domingo, 18 de septiembre de 2016

ALMA MATER

En uno de los últimos días de su carrera, el campeón del mundo de ciclismo en ruta y ganador de una Vuelta a España Abraham Olano llegó agotado y desmotivado en el grupo de los últimos, y un periodista se apresuró a preguntarle si un campeón como él se sentía humillado de llegar con los colistas. El ciclista, que había apuntado ni más ni menos que a sucesor de Induráin, respondió algo como esto: “bueno, al fin y al cabo el último en llegar a la meta es el que ha pasado más tiempo esforzándose sobre la bicicleta, y eso también tiene su mérito”. Seguramente era la mejor respuesta para un mal día, y para una pregunta con mala fe.
La cultura depredadora de la competición en la que vivimos es profundamente arbitraria, y en la mayoría de los casos no sirve para nada el fair play de “lo importante es participar”, puesto que lo importante es generar la mayor ansiedad posible y machacar al perdedor, obviando el dato nada menor de que siempre alguien será el último. En estos tiempos, la obsesión medidora y tecnocrática está expandiéndose a los rankings educativos, generando una presión que debería ser positiva pero que, aparte de generar nuevas formas de estrés, corre el riesgo de crear otros órganos de poder que serían esas “agencias de calificación” del mundo universitario, cuyos criterios, aunque valiosos, no son infalibles. Así, por ejemplo, el famoso ranking de Shanghai privilegia la presencia de premios Nobel como alumnos o profesores (lo que está muy bien, pero beneficia objetivamente el rendimiento a corto plazo de las universidades dominantes, porque un premio Nobel no se consigue de la noche a la mañana), así como las publicaciones en revistas hegemónicas como Nature o Science, cuyo creciente poder tampoco está libre de sospecha (yo soy de letras y tengo poco criterio en el tema, pero alguno de ciencias ya lo ha señalado).
Los medios de comunicación empiezan ahora a prestar atención a los resultados anuales de esos rankings, que constituyen noticias jugosas y muy propicias para la chulería o el catastrofismo. En el caso español, después de demasiados años de bochornoso desinterés en el tema, se está consolidando y publicitando por fin la idea de que las universidades españolas están lejos del liderazgo internacional. La idea es indiscutible, desde luego, y no me dejaré llevar por el corporativismo para negar la evidencia, entre otras cosas porque tengo, aunque sea de manera atomizada, parte de responsabilidad. Los diferentes rankings pueden ser polémicos y cuestionables, pero sea cual sea la metodología coinciden básicamente en sus conclusiones: ninguna universidad española está, como mínimo, entre las cien mejores del mundo y pocas entre las quinientas. Por supuesto, siempre hay quien está peor, y no hay que olvidarlo: véase lo que ha sucedido en México, donde el mismísimo presidente de la República tiene un título académico de una triste universidad obtenido con una tesis plagiada casi en un tercio (y no dimite). Y también es cierto, según se explica aquí, que algunos indicadores no sitúan tan mal la producción investigadora española a nivel europeo (en ese sentido, el sistema estadounidense es como la NBA).
La verdad es que no necesitamos ningún ranking para detectar problemas que conoce cualquiera que forme parte del sistema académico español -otra cosa es que quiera admitirlo-. A diferencia, por ejemplo, de la sanidad pública, la universidad tiene un bajo nivel de prestigio para los propios españoles y eso se debe en buena medida a que, como institución, en muchos aspectos se ha modernizado desde el franquismo menos que el ejército. Además, ante el aumento evidente de la presión mediática por la imposibilidad de evitar las comparaciones, las universidades han respondido con lavados de imagen bastante arteros, como el programa Campus de Excelencia Internacional, que, exagerando un poco, vendría a ser algo así como si yo declarara mi piso de alquiler Patrimonio de la Humanidad o mi madre me nombrara Míster Universo.
Abundan las interpretaciones sobre las causas de esta situación. Podría decirse que buena parte del problema es presupuestario, y sin duda es así, aunque es significativo que en estos años de crisis las universidades españolas mantengan más o menos las mismas posiciones cuando las condiciones de trabajo han empeorado objetivamente: congelación de salarios, falta de incentivos y de promoción, recortes en ayudas a investigación, precarización de los jóvenes investigadores, aumento de carga docente, etc. Lo que nos lleva a un factor más endógeno, que en realidad es el decisivo, aunque por suerte parece que está remitiendo. Y ese factor no es otro que la célebre endogamia, peste que ha corroído el sistema universitario español desde hace décadas y que aún sigue ejerciendo su influencia deletérea.
Los niveles de perversidad y prevaricación disimulada que ha alcanzado la endogamia en España son bastante conocidos, y yo podría imitar la melancolía del androide moribundo de Blade Runner: “he visto…” . Pero combatir el problema no es fácil, entre otras cosas por la permisividad vergonzosa de los ilustrísimos y excelentísimos rectores, que han amparado el vasallaje neofeudal con la excusa de una lectura maliciosa del concepto de autonomía universitaria. Así, desde los años ochenta del pasado siglo (el proceso está bien explicado aquí), las universidades españolas se poblaron de una caterva de haraganes fatuos que, lejos, de romper con la bajeza de la universidad franquista, han perpetuado el servilismo más descarado, el derecho de pernada y el dedazo, casi siempre con un evidente tono falocéntrico. Hablamos de un perfil típico: profesor/a que ha hecho la licenciatura y el doctorado en la universidad en la que ahora trabaja; que carece de experiencia internacional y a menudo ni sabe inglés; que aduló indignamente al poderoso en su momento y consiguió meter el pie en el departamento, por delante de otros con tantos méritos o más; que fabricó su currículum publicando en la revista y en la editorial de la misma universidad, y que ha hecho todo tipo de triquiñuelas para simular un currículum más amplio (autoplagios, refritos, etc.); que finalmente ganó una oposición sin oposición, siendo el único candidato y con una plaza descaradamente orientada a su perfil, independientemente de las necesidades docentes o investigadoras de la universidad; y que con el tiempo olvida el estigma de su enchufe y sobreactúa quejándose de lo mal que están las cosas, exacerbando su vanidad y perpetuando el sistema a la hora de ejercer el poder que siempre estuvo deseando tener.
Por suerte, algunas cosas están cambiando, entre otras cosas porque en el contexto europeo ya no se pueden tapar todas las vergüenzas. Por ejemplo, la creación en 2007 de la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación (la odiada ANECA) ha impuesto unos estándares mínimos que le dan algo de objetividad a los procedimientos de contratación y ponen algo más difícil el amiguismo, aunque no lo han borrado del todo. El sistema es, desde luego, mejorable, sobre todo por su burocratización y por el énfasis en la cantidad más que en la calidad, pero al menos ha servido para poner un cierto límite al descaro de décadas de nepotismo. No obstante, la brutal competencia académica actual, entre otras cosas, está obligando a muchos jóvenes a “sobrepublicar”, con lo cual aparecen nuevas modalidades del problema; y a ello habría que añadir otros muchos peligros. Pienso en la campaña periodística de crítica a la universidad española, que puede esconder un interés espurio: renovar el sistema, sí, pero para aplicar criterios de rentabilidad empresarial y orientar la competitividad en un sentido estrictamente privatizador, que significaría sustituir la endogamia por la ley de la selva.

La cuestión de la prensa no es menor. Por ahí llegamos a otro aspecto del problema universitario español, que no produce sólo atraso científico y tecnológico. Hay una vertiente menos fácil de cuantificar y que no tiene que ver con los rankings, pero que sin duda es asimismo importante. Buena parte de la mediocridad y la ramplonería de la esfera pública española en el llamado "régimen del 78" se explica si recordamos que muchos novelistas, poetas, críticos literarios o de arte, intelectuales, pensadores e incluso políticos famosos de ayer y de hoy han sido favorecidos por ese sistema endogámico, que les ha permitido lleva una vida desproblematizada y ajena a las dificultades reales de la sociedad que supuestamente analizan o representan. Engolados y presuntuosos gracias a un sistema que les ha premiado por su conformismo, su claudicación y su endeblez teórica, han contribuido de manera lamentable al raquitismo del debate público en el país e, indirectamente, han engrandecido a figuras como García Calvo o Aranguren. Hay que recordar que la universidad no sólo educa a alumnos o genera investigación, sino que debe, sobre todo en el área humanística, producir discurso de altura crítica que también sea un beneficio social. No deberían olvidarse estos aspectos cuando los mass-media presentan con ostentación a los que predican y amonestan con su título de “profesor de universidad”. Y es que puede que acabemos siendo los últimos en la competición, pero quizá sea más grave que no tengamos a nadie que nos haga entender por qué y para qué estamos compitiendo.

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