domingo, 17 de septiembre de 2017

PASARSE TRES PUEBLOS (INCLUIDO EL CATALÁN)

Sí, es duro ser parte de una minoría. Es duro, en general, ser periférico. Creo que algo sé de lo que hablo, porque llevo toda la vida formando parte de minorías. En la escuela, siempre fui algo más que el empollón al que no querían en los equipos de fútbol; fui el rarito, y aún no sé si me he quitado el estigma. Prefiero no preguntar. El caso es que desde entonces mis opiniones políticas, mis gustos artísticos, mis criterios éticos, mis actitudes profesionales y aun mis caprichos sexuales (no entraré en detalles) son compartidos sólo por un sector minoritario del mundo. Casi nada de lo poco que me gusta de la vida es hegemónico, predominante o simplemente perceptible en los grandes medios de la cultura actual. Ya he perdido la ilusión por Juego de tronos y no recuerdo la última vez que cambié de móvil. Vivo solo, y hay gente que aún me pregunta por qué.
Todos los días pienso que el mundo es un desastre y me irritan especialmente la propagación y la perduración de la estupidez gracias a las redes sociales, tan propicias para la exaltación de la chulería carajillera y la vacuidad intelectual. Por ello, en ocasiones me sale el Travis Bickle que llevo dentro y tengo mis momentos Taxi driver ante un espejo (“you talking to me?”), en los que me explayo en el resentimiento y la agresividad. Sin embargo, después de los momentos de bilis, recuerdo que es la razón la que me ha salvado de la neurosis y pienso que la tolerancia no sólo implica aceptar la estupidez ajena, sino reprimir al dictadorzuelo que todos llevamos dentro. Porque el gran tema de nuestro tiempo es el desajuste creciente e incontrolable entre democracia e inteligencia, entre libertad y razón.
Los independentistas catalanes son minoría dentro de España y sienten, con justicia, que sus demandas pacíficas nunca serán aceptadas por culpa de la aritmética del sistema. Es cierto que llevan cinco años protestando y el gobierno de España no les ha ofrecido prácticamente nada. El sistema constitucional le va bien a la mayoría, y eso sólo aumenta la frustración colectiva de la minoría. Ahora bien: la existencia del problema no justifica cualquier solución, sobre todo si ésta es dolosa y chapucera. Los independentistas han empezado un camino de insurrección inaceptable, taimado y peligroso, fruto de su propia ansiedad por tomar el poder. Ganaron claramente las elecciones del 27 de septiembre de 2015, pero perdieron el plebiscito que habían propuesto en su guerra propagandística, y como buenos tramposos, ahora cambian las reglas otra vez para poder asegurarse la victoria a la tercera, o a la cuarta. Así, han urdido una cacicada de pseudoreferéndum, pensado para ganar sí o sí, o como mínimo –si finalmente no se celebra- para vender la ridícula imagen de opresión con la que algunos como el multimillonario Guardiola tratan de convencer al mundo de que los catalanes sufren como los palestinos o los saharauis.
No, no votaré el 1 de octubre, porque aunque yo tampoco quiero vivir en la España de Rajoy o los Borbones y creo que más tarde o más temprano habrá que hacer un referéndum, no confundo al Partido Popular con toda la sociedad española, y porque la futura república catalana ya no me inspira ninguna ilusión si nace a base de forzar a los ciudadanos a la desobediencia o al caos en virtud de esencialismos mágicos y argumentos dudosamente mayoritarios. Esto no va de democracia, a pesar de lo que afirma la maquinaria publicitaria; en realidad, va de demos, y el demos no siempre es fácil de acotar, por mucho que los independentistas lo tengan claro. Los agravios a los sentimientos compartidos por muchos catalanes y a sus ambiciones de más autogobierno, agravios fomentados desde hace décadas en particular por algunos medios de comunicación demasiado influyentes (con sus letanías hiperbólicas: en Cataluña se persigue a los castellanohablantes, etc.), son una parte evidente del problema, pero esos sentimientos se han combinado ahora de forma muy nociva con una codicia de raíz asquerosamente burguesa (somos más productivos y nos merecemos más dinero que los demás porque nuestra riqueza es nuestra) y con un neochauvinismo de pueblo que se cree culto y sensible porque compra cualquier basura literaria en el día de Sant Jordi. De hecho, aunque el nacionalismo catalanista ha frenado hasta la fecha cualquier larvario etnicismo, no se molesta nada en disimular el halo de superioridad moral que tanto parece seducir a los insurgentes y que tristemente se apoya en cosas como ese fundamento semirreligioso que son los éxitos internacionales del Barça.
Algunos amigos extranjeros o españoles no catalanes me piden explicaciones porque no entienden el proceso y sienten una mezcla de curiosidad y perplejidad. No saben muy bien qué es el seny, pero se asombran de la obstinación mostrada por el independentismo. Yo les recuerdo que los factores emocionales e identitarios nunca son desdeñables en la Historia, y menos en periodos de crisis y desorientación: al fin y al cabo, Artur Mas empezó todo el quilombo y con ello sólo consiguió hundir su carrera política (y a su partido, de paso), pero también llama la atención cómo un político ambicioso como Duran i Lleida aceptó pasivamente la autodestrucción progresiva de Convergência i Unió. Por no hablar de la extraña estrategia (seguramente motivada por razones económicas) de medios habitualmente poco arriesgados como La vanguardia, que han cumplido una función esencial a la hora de hacer verosímil el proyecto independentista. Y es que el patriotismo puede ser en el siglo XXI una de las últimas reservas de pensamiento utópico y mesiánico; por eso no es extraño que aún seduzca. A ello hay que sumar varias circunstancias favorables al crecimiento del independentismo: la crisis económica, las impopulares políticas de austeridad, el desprestigio institucional español a causa de la corrupción, la particular correlación con el tema vasco, el precedente escocés, la inveterada incapacidad española para comprender su heterogeneidad cultural y por supuesto la actitud de Rajoy, que sabe que el tema catalán divide convenientemente a sus rivales políticos.
Sin duda, la sentencia del Tribunal Constitucional que cercenaba el Estatut d'autonomia se convirtió en el momento estratégico, porque creó por fin una ofensa verificable, aunque habría que preguntarse cuántos independentistas conocen con algo de detalle los artículos expurgados. Pero la sentencia, de hecho, fue además el peor final para un proceso tedioso y desgastante, porque el Estatut tuvo una costosísima gestación. En este punto hay que reconocer la táctica de Esquerra Republicana de Catalunya, un partido que ha sabido aprender de sus errores en el pasado y que ha trabajado con paciencia y perspectivas a medio plazo para conseguir sus objetivos intentando básicamente demostrar el fracaso de cualquier tercera vía para el problema catalán. No lo ha hecho mal para sus intereses, admitámoslo. Su único error de cálculo probablemente fue el crecimiento a su izquierda de la CUP, una fuerza nada fácil de manejar y demasiado ruda para el juego europeo y liberal que en el fondo gusta a Esquerra. No obstante, lo importante es que Esquerra ha conseguido que las semillas puestas durante el virreinato pujolista fructifiquen en una dirección posautonomista. Para ello contó en ocasiones con la complicidad indispensable del PSC, que casi se autodestruye también gracias a José Montilla, un político mediocre que dejó a buena parte de su base social entregada a buscar soluciones como Ciudadanos y que ahora está vergonzosa y cobardemente callado ante todo lo que sucede. Y, desde luego, Esquerra tuvo también a su lado a la nefasta pseudoizquierda catalana, que hoy sigue con su insoportable ambigüedad, exigiéndonos que votemos pero sin decir nunca qué votarían ellos y por qué. Esa pseudoizquierda ecolechuguina es la heredera de un momento crucial, cuando a finales de siglo XX, el hoy Síndic de Greuges Rafael Ribó antepuso nación a clase y se alió con Cristina Almeida y otros personajillos para debilitar a Julio Anguita y a Izquierda Unida. Desde entonces hasta el espectáculo actual de Colau y los "comunes", esa izquierda blanda sigue atrapada en sus contradicciones, aterrada ante la idea de decir palabras como “España” o “comunismo”, tan antiestéticas para una nación que quiere ser nación pero también ser rica.

Y lo dejo aquí, porque me está saliendo el Travis Bickle interior otra vez. Desde luego, el tema es complejo y ya no parece que haya una solución que no pase por perder de vista tanto a Rajoy como a Puigdemont. Como no puedo agotar el tema en una sola entrada y hoy, por una vez, quiero ser más propositivo que derrotista, terminaré recomendando una lectura que creo que puede subir un poco el nivel del debate, porque estos problemas complejos no se resuelven a base de tuits (hoy Twitter puede que decida, desgraciadamente, la batalla propagandística; pero desde luego no resuelve intelectualmente nada). En este artículo se exponen algunos argumentos valiosos para comprender que, aunque las fronteras históricas son desde luego contingentes, más fronteras no significa más democracia. Esa es la posición digamos filosófica que compartimos algunos (que estamos en minoría, claro). El punto de vista es discutible, por supuesto, pero creo que está a años luz de los argumentos de las jaurías pro y antiindependencia. Y es que no es lo mismo basarse en Habermas que en Pilar Rahola o Hermann Tertsch, que son dos caras de la misma moneda (y si los cruzas, te sale un Salvador Sostres).

domingo, 10 de septiembre de 2017

BUSCANDO RELATOS

Hastiado de textos académicos superfluos (incluidos los míos) y desmotivado para enfrentarme a las novedades del implacable mercado literario, he dedicado este verano a lecturas poco solemnes y hasta cierto punto relajantes. Algunas de ellas, sin embargo, quizá sean útiles a medio o largo plazo, ya que me han ayudado a documentarme para un tema literario sobre el que hace años que vengo pensando posibles experimentos novelísticos: el deporte. Más en concreto uno de ellos, el ciclismo.
Llevo tiempo convencido de que el deporte es un yacimiento literario de primer orden para este siglo, dada su importancia -merecida o no- en todos los órdenes menos el digamos “intelectual” (a pesar de que ya en 1925 Ortega y Gasset relacionaba deporte y arte nuevo). Es probable, con todo, que el reto más difícil hoy no sea seleccionar la historia – ficticia o real-, sino encontrar la solución formal adecuada para el tema. Se publica muchísimo hoy sobre deporte, desde luego, como sobre casi todo lo existente y lo imaginable; de hecho, el propio ciclismo tiene ya algunos excelentes cronistas, como Carlos Arribas, que es de lo mejor que queda en El país. Por otro lado, hay que recordar que el boxeo o el billar han deparado ya cine memorable, y sin duda el fútbol, el alpinismo o el ajedrez también han tenido o tienen sus prosistas de gala; pero creo que sobre todo en lengua española el hueco para futuros aspirantes a Norman Mailer –por poner un ejemplo- es amplio y tentador.
Quizá lo más curioso es que para muchos aficionados al ciclismo como yo ese deporte vive una decadencia evidentísima, que está socavando su propio prestigio simbólico, edificado en los años cuarenta del siglo XX, en tiempos de recontrucción europea y ética del sufrimiento. Su demacración actual no sólo se debe a la infamia Armstrong y a la sospecha perenne del dopaje; el poder narrativo, casi folletinesco, del Tour -sobre el que en su momento habló Barthes- está alicaído, y en ello influyen la medicalización y la tecnificación –que, aun siendo legales, están reduciendo las diferencias entre corredores y acabando con el sentido aristocrático de la lucha-, y también un cierto conservadurismo táctico impuesto por los criterios televisivos, que han cambiado muchos aspectos del ciclismo. Por no hablar de la manifiesta incompetencia de la Unión Ciclista Internacional, similar a la de otras organizaciones deportivas que viven en la impunidad de su hegemonía caprichosa y mediocre.
En lo que llevamos de siglo, el Tour de Francia, paradigma de la mitología ciclista, ha ofrecido pocos momentos de interés digamos literario. Con Indurain aún hubo momentos de abismo y pasión, y personajes memorables como el triste y a la vez elegante Gianni Bugno, pero la generalización de sustancias dopantes y la corrupción del sistema llevaron a consecuencias demasiado trágicas (Pantani, Vandenbroucke, Jiménez) como para mantener la illusio del juego. Desde entonces, el negocio se mantiene, sin duda, pero el potencial semántico ha bajado notablemente. Nada es comparable a la voracidad de un Eddy Merckx (salvo Michael Phelps o Michael Jordan), ni hay duelos como el de Jacques Anquetil y Raymond Poulidor, que algún periodista redefinió hermosamente como el duelo entre un ciclista gótico y uno románico.
La autobiografía de Laurent Fignon, Éramos jóvenes e inconscientes (Tarragona, Cultura Ciclista, 2013), informa bien sobre la que tal vez fue la última gran época del Tour y en general del ciclismo. Fignon, fallecido con apenas cincuenta años a causa de un cáncer (mejor no pensar mucho en eso…), muestra una sensibilidad inusual en el gremio deportivo, que incluye una buena dosis de autocrítica, además ejemplar en alguien que sabía que iba a morir pronto: reconoce algún caso de dopaje, algún exceso absurdo con la cocaína y otros detalles nada autocomplacientes. Pero hay una nobleza melancólica y digna en sus recuerdos y yo diría que también hay un rechazo solapado y nada dogmático a la abrumadora mercantilización de los nuevos tiempos. En lo que respecta a los temas más oscuros, su argumento está muy claro y es convincente: el dopaje era conocido por todos y practicado de vez en cuando como un código tácito, aunque su alcance era limitado y pocas veces resultaba determinante de verdad, porque la sistematización científica llegó después, en los años noventa, con las hormonas y la EPO, que convertían a cualquier ciclista normal en una máquina y desvirtuaban todos los resultados.
Los años óptimos de Fignon (1983-1989) fueron también los de la internacionalización del Tour, que empezó a interesar fuera de la Europa Occidental y sobre todo en el Gran Mercado del Mundo, los Estados Unidos. Pero además en esos años la carrera consiguió improvisadamente un nuevo guion atractivo que sumar a los ya históricos. El guion empieza con un maestro y dos discípulos llenos de talento: el maestro, Bernard Hinault -orgulloso, creativo, un admirable cincelador de aventuras en carretera-, se lesiona gravemente por ser demasiado ambicioso en carrera, y los discípulos (Laurent Fignon y Greg LeMond) se disputan el trono. La voluntad de dominio lleva al maestro a regresar después de su lesión y Fignon le derrota por más de diez minutos, de un modo especialmente doloroso. Pero el maestro no se rinde y al año siguiente gana su quinto Tour después de separar a los rivales y llevarse a uno de ellos a su lado; y, lo que es mejor aún, en el siguiente Tour se resiste a dejar el poder a su heredero y compañero LeMond, hasta el punto de recurrir sin éxito a inesperadas argucias en el límite de lo ético para lograr el sueño imposible que nadie ha conseguido: el sexto Tour de Francia (gracias a Dios, a Armstrong ya se lo quitaron).
Todo en el relato tiene bellas e inesperadas simetrías: los discípulos también se lesionan gravemente (uno de ellos, LeMond, casi muere en un tonto accidente de caza), pero vuelven milagrosamente después de haber tocado fondo, y al final, con el maestro retirado, se enfrentan en una última batalla (Tour de 1989) que se resuelve sólo por ocho segundos, la menor diferencia de la historia de la competición.
Pero hay mucho más en esos años: al propio Fignon le roban los italianos el Giro de Italia de 1984 con unas trampas burdas y evidentes, aunque consigue vengarse en 1989, y aparecen personajes secundarios capaces de lo más improbable, como el sospechoso Francesco Moser que ganó ese Giro y que fue el emblema de toda una revolución tecnológica (las ruedas lenticulares), o Bernard Tapie, ese Silvio Berlusconi francés que es el dueño del equipo de Hinault y LeMond y que acabó condenado por corrupción, o ese Pedro Delgado que llega tarde al inicio de la carrera por un despiste y aun así acaba tercero en París después de empezar el último y con mucho retraso la competición de 1989, o los equipos colombianos que ponen la nota exótica y la cocaína, o un ciclista escocés que perdió en la penúltima etapa una Vuelta ante el mismo Delgado y que por lo que parece ha acabado cambiando de sexo.
Sin embargo, a pesar de lo bien que creo conocer esa época y de la nostalgia por lo que supuso en mi educación sentimental, dudo mucho que aquí esté el germen de una posible novela. Como historia reveladora de miserias e inmundicia humana, sin duda la historia de Armstrong es más intensa y por ello fue llevada al cine oportunamente por Stephen Frears, aunque la fidelidad a los hechos probados judicialmente limita demasiado la creatividad de la película (como sucede en casos como La red social). Hay alguna otra película sobre ciclismo de cierto interés, como La bici de Ghislain Lambert, de Philippe Harel, de tono más ligero y cómico. Y en la literatura española, tenemos ya algunos ejemplos de tema ciclista, como la novela Contrarreloj, de Eugenio Fuentes, aunque confieso no haberla leído porque no me atrae su combinación de ciclismo y género policiaco. Más interesante es el caso de Javier García Sánchez, novelista curioso y autor de una monumental reciente novela sobre Robespierre, sobre la que mi hermano acaba de hablar aquí de manera muy lúcida. García Sánchez no sólo es autor de una biografía sobre Indurain, sino que en 2004 publicó El Alpe d’Huez, novela de abrumadora erudición sobre el Tour y que narra en más de quinientas páginas un solo día muy especial de la carrera, no basado en hechos reales pero protagonizado por un trasunto bien disimulado de Pedro Delgado.
¿Qué es lo que falla en esa novela, a pesar de su factura brillante y su minuciosidad descriptiva? Yo diría, en pocas palabras, que a García Sánchez le gusta demasiado el Tour. Le gusta más que la propia literatura –quiero decir, que la alquimia literaria de la creatividad-, lo que en cierto modo desequilibra el texto: por decirlo en viejos términos jakobsonianos, lo referencial se impone a lo poético. Es posible que ese sea el especial éxito de las crónicas de Dino Buzzati sobre el Giro de Italia de 1949, traducidas al castellano en fecha reciente (Gallo Nero, 2014). Buzzati, a diferencia de García Sánchez, es un profano en el mundo del ciclismo y por ese motivo su mirada no está automatizada ni es en absoluto previsible. El escritor italiano comprende, sí, la seducción simbólica del mundo ciclista y asume sus patrones narrativos (el duelo Coppi-Bartali, sobre todo), pero conserva una distancia esencial que le permite que el centro de la obra no sea en sí el Giro, sino la propia narración, que refulge por su propia fuerza retórica y su capacidad para conectar la carrera con el mundo externo a ella: la Historia, en definitiva.
Pongo otro ejemplo de los problemas específicos que supone el intento de tratamiento artístico del deporte. En La soledad de Anquetil (Barcelona, Contra, 2017), Paul Fournel, discípulo de Raymond Queneau y miembro del famoso OuLiPo, homenajea al corredor francés, el primero de los cuatro ganadores de cinco Tours de Francia. La biografía de Fournel destila pasión ciclista, pero es a la vez su propia autobiografía de juventud, y tiene pasajes muy ambiciosos en los que construye monólogos ficcionales del propio Anquetil. Con esos materiales y una innegable intuición por los misterios de la personalidad humana, crea un retrato sugerente de la excepcionalidad del campeón francés, de sus hazañas y caprichos, de sus errores y manías. Pero las contradicciones del deportista en su trayectoria, no pocas veces fascinantes, palidecen narrativamente ante una historia a la que el biógrafo dedica apenas un par de páginas y que tiene lugar después de la retirada del campeón. La resumo como puedo, porque ni siquiera es fácil de entender: Anquetil se casó con una mujer que ya tenía dos hijos pero que no podía quedar embarazada otra vez. El ciclista, ya retirado, quería tener hijos de su sangre e increíblemente (y al parecer, de forma consensuada y pacífica) convenció a su hijastra para que se quedara embarazada. De ese modo, Anquetil convivió durante años con su esposa, su hijastra y la hija nacida de ésta, hasta que, como era de prever, la situación se volvió insostenible.
No hace falta ser Tennesee Williams para ver la sordidez de la historia, que Fournel, sin duda sobrepasado por su adoración fanática al deportista y a sus proezas en competición, apenas esboza ni juzga. Hay generosidad en esa decisión (y respeto a la memoria de los muertos), pero ¿acaso no está en ese otro Anquetil el verdadero potencial estético del personaje? ¿Acaso no radica ahí la clave psicológica y aun sociológica que debería fundamentar la épica de los cinco Tours? ¿Cómo puede ser que el novelista no vea que la gesta deportiva, a pesar de tanto oropel, es poco más que una minucia o un mero prólogo en comparación con ese drama doméstico? Se trata, en definitiva, de una cuestión de prioridades literarias; de saber dónde conviene poner el foco, de cuál es la fuerza estética del deporte más allá de sus propios rituales y sus símbolos, que son duda atractivos pero que no poseen la proyección y el alcance cognoscitivo que supuestamente atribuimos (al menos yo, que cada vez soy más pre-posmoderno) a las exploraciones novelísticas.

Mi conclusión es, ahora mismo, clarísima: la pasión por el deporte no garantiza los mejores resultados literarios. Por eso, es posible que mi futura novela deba dedicarse a deportes que no me interesan. Por ejemplo, el béisbol, que jamás he entendido. Pero como tengo resabios del antiamericanismo hispánico y ataques periódicos de descolonización cultural, me parece que buscaré otros deportes menos imperiales. A ver qué encuentro en la Wikipedia sobre el curling. O sobre la lucha canaria.

domingo, 2 de julio de 2017

VACACIONES

Desagraciadamente, las vacaciones del profesor universitario no son las de antes, y los periodos sin clases hay que mantenerse ocupado con minucias burocráticas y requisitos académicos diversos que al parecer nos hacen más productivos. Así las cosas, para ganar algo de descanso temo que habrá que renunciar al blog al menos hasta septiembre.
Ojalá el verano sea tranquilo y nadie convierta mi estancia en Barcelona en un inesperado viaje al extranjero. Aunque la testarudez independentista, cada vez más desquiciada, es capaz de amargar las vacaciones con algún trapicheo patriótico.

Suceda lo que suceda, hablaremos de ello en septiembre.

domingo, 18 de junio de 2017

UN ESCRITOR OPORTUNO

En 1969, en su famoso ensayo La nueva novela hispanoamericana, Carlos Fuentes le dedicaba un capítulo a Juan Goytisolo junto a los dedicados a Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. La decisión era muy significativa: Fuentes convertía a Goytisolo ni más ni menos que en un homólogo de los grandes del boom. Los maliciosos, de hecho, interpretaron que Fuentes le estaba regalando un simbólico quinto sillón de lo que consideraban un club exclusivo, junto a los cuatro latinoamericanos de moda (la mafia). Pero lo cierto es que no son muchos los novelistas españoles que han tenido ese tipo de generosos reconocimientos al otro lado del océano (quizá un caso comparable sería ahora el de Vila-Matas). Ni Cela ni Delibes lo tuvieron, por ejemplo.
Sin duda, Señas de identidad no puede estar a la altura de Rayuela o Cien años de soledad, pero ese es en realidad un asunto menor, porque la importancia de Goytisolo en esos intensos años es incuestionable. Su desarraigo, su impugnación radical de la España franquista, su inquietud por encontrar la solución formal adecuada para la novela como género, le situaron durante mucho tiempo en posición permanente de vanguardia literaria (más que sus hermanos). Primero, practicando y a la vez problematizando el realismo social español. Después, descubriendo como tantos otros la Revolución Cubana y la pujanza cultural de América Latina, e incorporándose a la utopía transformadora. Su dinamismo muchas veces pareció inagotable, de Formentor a París, pasando por La Habana. Pero pronto llegaron los costes, empezando por la dura polémica a propósito de Cuba. Y, sobre todo, llegó a España la democracia.
En los ochenta, el Goytisolo inquieto y lleno de energía literaria aún mantuvo la iniciativa con sus memorias de Coto vedado, tan superiores a las de sus compañeros de generación, como Barral o Caballero Bonald. Y no sólo por el tema homosexual, sino por otros aspectos, como la inclusión de las sobrecogedoras cartas de los esclavos de la familia Goytisolo en la Cuba colonial. Esas son memorias de verdad interesantes, con imaginación creativa, no las bobadas de tanto ego inflado que han inundado desde entonces las librerías.
Sin embargo, sabemos que no es fácil resistir en la vanguardia. Algunos artistas que fueron muy audaces en su tiempo hoy bordean el ridículo en televisión (como Jodorowski). En el caso de Goytisolo, la democracia diluyó progresivamente su prestigio por culpa del lavado de cara de la España modernizada. La automarginación marroquí sin duda contribuyó a esa postergación, pero también hay razones externas fáciles de comprobar. En la era socialista, en una España cada vez más europeizada, el destierro perdió valor como gesto, como actitud contestataria; quién va a ponerse a reivindicar al conde don Julián en tiempos de crecimiento económico y libertad gozosa. La España sagrada que Goytisolo quiso destruir con sus novelas pareció desvanecerse rápidamente, gracias a gansadas como la "movida" y a nuevos escritores convencidos de que el Estado ya no era el enemigo y que se podía pactar sin problemas con el poder.
Así, a pesar de algunos momentos de Ferlosio y luego de Chirbes, nos fuimos quedando sin escritores agresivos y problemáticos y fuimos condenando a la obsolescencia una determinada forma de ejercer la crítica hacia la realidad. Y todo para quedarnos con modelos como Pérez-Reverte, tan agresivo a su manera. Pero la España sagrada, corrupta y mezquina no se había ido del todo, y ahora lo sabemos. La democracia ya no puede ocultar la inmoralidad y la podredumbre acumulada en décadas de olímpico autobombo, codicia insaciable y mediocridad contrarreformista. España, con sus condecoraciones a las vírgenes, sus rectores que plagian y sus patriotas con ahorros en Suiza y Andorra, sigue siendo un fracaso como proyecto, y ya se nos han acabado los motivos para la euforia. Por eso nos hubieran venido bien unos Goytisolos que cuestionaran los mitos de progreso que hoy se desmoronan. Pero no los tuvimos.

No se trata de volver a consagrar a escritores malditos. Bastaría con encontrar algunos que conozcan y propaguen las ventajas morales del desarraigo. Porque las tiene. Aunque el final del escritor desarraigado, como en este caso, pueda ser muy triste.

domingo, 4 de junio de 2017



ERROR MÁS ERROR

La desorientación política de estos tiempos posutópicos empieza a crear, sobre todo en países como España, escenarios sorprendentes, resultado de la mezcla de las nuevas formas tecnológicas de simpleza y la extendida ansiedad por encontrar soluciones inmediatas y superficiales. En el caso del PSOE, el partido sigue sumando errores a la interminable decadencia. Es verdad que la decadencia se explica en cierto modo por el declive de la socialdemocracia europea, que ya ha llegado al límite de sus promesas, pero también se explica por razones endógenas: el bajo nivel retórico y argumentativo de muchos de sus dirigentes, el pésimo ejemplo que dan los vínculos de algunos nombres ilustres con la oligarquía, y en general la petrificación organizativa del partido, cómodamente aburguesado desde hace décadas e incapaz de problematizarse a sí mismo y por tanto de comprender las nuevas necesidades sociales.
En ese sentido, lo sucedido en los últimos meses revela una descomposición muy profunda, aunque, eso sí, con cierto interés narrativo. Hay que reconocerle a Sánchez –o, más probablemente, a sus asesores- el modo en que ha sabido culminar su resurrección y tener por fin un mínimo de carisma en forma de pseudorrebeldía, después de tantas ideas peregrinas y recursos de persona ruiz. Personalmente, me alegra que alguien con un nombre tan parecido al mío suene todos los días en los medios e incluso parezca triunfar, ya que eso tal vez me quite la idea de cambiar mi firma y publicar como Pablo Umbral o algo parecido (no es fácil ser Sánchez, admitámoslo). Pero todos sabemos que la aparente tenacidad del nuevo secretario general no es más que una fórmula mercadotécnica, la única que le ha funcionado después de los fracasos sucesivos de su discurso acartonado y hueco. Lo interesante, de todos modos, será comprobar si su imagen de indómito le dará gasolina hasta las próximas elecciones. Teniendo en cuenta el infantilismo y la desmemoria crecientes de la sociedad española, cabe la posibilidad incluso de que remonte a base de gestualidad izquierdista y falso aplomo reivindicativo.
La democracia liberal es a menudo impredecible, y se supone que esa es una de sus virtudes, aunque muy a menudo lo imprevisto es sólo la variante menos mala de las posibles. Algo así sucede con los experimentos socialistas. Asombra, sin embargo, la obstinación de muchos socialistas de peso en defender la idoneidad de alguien como Susana Díaz, tan marcada por la ambición, los sonsonetes y una fibra tradicionalista que mal se puede esconder detrás de lo que llamaríamos eufemísticamente su “perfil regional”. Ya se vio su oportunismo cuando rompió el pacto con Izquierda Unida para acabar pactando de nuevo pero con Ciudadanos, y poco más se puede decir de una candidata a la que la propia derecha y sus voceros respetaban de forma muy evidente. En cualquier caso, sorprende la incapacidad de los cerebros del partido para no percibir que su estilo acomodaticio difícilmente podría devolver la ilusión a unos simpatizantes necesitados de más agresividad, aunque sea puramente verbal, en tiempos de irritación crónica.
Naturalmente, esa es sólo la última secuencia de la cadena de errores de un partido anquilosado por la nefasta y perpetua sombra del felipismo y del cebrianismo, y que Rodríguez Zapatero terminó de hundir. Sin duda, también se puede argumentar que parte del declive del zapaterismo tiene que ver con factores externos, como la crisis del euro y las restricciones de la política europea. Pero hay aquí un margen de responsabilidad individual ineludible que dañó de manera enorme la confianza de los ciudadanos españoles en sus dirigentes. Zapatero creyó –y no le niego la honestidad- que la reforma exprés de la Constitución en agosto de 2011 era una medida necesaria y urgente, y actuó seguramente motivado por un cierto sentido patriótico. Pero aquel día hundió su partido, les dio argumentos a los independentistas catalanes (que no los tenían), llevó la democracia parlamentaria a las tinieblas por no decir a las cloacas, rindió la soberanía nacional a monstruos tecnocráticos y confirmó la vileza internacional del capitalismo financiero. No es poco para un día, y para una decisión. Y encima ganó dinero con ello vendiendo el relato de su cobarde gestión.
Hay errores graves y errores fatales, y luego están los errores sin autocrítica, que tienen otro efecto añadido: tienden más a reproducirse. Esa es la situación del socialismo. Veremos cuál es su próximo error. Viendo a Sánchez cantar la Internacional, no cabe duda de que queda poco para saberlo.

domingo, 21 de mayo de 2017

CARVALHO RELOADED


He tratado de revisar metódicamente mis sentimientos a veces contradictorios ante la noticia de que el escritor Carlos Zanón será el encargado de revivir el personaje de Pepe Carvalho para una próxima novela que continuará las andanzas del detective creado por Vázquez Montalbán. Una vez concluido el autoanálisis, el resultado me parece claro: envidio a Zanón. Más allá de purismos y de traiciones, más allá de los evidentes riesgos de una estrategia descaradamente mercantil, intuyo que me gustaría tener algún día una oportunidad como la que ahora tiene Zanón. Aunque, también es verdad, seguramente yo firmaría con seudónimo (Raúl Garay, por ejemplo). Porque practicar estos juegos tiene sus peligros, como cuando José Luis Garci se atrevió a jugar ni más ni menos que con Sherlock Holmes, con resultados catastróficos. Veremos qué tal le va a Zanón.
Este fenómeno no es nuevo y forma parte desde hace mucho del código de conductas de la cultura masiva, pero quizá haya que temer una expansión en los próximos tiempos de ese concepto franquicial de la literatura. Al fin y al cabo, solo sería un nuevo paso en la asimilación por parte del mundo literario serio de técnicas y procedimientos mercadotécnicos procedentes de formas artísticas como el cine o incluso el cómic. Una asimilación seguramente inevitable en la fase actual de hipercompetencia capitalista, en la que el sueño de la profesionalización del escritor se está precarizando y no es extraño ver a escritores aceptando ofertas que harían vomitar a los bohemios de los buenos tiempos.
Sin duda hay una “alta literatura” que no se ha contaminado del todo, pero tal vez acabe siendo irremediablemente marginada ante estos nuevos productos, más aptos para las exigencias de ese mercado en el que ya estamos todos, mal que nos pese a algunos. Sin entrar en los casos muy conocidos de las sagas de Pérez-Reverte o Ruiz Zafón, ¿acaso El monarca de las sombras no es, o se vende como tal al menos, una segunda parte, es decir, una especie de secuela, de Soldados de Salamina? Es probable que las estrategias de mercado procedentes de las grandes industrias de la cultura global estén penetrando mucho más en las expectativas de autores y lectores de lo que pensamos.
Ante ese panorama, deberíamos empezar a cambiar nuestras categorías de análisis, de modo que veamos Juntacadáveres como la precuela de El astillero, y Cien años de soledad como un primer crossover, por la presencia de (si no me falla la memoria) de Victor Hugues, Rocamadour y Artemio Cruz. Pero puede que el peligro sea mayor, y temo que ahora he de ponerme profético: el descenso evidente de los beneficios económicos por derechos de autor en tiempos digitales quizá lleve en un futuro próximo a nuevos “modelos de negocio” en los que los personajes sean vendidos o alquilados como Carvalho. Viendo lo que es capaz de hacer Andrew Wylie con el legado de Bolaño, debemos estar preparados para todo cuando el superagente vea la oportunidad de sacar dinero antes de que caduquen los derechos de autor. Y es que en un mundo saturado de relatos y en el que cada vez es más difícil ser original, tal vez el futuro de la imaginación literaria dentro de unas décadas estribe en la reescritura permanente de la literatura previa para satisfacer la demanda de unos lectores infantilizados y ansiosos por regresar una y otra vez a sus héroes.
Sí, ya sé que suena obsceno y tremendista, pero déjenme completar la profecía. Imaginemos algunos posibles títulos: Rayuela 2: qué le pasó a Horacio OliveiraLuces de bohemia: cuando Max conoció a Latino, La Regenta liberada (sobre la vida sexual solitaria de Ana Ozores), The Walking Dead: Arrival to Comala, y el reboot Cien años de soledad: el otro manuscrito, en el que descubrimos que Melquíades tenía escondido otro manuscrito y que Macondo puede reconstruirse a través de un resto de ADN de los Buendía o algún agujero de gusano cuántico. Aunque también podemos ser más ambiciosos y mezclar personajes libres de derechos de autor de diferentes novelas: así, igual que existe en cómic La liga de los hombres extraordinarios, a alguno se le ocurrirá La liga de los héroes de la modernidad, en la que Hans Castorp, Stephen Dedalus, Marcel, Gatsby y alguno más se unen para formar un extravagante e incompetente grupo de rescate que, por supuesto, fracasará a la hora de salvar a su amigo Joseph K. de una muerte segura e injusta. Y ya puestos, no vendería poco un Cincuenta sombras de Larsen, en el que el proxeneta monta por fin el superprostíbulo con todas las prostitutas del boom, desde Eréndira hasta Alejandra Vidal pasando por la Manuela. La lista de experimentos es interminable y también podríamos abrir una serie de grandes duelos literarios: por ejemplo, encerrando en una sala a un personaje narrador de Fernando Vallejo y a uno de Javier Marías, a ver cómo acaban y quién deja hablar a quién. 
La única esperanza que tenemos es que nunca acierto en mis profecías. Pero alguna vez lo conseguiré.


domingo, 7 de mayo de 2017

EL NUEVO ENEMIGO DE LA LITERATURA


No, no me refiero a los presentadores de la televisión que, como mi excompañero de carrera Jorge Javier Vázquez, acaparan la mesa de novedades incluso en el gran día de la cultura que es Sant Jordi, y la atiborran de fatuidad y cosmética mientras algunos intentamos organizar la denuncia por intrusismo profesional. Tampoco me refiero a Mercedes Milá y su nefasto programa pretendidamente democrático, con sus Mama Chicho de la puerilidad lectora y su apoteosis del like como criterio estético. Ni al creciente fenómeno de los booktubers, productos de la pedagogía Flanders que nos domina desde hace tiempo y que han conseguido que algunos revaloricemos inesperadamente la obra de don Marcelino Menéndez Pelayo y la de cualquier fósil del mundo analógico. Y tampoco me refiero a ese viejo enemigo que llevo toda la vida aguantando, el grupo PRISA, que después de décadas de ejercer su hegemonía se está volviendo casi entrañable en su decadencia, convertido en nido de carcamales millonarios antipodemitas aterrados ante la perspectiva de quedarse sin su soñado premio Cervantes (y hay al menos dos que sueñan ya con el Nobel).
No, hay otro enemigo más discreto y subterráneo; más propicio, en definitiva, para la paranoia. Un rival enigmático cuyo poder se está extendiendo de forma poco visible y que está colonizando comportamientos a marchas aceleradas. La elite académico-humanística, como siempre, no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde y el daño sea irremediable; aunque no sé si incluso un superhéroe como Bourdieu hubiera podido enfrentarse a un villano como él. El enemigo tiene nombre extranjero, como buen malvado exótico, y parece personaje de novela negra nórdica o delantero danés barato adquirido en el mercado de invierno de fichajes. Su nombre es Nielsen.
Sí, Nielsen. Tendremos que redefinir el esquema de la comunicación de Jakobson y darle su puesto como factor de la literatura del siglo XXI, sobre todo en un país como España, tan proclive al yugo de la codicia. Nielsen es una base de datos por suscripción con resultados de ventas de libros y, por tanto, el equivalente literario de los medidores de audiencia televisiva; pero también es, como me dijo un editor, algo parecido a la lista de morosos de los bancos, por la que cualquier escritor publicado queda marcado por su nivel de rentabilidad, es decir, su capacidad de crédito, nuevo concepto socioliterario. Esa capacidad de crédito es lo que puede determinar su trayectoria posterior mucho más que los otros supuestos factores del éxito literario en el neoliberalismo cultural actual.
Nielsen está barriendo con todo y pronto no quedará nada. Nunca el capital había tenido un esbirro tan eficiente en el terreno cultural; el refugio del arte puro se está quedando sin oxígeno y no habrá más remedio que salir a la superficie. ¡Ríndete, humanismo tradicional de Auerbach y Curtius! Estás en vías de extinción, porque ya ni te va a salvar el dinero público. ¡Y tú, Onetti, no te quejes tanto, que te hubiera ido mucho peor si te hubieras encontrado con Nielsen! Ni en la cama hubieras estado a salvo. Porque Nielsen es una fuerza seductora y aparentemente inocua, pero cuando ya te vuelves adicto es imposible escapar. Hasta qué punto los editores están ya contaminados por ese virus, es difícil de saber, conociendo la sinceridad del gremio. Pero conociendo la avaricia predominante, podemos temernos lo peor.

Nielsen va camino de ser el HAL 9000 de la cultura capitalista, pero debería andarse con cuidado. Algún día habrá una resistencia organizada. Mientras tanto, ya podrían los de Anonymous hackearlo y cambiar los datos de Pérez-Reverte por los míos. 

domingo, 23 de abril de 2017


LA IZQUIERDA Y EL NORTE

Los dos movimientos que en estos años han propuesto de una manera u otra la impugnación del Régimen del 78, surgidos ambos de una importante movilización popular y marcados por una aparente voluntad transformadora e incluso constituyente, se encuentran ahora en una situación de encrucijada que no invita precisamente al optimismo. En el caso del independentismo catalán, la obstinación es ya chulesca y se va tiñendo cada vez más de dogmatismo asfixiante y vulgar sedición. En el caso del 15-M, los autoproclamados herederos de su legado político se están enfrentando con poca pericia a las complejas exigencias que implica la incorporación al orden político liberal y parlamentario, y están perdiendo aceleradamente la iniciativa de que gozaron, con astucia que hay que reconocer, durante al menos un año o dos. En ese sentido, el espectáculo ofrecido en Vistalegre II (a lo que habría que sumar algunos otros ejemplos posteriores) no sólo mostró la dificultad de organizar una estrategia política real que encaje no en la calle sino en el parlamento; también mostró la peor cara de su narcisismo de generación LOGSE, sin que le puedan echar esta vez la culpa a los medios de comunicación de la oligarquía. En este caso, fue el propio placer infantil por la sobreexposición mediática el que ofreció una imagen general de inmadurez, descoordinación y lucha de egos.
En ambos movimientos ha pesado mucho, creo, una percepción ambiciosa pero irrealista de “la mayoría” a la que creen representar y defender. Los resultados electorales, en cambio, demuestran que el ideal moral de justicia social de la izquierda está lejos de ser mayoritario y que los impulsos transformadores más o menos sustanciales tienen límites evidentes. En todo caso lo único que crece es la respuesta nacionalista a los problemas, es decir, el repliegue egoísta, sea –mal que les pese a algunos la comparación- en versión anglosajona, francesa o catalana. En el fondo, no es de extrañar, teniendo en cuenta que la quimera de la globalización próspera y feliz cada día engaña menos, y que soluciones como el keynesianismo o las burbujas crediticias ilimitadas parecen ya gastadas, con lo que el capitalismo nos conduce una vez más a su intrínseco sálvese quien pueda.
Con todo, en el caso español, la posición de Unidos Podemos, aunque sea en sus niveles actuales, parece imprescindible desde la perspectiva de los que creemos en la necesidad de que haya algún freno a las interminables coacciones del gran capital y sus mafias corruptas para afectar a los intereses públicos. La disolución de Izquierda Unida en la nueva coalición, desgraciadamente, parece ya irreversible, para tranquilidad de Tania Sánchez, y poco o nada se puede esperar del PSOE, gane quien gane las primarias (ganará Cebrián, seguramente). Ahora bien, un partido con cinco millones de votantes debe afrontar la responsabilidad evidente que supone tener una oportunidad real de gobernar, aunque sea una oportunidad remota y siempre dentro de un pacto. Julio Anguita, por ejemplo, nunca llegó a esos niveles, ni en sus mejores tiempos, y por eso Felipe González pudo despreciar sus ofertas de pacto. A corto plazo, parece indiscutible que PSOE y Podemos, a pesar de que la distancia simbólica entre ambos se agranda cada día, están condenados a entenderse y a pactar porque ninguno podrá gobernar en solitario. Esa es la clave del futuro inmediato, aunque no sea fácil el arreglo. La victoria de la doctrina resistencialista de Iglesias frente al posibilismo de Errejón lo complica todo más, pero es difícil de creer que Iglesias pueda realmente ampliar mucho más su base social, aun contando con que el PSOE no haya tocado fondo, o que pueda justificar ante sus votantes (ante sus militantes, seguramente sí) que vale la pena seguir permitiendo por acción o por omisión más años de gobiernos como el del PP. Además, sea con razón o no, Iglesias genera adoración entre sus seguidores pero mucha antipatía y sobre todo miedo entre sus no votantes. Quizá Alberto Garzón encajaría mucho mejor en el papel de líder menos arrogante que Iglesias y menos vaporoso que Errejón. O Ada Colau, pero el hecho de ser catalana, no nos engañemos, le complica la proyección a nivel español.
Habrá que ceder y negociar, desde luego. La pregunta es hasta dónde. O para llegar a dónde. Y aquí es donde salen las dudas, porque la mercadotecnia podemita y su culto a la imagen (los significantes, frente a los significados) han mostrado su oquedad (demasiado cercana a ejemplos olvidables como el melindroso ecosocialismo), porque intentan como sea disimular hasta qué punto se han contagiado de los problemas reales de la izquierda europea, de su falta de norte, que ya ha hundido a la socialdemocracia una vez que ésta ha perdido su poder negociador ante la ausencia de un fantasma como el del comunismo. Quizá sea hora de asumir que mientras el centro del debate político esté en la numerología económica, la iniciativa la mantendrá el establishment neoliberal, porque su superioridad tecnocrática a la hora de hacer cuentas y su capacidad de intimidación han conseguido ya una derrota moral de la izquierda: que el ciudadano sea hoy más que nada un accionista de una empresa que es su nación, y que se comporte como tal, consciente o inconscientemente.
Algunas voces dicen que la renta básica universal es la única posibilidad que tiene la izquierda de recuperar hoy la iniciativa política con un proyecto ilusionante y moderadamente utópico en el terreno económico. Tengo muchas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto, y más aún sobre su sostenibilidad política (imagínense las campañas de la prensa española que todos conocemos, sacando cada día testimonios de borrachos y drogadictos gozando de la renta básica), pero también es cierto que el prejuicio ante el experimento se asemeja bastante a esos prejuicios ante propuestas audaces como -precisamente- la legalización de las drogas. De cualquier modo, hacer verosímil la propuesta, situarla en el centro de la discusión, podría llenar de contenido el debate político más allá de otras propuestas que también pueden ser decisivas, como la salida del euro o incluso de la Unión Europea, tema crucial sobre el que en Podemos se habla muy poco, sin duda por estrategia. Si no se recupera el vigor programático con propuestas de alcance y no de mera propaganda televisiva o tuit, todo el esfuerzo de imaginación política se va a quedar en poco más que un relevo generacional sin llegar a ninguna transformación real. Nos libraremos de algunos corruptos, seguramente, pero seguiremos sin tener la iniciativa.

domingo, 9 de abril de 2017

CONFESIÓN /AUTOPSIA DE UN FILÓLOGO


Sé que no es dramático, pero la verdad es que tengo un problema: he de ponerme a investigar en serio y de manera urgente. La carrera académica no permite ya descansos y los buenos tiempos de la holgazanería universitaria se acabaron al menos en España, especialmente para los que ni siquiera hemos llegado aún a funcionarios. Debo ahora producir conocimiento y transferirlo a la sociedad, por lo que parece, y no sé muy bien cómo hacerlo. Lo de la innovación es todavía más grave: con lo que me ha costado tener alguna idea clara, ahora resulta que todo debe pasar y nada debe quedar, porque nada es lo bastante bueno como para merecer la preservación. O sea que hay que investigar y además saber cómo explicar de manera creativa lo que investigamos, para que los chavales estén contentos cuando les suban las matrículas.
En realidad, tuve ideas para investigar relativamente creativas hace años, en la fase ascendente, cuando España aún prometía progreso y yo aportaba lo que podía: el problema es que algunas de esas ideas, tal vez las más originales, me las pisaron otros que ni siquiera me conocían pero se pusieron las pilas antes; y las ideas que por fin pude llevar a cabo con cierto rigor, francamente, no le han interesado a nadie. Nadie me cita, nadie me lee (y poco ayuda tener un nombre tan vulgar, casi de líder fracasado del PSOE). Soy un científico de bajo nivel en el ámbito de los estudios literarios. Aunque el asunto es más profundo: creo que lo que me pasa es que tengo una crisis epistemológica. A ver cómo se cura eso. Se supone que leyendo, pero no tengo claro qué.
Los investigadores de los estudios literarios tienen poca tendencia a confesar sus miserias: hay que mantener el postureo pseudocientífico y no se puede ceder ni un milímetro, no sea que el Estado nos quite el pequeño paraguas protector de que aún disponemos, o que algún colega prestigioso nos humille públicamente con chulería estilo Paco Rico por tener dudas, que son indicio de falta de fe. Además, conservamos aún cierto orgullo ancestral de elite humanística e ilustrada (a pesar de que una y otra vez la realidad nos demuestra que las fantasías de una sociedad hiperculta no se cumplen ni siquiera con la tecnología más avanzada de la historia y con obras gratuitas), y por eso seguimos empeñados en preservar heroicamente legados culturales, en defender valores que creemos trascendentales y en soñar húmedamente con que nuestras prédicas salvarán algún día (¿cuántos siglos llevamos así?) las almas desorientadas. Será por eso también que este mundillo académico, cada vez más irrelevante en el conjunto de la sociedad, parece hiperactivo últimamente y todos están encantados de conocerse a sí mismos (iba a utilizar una frase tarantiniana muy famosa, pero me la guardo). Pero a mí cada día me cuesta más mantener el elemental grado de simulación que la farsa exige, y necesito desahogarme en este blog semiclandestino comportándome como aquel mago enmascarado y sacrílego que se atrevió a desmontar con todo detalle en un programa de televisión los trucos más habituales del mundo de la magia.
Lo cierto es que, ante la urgencia de recuperar mi alicaída productividad he recurrido a un brainstorming cervecero-heurístico para tomar una decisión inmediata. Se me han ocurrido las siguientes opciones:
Opción 1: rebuscar entre los trabajos de doctorado alguna basurilla inédita y esperar que el tema sea tan insignificante que los evaluadores anónimos de alguna revista sepan aún menos que yo del tema y lo acepten. Hoy todo vale, y juego con algunas ventajas: hay escritores como hormigas, y pocos latinoamericanos y menos aún los españoles saben de países que no son el suyo.
Opción 2: como es probable que esos ficheros estén en vetustos disquetes y sea imposible reciclarlos, mejor elijo algo rápido de eso que llamamos cultura –lo primero que se me ocurra, da igual-  y me pongo a divagar con apariencia de análisis sesudo y combativo para sacar alguna gran verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca, como por ejemplo que hay ideología en el fútbol o en los museos o en los parques, o machismo en determinados espectáculos. Claro, como la estética es una convención reaccionaria y obsoleta, todos los objetos culturales, desde Los Morancos hasta el Alcoyano, son igual de valiosos porque pueden ayudarnos a comprender cómo funciona el poder y por tanto a liberarnos de todas las injusticias. No es de extrañar que el estructuralismo –tan frío, tan antihumano, tan tecnocrático- haya sido olvidado; es muy aburrido analizar obras si no sirve para fantasear con alguna redención política y descubrir la sopa de ajo de la opresión. “Necesitamos más Cultural Studies para impedir que vuelva a pasar lo de Trump”, he llegado a leer por ahí.
Opción 3: la intermedialidad es otra buena excusa, y ahí llevo algo de ventaja: yo sí me tragué Twin Peaks entera en su momento, e incluso me di cuenta de que todas las tomaduras de pelo de la obra. Ahora cierta vanguardia académica está descubriendo lo provechosas y virginales que son las hibridaciones entre medios audiovisuales y literatura y es enternecedor el modo en el que se dejan deslumbrar por el efecto literario de homenajear a las series de televisión estadounidenses. Como encuentre una novela que incluya a Sonny Crockett, tengo tema para diez artículos.
Opción 4: sí, ya sabemos que la inmanencia estética está en vías de extinción, y lo curioso es que la Escuela del Resentimiento que la atacaba parece cada vez menos resentida y más cómoda. Hay, sin embargo, un terreno, fuera de las cavernas de los mandarines intelectuales, donde aún parecen creer en la estética, increíblemente: se trata de los estudios sobre la literatura infantil. Los pedagogos son ahora mismo tal vez los más preocupados en encontrar como sea la función estética en alguna parte para poder demostrar que existe la literatura infantil, que hay literariedad en ella incluso desde lo que podríamos llamar su grado cero: “sana, sana, culito de rana”.
Opción 5: también podría dedicarme a algún novelista muy actual que no esté todavía consagrado y forjar una alianza estratégica con él (siguiendo el modelo Cercas-Gracia, mucho más eficiente que Vargas Llosa-Oviedo, por ejemplo). Pero es fundamental que su esperanza de vida no sea baja, para poder ir exprimiendo al máximo la autoridad con la que hablaría de él. Sin embargo, eso implicaría hacerle la pelota para ganarme su confianza y poder presumir de conocimiento de primera mano. Aunque en realidad el precio es más alto: ¡le estaría dedicando mi tiempo y mis energías a la competencia novelística, dándole capital simbólico que yo necesito para mí mismo! Está claro que solo puedo dedicarme ya a escritores muertos.
Opción 6: otra opción muy hispánica es ponerme empírico y empezar a exhumar y revisar epistolarios. Esa es una buena opción: podría llegar a salir en prensa para dar a conocer la utilidad social de la investigación, y a lo mejor me serviría para justificar una estancia en el extranjero, porque ahora que se digitalizan todos los fondos se está poniendo más difícil eso de las estancias. De hecho, lo de los epistolarios también se acabará pronto, porque a ver dentro de veinte años quién va a dedicarse a estudiar los miles de correos electrónicos de los escritores contemporáneos (¿acabaremos estudiando los chats?). Debo decir que he tenido siempre un escaso interés en ese tipo de documentos, salvo en algunos casos muy específicos, cuando el documento revela un misterio autorial o la intervención decisiva de una determinada fuerza en el trabajo literario. Que Rubén Darío y Amado Nervo compartieran reino interior, o que muchos grandes machos de la cultura mexicana salgan del armario, o que sepamos por fin los motivos de la pelea entre Gabo y Marito, o que encontremos la prueba de que tal héroe del antifranquismo estaba a sueldo de la CIA, me resulta algo así como dermatología literaria, puro chisme que obvia la gran frase del dr. House, que sería buen filólogo: todo el mundo miente. De todos modos, esta opción investigadora tiene sus ventajas: aunque no encuentre nunca un documento que demuestre quién es el autor de Lazarillo de Tormes, siempre puedo apostar por un nombre y repetirlo a todas horas con el argumento tan científico de “demuestra tú que yo no tengo razón”. Así lo ha hecho una exprofesora mía, y su entrada personal de la Wikipedia corrobora el incuestionable triunfo.
Opción 7: en caso de desesperación, puedo buscar algún modelo narrativo y procurar sistematizarlo en el ámbito de lengua española dejando claro desde el principio que la investigación es solo un punto de partida. Parece, sí, un proyecto demasiado ambicioso y extenso, pero siempre se pueden buscar atajos conceptuales. Por ejemplo, bastaría con redefinir la “novela rizomática” como aquella novela cuyo final no se entiende porque el novelista sabe que si la obra termina con un mensaje positivo el resultado será baboso y cursi, y si la termina con uno negativo venderá poco. Así puestos, mejor que no se cierre nada y todo se ramifique y disperse. Y en caso de que se complique demasiado mi búsqueda, siempre me quedará la metaliteratura, que es lo más fácil de analizar y lo que mejor refuerza la burbuja de nuestra ilusión académica. Total, ningún autor me desmentirá si encuentro un guiño culto en su obra.

No se podrá negar que planes no me faltan. Es cuestión de ponerse manos a la obra. Seguiré informando.

domingo, 26 de marzo de 2017

LOBEZNO HA VUELTO

(Pensaba leer y reseñar la novela de Javier Cercas, pero, francamente, prefiero dedicar mi tiempo a Lobezno.) 
Sí: como él mismo diría, Lobezno ha vuelto. Su séptima película como personaje protagonista le confirma como uno de los más destacados reclamos de la industria del ocio actual, que mueve millones de dólares por todo el mundo y genera una producción simbólica de innegables efectos globalizadores. Por ese motivo podríamos situarlo ya a la altura de James Tiberius Kirk, Mr. Spock, Batman, Superman, Spiderman, James Bond, Indiana Jones, Darth Vader y algunos más, personajes que forman un repertorio sin el cual es difícil comprender el poder actual de un determinado tipo de cultura, que, nacida de bases populares (a menudo juveniles y enfáticamente masculinas) e infravalorada durante mucho tiempo desde el punto de vista estético, sostiene ahora un enorme negocio franquiciado que aprovecha al máximo las posibilidades de la nueva sociedad tecnológica y que ha sabido captar a base de dólares a creadores que empezaron sus carreras con algo de riesgo (American Beauty, Memento, Usual Suspects, Cop Land). 
Quizás esté abusando de la comparación, pero en cierto modo el negocio certifica el ciclo ascendente de la presencia cultural de estos personajes, como el que tuvieron en su momento los héroes griegos, los artúricos y los de la literatura anglosajona decimonónica. Sí, ya sé que suena a blasfemia literaria y ramalazo pop, pero qué quieren que les diga, prefiero estos productos estadounidenses antes que a Alatriste (o Falcó). Y por mucho que los desdeñemos, su importancia socioeconómica e ideológica es hoy por hoy más notoria, lamentablemente, que la de Stephen Dedalus o Hans Castorp.
Pero tal vez lo más interesante desde el punto de vista narrativo sea el lento y consciente proceso de sublimación o como mínimo dignificación que la industria del cine ha llevado a cabo para conectar la nostalgia de los primeros consumidores de estos productos -la mayoría en edad madura hoy, pero dotados de suficiente poder adquisitivo- con las generaciones herederas, que no vivieron el nacimiento de esa cultura y que entran ya directamente en la nueva fase. No es una buena noticia para el lenguaje del cómic, que probablemente ya ha pasado su edad de oro, como la ópera en su momento, y que difícilmente sobrevivirá a las nuevas seducciones que ofrece el omnipresente mundo audiovisual.
Ese fenómeno de maduración realista es ya muy evidente en la película Logan: la presbicia de Lobezno y la senilidad imparable de Charles Xavier son muestras de un notorio esfuerzo de verosimilización de los héroes, y a ello se añaden algunos toques pedantones para espectadores que exigen algo más que saltos mareantes y cuchilladas: de ahí la referencia –demasiado subrayada, en mi opinión- a Raíces profundas e incluso el recurso tan literario de la mise en abyme, que también podemos encontrar en la película. Pero nada de esto hubiera funcionado igual si el personaje no tuviera unas bases sólidas desde hace más de treinta años; desde los tiempos en los que algunos ya nos esforzábamos por imaginar una posible adaptación cinematográfica del cómic y pensábamos que Sonny Landham (el Billy de Depredador) podía ser una buena opción. De hecho, ya en 1981, en el famoso "Days of The Future Past" (The Uncanny X-Men nº 141-142) se planteaba una distopía futura en la que aparecía un Lobezno canoso y decadente como líder de un movimiento de resistencia ante los robots exterminadores de mutantes (antes de Terminator, por cierto).
Lo curioso es que el atractivo de Lobezno es absolutamente imposible de encontrar en su primera aparición en cómic, allá por 1978, si no me equivoco, de la mano del guionista Len Wein, que lo enfrenta a Hulk como mercenario a sueldo del gobierno para atrapar al monstruo verde. Al año siguiente el cómic se tradujo al castellano, y pudimos conocer ya a Wolverine, primero como Lobato. Pero el personaje carecía de los rasgos que luego le han hecho popular; aparecía siempre enmascarado y ni siquiera se decía de él que era mutante ni canadiense ni que tenía el cuerpo velludo hasta casi la hipertricosis.
Su inclusión en los nuevos X-Men poco después tampoco parecía augurarle demasiado protagonismo futuro, pero, a diferencia de otros héroes que empezaron protagonizando su propia colección, Lobezno ha ido creciendo semánticamente y pasando de ser personaje plano a personaje redondo, por decirlo en términos básicos. No siempre ese tipo de experimentos salen bien, como podríamos ver hoy en la confusa y pretenciosa serie de televisión Legión, sobre el hijo de Charles Xavier. En el caso de Lobezno, la clave fue, como sabemos, la intervención del guionista inglés Chris Claremont, responsable también de otro de los giros psicológicos fundamentales en la historia del cómic de superhéroes: la conversión moral de Magneto (es Claremont el que convierte al personaje en víctima del nazismo para justificar su agresividad ideológica y su resentimiento).
Pero para conseguir que Lobezno empezara a brillar hubo que tomar algunas decisiones creativas. Por ejemplo, uno de los compañeros de esos nuevos hombres X era Ave de Trueno, un personaje tan telúrico y hosco como Lobezno. Consciente de que los dos personajes no cabían en el grupo, Claremont, antes de que los lectores se encariñen con él, mata a Ave de Trueno en el número 95, apenas iniciada la historia del nuevo grupo. No hace falta recordar lo difícil que es matar en un cómic de este género a un personaje y evitar la tentación comercial de resucitarlo más adelante. En este caso, esa muerte dejó el camino libre para que Lobezno pudiera exhibir progresivamente sus contradicciones entre agresividad exterior y riqueza interior, y a revelar misterios y puntos íntimos de vulnerabilidad por debajo de su esqueleto indestructible y su exceso de testosterona. En ese sentido, es decisivo el número 114, en el que un globo del personaje nos revela su amor absolutamente secreto por Jean Grey, a la que en ese momento cree muerta. Mucho más adelante, cuando Jean Grey enloquezca poseída por su demonio interior, Lobezno intentará matarla para salvar al mundo, pero vacilará fatalmente, por amor, a la hora de clavarle las garras. El final de esa saga ya lo conocemos: el hermoso e inolvidable suicidio de Jean Grey, pésimamente reconstruido en la versión cinematográfica.
La biografía de Lobezno se va enriqueciendo también con otros datos imprevistos: en el 118 tenemos el primer toque orientalista y conocemos ya algo de su pasado en Japón, y en los 120-121, vemos sus problemas con el gobierno canadiense, que le exige volver a trabajar para el Estado como arma militar. Por supuesto, Lobezno saca su vena libertaria y escapa del acoso del gobierno. Ese temperamento suyo anarcoide tiene otros momentos memorables, como en el número 129, en el que está a punto de pelearse con un quiosquero que le abronca por leer un ejemplar de Penthouse sin pagarlo.
La agresividad del personaje también tuvo que pasar un proceso de suavización para adaptarse a cierta corrección política: por eso, los mercenarios a los que destripa de forma implacable en el número 133 y que parecen haber muerto, reaparecen vivos (aunque mutilados y reconstruidos como ciborgs) tiempo después, evitando que la pulsión homicida de Lobezno sobrepase los límites morales y legales y deteriore su creciente ejemplaridad para los lectores. Es esa una función modelizadora que se fortalece a medida que Lobezno acapara liderazgo dentro del grupo de héroes y socializa mejor sin perder su identidad carismática. Adquiere tanto protagonismo que en el X-Men Annual nº 11, de 1987, llega a convertirse en Dios gracias a un objeto mágico, aunque, fiel a su individualismo, renuncia ni más ni menos que a la omnipotencia para seguir con su temporalidad humana de ser sufriente pero libre.

Visto así, no debe sorprender que tanto lector de cómics se haya encariñado desde entonces con un personaje solitario, atormentado y a la vez noble como es Lobezno. Su conflicto entre razón e instinto tiene más relieves y matices, es decir, es menos binario, que en Hulk; carece de ínfulas patrióticas como el Capitán América porque su clase son los oprimidos mutantes y en todo caso es más espartano que de otro lugar, y por suerte no es un asqueroso ricachón con mala conciencia como Bruce Wayne o Tony Stark, ni un bobalicón cutre como Peter Parker o un vulgar hombre de familia como Reed Richards. Ojalá no languidezca en refritos, reboots, secuelas y precuelas; sería duro tener que acabar detestando a un gruñón tan entrañable. Aunque difícilmente dejaremos de envidiarle las garras y algunos de sus usos.

domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE LO UNIVERSAL DEL SUFRAGIO


El independentismo catalán, empeñado desde hace años en que se le tome en serio, ha conseguido ya ese objetivo, pero se acerca a su encrucijada más seria, porque por la vía legal choca con el muro que ya conoció Ibarretxe en su momento. Nadie, sin embargo, quiere suicidarse políticamente siendo el primero en poner el freno, lo que significaría quedar estigmatizado para el futuro y sin placa en la plaza del pueblo. En ese contexto, la opción pragmática de seguir trabajando en la ampliación y persuasión de la base social a la espera de un contexto más apropiado (porque Rajoy, aunque a veces nos lo parezca, no será un presidente eterno) ha sido desechada, y la razón está en la ansiedad de los que temen que los vientos de la Historia diluyan el impulso actual y la espuma baje como ha sucedido con los vascos. Son los mismos que se dejan seducir por lo desconocido y que están ilusionados ante la perspectiva de un escenario sin precedentes en el que se imponga sencillamente quien demuestre más voluntad (es decir, más convicción; es decir, más fanatismo) y consume los hechos. Por si acaso, el laboratorio de ideas (de Rahola a Viver i Pi-Sunyer, pasando por sor Lucía Caram) busca soluciones imaginativas para ir un paso por delante del gobierno español, cosa que en cierto modo está consiguiendo, aunque lo que le sale son ideas a menudo aberrantes basadas en triquiñuelas secretas, juegos de trilero y dobleces fulleras, que pueden conducir al monumental disparate de declarar la independencia para convocar el referéndum para saber si el pueblo quiere la independencia. Por supuesto, en la lógica indepe, todo es perfectamente democrático, porque el demos está acotado y la mística voluntad del pueblo eterno es muy clara: según parece, una amplia mayoría (TV3 dirá pronto que es un 105%) quiere el referéndum. Lo quiere, parece ser, pero no está claro si lo necesita ya, hoy, de manera inmediata e insoslayable; en todo caso, también querría seguramente que el PIB estuviera repartido de otra manera, y no parece que en ese sentido se le haga mucho caso, ni desde Madrid ni desde la plaza Sant Jaume. ¿Es así como se quiere crear la nueva república? ¿Esa es la revolución de las sonrisas? ¿De eso se trataba todo? ¿De que la mitad más chillona gane a base de conchabanzas y a hurtadillas? ¿De dar por ganado el partido por la mínima sin haber siquiera salido al campo a jugar, como en los casos de forfait?
La deriva sediciosa del independentismo en esta legislatura está perjudicando su inicial legitimidad social, y ello se debe a la permanente provocación y el empecinamiento monotemático, tan bien resumido en el lema del derecho a decidir, una de sus mejores maniobras retóricas. Sin embargo, los que no estamos en esa parroquia pensamos que esto de votar es más serio de lo que parece y que requiere de algo más que entusiasmo dominguero. ¿El Brexit solucionó el problema o creó uno nuevo? ¿Acaso no les hubiera mejor a los escoceses independentistas si hubieran esperado algo más de tiempo antes de hacer su referéndum? ¿Realmente un hipotético referéndum catalán con un resultado hipotético pero no improbable de 51-49, en un sentido u otro, resolvería algo y justificaría tantas energías invertidas y un posible trauma histórico?
Imitando cierta frase de Homer Simpson, podríamos gritar: "viva la democracia, la causa y la solución de todos los problemas". Pero es que no acaba aquí el asunto: entiendo que Bertín Osborne no tenga ese derecho a decidir sobre Cataluña, pero ¿y en mi caso? Perdón por la autovictimización, pero yo nací en Barcelona, me eduqué en catalán, he vivido allí más de treinta años (pagando impuestos cuando tocaba) y si ahora resido en Sevilla –paraíso, demasiado a menudo, de cierta catalanofobia muy característica-, es básicamente por la endogamia de la Universitat de Barcelona, que me cerró tres o cuatro veces la puerta en las narices. Con esos antecedentes, ¿soy parte de ese pueblo catalán que busca la libertad que se le ha negado desde hace tres siglos? ¿Soy catalán porque me siento catalán, porque ontológicamente lo soy, porque lo quiero ser, porque lo debo ser, o simplemente lo fui y dejé de serlo en cuanto cambié de lugar de residencia? ¿Tengo, sea como sea, derecho a decidir? ¿Sobre qué, exactamente? Sé que hoy estoy abusando de las preguntas, pero es que ni siquiera tengo claro si son preguntas retóricas o no.
Mi caso es, por supuesto, un átomo insignificante de toda esta historia, pero a lo mejor no es tan irrelevante si hacemos algunos cálculos y recordamos que la delimitación del censo electoral podría ser decisiva en un caso de empate técnico como el que se vive ahora. No se trata, por tanto, de poner excusas para retrasar el problema a la espera de que se desinfle, sino de respetar la complejidad del problema, que no es poca.

Quién me iba a decir a mí que acabaría defendiendo la constitución que da privilegios eternos a los Borbones. Será la vulnerabilidad creciente que conllevan los años, pero lo cierto es que hoy prefiero la ciudadanía como protección individual antes que la identidad como hechizo romántico.

lunes, 27 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (I)


YO NO HE MUERTO EN MÉXICO
y espero no hacerlo nunca, pero he visto muertes (demasiadas) en México y he pensado mucho sobre ese país y todo lo que lleva a su espalda, esa carga de mitos y metáforas con las que se ha creado la fama que ahora tiene y que, en cierto modo, pero sólo en cierto modo, es lo que me atrajo para ir a vivir allí una temporada (y me quedé muchos años). No diré hoy que todo en México es muerte porque eso supondría asumir que el destino es sólo un espejo y que nada cambia nunca. Pero sé que ese es mi verdadero país, y no Cataluña ni España, porque en Cataluña y en España hace mucho que dejé de reconocerme, y sin embargo al otro lado del océano me sentí en casa, incluso cuando se trataba de ver muertes y discutir sobre las pocas verdades y las muchas mentiras del ser mexicano.
Lo confieso: he intentado vivir casi todos los tópicos de México, y es que uno busca la magia aun cuando sabe que la magia es el peor de los engaños. Podría decir, por ejemplo, que viví bajo el volcán, bajo el mismo volcán de la novela, el Popocatépetl, pero no en el valle de México, sino en el de Puebla, al otro lado de donde se instaló el Cónsul de Malcolm Lowry. Viví bajo el volcán, que humeó casi todos los días augurando una gran revelación geológica, y pude incluso sentirme un clon de ese mismo Cónsul, en sus borracheras y en su efímera sobriedad. Pero es que he tenido varias reencarnaciones: he sido Hernán Cortés, español canalla y genial estratega, prepotente y seductor en el Nuevo Mundo y perdedor en su España natal. No he sido William Burroughs, que mató a su mujer en la Ciudad de México jugando a Guillermo Tell, pero he jugado también peligrosamente con mujeres (o ellas jugaron conmigo, tal vez). He sido exiliado de la Guerra Civil, como tantos escritores republicanos, incluido el mismo Paulino Masip sobre el que quise escribir un libro y sólo escribí dos o tres artículos menores que, sin embargo, fueron leídos por la persona oportuna. Y sobre todo, he sido delincuente; es decir, delincuente que cruza la frontera.
Porque huí y llegué a México en mi huida, como todos esos tipos rudos y violentos con los que desde niño yo y tantos otros hemos asociado a ese país en el cine y en la televisión. Pistoleros, ladrones, asesinos, desheredados, marginados, culpables de mucho e inocentes de bastante, para los que México es la Tierra Prometida de la democracia que nunca llega y que por tanto no les va a exigir el pago de su deuda con la ley. Antes incluso de conocer en persona el país, ya me había alienado con el repertorio de todos esos antihéroes solitarios y silenciosos, y había decidido que quería ser, siquiera fugaz o provisionalmente, uno de ellos, a pesar de que en sentido estricto no soy un delincuente, o sólo soy un delincuente de la escritura.
Hay un western, uno en especial, que siempre me viene a la mente cuando pienso en México: The Wild Bunch (Grupo salvaje), de Sam Peckinpah. Es una gran película, pero sobre todo es un buen ejemplo de lo que quiero decir: el tirón que México tiene para los autodestructivos, su magnífica hoja de servicios como Reino del Caos. Resumo la historia: en plena Revolución mexicana, un grupo de ladrones de bancos liderado por Pike Bishop (al que interpreta un decadente William Holden), atraviesa la frontera huyendo de los cazadores de recompensas. Sin embargo, se encuentran con las fuerzas federales y uno de los ladrones, que es mexicano, es torturado por simpatizar con la Revolución. Sus colegas, Bishop y otros tres, dudan y no saben si deben rescatarlo, porque eso significa enfrentarse a todo un ejército. Y en la escena que he visto una y mil veces, Bishop, después de haberse acostado con una prostituta indígena, termina su botella de tequila y durante unos segundos reflexiona mientras observa cómo la mujer se refresca el rostro, y la mira hasta que comprende que no hay otra opción, que deben él y sus amigos redimirse a través del sacrificio, y que para eso México es un país ideal, porque nada funciona como debiera y el sacrificio te lo hacen en cualquier momento, con una anestesia a base de mitos. Por esa razón Pike, con el alma estriada y la garganta quemada, sale de la habitación y reclama en silencio a sus colegas, y todos se ponen en marcha para demostrar que sí hay una épica del delincuente y que ellos la conocen.
Mueren, desde luego; mueren espantosamente, como es obligado. Pero en cierto modo, como decía antes, para mí eso fue México, antes de llegar allí y cuando ya estuve y me instalé, y amé y viví y trabajé como nunca lo había hecho en mi vida. Eso era y es México: el contraste brutal entre William Holden, que es el extranjero que decide que va a morir y que medita sobre la tragedia que se le viene encima como una posesión, y la mujer indígena a la que todo eso le trae perfectamente sin cuidado. En ese hueco inmenso cabe todo México, con sus dioses y vírgenes, con todos esos relojes que marcan tiempos distintos, con todas sus contradicciones de país sobre el que ya se ha escrito demasiado.
Yo no he sido pistolero ni ladrón, por supuesto; pero entiendo a Pike Bishop, comparto algunos de sus estragos y pienso que los demás no estaban tan lejos: Judith Robaina, Jeff Lombard, Miguel Magallanes, Sven Nilsson y todos los demás, los parias y exgenios, los masoquistas de la cultura digital, los espectros de la modernidad líquida que nos fuimos para allá, a morir o no, a escribir y a odiar la literatura al mismo tiempo o por separado, a luchar por México o a destruir aún más si cabe el país haciéndolo más trágico y penoso. Los mexicanos no se merecen ese país; pero algunos de nosotros probablemente, sí. En mi caso, seguro.