viernes, 27 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIX)


EL SEGUNDO HORIZONTE

El miércoles 10 de marzo, apenas cuatro días después de la celebración del cumpleaños del padre de Sor Juana, su hija y yo nos reunimos con Lombard en nuestra particular fuente Castalia de inspiración literaria, el bar Reforma, para tomar, como casi cada miércoles, unas cuantas copas. Pero esa noche fue algo así como una presentación oficial nuestra como pareja y una muestra de confianza hacia el gringo, que durante toda la velada pareció muy contento de vernos actuar según el código de una relación ya no clandestina. Magallanes había declinado amablemente la invitación y creo que los tres lo agradecimos: Lombard, a pesar de sus extravagancias, era mucho más cordial y menos áspero que el novelista oaxaqueño.
A lo largo de esa semana, no hablé con Sor Juana nada de la conversación con su padre, y de hecho procuré, por motivos estrictamente ansiolíticos, no pensar demasiado en ello. Concluí, después de seleccionar argumentos convenientes y descartar otros, que el padre estaba exagerando, como víctima de alguna amenaza no necesariamente seria, una de tantas que con seguridad recibía cada día en su tarea política. De todos modos, pensé que quizá convendría consultar, a solas, la opinión de Lombard, que me pareció el único confidente posible, a pesar de ser extranjero como yo.
Bebimos y brindamos muchas veces esa noche; Lombard verbalizó más de una vez su alegría por vernos juntos en público por fin, como si nuestra relación fuera un buen augurio general para todo el entorno. Sor Juana trató de frenar mi consumo de alcohol pero no le hice caso, y tampoco podría decir bien por qué. Bebí compulsivamente aun sabiendo que al día siguiente tenía clase. Bebí como pocas veces lo había hecho antes. Sor Juana se fue enfadando progresivamente y empezó a comportarse con la frialdad de sus pequeñas venganzas, rechazando mis intentos de contacto físico, rebatiendo de forma muy notoria algunas de mis opiniones o saludando con efusividad a otros clientes del bar.
Quizá fue Lombard el que empezó a bromear con la posibilidad de visitar un lugar de striptease; obviamente, ironizaba sobre sí mismo y sus necesidades. Sin embargo, Sor Juana apuntó su curiosidad sobre ese tipo de lugares y el tiempo que llevaba esperando poder conocerlos; no sé si lo hacía por feminismo o por antifeminismo, en realidad, pero empezó a mostrar un interés inesperado, que no parecía formar parte de nuestros juegos. A partir de ahí, nos fuimos envalentonando los tres y a base de sucesivas provocaciones de unos a otros nos encontramos con el compromiso de ir. Decidimos hacerlo a eso de las dos de la mañana, en plena fase álgida de embriaguez, y elegimos el que aparentemente parecía más civilizado y menos arrabalero, con el nombre glamouroso de Manhattan, un tugurio que Lombard ya conocía, según nos confesó finalmente.
Sor Juana era, desde luego, la única mujer entre el público, lo que suscitó más de una mirada por parte de otros clientes, que seguramente la compararon mentalmente con las bailarinas e incluso, como yo, la imaginaron en el escenario con algún disfraz ridículo y pueril. Por suerte, el ambiente era plácido y había poca chusma ebria y pendenciera. Sólo un tipo al parecer violento intentó entrar en el local y fue expulsado con pocas contemplaciones por los porteros. Aproveché el incidente, que vimos desde lejos, para preguntar a Sor Juana:
—¿No tienes miedo de estar en un sitio como este? Este no es un sitio para chicas.
—¿Es que no me podrías proteger si un borracho me mete mano?
La miré con perplejidad; ella captó mi inquietud y me evitó la obligación de responder.
—No seas tonto. Aquí no me va a pasar nada nunca. Mi papá es uno de los dueños. Sólo necesito decir su nombre y no pagaremos la cuenta.
Repetí la perplejidad y miré también a Lombard. Él ya lo sabía, de algún modo.
—Mi papá y un amigo libanés son los dueños, desde hace muchos años. Por eso tenía ganas de ver cómo funcionan estos negocios.
—Tu papá está en todas partes –le dije—. ¿No es un poco irregular ser procurador y tener estos negocios?
—Esto es México. Tú puedes tener todos los negocios que quieras.
No puedo recordar más detalles de esa noche, porque poco después empecé a cabecear, a pesar de las señoritas Deyanira, Jessica, Rubí y otras, y de sus acrobacias comentadas por un locutor paródico tal vez a su pesar. Sé incluso que me quedé dormido durante un rato, hasta que Sor Juana me despertó.
Por fin llegamos a mi casa a eso de las cuatro de la mañana. Yo había conseguido un modesto logro protector: que Sor Juana durmiera conmigo casi todas las noches y casi dejara ya su piso de estudiante, y eso, en cierto modo, significaba un paso adelante en nuestra relación, una primera convivencia más o menos pública después de meses de encuentros furtivos y tanteos sexuales. Pero Sor Juana no sabía que ese cambio en nuestras rutinas se debía no sólo a mis necesidades eróticas, sino también al brumoso proyecto de protegerla de los supuestos peligros.
El vigilante ya se había acostumbrado a su presencia, pero seguía sonriéndome como cada noche de ebriedad. Entramos en mi casa y lo primero que se me ocurrió decir fue una ironía sobre mi capacidad sexual esa noche. Sor Juana ni siquiera me replicó y se fue directamente a la cama. Yo esperé unos minutos, bastante mareado, y me entretuve consultando la actualidad en Internet. Empecé a buscar páginas de prensa española y apenas di crédito a lo que vi: un titular gigantesco decía “masacre terrorista en Madrid”.

No entendí nada. Pensé llamar a Sor Juana para que me confirmara la noticia desde su mayor lucidez, pero supuse que ya estaría dormida y no me atreví a despertarla. Cerré los ojos unos instantes y esa fue una pésima idea: me asaltaron unas invencibles náuseas y fui corriendo al lavabo a vomitar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario