lunes, 19 de febrero de 2018


PRESENTACIÓN EN MADRID

Sé que desde Rusia visitan este blog muchos robots que hackean -creo que con pocos resultados-, pero, en cambio, ignoro cuántos lectores puedo tener en Madrid. Aun así, estáis todos invitados a la presentación de mi novela este miércoles 21 en el Centro de Arte Moderno. Presentará la obra mi querida amiga la profesora y escritora Selena Millares, de la Universidad Autónoma de Madrid.

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domingo, 18 de febrero de 2018


LOS LIBROS Y EL ORIGEN

¿Hasta qué punto la biblioteca personal explica la evolución de cualquier lector y sobre todo de cualquier escritor? Eso nos puede llevar a una segunda pregunta más sofisticada y quizá malpensada: ¿hasta qué punto la biblioteca, sobre todo la familiar, es un capital que ayuda a la trayectoria del escritor y le sirve para gozar de alguna determinada ventaja competitiva? El caso de Borges es, seguramente, el ejemplo paradigmático: casi podría decirse que somatizó la biblioteca de sus padres, y, como sabemos, rentabilizó literariamente esa faceta de una forma inigualable. Por supuesto, el capital familiar, en sus diversas formas, incluida la biblioteca, ayuda todavía en nuestros tiempos a la formación de un escritor (no hay que pensar solamente en Javier Marías, sino en casos como el de Milena Busquets), aunque, por suerte, la democratización cultural ha permitido un acceso bastante amplio que dificulta determinadas formas de elitismo, aunque genere otras hipertrofias por culpa de internet. Pero creo que podría ser interesante pensar por un momento en el caso inverso a la biblioteca imponente: hablo de la biblioteca vacía, inexistente o como mínimo precaria que misteriosamente también puede estar en el origen de una vocación literaria. La nada que puede ser el principio previo. La ausencia de la letra. Se me ocurre que algo puedo contar al respecto.
Nunca he soñado con tener las tres bibliotecas particulares y los treinta mil volúmenes que al parecer tiene Mario Vargas Llosa, pero lo cierto es que tampoco he tenido ninguna posibilidad ni de acercarme a una décima parte de esa cifra. Mi vida itinerante y mi inclinación –a veces forzada y a veces voluntaria- a los hogares pequeños me ha impedido componer una de esas bibliotecas impactantes y casi museísticas. Sin embargo, puedo darme por satisfecho si pienso en la biblioteca de mi casa cuando nací. Porque no era mucho más que una biblioteca fantasma.
En esos años de tardofranquismo, el crecimiento de la clase media española se manifestó inesperadamente en diversas formas de boom editorial, entre las cuales no fue la menor la de los narradores latinoamericanos, que empezaron a llenar librerías y bibliotecas. Pero hubo también otro gran impacto editorial fundamental en la sociología lectora española, que recordarán los lectores de una determinada edad: la Biblioteca RTV de Salvat, iniciada en 1969. Se trató de un éxito mercadotécnico sin precedentes, debido probablemente al nuevo poder de la televisión, porque Televisión Española avalaba y publicitaba (hablamos del único canal de televisión que se veía regularmente, lectores jóvenes…) la colección. Para entender lo que supuso ese fenómeno hay que recordar que el primer número vendió un millón de ejemplares, según me contó mi amigo Joaquín Marco, entonces director de la colección. Pero lo asombroso no es la cantidad, sino el título de esa primera obra publicada, que podríamos considerar el best-seller más imprevisto de la historia. Hablamos de La tía Tula, de Miguel de Unamuno. Ni siquiera Gironella o Forsyth, ni por supuesto García Márquez o Cela. No, Unamuno, elegido para no levantar sospechas en la censura y propiciar que la colección después pudiera continuar con autores políticamente más delicados.
La tía Tula [Cómo se hace una novela]: Unamuno, Miguel de
Bien, el caso es que ni siquiera esa biblioteca de consumo masivo que buena parte de España adquirió llegó nunca a mi casa. No éramos clase media, lamentablemente. Fue mi hermano el que poco a poco fue creando una biblioteca respetable, en la que siguen siendo inolvidables los libros de Alianza Editorial con las cubiertas a veces herméticas pero siempre atractivas de Daniel Gil. Ahí encontró él a tantos autores europeos (desde el inevitable Hesse hasta Kafka o Nietzsche), y así me llegaron a mí. Aunque quizá aún más importante fuera la editorial Bruguera, que no sólo ofrecía en sus baratas ediciones obras de Lowry y Onetti, sino que también ofrecía buena parte del cómic que digeríamos y que hoy recuerdo como un verdadero zapeo ficcional, sobre todo en revistas como Mortadelo, en la que usualmente lo menos interesante eran precisamente las historias del torpe agente gafotas que le daba nombre. Sin embargo, todo eso llegó a partir de mediados de los setenta. Es posible que no hubiera ningún libro en mi casa cuando yo nací. Tal vez las horripilantes novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, que fueron la única lectura comprobada de mi padre, pero tampoco podría asegurarlo.
Rastreando nostálgicamente en el hogar, creo que he encontrado el que seguramente es el libro más antiguo adquirido por el núcleo familiar: la Enciclopedia Universal Ilustrada de la editorial Ramón Sopena, en cuatro volúmenes, de 1971. Una obra comprada costosamente a base de letras (el crédito de aquellos tiempos) a esos personajes tan curiosos y pesados que eran los vendedores de enciclopedias, que seguramente convencieron a mis padres de que los libros iban a ser el complemento ideal para que los niños estudiosos sacaran buenas calificaciones y borraran así el estigma de la pobreza andaluza de generaciones y aun siglos. El esfuerzo económico de mis padres no estuvo exento de riesgos y miedos, ya que la enciclopedia podía costar el salario de un mes para una familia sin patrimonio ni ahorros. Lástima que la enciclopedia tuviera entradas tan rigurosas y de nivel científico como esta dedicada a Franco: “alzado el ejército de Marruecos contra la dominación roja en España, el general Franco se trasladó a Tetuán, tomó el mando del Ejército de África y emprendió la magna Cruzada de Reconquista de la Patria, con el apoyo de la exaltación patriótica de la mayor parte de la nación no maleada por teorías disolventes”. Sic, de verdad, sic.
Recuerdo haber escuchado alguna vez a Juan José Millás decir que en su curiosidad literaria fue decisivo leer de niño la entrada de la palabra “muerte” en la enciclopedia Espasa, lo que al jovencísimo lector le abrió un mundo de sorpresas y fascinantes posibilidades. No creo que la entrada dedicada a Franco me haya determinado en ningún sentido, pero me pregunto si hay alguna conexión misteriosa entre ese primer libro franquista y lo que ha venido después: los cinco libros de poesía de mi hermano y mis tres novelas, entre otras cosas. Esa biblioteca tiene, por tanto, su relato, su misterio e incluso su lección histórica. Y es que, como mínimo, hay una génesis en ese hipotético primer libro, una génesis marcada por el miedo a la ignorancia y a la pobreza, pero también por algunos innegables valores familiares que quizá sólo podría dar a entender citando versos de César Vallejo. 
Cultura, vieja amiga: a pesar de todo, yo sigo confiando en ti.

domingo, 4 de febrero de 2018

ARTÍCULO CASCARRABIAS (APRENDIENDO A IMITAR A JAVIER MARÍAS)

Estar prudentemente lejos de la naturaleza es un signo de capacidad racional, y quien lo niegue solo lo hace porque sueña con torturar a sus amistades con fotos de viajes exóticos. La naturaleza, sin duda, hay que protegerla, pero a ser posible desde la distancia; la ciudad es el único destino posible. A partir de ahí, podemos ponernos nihilistas o dandis, podemos denunciar los humos cancerígenos y la ansiedad acústica, podemos leer Poeta en Nueva York o ver Blade Runner, podemos quejarnos de que todas las ciudades son ya no-lugares o meras franquicias del Gran Capital. Pero el telurismo ya aportó todo lo que tenía que aportar a la cultura.
Sin embargo, la vida urbanita, precisamente por su interminable dinamismo, puede acabar siendo desquiciante incluso en los comportamientos aparentemente nimios. A cada época le corresponde su anecdotario de pestes urbanas, desde luego, aunque muchas de las microestupideces se van superando lenta y costosamente. Por ejemplo, estamos ya en fase de superación de la insoportable vanidad de los propietarios de perros, que por fin empiezan a ser controlados legalmente ante la evidencia innegable del descontrol excrementicio y de la chulería falocrática de algunos dueños. Por desgracia, el viandante tranquilo, solitario y reflexivo tiene ahora nuevas amenazas, aparentemente poco peligrosas pero que como todos los elementos nocivos van dañando poco a poco las defensas del organismo. Y se trata de amenazas que tienen además el agravante de las buenas intenciones, que como sabemos pueden ser semillas de resentimientos muy profundos.
Los que como yo viven en ciudades como Sevilla o Barcelona tienen que batirse diariamente con la prepotencia permanente de los ciclistas, turba de maleducados y acaparadores que no solamente atormenta con la gota malaya de sus timbrecitos horrísonos, sino que cada vez se apropia de más suelo público, incapaces como son estos ególatras faltones de ceder paso a los que no tenemos ruedas o de comprender intelectualmente las virtudes morales del freno. Amparados en su supuesto heroísmo anticontaminante y en otras formas de podemismo seráfico (aunque en realidad la prioridad es ahorrar para poder aburguesarse bien en otras cosas), disfrutan exhibiendo sus nalgas que creen prietas, sus gorras con la visera de lado, su educación de LOGSE y sus prisas para llegar a ninguna parte.
Las esquinas urbanas siempre han tenido riesgos de diverso tipo; hoy se añade el riesgo del choque nada leve con algún mastuerzo atolondrado sobre dos ruedas. Los ciclistas urbanos combinan demasiado a menudo lo peor de Mary Poppins y Lance Armstrong (que es mucho, y muy malo); disfrutan separando madres y niños cogidos de la mano o aterrorizando a ancianas que en la calle no tienen el servicio de teleasistencia. Porque no les bastan los carriles ya dispuestos para las bicis, y su voracidad les lleva a serpentear y esprintar entre los paseantes, que pronto tendremos que ir con espejo retrovisor mientras no consigamos que por fin se ponga un examen obligatorio para los ciclistas, como ocurre con los demás conductores. Puede que en algunas ciudades europeas la convivencia entre peatones y ciclistas sea cómoda y respetuosa; no parece el caso de las ciudades españolas, incluyendo las catalanas, que comparten idéntica grosería y en la misma fase creciente.
Pero los ciclistas no son los únicos supremacistas que en estos tiempos toman la calle y disfrutan interrumpiendo las solitarias reflexiones de los viandantes. Uno ya no sabe cómo guiarse con el GPS para evitar entrar en las calles que tienen el spam insufrible de las oenegés que amagan con cerrar el paso armados con sonrisa y carpeta. Hace tiempo, una conocida página web satírica anunciaba la creación de un spray especial para ahuyentar a los cachorros del humanitarismo; yo por momentos no vi sátira ahí sino una buena idea empresarial. Y es que los efebos y las ninfas utilizados por esas instituciones han aprendido los peores modales del capitalismo invasivo que llama por teléfono a la hora de la siesta para ofrecerte todo tipo de trampas comerciales, y están consiguiendo en algunos como yo sacar el mayor egoísmo posible y la insensibilidad más firme. Todos los días tengo que evitarlos en mi rumbo diario hacia la universidad, arraigados como están en las zonas de mucho tráfico peatonal, y de nada me sirve ya estar mirando el móvil sin motivo real, o llevar puestos los auriculares y tararear en mi nefasto inglés. De algún modo semióticamente curioso que aún no entiendo, esos pesados provistos de altruismo eterno huelen en mi soledad algún tipo de necesidad de sentirme solidario. Será que me ven cara de víctima, o que huelen algún miedo al dilema moral; o quizá detectan mi inseguridad ideológica, y por eso me interrumpen con su suavidad beata y el latigazo de su benignidad, ante lo cual solamente puedo reaccionar hundiéndome en los abismos de mi mala conciencia, que es el único espacio donde me regodeo y finalmente me siento en casa.

No, no se puede escapar de la ciudad. Si vuelves al campo puedes acabar convirtiéndote en independentista, o algo peor. Pero la vida del flâneur tiene también sus contratiempos en estos tiempos de modernidad líquida (o diarreica). Aunque se me ocurre que tal vez sí tengo una solución fácil a mi alcance: quizá debería aprender por fin a montar en bicicleta para evitar a toda velocidad a los humanitaristas mientras siento, como ellos, que ayudo a que el mundo sea mejor y, de paso, sueño que vuelo como E.T. y sus amigos.

domingo, 21 de enero de 2018

¿EL OCASO DE LOS DEMIURGOS?

Hace tiempo que la servidumbre académica de leer narrativa esperando la iluminación de un buen filón crítico para una revista peer-reviewed me atrofió el gusto lector, pero ahora que estoy de barbecho después de un esprint para intentar salvar mi sexenio (los del gremio universitario español me entenderán), puedo dedicarme a reflexionar con más libertad sobre las lecturas que llegan a mis manos; o más exactamente, que vuelven (es cierto que leo pocas novedades, y sin duda este blog adolece de muy poca actualidad literaria. Pero, antes de que se critique mi falta de profesionalidad, diré en mi defensa que aunque el arbitraje del reseñista me parece muy respetable, no me gusta practicarlo. Bastante tengo con dos personalidades -investigador-profesor, aunque sea en decadencia, y novelista, en la misma línea-, como para meter entre Jekyll y Hyde a un tercero tanto o más ególatra. Y no me hagan decir quién es Jekyll y quién es Hyde).
El caso es que en estas fechas he vuelto por diversos motivos a tres autores latinoamericanos importantes que más de una vez se han comparado o asociado: Sergio Pitol, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño. No voy a detenerme en hacer ahora un resumen didáctico de sus logros literarios, y desde luego tampoco aspiro a una interpretación original de esos logros, porque de tenerla debería enviarla a una revista estadounidense, y ya me he cansado de hacer abstracts con el Google Translator. En realidad, lo único que me interesa aquí es divagar un poco sobre mi propia experiencia lectora mezclando mis dos yoes y reflexionar sobre algunos criterios novelísticos del nuevo siglo que esos autores han contribuido a consagrar y tal vez a rutinizar. Es decir, voy a explicar algo que jamás pondría en serio en un artículo de esos con los que supuestamente me gano la vida, y que cada vez escribo con menos confianza.
Empezaré con una afirmación que casi parece sacrílega o digna de las provocaciones de un Alberto Olmos: tengo un escasísimo interés por leer Los diarios de Emilio Renzi, a los que sólo me llevarán por la fuerza. Por lo que sé, voy en la dirección contraria, como tantas otras veces; la sacralización del escritor argentino es imparable. Podría dar motivos profundos para mi decisión, pero creo que el motivo más sincero es la pereza infinita de meterme otra vez en la intimidad autoconsciente y morosa de un escritor y perpetuar el culto al carisma creador. Los diarios, como todos los demás géneros autobiográficos, me podrían interesar humanamente, pero apenas me atraen estéticamente; su literariedad me parece, cómo decirlo, demasiado condicional, demasiado arbitraria, incluso con un punto clasista. Lo que he hecho, en cambio, es releer por cuarta o quinta vez Respiración artificial, novela que siempre me plantea dilemas estéticos pero ante la que no dejo de sentir un gozoso asombro.
Piglia, como Pitol y Bolaño, no es ya un autor minoritario, porque se lee mucho, pero los tres son autores cotizadísimos entre sus pares (los escritores) y sobre todo entre la crítica académica, que valora especialmente los componentes metaliterarios o culturalistas de sus ficciones: sus revisiones canónicas o anticanónicas, sus homenajes, sus parodias y los híbridos resultantes entre unos y otras, sus tendencias a tematizar la lectura y convertirla en nutriente fundamental de sus obras a base de subtextos o hipotextos o intertextos. Se trata de autores exigentes, que presuponen lectores bien sedimentados en Borges y a la vez indulgentes con determinadas convenciones narrativas que esos autores se saltan a menudo (los finales “claros”, por ejemplo). Decir que son elitistas podría sonar a acusación y, peor aún, a repudio de la dificultad artística; pero sin duda los tres son autores imprescindibles, y, a pesar de mis objeciones y por muchos desniveles que encuentre en ellos, no puedo rebatir su grandeza. Admito que he tenido mis vacilaciones con Bolaño, después de la decepción inicial con Los detectives salvajes, y hay demasiada anarquía en su obra para mi gusto; sin embargo, casi siempre la puedo excusar por la innegable ambición creativa, que seguramente fue acelerada por las urgencias vitales, y porque me convence su forma de jerarquizar los problemas concediendo un puesto prioritario a lo que podríamos llamar una teodicea laica, es decir, esa obsesión suya a veces tan desconcertante sobre el Mal y sus formas y orígenes (apenas tomo en cuenta lo que podríamos llamar sus obras re-póstumas, las que siguen saliendo milagrosamente después de 2666, que no conozco y que no sé si quiero conocer).
En cierto modo, lo que me inquieta de estos tres autores no es tanto su aportación textual como su conversión en modelos literarios, y más exactamente mi propia posición frente a esos modelos. Yo mismo he recurrido (en Caja negra, por ejemplo) a cierto toque culturalista, aunque con resultados obviamente muy inferiores; pero aun así no puedo dejar de pensar que la metaliteratura, por muy exquisita que sea, a veces no puede disimular sus propios intereses y su chistera de trucos. Y si me permiten la vanidad, incluso diré que es un recurso fácil, sobre todo hoy. Se me ocurren ahora mismo varias ideas para novelas con las que podría poner en práctica mis conocimientos acumulados de lector y profesor. Podría escribir, por ejemplo, una novela sobre un escritor español frustrado que vive en un tiempo alternativo en el que la editorial Anagrama (la que ha dado a conocer en España a los tres autores de los que hablo) no publicó nunca La conjura de los necios y acabó quebrando, lo que cambió definitivamente el rumbo de la novelística en lengua española. ¿Acaso no suena bien, como novela? Denme tiempo y un adelanto económico, y la hago.
Esta modesta crítica al culturalismo en novela no significa, por ejemplo, que una obra como 2666 sea una novela menor por girar en torno a otra búsqueda literaria (la de Archimboldi); simplemente que como recurso me parece mucho más arriesgado y audaz el implacable discurso forense en "La parte de los crímenes" que las poco disimuladas alusiones al crítico Ibáñez Langlois en Nocturno de Chile o los rituales de devoción literaria diseminados o dilatados a lo largo de Los detectives salvajes. O el recurso de los personajes referenciales, como Neruda o Paz (o Pinochet, o Wittgenstein y Hitler en Piglia), incorporados a sus novelas, de un modo sin duda sugerente pero con algo de trampa (porque ese personaje, en realidad, no necesita demasiada construcción compositiva y sin embargo tiene garantizada la atención del lector).
Evidentemente, el dominio de la tradición literaria y la capacidad para reinventarla de forma creativa pueden ser valores literarios y siempre dispondremos de un aval cervantino para justificarlo, pero me pregunto si esa estrategia no corre el riesgo hoy de automatizarse y volverse previsible, lo que en cierto modo sería la negación de su misma naturaleza estética para convertirse en algo muy distinto: un producto pensado para satisfacer una demanda previa. ¿Demanda de quién? De los propios críticos e investigadores, por supuesto, que, necesitados de legitimación y de discurso rápido y efectivo, disfrutan especialmente siguiendo las miguitas de pan que los autores ponen en sus obras para condicionar la lectura. De ese modo, la clase intelectual ocuparía una posición perfectamente simétrica al público de best sellers, y ambos tendrían garantizada su comodidad lectora y su sistema de valores, evitando cualquier conflicto entre los dos ámbitos.
Más de una vez he discutido con colegas del gremio (de diferentes países) que se solazan con el acertijo metaliterario, las metáforas archivísticas y los rayos X del palimpsesto, y que encuentran ahí la perfecta satisfacción de sus necesidades como público lector y a la vez constructor de cánones. La clase letrada –a la que yo aspiro a integrarme, que nadie lo dude- se habla a sí misma perfectamente con esa literatura, lo que cierra el círculo de la autocomplacencia y la vanidad: somos cultos porque encontramos todas las pistas del autor y por eso nuestra vida de lectores tiene un sentido. Todo es muy respetable, desde luego. Además, siempre puede la crítica equivocarse más gravemente, y ahí está el ejemplo del fulgurante esfuerzo de reivindicación de Me llamo Rigoberta Menchú, estropicio académico lleno de supuestas buenas intenciones que por suerte ahora parece superado. Pero del mismo modo me parece que quizá es la crítica (o buena parte de ella) la que debería replantearse su misión y su tabla de valores, y salir de la burbuja de un conformismo no exento de privilegios económicos en el que apenas hay término medio entre el redentorismo grotesco de algunos mandarines que presumen de cambiar el mundo con sus abstrusos ensayos aparentemente políticos y la tibieza con la que otros mandarines más tímidos han banalizado la pesquisa crítica para convertirla en el parque temático de los iniciados. Incapaces de problematizar seriamente la relación entre texto y sociedad (porque eso significaría, entre otras cosas, replantear sus privilegios y volverse humildes), muchos lectores sofisticados han elegido como moral de la forma literaria la que más se adecua a sus intereses inmediatos, evitando el riesgo que implica tomar posición en el seno de la institución para preguntarse de veras qué es hoy la crítica literaria desde un punto de vista social. 
Con el beneplácito de la crítica que parece creer que cualquier clasicismo novelístico es siempre conservador y por tanto fácilmente refutable, nos encontramos con que ese tipo de autor que podríamos llamar autor-archivista, o glosador (o parásito, dirían algunos) compite hoy por la hegemonía literaria hoy con el autor-híbrido, periodista, cronista, historiador o simplemente narrador de sí mismo -desde Alexsiévich a los plúmbeos tipo Trapiello o Knausgard-, que lo literaturiza todo y que no parece interesado en la autonomía de la ficción. Es decir, parece que el autor-demiurgo, el viejo deicida vargasllosiano, es el que no está de moda hoy, o por lo menos parece relegado al bestsellerismo o a los guiones de las series de televisión (nos queda Franzen, supongo, aunque debo decir que la Gran Novela Americana y yo tampoco nos llevamos muy bien). Sin embargo, ahí es donde, al menos en el ámbito hispánico, percibo una mala digestión de Borges, o al menos una lectura muy parcial, en la que se olvida demasiado rápidamente la defensa que el autor de El Aleph hacia del artificio literario, y en particular de lo que llamó los “ejercicios de imaginación razonada” (véase el prólogo a La invención de Morel). Se habla hasta la saciedad del potencial filosófico de la obra borgeana, pero parece haberse olvidado su defensa del elemental placer narrativo (por ejemplo, de Las mil y una noches). Y ese placer narrativo tiene un componente técnico que el desprecio por el caduco estructuralismo y la hipocresía de muchos estudios culturales han llevado a un segundo plano, para mayor comodidad de una crítica que se aburre con el microscopio de la prosaica narratología pero que disfruta en cambio con los laberintos entre textos y con las demostraciones de buena conciencia frente a los problemas del mundo. 
Sí, hablo de técnica, de eso tan olvidado hoy que es el virtuosismo narrativo, que puede ser una simple ilusión pero que en cualquier caso hemos perdido en favor de un todo vale aparentemente revolucionario y liberador. Hablo de imaginación -sí, imaginación- sometida a las reglas de la construcción narrativa (voz y perspectiva, sobre todo); hablo de mundos posibles, de lo que Kundera llama "egos experimentales", es decir, de personajes nativos del mundo de ficción. Todo eso que podría ser la esencia del relato de ficción y que parece que algunos quieren sustituir por una nueva norma en la que o se lee literatura para el gusto de la sociedad secreta de los letraheridos o se acepta como literatura cualquier cosa al estilo del pulpo como animal de compañía.

Yo, en cambio, no hago más que pensar a todas horas en problemas de composición, en problemas estructurales. Debo de ser un purista o un nostálgico: o simplemente sucede que, después de más de veinte años publicando e impartiendo clases sobre literatura, sigo queriendo hacer lo mismo que cuando tenía diez o doce años: contar historias. Historias de ficción, por si acaso alguien lo dudaba.

domingo, 7 de enero de 2018

LEJANÍA DE LAS SOLUCIONES

Como se ha podido comprobar, el plan Rajoy para aliviar la tensión en Cataluña tenía un alcance limitado, perfectamente explicable por la mezcla constante de cobardía, ineptitud e improvisación que ha caracterizado al presidente y su equipo de genios a la hora de afrontar el problema. Es cierto que el despertar del Leviatán pepero desconcertó provisionalmente al independentismo con la fuerza hidráulica del 155 y sobre todo con la convocatoria rápida de elecciones después del Octubre Negro, pero el resultado electoral –como algunos preveíamos- ha sido básicamente muy similar al de 2015. Hay que admitirlo: a pesar del auge de Ciudadanos (que, por ejemplo, ha ganado en mi barrio, Nou Barris, feudo tradicional del PSC), los independentistas han vuelto a ganar, y monterrosianamente el problema sigue estando ahí al despertar. El descenso en sus resultados es real, sí, y desde luego siguen estando lejos de poder usufructuar la voluntad popular como les gustaría, pero el descenso ha sido menor de lo deseado por algunos, porque al final sólo se ha sustituido el voto de la ilusión utópica o más bien quimérica por el voto visceral de la resistencia y el orgullo herido. De poco han servido los signos de catástrofe económica, que un buen patriota cerril y fanatizado acaba entendiendo como un chantaje inaceptable de los que anteponen la avaricia a los valores inmateriales de la nación; del mismo modo, el doblepensar independentista funciona a toda máquina cuando se trata de salvar la imagen del escaqueo de su presidente, una figura cada día más virtual y más afectada de ventriloquía (aunque se debe reconocer que la jugada de Junts per Catalunya le ha salido sorprendentemente bien, sobre todo frente al sacrificio -bastante más digno en términos narrativos- de Junqueras).
No olvidemos que la esfera pública catalana, tan potente desde hace algunos años y tan mal comprendida desde Madrid y el resto de España, sigue siendo clave hoy, porque ahí sí que funciona el marco mental de esa desconexión nacional que todavía no se puede sustentar administrativa o jurídicamente. Los altavoces mediáticos digitales o en papel han conseguido en buena medida disimular para sus hooligans (que son muchos) la necesaria autocrítica por la chapuza de independencia, tapándola con el via crucis de sus presos y sus pseudoexiliados y con una tenaz campaña para convertir inverosímilmente el 1 de octubre en el Tiananmen catalán. El fracaso de la vía unilateral seguramente se ha interiorizado, pero la maquinaria propagandística no cede y parece lejano el momento de asumir de manera cabal y sosegada la asombrosa ingenuidad del terciopelo revolucionario con el que el independentismo creía que iba a envolver su autoestima (su cofoisme) y regalarse a sí mismo un destino épico y a la vez impune, y encima con todas las alfombras rojas y las fanfarrias. Quizá habría que revisar ahora la hemeroteca y reinterpretar algunas advertencias y/o amenazas, antes de seguir con el relato de la ¿fingida? sorpresa ante la respuesta del Estado, y sólo como ejemplo me permito recordar cómo un oligarca como Juan Luis Cebrián, perfecto exponente del centralismo madrileño más codicioso, ya avisaba proféticamente en febrero de este año de que el problema del independentismo no iba a ser cuándo conseguirían la independencia, sino cuándo recuperarían la autonomía si seguían por el camino que llevaba traumáticamente al 155.
Parece, por tanto, que no hay independencia en el horizonte (el 3 de octubre sí la había, seguramente), pero en cambio habrá procesismo para rato, en espera de azares beneficiosos para la causa (¿qué pasaría si, para complicar más la cosa, el Tribunal Constitucional tuviera un ataque de epilepsia y anulara en todo o en parte la aplicación del 155?) y sobre todo de errores de la derecha española que propicien un escalón más de agravios. Las persianas de la negociación están bajadas y tardarán mucho en volver a subirse, especialmente si Rivera aumenta sus posibilidades electorales a nivel español. Además, el calendario judicial es imparable y va a interponerse una y otra vez en el calendario político, lo que limita las promesas (incluso las falsas promesas) de los políticos de Madrid. Es decir: la generosidad no estará en la agenda al menos durante un tiempo, lo que nos condena a otro año como mínimo de multiplicación de resentimientos y anulación de empatías. En cuanto a la reforma constitucional, que sería la solución más accesible al menos como gesto, parece que se va a aletargar y no pasará de su fase actual de semilla, porque el Estado está exhibiendo músculo por fin y le gusta su imagen ante el espejo. Y es que la gran tragedia del pésimo control del tiempo por parte del independentismo a partir del 6 de septiembre es que la opción de dar más autogobierno de algún modo a Cataluña se está volviendo cada vez menos viable por culpa de la impaciencia y el autoritarismo golpista de la Generalitat, tan claramente confirmados por los hechos. Si ya en octubre fue costosa la reinstauración del orden constitucional, ¿cómo garantizar que no habrá nuevas deslealtades en el futuro, con más autogobierno catalán por ejemplo fiscal o judicial? Es un embrollo de muy difícil solución, incluso quitando de en medio a Rajoy y Puigdemont.
Además, la renuncia estratégica a la generosidad puede ser la antesala de un problema aún más grave: el resurgir en España de un nacionalismo excluyente, desacomplejado y recentralizador, de nefastas resonancias históricas, que puede avalar gobiernos de derecha para muchos años. El desgaste del PP lo está aprovechando Ciudadanos, lo que puede suponer que la alternancia política acabe convertida en un mero cambio de la caspa por el Nenuco, o lo que es lo mismo, de la derecha rancia por un neoliberalismo igualmente servil con el Ibex 35 pero lleno de postureo renovador. En cambio, la posible alternativa de izquierdas (o “izquierdas”, ya sabemos) tal vez no sobreviva a la dinámica de resentimientos territoriales y a la más que probable nueva estigmatización de los nacionalismos periféricos. De hecho, el impulso descarado de algunas voces a chorradas como la de Tabarnia puede ser el anticipo grotesco de múltiples demostraciones de testosterona española y chulería castiza (“a por ellos”), perfectas para, entre otras cosas, dejar la reforma laboral como estaba y esconder los casos de corrupción en el pudoroso limbo de las noticias menores, que son las que no afectan a la sagrada unidad de España.

Por todo ello, pensaba terminar esta reflexión atreviéndome a decir que el año 2018 no puede ser peor que el pasado, pero lo cierto es que tampoco creo que vaya a ser mucho mejor. Cualquier lector dirá que ese es un final vacío, y seguramente tendrá razón, pero qué le vamos a hacer: es lo que pasa cuando se vive en un laberinto. “Que tercamente se bifurca en otro, / que tercamente se bifurca en otro…”, como decía el poeta (búsquese en Google).

viernes, 29 de diciembre de 2017

FIN DE AÑO

El año que termina ha sido especialmente complicado y triste para los catalanes sobre todo desde agosto, pero me permito rescatar algún buen momento en Barcelona como despedida de 2017 en este blog. Así, una vez vencido el pudor, dejo aquí a disposición de los curiosos el vídeo de la presentación de La vida póstuma, en el que me sentí muy gratamente acompañado por amigos, familiares y algunos desconocidos a los que lamento no haber podido agradecer más la presencia.

Que conste que no fue idea mía que se grabara el acto, y que, de hecho, yo apenas me di cuenta de que se estaba haciendo, lo que quizá ayude a disculpar mi falta de telegenia. Por último, quiero dar las gracias una vez más a mis colegas y sin embargo amigos Jordi Gracia y Domingo Ródenas, que defienden aquí sus agudas lecturas de la novela, muy distintas entre sí y –confieso un secreto- algo diferentes también de mi lectura ideal como autor. Pero  algún día hablaré con calma de lo curioso que es ser en la misma vida sujeto y objeto de análisis literario. Probablemente sea la forma más gozosa de esquizofrenia que conozco.


viernes, 8 de diciembre de 2017

PRESENTACIÓN DE LA VIDA PÓSTUMA EN BARCELONA

 Queridos lectores, el próximo miércoles 13 de diciembre presentaremos la novela en la librería Barataria de Barcelona. Me acompañarán en el acto los críticos Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya, que han sido los primeros reseñistas de la obra en la prensa. Los dos han realizado lecturas muy generosas; quizá aprovechen la presentación para un debate más amplio y menos indulgente. Será, sin duda, un buen espectáculo. Estáis todos invitados.
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domingo, 3 de diciembre de 2017

POR QUÉ VERANO AZUL ES MEJOR QUE JUEGO DE TRONOS

La respuesta, en realidad, es fácil y previsible: porque "Chanquete ha muerto". Y a Jon Snow, en cambio, nada ni nadie puede matarlo -al menos hasta ahora-, aunque ha habido intentos, y algunos incluso muy elaborados. Es cierto que en la serie sobre los Siete Reinos han abundado las muertes y que algunas han sido de lo más contundente (me quedo con la de la hija de Stannis Baratheon), pero la resistencia de Snow a la muerte empieza a ser especialmente irritante y a revelar una infantil ansiedad colectiva por la salvación del héroe. Y todo para seguir gozando del producto y evitar el horror vacui del nuevo sujeto espectador.
Por el contrario, Chanquete murió, y eso, desde luego, nos evitó más temporadas de blandenguería estival y popularismo tontorrón, cosa que algunos agradecemos. De hecho, el propio director, Antonio Mercero, se lamentó tiempo después de que matar a Chanquete frustró un negocio que podía haber durado muchos años, al estilo de la horripilante Farmacia de guardia, otro producto Ñ de Ñoño del amigo Mercero. Con todo, no se puede minimizar el trauma pop que para una generación supuso el inesperado infarto del dueño de La Dorada. En su estudio sobre la televisión de la Transición, Manuel Palacio sugiere que en la conciencia colectiva española Chanquete se había convertido en el reverso democrático y tolerante de otro anciano que había intentado ser el abuelo amable de los españoles, llamado Francisco Franco, y ese antagonismo explicaría el impacto emocional de la serie en un país que se abría a la democracia.
Aunque era una serie repelente y melodramática en el peor sentido, Verano azul se basaba en una idea elemental de cierre o clausura que concedía prioridad a la muerte del protagonista. Ese es un aspecto narratológico que hoy está precisamente en un cambio diríamos funcional, como consecuencia de las nuevas demandas del público consumidor y la lucha creciente por la hegemonía de la ficción entre la vieja novela y el storytelling audiovisual. No es indispensable matar a un protagonista, y sin duda tampoco es fácil (lo que le costó a García Márquez matar al coronel Aureliano Buendía, según él mismo contaba), pero desde luego existe una gran diferencia entre matar al héroe o dejarlo vivo. Es obvio, pero no por eso hay que dejar de recordarlo, y por eso quizá deberíamos también repensar hoy a Frank Kermode. 
Cervantes mató a don Quijote para que no le salieran más Avellanedas. Y Borges mató a Martín Fierro porque José Hernández fue medroso y mal escritor en la segunda parte de su obra sobre el gaucho cantor y matrero. Pero es tal vez la falsa muerte de Sherlock Holmes en las cataratas de Suiza el preámbulo de las resurrecciones comerciales que amenazan hoy con convertir las ficciones de consumo masivo en un negocio milagrero. Algunos precedentes dentro de esa cultura masiva son engañifas comerciales que con el tiempo avergüenzan, como la falsa muerte de Superman a manos de Juicio Final o la resurrección de Jean Grey en X-Men. El cómic de superhéroes es seguramente el peor laboratorio de óbitos tramposos, aunque es cierto que el guionista Jim Starlin consiguió que el universo Marvel matara hace más de treinta años a uno de sus héroes, el Capitán Marvel, y que yo sepa nadie lo ha resucitado desde entonces (quizá esa muerte sea solamente comparable a otra muerte excepcional y hasta cierto punto desconcertante de un personaje: me refiero al único deceso en veinte años de universo de Springfield, el de Maud Flanders, en Los Simpson). Aunque la muerte más extravagante de la cultura masiva es, sin duda, la de Bobby Ewing en la teleserie Dallas a mediados de los ochenta. Es difícil encontrar un ejemplo más audaz de suspensión de la incredulidad: después de morir asesinado al final de la octava temporada, al principio de la décima –es decir, más de un año después- sabemos que su muerte nunca sucedió porque fue un sueño de otra protagonista. Un sueño que, digamos, duró treinta capítulos de casi una hora de duración, en lo que constituye un asombroso ejemplo de cómo los pactos con el lector o espectador pueden renegociarse siempre (alguna serie de Telecinco cometió una abominación narrativa similar, si  no recuerdo mal).
La ficción televisiva, tan potente hoy, abunda en ese tipo de estrategias como corresponde a su intrínseca naturaleza serial (dejo al margen casos como el de Black Mirror). Al malvadísimo fumador de Expediente X, por ejemplo, podemos razonablemente darlo por muerto al menos tres veces, y de hecho la última vez un misil es lanzado a la cueva donde se esconde. Aun así, sigue moviendo los hilos de la conspiración en la última temporada de la serie. Y qué podemos decir del cáncer inoperable de Walter White, que no es precisamente lo que le lleva a la tumba.
No se trata solamente de una cuestión de descaro mercantil a la hora de prolongar artificiosamente los productos mientras tienen audiencia. Creo que el punto débil de esas ficciones es mucho más importante, porque tiene que ver con razones ideológicas. Al fin y al cabo, si la muerte del héroe es el final del texto o la obra -es decir, la enmarca-, con ello se determina una imagen concreta del mundo. Y la negación de ese marco o su postergación elástica ofrecen otra imagen: el no final. Un no final que implica básicamente una negación de la finitud humana, de la temporalidad. No me parece aventurado plantear que con esa no clausura se nos vende un simulacro pueril de eternidad propio de la sociedad de consumo, que quiere proporcionarnos héroes a toda costa para que disfrutemos del juguete hasta que se gaste o nos cansemos. Parafraseando al poeta, así la muerte no tendrá señorío, y el capitalismo nos calmará cualquier ansiedad por vivir en un mundo laico y sin trascendencia.

Olvidar la muerte o reconvertirla en bucle son dos signos de cómo el capitalismo vuelve una vez más a vencer tanto a la utopía como al nihilismo. Pero en ese punto es donde la novela, la vieja novela, con su aliento trágico, aún puede conservar una innegable superioridad semántica sobre otros tipos de ficciones que infravaloran o desdeñan ciertas certezas incómodas. Y cuando hablo de novelas, hablo también de las mías. Ahí es a donde quería llegar hoy, y como creo que ya he llegado, me callo. Porque hay que saber respetar la importancia de los finales.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

PRIMEROS RESULTADOS DEL EXPERIMENTO

La vida póstuma empieza a tener huella digital. El primero en hacerse eco de la publicación de la novela fue mi hermano en su blog. Puede decirse que era previsible, desde luego, aunque en la historia de la literatura no pocos hermanos escritores han acabado detestándose o ignorándose mutuamente. Su lectura, en este caso, ha sido fina y acertada (creo), pero no insistiré en ello para no menoscabar la objetividad que tan bien ha justificado en su entrada.
Y hoy me he despertado con la reseña de Domingo Ródenas de Moya en El periódico de Catalunya. Es una lectura igualmente sagaz aunque con argumentos –y eso me parece lo más interesante- bastante distintos.

Lo peor de esto es que puede malacostumbrar al autor a un nivel de satisfacción que seguramente es insostenible a medio plazo. Pero disfrutaremos mientras se pueda. Y daremos las gracias, como es de rigor.

domingo, 19 de noviembre de 2017

DEFENSA (MODERADA) DE LA CLASE MAGISTRAL

Hace unos meses tuve una especie de éxtasis inesperado. Entré por primera vez en el aula de la Universidad de Salamanca donde fray Luis de León impartía clase (y donde quizá tuvo como alumno a un tal Juan de Yepes) y sentí algo así como una epifanía docente, no exenta de placeres teológico-escolásticos desconocidos hasta entonces para mí. En aquel momento me embriagué de tiranía antipedagógica, de nostalgia por esos días de docencia jerarquizada, solemne y casi dramática, con estudiantes muertos de frío y pataleando para entrar en calor. Los días en los que el profesor tenía autoridad moral e intelectual y el estudiante no era un cliente caprichoso que exige estar entretenido mientras hace algo así como aprender a aprender. Los días en los que la academia anteponía el conocimiento a la utilidad laboral y la rentabilidad.
Mi ataque de reaccionarismo antipedagógico fue, desde luego, una fiebre pasajera; no tengo dudas de que la clase magistral de origen medieval es un anacronismo hoy y conozco perfectamente la tentación narcisista del poder docente, pero ahora que he empezado otro nuevo curso académico he vuelto a reflexionar acerca de la permanente presión que se ejerce en nuestros tiempos sobre los profesores para que seamos dóciles con el culto obsesivo a la innovación y la creatividad. Un culto que es sospechosamente cómplice no sólo de una ideología específica neoliberal, sino de los intereses económicos de los proveedores de contenidos didácticos y dispositivos tecnológicos, encantados de que cada año haya novedades y el profesor viva en el estrés perpetuo de tener que actualizar sin descanso sus técnicas docentes mientras se queda sin tiempo para actualizar sus propios conocimientos especializados. Y, por supuesto, sin aumentos de sueldo que compensen esos nuevos esfuerzos; en realidad, lo único que consigue es sentir cada día más el desprestigio en una sociedad que ha descartado las viejas convicciones ilustradas y que ha sustituido al profesor como modelo social para poner en su lugar a esa figura cínica del capitalismo que hoy toma  el sublime nombre de “emprendedor”.
La polémica sobre la supuesta revolución educativa que vivimos hoy es un tema muy extenso y han sido muchas las diatribas, por ejemplo, contra el Plan Bolonia y el Espacio Europeo de Educación Superior, ante los que sigue habiendo una importante resistencia oficiosa por parte del profesorado, que se combina a menudo con evidentes problemas administrativos y económicos para llevar a cabo lo que de bueno o malo tenga el nuevo sistema. Hablo, naturalmente, de la educación adulta y voluntaria, que es la que conozco, y no de la obligatoria, aunque muchos problemas y muchas tendencias son comunes ya. En cualquier caso, una de las cosas más irritantes es comprobar cómo los detractores de la clase magistral parecen pensar que los profesores nos dedicamos todavía a poner orejas de burro a los malos alumnos y a obligarles a memorizar los ríos de España y los reyes godos. Y que hay que pasar al lado completamente opuesto: una educación desdramatizada, lúdica, infantilizadora y falsamente hedonista, una asamblea del buen rollo que es la que supuestamente les va a preparar para el mundo generoso, altruista y nada dramático del capitalismo.
Otro de los pilares de la nueva ortodoxia falsamente igualitaria y democratizadora es por supuesto, la crítica al profesorcentrismo, grave obstáculo para la autonomía del estudiante. El profesor, al parecer, debe ser poco más que un facilitador de contenidos; sin embargo, yo diría que estamos sustituyendo ese profesorcentrismo por el googlecentrismo, donde los contenidos son fáciles, sí, siempre y cuando estén en las dos primeras pantallas de resultados de Google. Además, no sé si los partidarios de las ventajas inigualables de las nuevas tecnologías frente al método tradicional del cruel examen conocen los nuevos trucos que Internet ofrece para que el estudiante sea autónomo, y que han dejado obsoleto El Rincón del Vago. Véase aquí esta vergonzosa página web, que mecaniza de forma asombrosa la corrupción estudiantil. En cierto modo, ese es el final perfecto de la tan criticada pasividad del alumno.
Creo que una supervivencia razonada de la clase magistral tiene también sus argumentos políticos, como parte de una cierta ética resistencialista frente a determinadas nuevas formas disimuladas de alienación. La clase magistral y el profesorcentrismo pueden seguir siendo, en el ámbito humanístico sobre todo, esenciales para configurar modelos convincentes de discurso complejo que compensen tantos males actuales en la idílica “sociedad del conocimiento”: las fake news, por supuesto, o las tontamente llamadas posverdades (qué falta de imaginación con los prefijos), pero también el picoteo discursivo de las redes sociales, la fragmentación y la superficialidad de los textos comprimidos o descontextualizados, el desinterés por las mediaciones históricas del conocimiento, y en general la atenuación de la siempre incómoda razón crítica por una alegre razón de consumo. En ese sentido, la clase magistral modeliza un tipo de acceso al conocimiento que puede ser el último puente entre el griterío caótico de la sociedad digital y la erudición del sujeto autónomo capaz de captar y afrontar con prudencia la complejidad de lo real hoy.

No se trata de ser apocalípticos, pero tampoco de culpar a la educación tradicional de todos los males del mundo en virtud de un progresismo a veces casi fanático e intransigente. La educación no debe ser despótica y el profesor ha de ser autocrítico; sin embargo, no valen todos los experimentos por el mero hecho de ser novedosos. Como dice mi amigo Gabriel Wolfson, tú puedes mirar un cuadro de El Bosco y jugar a algo así como "buscar a Wally", y seguramente será muy didáctico. Pero eso no es El Bosco.

domingo, 5 de noviembre de 2017

TREGUA IMPRECISA

El procés no ha muerto, desde luego, pero sí ha cerrado un ciclo -seguramente su primer ciclo-, en el que se han cumplido finalmente algunas de las amenazas temidas y anunciadas desde hacía tiempo pero que en realidad hasta hace solo dos o tres años parecían inconcebibles. Dentro de esas amenazas, algunas han resultado más implacables que otras: es cierto, como se ha dicho ingeniosamente en la prensa, que el Estado ha liberado finalmente al Kraken –el artículo 155-, pero sus efectos administrativos parecen tibios y pasajeros en comparación con la intervención del poder judicial, mucho más demoledora y visible, con las consecuencias que ello tiene en el ámbito de lo simbólico, que es donde el independentismo cree que tiene más fuerzas y más capacidad de persuasión, dentro y fuera de España.
En cambio, las amenazas del otro bando han resultado bastante poco consistentes; por suerte, debo decir. La declaración de la república, llena de vacilaciones y amagos, ha acabado siendo un fracaso que ni siquiera puede dejar satisfechos a los propios independentistas, que se ven obligados a conformarse con una fantasía Matrix de país virtual y efímero. El acatamiento del artículo 155 parece general y la desobediencia civil masiva ha sido afortunadamente descartada de momento, a pesar de algunas llamadas poco tenaces a la defensa de la república.
Hay que admitir, en ese sentido, que la lógica subversiva del gobierno catalán se ha encauzado finalmente bajo una mínima sensatez ante lo imposible de sus objetivos, salvo en el caso estrambótico de Puigdemont, cuyo comportamiento empieza a ser involuntariamente paródico. El precio, como sabemos, ha sido el sacrificio de un grupo de héroes nacionales con vocación martirológica. Sin embargo, visto el balance actual del pulso entre Cataluña y España, cabría preguntarse si ha valido la pena para el propio independentismo acercarse tanto al precipicio. ¿Era necesario llegar hasta el extremo de la DUI? Los consellers que no han huido han asumido con masoquismo patriótico su expiación, pero el resultado global de su estrategia no parece justificar ahora mismo ninguna euforia por el futuro. Traicionados por su ansiedad irrefrenable y la de sus masas impacientes, han apostado fuerte sin tener las mejores cartas y ahora están atascados en un bucle ante el que no es fácil la salida ideológica, aunque ya sabemos que muchas veces el independentismo se ha autocorregido ya, y que la apelación a las pasiones colectivas siempre ayuda. Pero el desgaste ha sido enorme. Para ellos y para todos.
El caso es que el independentismo prometió mucho pero está otra vez donde estaba hace dos años, con la variante de los presos, la huida de empresas y, eso es cierto, con mayor visibilidad internacional (creo que sí es importante que el New York Times publicara un artículo de Junqueras, y quizá eso podría relacionarse con lo que a mí siempre me pareció un apoyo muy débil de Trump a Rajoy en su reciente encuentro). Pero con vistas a las elecciones del 21 de diciembre, el escenario no invita al optimismo, y tampoco para el gobierno español. ¿Habrá, por fin, algo de realismo, o empezaremos otra vez el mismo camino de Día de la Marmota? ¿Otra vez plebiscito? ¿Otra vez "mandato democrático"? ¿Otra declaración de la república, o la misma, o una nueva con suplemento, o la de repuesto? ¿Y después qué, otra vez el 155? ¿Quién puede aguantar otro año así?

Hemos ganado algo de tiempo para un repliegue estratégico de todos los bandos y una posible, que no segura, racionalización de las decisiones, pero todo apunta a que el próximo Parlament sera parecido al anterior. Eso significa que el tema va para largo. El primer ciclo se ha cerrado, y las víctimas son evidentes. Algunos -los políticos encarcelados-, en alto grado; otros –los ciudadanos normales- en grado menor. No veo a los ganadores por ninguna parte. 

domingo, 15 de octubre de 2017

VUELVO AL CAMPO DE JUEGO

Afortunadamente, parece que el tema catalán ha superado un primer momento crítico (aunque seguramente habrá más en el futuro), y eso me permite regresar aquí a cuestiones no tan inquietantes y desde luego más felices, al menos para mí.
El próximo 20 de octubre sale a la venta mi nueva novela, La vida póstuma.  Vuelvo, por tanto, al campo de juego, es decir, al campo literario. Y, como sabe cualquiera que esté en el gremio, nada es fácil hoy para un escritor salvo la autopublicación. Es cierto que he perdido la posición que tuve una vez (¡yo, que participé en el congreso fundacional de la “generación Nocilla” en 2007 en Sevilla! ¡Yo, que fui entrevistado por Juan Cruz en El país junto a otros escritores jóvenes y, ejem, prometedores!) pero lo importante es que estoy de nuevo en la lucha. Con los nervios propios del túnel de vestuarios minutos antes de empezar el partido. Y con la excitación adictiva que da ese miedo específico ante la reacción imprevisible de los lectores (por pocos que sean).
La imagen puede contener: texto
No sé si a alguien le interesará, pero un día de estos haré un experimento en este blog: me objetivaré a mí mismo y contaré cómo elegí mis opciones en lo que llamaría Bourdieu “el espacio de los posibles”, descartando autoficciones, intertextualidades abusivas, guerras civiles, detectives carismáticos y amores en lugares exóticos o remotos. Habrá que ver si he acertado con esa elección y recupero posiciones (qué socioliterario suena). Pase lo que pase, lo iré contando por aquí. Incluso si no pasa nada relevante, cosa que tampoco habría que descartar, viendo cómo está la hipercompetencia de hoy.

Con permiso de la editorial, aquí está un anticipo de la novela. Ya sólo me queda apelar a la piedad de los lectores. Sobre todo pienso en mi madre, que es mi lectora más implacable (ríete tú de Ignacio Echevarría en sus tiempos de killer, o del mexicano Christopher Domínguez Michael).

domingo, 8 de octubre de 2017

YA ESTÁ AQUÍ

En estas últimas fechas, las dos tierras que han marcado mi vida han sufrido experiencias impactantes que he vivido en la distancia y con dos de las peores secuelas de la lejanía: la angustia empática y la impotencia. En México, y en especial en mi querida Cholula, el terremoto ha sacado lo mejor de la sociedad civil, por lo que he podido leer, frente a un Estado que sigue siendo lento e ineficaz. En Cataluña, en cambio, la sociedad se moviliza de modo muy distinto, agrietándose y avanzando directamente hacia un desastre cuyos perfiles empiezan a dibujarse. La crispación y el odio crecen de forma irrefrenable, y no hay fuerzas telúricas a las que culpar. Los expertos algún día tendrán que estudiar cómo la propia idea de democracia entró increíblemente en una situación de aporía.
Los que aún creemos en la superioridad moral y jurídica del Estado español (el Estado, no el PP) frente al neoEstado o protoEstado surgido de la desobediencia, la obsesión identitaria y la división de la clase trabajadora, no podemos sino estar alarmados ante la incomparable torpeza de Rajoy en la gestión del problema. Al igual que Zapatero con la crisis de 2010, Rajoy está sobrepasado por los acontecimientos y ha confiado en exceso en lo que creía su mejor virtud (o la única): esa paciencia con la que evitó en la crisis la opción del rescate, y que parecía ser su mejor aval político. Sin embargo, presionado por los que le exigían dureza para evitar otro 9-N, ha mostrado que su pobreza discursiva no es un signo de sensatez, sino de incapacidad. Su operación policial ha sido catastrófica, y no sólo por el uso excesivo e inútil de la fuerza, sino por la ineptitud de todo el dispositivo, que siempre ha ido un paso por detrás de la Generalitat, como demuestra, entre otras cosas, el asombroso fiasco de la búsqueda de urnas.
Rajoy no tiene un plan ni lo ha tenido nunca. Durante años algunos periodistas presumieron de conocer la existencia de negociaciones informales entre Madrid y Barcelona para solucionar el problema o dar pasos en esa dirección. Empiezo a dudar que todo eso haya sido real. La suerte –por decirlo de alguna manera rápida- se le acaba a Rajoy, y que el Rey tenga que salir a salvar su cabeza es todavía menos tranquilizador (no le doy ni una línea más al monarca).
Del otro lado del bloqueo, sigue el fanatismo. Porque sólo el fanatismo puede llevar a sostener una barbaridad como la declaración unilateral de independencia. Aun aceptando como verosímil el irregular resultado del referéndum, el balance sigue siendo el mismo desde hace un año y medio: empate. Punto más o punto menos. Es decir, sigue sin haber una mayoría clara que justifique tanto desgaste, por lo que la declaración funciona más que nada como un gesto inequívocamente autoritario dentro de un pulso chulesco.
México y Cataluña. Lo más triste, desde mi perspectiva personal, es que una de las razones para dejar México y mi buena posición personal allá fue la sensación de inseguridad en muchos ámbitos que el país transmite y que a un tímido como yo le dificultaba el planteamiento de un proyecto vital a largo plazo. Y sin embargo, es ahora cuando vivo la peor experiencia política como ciudadano que me ha tocado conocer: una incertidumbre angustiosa ante el futuro.

Tantos años leyendo testimonios, análisis y relatos sobre el tema, hablando de ello en clases o en bares, incluso creando ficciones en las que personajes discutían con nostalgia o con rencor o con amargura o con entusiasmo, y ahora está aquí: es la revolución. Y como aprendí ya hace algún tiempo después de tantas lecturas, la revolución, por muy mítica que parezca, no tiene ni puta gracia.

domingo, 17 de septiembre de 2017

PASARSE TRES PUEBLOS (INCLUIDO EL CATALÁN)

Sí, es duro ser parte de una minoría. Es duro, en general, ser periférico. Creo que algo sé de lo que hablo, porque llevo toda la vida formando parte de minorías. En la escuela, siempre fui algo más que el empollón al que no querían en los equipos de fútbol; fui el rarito, y aún no sé si me he quitado el estigma. Prefiero no preguntar. El caso es que desde entonces mis opiniones políticas, mis gustos artísticos, mis criterios éticos, mis actitudes profesionales y aun mis caprichos sexuales (no entraré en detalles) son compartidos sólo por un sector minoritario del mundo. Casi nada de lo poco que me gusta de la vida es hegemónico, predominante o simplemente perceptible en los grandes medios de la cultura actual. Ya he perdido la ilusión por Juego de tronos y no recuerdo la última vez que cambié de móvil. Vivo solo, y hay gente que aún me pregunta por qué.
Todos los días pienso que el mundo es un desastre y me irritan especialmente la propagación y la perduración de la estupidez gracias a las redes sociales, tan propicias para la exaltación de la chulería carajillera y la vacuidad intelectual. Por ello, en ocasiones me sale el Travis Bickle que llevo dentro y tengo mis momentos Taxi driver ante un espejo (“you talking to me?”), en los que me explayo en el resentimiento y la agresividad. Sin embargo, después de los momentos de bilis, recuerdo que es la razón la que me ha salvado de la neurosis y pienso que la tolerancia no sólo implica aceptar la estupidez ajena, sino reprimir al dictadorzuelo que todos llevamos dentro. Porque el gran tema de nuestro tiempo es el desajuste creciente e incontrolable entre democracia e inteligencia, entre libertad y razón.
Los independentistas catalanes son minoría dentro de España y sienten, con justicia, que sus demandas pacíficas nunca serán aceptadas por culpa de la aritmética del sistema. Es cierto que llevan cinco años protestando y el gobierno de España no les ha ofrecido prácticamente nada. El sistema constitucional le va bien a la mayoría, y eso sólo aumenta la frustración colectiva de la minoría. Ahora bien: la existencia del problema no justifica cualquier solución, sobre todo si ésta es dolosa y chapucera. Los independentistas han empezado un camino de insurrección inaceptable, taimado y peligroso, fruto de su propia ansiedad por tomar el poder. Ganaron claramente las elecciones del 27 de septiembre de 2015, pero perdieron el plebiscito que habían propuesto en su guerra propagandística, y como buenos tramposos, ahora cambian las reglas otra vez para poder asegurarse la victoria a la tercera, o a la cuarta. Así, han urdido una cacicada de pseudoreferéndum, pensado para ganar sí o sí, o como mínimo –si finalmente no se celebra- para vender la ridícula imagen de opresión con la que algunos como el multimillonario Guardiola tratan de convencer al mundo de que los catalanes sufren como los palestinos o los saharauis.
No, no votaré el 1 de octubre, porque aunque yo tampoco quiero vivir en la España de Rajoy o los Borbones y creo que más tarde o más temprano habrá que hacer un referéndum, no confundo al Partido Popular con toda la sociedad española, y porque la futura república catalana ya no me inspira ninguna ilusión si nace a base de forzar a los ciudadanos a la desobediencia o al caos en virtud de esencialismos mágicos y argumentos dudosamente mayoritarios. Esto no va de democracia, a pesar de lo que afirma la maquinaria publicitaria; en realidad, va de demos, y el demos no siempre es fácil de acotar, por mucho que los independentistas lo tengan claro. Los agravios a los sentimientos compartidos por muchos catalanes y a sus ambiciones de más autogobierno, agravios fomentados desde hace décadas en particular por algunos medios de comunicación demasiado influyentes (con sus letanías hiperbólicas: en Cataluña se persigue a los castellanohablantes, etc.), son una parte evidente del problema, pero esos sentimientos se han combinado ahora de forma muy nociva con una codicia de raíz asquerosamente burguesa (somos más productivos y nos merecemos más dinero que los demás porque nuestra riqueza es nuestra) y con un neochauvinismo de pueblo que se cree culto y sensible porque compra cualquier basura literaria en el día de Sant Jordi. De hecho, aunque el nacionalismo catalanista ha frenado hasta la fecha cualquier larvario etnicismo, no se molesta nada en disimular el halo de superioridad moral que tanto parece seducir a los insurgentes y que tristemente se apoya en cosas como ese fundamento semirreligioso que son los éxitos internacionales del Barça.
Algunos amigos extranjeros o españoles no catalanes me piden explicaciones porque no entienden el proceso y sienten una mezcla de curiosidad y perplejidad. No saben muy bien qué es el seny, pero se asombran de la obstinación mostrada por el independentismo. Yo les recuerdo que los factores emocionales e identitarios nunca son desdeñables en la Historia, y menos en periodos de crisis y desorientación: al fin y al cabo, Artur Mas empezó todo el quilombo y con ello sólo consiguió hundir su carrera política (y a su partido, de paso), pero también llama la atención cómo un político ambicioso como Duran i Lleida aceptó pasivamente la autodestrucción progresiva de Convergência i Unió. Por no hablar de la extraña estrategia (seguramente motivada por razones económicas) de medios habitualmente poco arriesgados como La vanguardia, que han cumplido una función esencial a la hora de hacer verosímil el proyecto independentista. Y es que el patriotismo puede ser en el siglo XXI una de las últimas reservas de pensamiento utópico y mesiánico; por eso no es extraño que aún seduzca. A ello hay que sumar varias circunstancias favorables al crecimiento del independentismo: la crisis económica, las impopulares políticas de austeridad, el desprestigio institucional español a causa de la corrupción, la particular correlación con el tema vasco, el precedente escocés, la inveterada incapacidad española para comprender su heterogeneidad cultural y por supuesto la actitud de Rajoy, que sabe que el tema catalán divide convenientemente a sus rivales políticos.
Sin duda, la sentencia del Tribunal Constitucional que cercenaba el Estatut d'autonomia se convirtió en el momento estratégico, porque creó por fin una ofensa verificable, aunque habría que preguntarse cuántos independentistas conocen con algo de detalle los artículos expurgados. Pero la sentencia, de hecho, fue además el peor final para un proceso tedioso y desgastante, porque el Estatut tuvo una costosísima gestación. En este punto hay que reconocer la táctica de Esquerra Republicana de Catalunya, un partido que ha sabido aprender de sus errores en el pasado y que ha trabajado con paciencia y perspectivas a medio plazo para conseguir sus objetivos intentando básicamente demostrar el fracaso de cualquier tercera vía para el problema catalán. No lo ha hecho mal para sus intereses, admitámoslo. Su único error de cálculo probablemente fue el crecimiento a su izquierda de la CUP, una fuerza nada fácil de manejar y demasiado ruda para el juego europeo y liberal que en el fondo gusta a Esquerra. No obstante, lo importante es que Esquerra ha conseguido que las semillas puestas durante el virreinato pujolista fructifiquen en una dirección posautonomista. Para ello contó en ocasiones con la complicidad indispensable del PSC, que casi se autodestruye también gracias a José Montilla, un político mediocre que dejó a buena parte de su base social entregada a buscar soluciones como Ciudadanos y que ahora está vergonzosa y cobardemente callado ante todo lo que sucede. Y, desde luego, Esquerra tuvo también a su lado a la nefasta pseudoizquierda catalana, que hoy sigue con su insoportable ambigüedad, exigiéndonos que votemos pero sin decir nunca qué votarían ellos y por qué. Esa pseudoizquierda ecolechuguina es la heredera de un momento crucial, cuando a finales de siglo XX, el hoy Síndic de Greuges Rafael Ribó antepuso nación a clase y se alió con Cristina Almeida y otros personajillos para debilitar a Julio Anguita y a Izquierda Unida. Desde entonces hasta el espectáculo actual de Colau y los "comunes", esa izquierda blanda sigue atrapada en sus contradicciones, aterrada ante la idea de decir palabras como “España” o “comunismo”, tan antiestéticas para una nación que quiere ser nación pero también ser rica.

Y lo dejo aquí, porque me está saliendo el Travis Bickle interior otra vez. Desde luego, el tema es complejo y ya no parece que haya una solución que no pase por perder de vista tanto a Rajoy como a Puigdemont. Como no puedo agotar el tema en una sola entrada y hoy, por una vez, quiero ser más propositivo que derrotista, terminaré recomendando una lectura que creo que puede subir un poco el nivel del debate, porque estos problemas complejos no se resuelven a base de tuits (hoy Twitter puede que decida, desgraciadamente, la batalla propagandística; pero desde luego no resuelve intelectualmente nada). En este artículo se exponen algunos argumentos valiosos para comprender que, aunque las fronteras históricas son desde luego contingentes, más fronteras no significa más democracia. Esa es la posición digamos filosófica que compartimos algunos (que estamos en minoría, claro). El punto de vista es discutible, por supuesto, pero creo que está a años luz de los argumentos de las jaurías pro y antiindependencia. Y es que no es lo mismo basarse en Habermas que en Pilar Rahola o Hermann Tertsch, que son dos caras de la misma moneda (y si los cruzas, te sale un Salvador Sostres).

domingo, 10 de septiembre de 2017

BUSCANDO RELATOS

Hastiado de textos académicos superfluos (incluidos los míos) y desmotivado para enfrentarme a las novedades del implacable mercado literario, he dedicado este verano a lecturas poco solemnes y hasta cierto punto relajantes. Algunas de ellas, sin embargo, quizá sean útiles a medio o largo plazo, ya que me han ayudado a documentarme para un tema literario sobre el que hace años que vengo pensando posibles experimentos novelísticos: el deporte. Más en concreto uno de ellos, el ciclismo.
Llevo tiempo convencido de que el deporte es un yacimiento literario de primer orden para este siglo, dada su importancia -merecida o no- en todos los órdenes menos el digamos “intelectual” (a pesar de que ya en 1925 Ortega y Gasset relacionaba deporte y arte nuevo). Es probable, con todo, que el reto más difícil hoy no sea seleccionar la historia – ficticia o real-, sino encontrar la solución formal adecuada para el tema. Se publica muchísimo hoy sobre deporte, desde luego, como sobre casi todo lo existente y lo imaginable; de hecho, el propio ciclismo tiene ya algunos excelentes cronistas, como Carlos Arribas, que es de lo mejor que queda en El país. Por otro lado, hay que recordar que el boxeo o el billar han deparado ya cine memorable, y sin duda el fútbol, el alpinismo o el ajedrez también han tenido o tienen sus prosistas de gala; pero creo que sobre todo en lengua española el hueco para futuros aspirantes a Norman Mailer –por poner un ejemplo- es amplio y tentador.
Quizá lo más curioso es que para muchos aficionados al ciclismo como yo ese deporte vive una decadencia evidentísima, que está socavando su propio prestigio simbólico, edificado en los años cuarenta del siglo XX, en tiempos de recontrucción europea y ética del sufrimiento. Su demacración actual no sólo se debe a la infamia Armstrong y a la sospecha perenne del dopaje; el poder narrativo, casi folletinesco, del Tour -sobre el que en su momento habló Barthes- está alicaído, y en ello influyen la medicalización y la tecnificación –que, aun siendo legales, están reduciendo las diferencias entre corredores y acabando con el sentido aristocrático de la lucha-, y también un cierto conservadurismo táctico impuesto por los criterios televisivos, que han cambiado muchos aspectos del ciclismo. Por no hablar de la manifiesta incompetencia de la Unión Ciclista Internacional, similar a la de otras organizaciones deportivas que viven en la impunidad de su hegemonía caprichosa y mediocre.
En lo que llevamos de siglo, el Tour de Francia, paradigma de la mitología ciclista, ha ofrecido pocos momentos de interés digamos literario. Con Indurain aún hubo momentos de abismo y pasión, y personajes memorables como el triste y a la vez elegante Gianni Bugno, pero la generalización de sustancias dopantes y la corrupción del sistema llevaron a consecuencias demasiado trágicas (Pantani, Vandenbroucke, Jiménez) como para mantener la illusio del juego. Desde entonces, el negocio se mantiene, sin duda, pero el potencial semántico ha bajado notablemente. Nada es comparable a la voracidad de un Eddy Merckx (salvo Michael Phelps o Michael Jordan), ni hay duelos como el de Jacques Anquetil y Raymond Poulidor, que algún periodista redefinió hermosamente como el duelo entre un ciclista gótico y uno románico.
La autobiografía de Laurent Fignon, Éramos jóvenes e inconscientes (Tarragona, Cultura Ciclista, 2013), informa bien sobre la que tal vez fue la última gran época del Tour y en general del ciclismo. Fignon, fallecido con apenas cincuenta años a causa de un cáncer (mejor no pensar mucho en eso…), muestra una sensibilidad inusual en el gremio deportivo, que incluye una buena dosis de autocrítica, además ejemplar en alguien que sabía que iba a morir pronto: reconoce algún caso de dopaje, algún exceso absurdo con la cocaína y otros detalles nada autocomplacientes. Pero hay una nobleza melancólica y digna en sus recuerdos y yo diría que también hay un rechazo solapado y nada dogmático a la abrumadora mercantilización de los nuevos tiempos. En lo que respecta a los temas más oscuros, su argumento está muy claro y es convincente: el dopaje era conocido por todos y practicado de vez en cuando como un código tácito, aunque su alcance era limitado y pocas veces resultaba determinante de verdad, porque la sistematización científica llegó después, en los años noventa, con las hormonas y la EPO, que convertían a cualquier ciclista normal en una máquina y desvirtuaban todos los resultados.
Los años óptimos de Fignon (1983-1989) fueron también los de la internacionalización del Tour, que empezó a interesar fuera de la Europa Occidental y sobre todo en el Gran Mercado del Mundo, los Estados Unidos. Pero además en esos años la carrera consiguió improvisadamente un nuevo guion atractivo que sumar a los ya históricos. El guion empieza con un maestro y dos discípulos llenos de talento: el maestro, Bernard Hinault -orgulloso, creativo, un admirable cincelador de aventuras en carretera-, se lesiona gravemente por ser demasiado ambicioso en carrera, y los discípulos (Laurent Fignon y Greg LeMond) se disputan el trono. La voluntad de dominio lleva al maestro a regresar después de su lesión y Fignon le derrota por más de diez minutos, de un modo especialmente doloroso. Pero el maestro no se rinde y al año siguiente gana su quinto Tour después de separar a los rivales y llevarse a uno de ellos a su lado; y, lo que es mejor aún, en el siguiente Tour se resiste a dejar el poder a su heredero y compañero LeMond, hasta el punto de recurrir sin éxito a inesperadas argucias en el límite de lo ético para lograr el sueño imposible que nadie ha conseguido: el sexto Tour de Francia (gracias a Dios, a Armstrong ya se lo quitaron).
Todo en el relato tiene bellas e inesperadas simetrías: los discípulos también se lesionan gravemente (uno de ellos, LeMond, casi muere en un tonto accidente de caza), pero vuelven milagrosamente después de haber tocado fondo, y al final, con el maestro retirado, se enfrentan en una última batalla (Tour de 1989) que se resuelve sólo por ocho segundos, la menor diferencia de la historia de la competición.
Pero hay mucho más en esos años: al propio Fignon le roban los italianos el Giro de Italia de 1984 con unas trampas burdas y evidentes, aunque consigue vengarse en 1989, y aparecen personajes secundarios capaces de lo más improbable, como el sospechoso Francesco Moser que ganó ese Giro y que fue el emblema de toda una revolución tecnológica (las ruedas lenticulares), o Bernard Tapie, ese Silvio Berlusconi francés que es el dueño del equipo de Hinault y LeMond y que acabó condenado por corrupción, o ese Pedro Delgado que llega tarde al inicio de la carrera por un despiste y aun así acaba tercero en París después de empezar el último y con mucho retraso la competición de 1989, o los equipos colombianos que ponen la nota exótica y la cocaína, o un ciclista escocés que perdió en la penúltima etapa una Vuelta ante el mismo Delgado y que por lo que parece ha acabado cambiando de sexo.
Sin embargo, a pesar de lo bien que creo conocer esa época y de la nostalgia por lo que supuso en mi educación sentimental, dudo mucho que aquí esté el germen de una posible novela. Como historia reveladora de miserias e inmundicia humana, sin duda la historia de Armstrong es más intensa y por ello fue llevada al cine oportunamente por Stephen Frears, aunque la fidelidad a los hechos probados judicialmente limita demasiado la creatividad de la película (como sucede en casos como La red social). Hay alguna otra película sobre ciclismo de cierto interés, como La bici de Ghislain Lambert, de Philippe Harel, de tono más ligero y cómico. Y en la literatura española, tenemos ya algunos ejemplos de tema ciclista, como la novela Contrarreloj, de Eugenio Fuentes, aunque confieso no haberla leído porque no me atrae su combinación de ciclismo y género policiaco. Más interesante es el caso de Javier García Sánchez, novelista curioso y autor de una monumental reciente novela sobre Robespierre, sobre la que mi hermano acaba de hablar aquí de manera muy lúcida. García Sánchez no sólo es autor de una biografía sobre Indurain, sino que en 2004 publicó El Alpe d’Huez, novela de abrumadora erudición sobre el Tour y que narra en más de quinientas páginas un solo día muy especial de la carrera, no basado en hechos reales pero protagonizado por un trasunto bien disimulado de Pedro Delgado.
¿Qué es lo que falla en esa novela, a pesar de su factura brillante y su minuciosidad descriptiva? Yo diría, en pocas palabras, que a García Sánchez le gusta demasiado el Tour. Le gusta más que la propia literatura –quiero decir, que la alquimia literaria de la creatividad-, lo que en cierto modo desequilibra el texto: por decirlo en viejos términos jakobsonianos, lo referencial se impone a lo poético. Es posible que ese sea el especial éxito de las crónicas de Dino Buzzati sobre el Giro de Italia de 1949, traducidas al castellano en fecha reciente (Gallo Nero, 2014). Buzzati, a diferencia de García Sánchez, es un profano en el mundo del ciclismo y por ese motivo su mirada no está automatizada ni es en absoluto previsible. El escritor italiano comprende, sí, la seducción simbólica del mundo ciclista y asume sus patrones narrativos (el duelo Coppi-Bartali, sobre todo), pero conserva una distancia esencial que le permite que el centro de la obra no sea en sí el Giro, sino la propia narración, que refulge por su propia fuerza retórica y su capacidad para conectar la carrera con el mundo externo a ella: la Historia, en definitiva.
Pongo otro ejemplo de los problemas específicos que supone el intento de tratamiento artístico del deporte. En La soledad de Anquetil (Barcelona, Contra, 2017), Paul Fournel, discípulo de Raymond Queneau y miembro del famoso OuLiPo, homenajea al corredor francés, el primero de los cuatro ganadores de cinco Tours de Francia. La biografía de Fournel destila pasión ciclista, pero es a la vez su propia autobiografía de juventud, y tiene pasajes muy ambiciosos en los que construye monólogos ficcionales del propio Anquetil. Con esos materiales y una innegable intuición por los misterios de la personalidad humana, crea un retrato sugerente de la excepcionalidad del campeón francés, de sus hazañas y caprichos, de sus errores y manías. Pero las contradicciones del deportista en su trayectoria, no pocas veces fascinantes, palidecen narrativamente ante una historia a la que el biógrafo dedica apenas un par de páginas y que tiene lugar después de la retirada del campeón. La resumo como puedo, porque ni siquiera es fácil de entender: Anquetil se casó con una mujer que ya tenía dos hijos pero que no podía quedar embarazada otra vez. El ciclista, ya retirado, quería tener hijos de su sangre e increíblemente (y al parecer, de forma consensuada y pacífica) convenció a su hijastra para que se quedara embarazada. De ese modo, Anquetil convivió durante años con su esposa, su hijastra y la hija nacida de ésta, hasta que, como era de prever, la situación se volvió insostenible.
No hace falta ser Tennesee Williams para ver la sordidez de la historia, que Fournel, sin duda sobrepasado por su adoración fanática al deportista y a sus proezas en competición, apenas esboza ni juzga. Hay generosidad en esa decisión (y respeto a la memoria de los muertos), pero ¿acaso no está en ese otro Anquetil el verdadero potencial estético del personaje? ¿Acaso no radica ahí la clave psicológica y aun sociológica que debería fundamentar la épica de los cinco Tours? ¿Cómo puede ser que el novelista no vea que la gesta deportiva, a pesar de tanto oropel, es poco más que una minucia o un mero prólogo en comparación con ese drama doméstico? Se trata, en definitiva, de una cuestión de prioridades literarias; de saber dónde conviene poner el foco, de cuál es la fuerza estética del deporte más allá de sus propios rituales y sus símbolos, que son duda atractivos pero que no poseen la proyección y el alcance cognoscitivo que supuestamente atribuimos (al menos yo, que cada vez soy más pre-posmoderno) a las exploraciones novelísticas.

Mi conclusión es, ahora mismo, clarísima: la pasión por el deporte no garantiza los mejores resultados literarios. Por eso, es posible que mi futura novela deba dedicarse a deportes que no me interesan. Por ejemplo, el béisbol, que jamás he entendido. Pero como tengo resabios del antiamericanismo hispánico y ataques periódicos de descolonización cultural, me parece que buscaré otros deportes menos imperiales. A ver qué encuentro en la Wikipedia sobre el curling. O sobre la lucha canaria.