martes, 31 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXV)


FUE SOR JUANA

la que me abrió la puerta de la supercasa y, aunque a veces me cuesta percibir estas cosas, estoy seguro de que se ruborizó. Había pasado por la peluquería y toda su estética era mucho más formal y bruñida, incluido un estupendo vestido azulado antitético a su ropa universitaria, espontánea, caprichosa y heterodoxa. Incluso los pendientes, sin ser ostentosos, eran evidentemente inusuales, y no estaban en mi archivo mental fetichista. Le di un discreto beso en la mejilla antes de burlarme de su  disfraz de señora respetable de clase alta poblana:
—Ya estás chingando… No entiendes lo que hay que hacer por la familia— replicó.
No pude insistir más en el sarcasmo porque me distrajo la aparición de la primera de las varias criadas de la casa, con su estandarizado uniforme negro con su delantal blanco y cofia. La criada le susurró algo a Sor Juana, probablemente algún problema organizativo de la fiesta, y Sor Juana la tranquilizó de manera explícita. La criada era, hay que decirlo, indígena.
—¡Deja de mirarla! –me dijo Sor Juana, en nuestro código interno, en cuanto la criada se alejó unos metros.— Ya sé que te gustan los uniformes de criada. Un día de éstos le pediré que te deje el suyo y le ayudarás a limpiar la casa.
—Me encantaría –dije yo—. Además, sería un acto de justicia social. Se saldaría una deuda.
—Ya empezaste con tus mamadas… Ven, te presentaré a la familia. A la familia oficial.
Como era de prever desde la puerta, la casa era inmensa y me produjo la previsible inquietud de quien no sabe desenvolverse en espacios grandes y paredes alejadas y por eso no es capaz de seguir una línea recta. Atravesamos un amplio hall con estatuas religiosas y profanas e incluso una fuente aparentemente sin agua, y avanzamos a través de dos comedores. Yo me esforcé por disimular mi curiosidad casi ilimitada y observé con discreción en busca de lo que más me podía interesar a efectos de morbo ideológico: ese objeto, no necesariamente el más notorio o espectacular, que de algún modo sintetizaba el lujo familiar con sus específicas connotaciones de falsa nobleza y aspiraciones versallescas, de mal gusto poblano y ADN caciquil. En mi fulgurante repaso encontré, lógicamente, mil objetos decorativos que me llamaron la atención, desde ediciones bíblicas lujosas hasta cuadros pre y posvanguardistas (en uno me pareció divisar la firma de Hirst, y por lo malo de la pintura, me pareció que la firma podría ser auténtica), y sobre todo muchas colecciones empezadas, como si en esa casa habitara un coleccionista de colecciones fracasadas: obras de Octavio Paz, tarros de cerveza europea, alebrijes originalísimos, sables aparentemente muy antiguos. Pero me sentí algo decepcionado porque no se me apareció el símbolo preciso, justo, lleno de significado y revelación.
Llegamos sin más comentarios al enorme jardín, en el que ya se habían acomodado unas veinte personas que disfrutaban de un buffet y una taquiza con camareros profesionales. Sor Juana me fue presentando a sus hermanos, tíos, primos y primas, incluso a sus abuelos, nonagenarios silenciosos pero muy dignos en sus movimientos y gestos. Uno de sus tíos, el tío Poncho, me saludó muy efusivamente y delató una curiosidad por mí mayor que los demás.
El homenajeado y su esposa estaban, al parecer, en la biblioteca. Utilicé mis mejores modales con todos los invitados que me fueron presentados y me esforcé por no parecer gruñón o demasiado español, es decir, quejumbroso y gritón. Se habían formado también otros círculos de gente (la mayoría, hombres encorbatados y elegantes, pero también había algún cura quizá con status de arzobispo o similar) a los que Sor Juana no me presentó. Sólo reconocí en uno de ellos al rector de nuestra universidad.
—Son empresarios amigos de mi papá. Y algunos son socios de sus negocios.
—¿Pero tu papá no es procurador?
—Pues sí, pero también tiene un restaurante, un rancho, una agencia automotriz y otra de bienes raíces. Y alguna cosa más que ahora no recuerdo… Ah, mira, esto sí te va a interesar.
Me señaló con las cejas a los nuevos invitados que acababan de llegar y reconocí a uno de ellos: el nuevo gobernador, al que había visto varias veces en televisión. Saludó cariñosa y políticamente a la mayoría de los invitados, incluyéndome a mí y por supuesto a Sor Juana, a la que beso y abrazó de forma sospechosa. Enseguida me fijé en sus guardaespaldas, tres moles también encorbatadas y sin duda armadas, inequívocamente mestizos, que, después de un saludo rápido y sin contacto físico a la familia, se aproximaron al círculo más lejano, en el que había otros cuatro tipos igualmente musculosos y trajeados. Entonces comprendí que todos ellos eran guardaespaldas y que participarían sólo marginalmente de la gran fiesta. Pensé acercarme a ellos y entablar conversación, pero después de una media hora me di cuenta de que nadie les prestaba atención y que, en realidad, su presencia era absolutamente menospreciada por todos.
Fueron llegando más invitados hasta completar al menos una cincuentena, a lo que habría que añadir los niños que empezaron a molestar con sus carreras y travesuras. Por fin apareció en el jardín el padre de Sor Juana con su esposa, entre vítores y bromas sobre su edad. Pronto les cantaron “las mañanitas”; yo, por dignidad, me abstuve de cantar esa canción ridícula.
El licenciado Quezada Higgins parecía tan poco mexicano como yo: alto, delgado, pálido y canoso, aunque compensaba la palidez con una sonrisa estupenda. Indiscutiblemente, cuidaba mucho su imagen, usando gafas juveniles, pantalones vaqueros y una camisa negra que hacía innecesario el aderezo formal de la corbata. La esposa, de familia española aunque nada parecía quedar de ese origen, era algo más joven que él; una mujer esbelta, de larga cabellera morena seguramente teñida, de rostro maquillado con celo y con cierta rigidez a la hora de comportarse en público.
Quezada saludó al rector y al gobernador, pero no les dedicó más tiempo que al resto de invitados, incluido yo. Sor Juana me lo presentó con naturalidad:
—Este es el Dr. Ramírez. Mi profe de literatura española.
—Mucho gusto, doctor. Muchas gracias por venir.
Me apretó la mano con fuerza y después la madre me dio un beso en la mejilla antes de preguntarme cordialmente si todas mis necesidades en la fiesta estaban siendo satisfechas.
—Mi hija nos ha dicho que le gustan mucho sus clases –agregó, y yo pensé, por esa formalidad, que la madre no sabía nada de nuestras aventurillas sexuales—. A ver si usted consigue que mejore su promedio para que pueda hacer un buen posgrado.
—Seguro que sí –dije simulando convicción.
Quezada pidió silencio a todos, hizo un agradecimiento global y dio instrucciones muy claras para que todo el mundo comiera y bebiera, con lo que se activó la alegría fiestera, con los rasgos autóctonos, tanto musicales como gastronómicos y aun gestuales. Nadie se desmadraba en presencia de las altas instancias políticas, pero sí había suficiente espontaneidad, con bailes, algunas palabras groseras que no llegaban a ofender, carcajadas cada vez más agudas y coqueteos no siempre bien disimulados. Yo me sentía lógicamente perdido como extranjero, pero entre taco y taco de cochinita pibil y trago y trago de tequila fui poco a poco integrándome y dejándome llevar por la cordialidad general. Sor Juana apenas me hacía caso, porque debía atender a muchos familiares y amigos de la familia, pero eso no suponía ningún problema, porque así yo podía saborear a distancia su exquisito perfil social de ese día, adivinando su incomodidad básica pero reconociendo y admirando su indiscutible saber hacer. Viéndola en aquel contexto familiar, pensé, con algo de decepción, que más tarde o más temprano acabaría cediendo a la fuerza de esa vida seria, que la experiencia universitaria (incluido yo mismo) sólo era un capricho juvenil, un entretenimiento con fecha de caducidad en cuanto terminara sus estudios y encontrara un hombre con el que poder compartir responsabilidades familiares.

Ese hombre difícilmente iba a ser yo.

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