente y seductor en el Nuevo Mundo y perdedor en su España natal. No he sido William Burroughs, que mató a su mujer en la Ciudad de México jugando a Guillermo Tell, pero he jugado también peligrosamente con mujeres (o ellas jugaron conmigo, tal vez). He sido exiliado de la Guerra Civil, como tantos escritores republicanos, incluido el mismo Paulino Masip sobre el que quise escribir un libro y sólo escribí dos o tres artículos menores que, sin embargo, fueron leídos por la persona oportuna. Y sobre todo, he sido delincuente; es decir, delincuente que cruza la frontera.
Porque huí y llegué a México en mi huida, como todos esos tipos rudos y violentos con los que desde niño yo y tantos otros hemos asociado a ese país en el cine y en la televisión. Pistoleros, ladrones, asesinos, desheredados, marginados, culpables de mucho e inocentes de bastante, para los que México es la Tierra Prometida de la democracia que nunca llega y que por tanto no les va a exigir el pago de su deuda con la ley. Antes incluso de conocer en persona el país, ya me había alienado con el repertorio de todos esos antihéroes solitarios y silenciosos, y había decidido que quería ser, siquiera fugaz o provisionalmente, uno de ellos, a pesar de que en sentido estricto no soy un delincuente, o sólo soy un delincuente de la escritura.
Hay un western, uno en especial, que siempre me viene a la mente cuando pienso en México: The Wild Bunch (Grupo salvaje), de Sam Peckinpah. Es una gran película, pero sobre todo es un buen ejemplo de lo que quiero decir: el tirón que México tiene para los autodestructivos, su magnífica hoja de servicios como Reino del Caos. Resumo la historia: en plena Revolución mexicana, un grupo de ladrones de bancos liderado por Pike Bishop (al que interpreta un decadente William Holden), atraviesa la frontera huyendo de los cazadores de recompensas. Sin embargo, se encuentran con las fuerzas federales y uno de los ladrones, que es mexicano, es torturado por simpatizar con la Revolución. Sus colegas, Bishop y otros tres, dudan y no saben si deben rescatarlo, porque eso significa enfrentarse a todo un ejército. Y en la escena que he visto una y mil veces, Bishop, después de haberse acostado con una prostituta indígena, termina su botella de tequila y durante unos segundos reflexiona mientras observa cómo la mujer se refresca el rostro, y la mira hasta que comprende que no hay otra opción, que deben él y sus amigos redimirse a través del sacrificio, y que para eso México es un país ideal, porque nada funciona como debiera y el sacrificio te lo hacen en cualquier momento, con una anestesia a base de mitos. Por esa razón Pike, con el alma estriada y la garganta quemada, sale de la habitación y reclama en silencio a sus colegas, y todos se ponen en marcha para demostrar que sí hay una épica del delincuente y que ellos la conocen.
Mueren, desde luego; mueren espantosamente, como es obligado. Pero en cierto modo, como decía antes, para mí eso fue México, antes de llegar allí y cuando ya estuve y me instalé, y amé y viví y trabajé como nunca lo había hecho en mi vida. Eso era y es México: el contraste brutal entre William Holden, que es el extranjero que decide que va a morir y que medita sobre la tragedia que se le viene encima como una posesión, y la mujer indígena a la que todo eso le trae perfectamente sin cuidado. En ese hueco inmenso cabe todo México, con sus dioses y vírgenes, con todos esos relojes que marcan tiempos distintos, con todas sus contradicciones de país sobre el que ya se ha escrito demasiado.
Yo no he sido pistolero ni ladrón, por supuesto; pero entiendo a Pike Bishop, comparto algunos de sus estragos y pienso que los demás no estaban tan lejos: Judith Robaina, Jeff Lombard, Miguel Magallanes, Sven Nilsson y todos los demás, los parias y exgenios, los masoquistas de la cultura digital, los espectros de la modernidad líquida que nos fuimos para allá, a morir o no, a escribir y a odiar la literatura al mismo tiempo o por separado, a luchar por México o a destruir aún más si cabe el país haciéndolo más trágico y penoso. Los mexicanos no se merecen ese país; pero algunos de nosotros probablemente, sí. En mi caso, seguro. 

viernes, 24 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (II)

EL PACTO

Judith Robaina lo detectó en seguida. Detectó que yo quería exiliarme de España pero no para ser un exiliado de la guerra, sino de la paz con la que empezaba el nuevo siglo, esa paz de la democracia y de la sociedad del confort en la que todo parece tan razonable y pragmático que deseas meterte un buen cóctel de lejía para contrarrestar tanto optimismo histórico. La paz horrible del aznarismo y el euro. La euroforia.
Judith sólo necesitó algunos datos de mi currículum y algunas comunicaciones por correo electrónico, mensajes en los que realmente no hablábamos de nada serio, sino que tan sólo compartíamos el hastío típico del nuevo milenio, la antiépica del mundo fukuyamiano y su fin de la Historia. Pero entendió pronto mi naïf necesidad de milagro, de maravilla, necesidad propia del europeo secularizado que se aburre en el Estado del bienestar y quiere callejear por el del malestar. Judith supo que con unos cuantos trucos de marketing turístico y antropología podía convencerme de que encajaría en México mejor que en ninguna otra parte. Yo esperaba una ficción, y México, admitámoslo, es perfecto como relato. En cambio, España, tan mesocrática y pagada de sí misma con fondos europeos, atrofia la imaginación y sólo provoca bostezos con sus pobres hechizos. Y de Cataluña ni hablemos: no da para una novela sino con suerte para un auca.
Judith había estudiado su doctorado en literatura comparada en Estados Unidos, en San Francisco, concretamente, y había regresado a su país ya hacía varios años. Tenía entonces treinta y dos, tres más que yo, se había casado con un mexicano de Tutxla Gutiérrez bastante comprometido políticamente con la causa indígena y había publicado un par de libros, que yo no conocía; uno sobre Elena Garro, la que fue esposa de Octavio Paz (y pagó por ello), y otro sobre Nellie Campobello, una admirable escritora de los tiempos de la Revolución que, evidentemente (la evidencia me la transmitió ella pero yo la comparto hoy), era mucho más interesante que el resto de los novelistas de la Revolución, hombres como Guzmán o Azuela. Judith y yo nos habíamos conocido casualmente en un congreso de literatura en Madrid en el que yo hablé de la obra olvidada de Paulino Masip, autor de una novela curiosa titulada El diario de Hamlet García. Masip era uno de esos tantos escritores españoles que perdieron la Guerra Civil y murieron en el exilio, sin laureles literarios, sin mística ni canon, en la bolsa de pobreza de los autores sin nota a pie de página.
Aquella primera vez apenas tuvimos oportunidad de hablar y ella, que conocía un artículo mío anterior sobre el tema, tan sólo me aportó el dato de que Masip no había sido el único escritor con psicología frágil que había fallecido en el sanatorio de la ciudad de Cholula, perteneciente al estado de Puebla, en el altiplano del interior del país, a unos 120 km de la Ciudad de México. Un poeta mexicano llamado Juan de Alba también había fallecido ahí, en el mismo sanatorio, en 1973, y Judith incluso me recitó algunos versos suyos que apenas pude valorar. Después me preguntó si sabía algo de Cholula, la Jerusalén del México prehispánico, donde ella trabajaba como profesora. “Una ciudad mágica”, precisó, y añadió: “la ciudad viva más antigua de toda América”. Le dije que no, que me faltaba mundo y que había salido poco de mi Barcelona natal. Presumí de iconoclasta diciéndole que me gustaban Rulfo y García Ponce pero también El Chavo del Ocho, la serie de televisión infantil que educó a media América Latina. Y le dije la verdad, que de Cholula sólo me sonaba la famosa matanza de la Conquista, en la que Cortés arrasó a los cholultecas. Judith me comentó que escritores tan diversos como José María de Heredia, Pablo Neruda y Carlos Fuentes habían escrito alguna vez sobre el lugar, considerado durante siglos como ciudad sagrada. Yo le respondí sarcásticamente que entonces Cholula, a pesar de Fuentes, había tenido más suerte que Barcelona como ciudad literaria.
Fue, por mi parte al menos, una conversación deliberadamente frívola, de esas tan habituales en los congresos literarios, en las que los pedantillos lucen su biblioteca personal y tratan de impresionar a los colegas para lograr algún beneficio en forma de publicación o invitación. Pero sé que después de ese encuentro ella se mantuvo al tanto de lo que yo hacía y lo que yo publicaba (poca cosa), y por eso, la segunda vez que nos vimos ya estaba preparada para hacerme la oferta y para mejorarla cuanto fuera posible.
Yo había terminado mi tesis doctoral sobre Masip y, efectivamente, había salido por fin de España pero para pasar un año horrible en París, viviendo la impostura de una vida académica para la que no sirvo, investigando la obra literaria de los exiliados desde la comodidad de las grandes bibliotecas y los departamentos de las eminencias. Había perdido toda esperanza de entrar como profesor en mi universidad: el catedrático más poderoso, al que llamábamos Frígilis por su devoción por el inane de Clarín, prefirió darle una oportunidad profesional a la que había sido mi novia, una becaria que, por cierto, me estuvo poniendo los cuernos con él durante al menos un semestre en gozosos viajes académicos pagados con dinero público. Así que volví a España para llevar una patética vida de freelance, escribiendo reseñas mal pagadas en las que volcaba mi resentimiento literario, y artículos a veces graciosos, de cierto tono costumbrista y nostálgico, en periódicos de mi ciudad. Pero también escribía otros textos, más extraños, en revistas muy minoritarias: poemas, ensayos, cuentos, misceláneas de mi frustración y tanteos intelectuales que a nadie, pensaba yo, le podían interesar, y por las que, por supuesto, no cobraba nada. Increíblemente, Judith conocía algunos de esos experimentos.
-¿Viviste en París un año con una beca en la Sorbona y volviste a España para trabajar de crítico literario cobrando una miseria? –me preguntó en esa segunda ocasión, en un restaurante mexicano del barrio de Gràcia en Barcelona, precisamente. Recuerdo que entonces, durante la cena, Judith no me pareció muy hermosa, y eso era porque, claro, todavía no estaba familiarizado con la auténtica belleza mexicana, esa belleza étnicamente genuina que no aparece en las telenovelas, donde abundan de forma falaz rubias y estilizadas mujeres. Judith, en cambio, aunque era algo pálida, tenía ojos grandes y negros y unos labios sorprendentemente carnosos.
- Fíjate que me gustó mucho tu cuento sobre la utopía heideggeriana.
Se trata de un cuento en el que imagino cómo se construye una sociedad ideal en la que todos los integrantes viven comunitariamente dedicados en exclusiva al estudio de la obra de Heidegger, entendida como la función más importante de cualquier empresa humana, y explico los problemas políticos, organizativos, económicos e incluso afectivos que todo eso genera. Una especie de fábula cuyo sentido último, utópico o antiutópico, ni yo mismo entendí. Judith Robaina era la primera persona que parecía haberlo leído.
-¿Por qué no te vienes a México? En mi universidad tenemos un puesto libre de tiempo completo.
-¿Lo dices en serio? México da un poco de miedo, admítelo. Cada día hay una noticia terrible.
-No creas que todo en México es como las películas de Robert Rodríguez.
-En realidad, pensaba en otro Roberto… Bolaño.
-¿A poco no te gustaría poner un poco de emoción en tu vida? Ándale, prueba un semestre… Tenemos una escuela de literatura a la que van algunos de los estudiantes más inteligentes del país y de toda América Latina. Y también algunos de los estudiantes más ricos. Es una universidad privada y elitista, que imita las universidades gringas, con su campus convertido en microcosmos, con sus albercas, sus tienditas, su gimnasio, su clínica, incluso su propia policía, para que no tengas miedo...
-¿En Cholula? ¿Me quieres decir que hay una imitación de Harvard al lado del sanatorio?
-Harvard, pero mezclado con Comala… -rió-. No, no es cierto… Es un lugar bien interesante. La universidad la fundaron unos empresarios con mala conciencia filantrópica, y en ella hemos tenido como alumnos a hijos de presidentes y gobernadores, que van con guaruras (guardaespaldas, dicen ustedes) al salón de clase. Es curioso que en una universidad así se enseñe algo tan inútil como la literatura, pero ahí está precisamente la gran oportunidad: meter una pequeña bomba en forma de novela o poema en el seno de alguna familia mexicana poderosa. Suelen ser chavos con inquietudes; vanidosos y prepotentes, pero a veces encontramos algún talento extraordinario. El salario es bueno y te aseguro que no olvidarás la experiencia.
Hizo una pausa y aprovechamos para beber vino los dos. Calculé que empezaba mi creciente embriaguez y pensé que dos horas después estaría en condiciones perfectas para dar una respuesta a lo que me proponía.
-Tenemos dinero para pagar buenos salarios teniendo en cuenta que es América Latina, -continuó- y tenemos también buenas instalaciones, pero hay que reconocerlo: no podemos contratar a los mejores. Los profesores realmente competitivos y ambiciosos se van a Estados Unidos a triunfar en ese circuito académico, y nunca podemos igualar las ofertas que reciben. Estados Unidos es un enemigo demasiado poderoso; no sólo por el dinero sino por el prestigio. México no puede retener a sus talentos; es otra de las desgracias que tenemos que aguantar. Sólo podemos intentar ser más astutos que los gringos, ofreciendo aquello que no pueden encontrar al Norte y tentando a aquellas personas que son distintas, impredecibles, que no pasarían la entrevista previa. Hay que reconocer que México es un país ideal para eso. Tiene años que voy reuniendo a profesores singulares de orígenes muy diversos, algunos muy chistosos, que probablemente no podrían trabajar en ninguna otra parte. Espero que de ese cortocircuito salga algo nuevo, no sé muy bien qué; una explosión que destruya por fin el arte y lo haga renacer, o simplemente una buena novela o una buena película, o la creación de una secta que contribuya a cambiar México aunque sólo sea un poco. Ya sabes lo que decimos los mexicanos: lo más seguro es que quién sabe.
“Algunos profesores del departamento son buenos, bien buenos. ¿Has oído hablar de Miguel Magallanes? ¿No? Pues fue en su momento un novelista importante, tiene más de treinta libros publicados. Incluso llegó a vivir aquí en Barcelona, en los tiempos gloriosos del boom, como Vargas Llosa y García Márquez. Lo dejó todo para intentar triunfar. No le salió bien la aventura, regresó a México y acabó en Cholula. Tenemos también a Jeff Lombard, que es un nuevo Ambrose Bierce, el típico gringo desencantado con su país, que ha preferido los abismos de México a las cumbres del capitalismo. ¿Sabes? Me siento como el personaje de comic, ese profesor pelón en silla de ruedas que va buscando mutantes por todo el mundo para reunir un equipo y proteger al mundo de los mutantes malvados. Sí, yo he reunido a unos cuantos mutantes. Y en cierto modo, es la única manera de aportar algo positivo a México. Porque ese país está del nabo, como decimos nosotros; todo funciona mal. Y aunque no me creas, yo soy una patriota y me preocupa mi país. Ya sé que no puedo hacer mucho, pero al menos tengo una escuela de literatura que funciona y que, a lo mejor, dentro de unos años, pocos o muchos, quién sabe, será un lugar del que se hable.
“Te la pasarás bien… La universidad es una burbuja llena de niños ricos con sus carros lujosos y sus laptops de última generación, encerrados en un campus en el que viven la mayor parte del tiempo drogados porque están lejos de sus papás y pueden gastarse en un día lo que nosotros ganamos en un mes. Y fuera del campus, apenas a cien metros, entras en la ciudad sagrada y te encuentras por la calle cualquiera de las cien iglesias del pueblo, la procesión del santo, los perros callejeros, los vendedores de tamales, el burro que carga los bidones de pulque… Puedes seguir los pasos perdidos de Carpentier retrocediendo desde la posmodernidad más cool hasta los tiempos de Nezahualcoyotl”.
Intenté presumir de ideas originales otra vez y le expresé mi escepticismo sobre el discurso macondiano acerca del encanto especial de lo latinoamericano; un escepticismo que, en realidad, era más bien teórico y que casi nunca había puesto a prueba discutiendo con un latinoamericano, si es que alguien sabe qué significa eso de ser latinoamericano.
-Los gachupines como tú nos niegan siempre, niegan las pocas veces que les ganamos en literatura. ¡Pinches colonizadores! No saldrán nunca de su prepotencia. Pero sí, te diré que yo sí creo en algún tipo de magia, o energía especial que nos hace menos previsibles que ustedes los europeos. Quizá por eso es todo tan gacho en México. Pero también de ahí salen cosas extraordinarias. Yo no soy supersticiosa ni irracionalista, pero sé que hay cosas que no cambiaría de un lado a otro del océano. Mis papás, por ejemplos. Los dos son ciegos; bueno, mi papá era, porque ya murió. Nos tuvieron a mi hermano y a mí y nos cuidaron en un pueblito de Veracruz. Mi papá era ciego de nacimiento, pero su enfermedad, por suerte, no se heredaba; la de mi mamá tampoco, era ciega desde niña, o sea que algo vio, aunque apenas recordaba. Y, sin embargo, crecimos perfectamente con ellos, en un pueblito medio abandonado, no lejos de la selva, en el que la escuela estaba bien lejos. Mi abuelo había ganado dinero con unas tierras que quién sabe cómo ocupó y aprovechó, y con eso pudimos sobrevivir e incluso ser bien considerados en el pueblo. Yo recuerdo ahora mi niñez y pienso que sí hubo algo milagroso, porque sobreviví a todos los accidentes y las travesuras, porque mis papás sabían cuándo estaba yo enferma o triste, o me había herido jugando con el bruto de mi hermano, o me había quedado con hambre después de la cena. Sabían cuándo los engañaba y cuándo les decía la verdad. Todo era normal, éramos una familia normal a pesar de todo, pero yo hojeé de niña libros en Braille al mismo tiempo que el Quijote o Julio Verne. En mis momentos más bajos, pienso en ello y encuentro fuerzas para todo, incluso para sacar adelante los mil problemas que tenemos cada día. No será un milagro, pero tampoco está tan lejos de serlo.
Terminamos de cenar y tomamos un taxi para ir al Barrio Gótico, que ella quería conocer en compañía de un autóctono. Tuve que explicarle que soy un charnego indiferente a Cataluña y España y reforcé mi argumento con pruebas irrefutables, como haberme perdido deliberadamente todos los acontecimientos olímpicos de 1992. Aun así, paseamos por todas las zonas previsibles y ella disfrutó de forma muy evidente. Después de un paseo de casi una hora, nos sentamos en una terraza del Port Vell:
-Ya veo que te gusta la ciudad -le dije-. Quizá pienses que aquí también hay algo mágico o como mínimo especial. Pero no: aquí no hay magia, sólo diseño, especulación inmobiliaria y vanidad primermundista. Todo el sortilegio de colores, el rito de palabras y conjuros, todo eso es simple negocio, y nada más. Esta ciudad ha cambiado mucho; este país, en realidad. Nos hemos creído todos los cantos de sirena del capitalismo y parece que nos hemos redimido de nuestro pasado trágico. A veces siento que ni España me necesita a mí ni yo a ella. Dirás que en Cholula se confunden los tiempos y las épocas. Pero acabamos de entrar en el siglo XXI y aquí tenemos rey.
- Y además Iberia sigue sin tener fila 13 en los aviones… -apuntó Judith, y yo me apresuré a memorizar el dato.
-Eso es España.
Nos reímos y seguimos paseando y hablando, y bebiendo también, y le propuse ir a bailar, yo que nunca he querido bailar, pero ella se abstuvo con un comentario que aún hoy no sé si era totalmente irónico, y es que me dijo algo así como que ella era una mujer mexicana casada y que su marido no perdonaría que se fuera a bailar con un hombre soltero (porque yo era y sigo siendo soltero). Y yo me sorprendí de que fuera feminista y a la vez pudiera tener tanto respeto a su marido, aunque después, cuando conocí al marido, entendí un poco más de todo ese lío que los mexicanos tienen encima, y las mexicanas más.
La decisión la tomé esa noche, aunque tardé en decírselo a Judith. Pero pasé semanas pensando en sus ojos y en los de sus padres ciegos, y en lo extrañamente unidas que pueden estar todas esas pupilas. Nos despedimos esa noche en la puerta de su hotel castamente, porque yo ya sabía que a las mujeres mexicanas hay que dejarlas siempre en la puerta de su casa. Y le dije que pensaría sobre su oferta; creo que ella se sintió algo decepcionada porque no había logrado un sí definitivo y me sentí en la obligación de decir algo más. Lo único que se me ocurrió fue agradecerle lo que había dicho de mí, el elogio que nunca había recibido y que, desde luego, también ayudó a decidirme.
-¿Qué es lo que te he dicho? –preguntó, con un hermoso mohín de duda.

-Mutante.

jueves, 23 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (III)


UN POCO DE LEYENDA NEGRA


“Entre otras matanzas hicieron ésta en una ciudad grande de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula; que saliendo a recebir todos los señores de la tierra y comarca, y primero todos los sacerdotes con el sacerdote mayor, a los cristianos en procesión y con grande acatamiento y reverencia, y llevándolos en medio a aposentar a la ciudad y a las casas de aposentos del señor o señores della principales, acordaron los españoles de hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor y braveza en todos los rincones de aquellas tierras. Porque siempre fue ésta su determinación en todas las tierras que los españoles han entrado, (conviene a saber), hacer una cruel y señalada matanza, porque tiemblen dellos aquellas ovejas mansas. Así que enviaron para esto primero a llamar todos los señores y nobles de la ciudad y de todos los lugares a ella subjetos, con el señor principal. Y así como venían y entraban a hablar al capitán de los españoles, luego eran presos sin que nadie los sintiese, que pudiese llevar las nuevas. Habíanle pedido cinco o seis mil indios que les llevasen las cargas; vinieron todos luego y métenlos en el patio de las casas. Ver a estos indios cuando se aparejan para llevar las cargas de los españoles es llevar dellos una gran compasión y lástima, porque vienen desnudos en cueros, solamente cubiertas sus vergüenzas y unas redecillas en el hombro con su pobre comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos. Todos ayuntados y juntos en el patio con otras gentes que a vueltas estaban, pónense a las puertas del patio españoles armados que guardasen, y todos los demás echan mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. A cabo de dos o tres días salían muchos indios vivos llenos de sangre, que se habían escondido y amparado debajo de los muertos (como eran tantos); iban llorando ante los españoles pidiendo misericordia, que no los matasen. De los cuales ninguna misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos. A todos los señores, que eran más de ciento y que tenían atados, mandó el capitán quemar y sacar vivos en palos hincados en tierra”.
Fray Bartolomé de las Las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Según Ramón Menéndez Pidal, insigne maestro de eso que llaman hispanismo, Las Casas no era más que un pobre paranoico.
Qué poco sabemos los españoles de América.



Y ME FUI A MÉXICO, EFECTIVAMENTE


Me fui como tantos europeos miembros de ONGs, sí, sólo que mi ONG se llamaría Nihilistas sin Fronteras y sería más bien un lobby de esos que presionan para defender sus intereses. Me fui a Cholula a procrastinar, pero a lo grande, con plenitud y método, sin otra urgencia que mi propio declive. Me fui a esperar que pasara Algo: la liberación de una Furia, el asomo de una Tragedia, el advenimiento de un Crimen con Castigo, o simplemente a tocar algún extremo, aunque ese fuera el de la decepción suprema y sin paliativos, que es otra forma, aunque en negativo, de la plenitud.