lunes, 30 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVI)


OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO

De vez en cuando, Sor Juana se me acercaba para preguntarme cómo estaba y para controlar el progreso inevitable de mi ebriedad:
—¿Te la pasas bien?
—Mucho… disfruto de verte tan señorial y organizadora. Y con tantos admiradores.
Efectivamente, había al menos dos jóvenes, hijos de amigos del padre, que visiblemente coqueteaban con ella.
—¿Celoso? –me preguntó.
—Mucho.
—¿Y qué estás dispuesto a hacer para demostrarme que eres mejor que esos dos chambelanes?
—Lo que quieras…
—Vete preparando… Vamos a subir de nivel…
—Estoy preparado…
—¡Ya veremos!
Me dejó casi erecto con sus palabras, tan calculadamente provocadoras y sin embargo a la vez tan generosas. Y acto seguido me abandonó para irse, de forma nada casual, con uno de sus admiradores. Yo me dediqué a examinar minuciosamente su flirteo hasta que llegó a mis oídos una conversación casual que tenía lugar apenas a unos metros. Curiosamente, el gobernador se había colocado cerca de mí junto a dos amigos, y de forma discreta traté de captar alguna de las palabras. El gobernador era bastante cauto y sólo susurraba, pero uno de sus interlocutores parecía ya algo afectado por el alcohol:
—¡Tienes que hacer algo con esa vieja cabrona periodista! Nos ha estado jode y jode. Que dice que va a publicar un pinche libro, que no sé qué otra cosa más quiere hacer. ¿Por qué no le envías a alguien? Ándale, cabrón, haz algo…
El gobernador le pedía calma con la mano y no parecía especialmente preocupado:
—Ya le enseñaremos que en Puebla se cumple la ley. Le daremos un pinche coscorrón, si tú quieres.
—Así me gusta, mi góber.
Apuré mi tequila y comprendí que mi cercanía había sido detectada, por lo que opté por alejarme prudentemente en busca de más combustible, aprovechando la entrada en el jardín de seis mariachis que empezaron el repertorio de clásicos de José Alfredo Jiménez et alii. Lo penoso llegó poco después, cuando Gabriel, uno de los hermanos de Sor Juana, algo mayor que ella, le pidió la guitarra a un mariachi y trató de lucirse, arrebatándoles el protagonismo pero sin llegar a los mínimos exigibles de calidad. Se equivocó con la música y con la letra, y aun así fue aplaudido enfáticamente por todo el público, que, de manera incomprensible, agradeció mucho más su esfuerzo mediocre que el de los pobres mariachis que de verdad sí vivían de esas oportunidades y que estaban perdiendo el tiempo ante el capricho del niño rico. Sé que Sor Juana pensó lo mismo que yo porque fue la primera que, sin parecer ofensiva, trató de convencer al hermano de que devolviera la guitarra a los auténticos profesionales. Gabriel gruñó pero finalmente aceptó. Los mariachis, sumisos, le felicitaron con esa típica hipocresía repugnante de los humillados frente a los poderosos. Todos aplaudieron y rieron confirmando que la fiesta cumplía todos los requisitos de armonía e integración social propios del clasismo más rancio.
Pasé al menos dos horas hablando con familiares de Sor Juana, contrastando experiencias de todo tipo entre España y México, practicando toscamente una especie de diplomacia transoceánica. Sorprendí con algunos temas de mi desinterés: el flamenco, los museos, Almodóvar, la moda española, y lo compensé con algunas devociones que sí eran previsibles: la tortilla de patatas, las pinturas de Goya, el skyline maravilloso de Granada. Nos reímos varias veces de los Borbones (como si los dos emperadores del México independiente no hubieran sido ridículos…) y como tantas otras veces, constaté la admiración que la España constitucional, europea y tolerante inspiraba a los mexicanos, poco convencidos de las bondades del Tratado de Libre Comercio. En realidad, lo que me interesaba de todos esos diálogos era conocer algunos detalles de Sor Juana, particularmente los que podríamos llamar críticos: traumas, conflictos, tabúes familiares, todo aquello que las familias guardan y que Sor Juana protegía con especial cuidado por detrás de nuestros juegos sexuales y de nuestras conversaciones de metafisiqueo reciclado. Pero no obtuve nada más que recuerdos gozosos, viajes de infancia bien aprovechados, elogios hacia su capacidad de decisión y su independencia y alguna cariñosa y breve constatación de su excentricidad.
Los guardaespaldas seguían en su esquina, perfectamente sobrios y mudos.
Intenté comer varias veces para que se me bajara el pedo y no cometer así alguna imprudencia verbal de las mías. En una de esas ocasiones tropecé, y no es una exageración, con el licenciado Quezada. Nos reímos los dos y comprendí inmediatamente que él también estaba desinhibido como consecuencia del alcohol. Le dije que iba en busca de una cerveza para refrescar el gaznate después de tanto tequila y él pensó que hacer lo mismo sería una buena idea. Empezamos a hablar del paso del tiempo, de la universidad, de los largos matrimonios, de la superioridad de la cerveza mexicana sobre la española, y en eso se nos acabó la cerveza, con lo que propuse un nuevo caballito de tequila. El licenciado Quezada me negó con el dedo antes de hablar:
—No, no, te voy a enseñar algo mucho mejor. Ven conmigo, por favor.
Pensé de inmediato que la revelación que yo ya casi había descartado se iba a producir finalmente y que Quezada iba a compartir conmigo el privilegio sensorial de algún objeto elitista. Se despidió momentáneamente de algunos invitados y entramos en la casa de nuevo. Subimos unas escaleras marmóreas y llegamos a lo que parecía un estudio con aspiraciones de biblioteca. El licenciado me dio permiso para entrar y, mientras yo curioseaba mirando los lomos de los libros, se dirigió a una vitrina en la que conservaba las botellas más valiosas. La mayoría de los libros eran de derecho o de política mexicana. Era, de todos modos, un estudio razonablemente lujoso y bien decorado, con algunos cuadros de temática folclórica más o menos indigenista y una enorme fotografía del Popocatepétl humeante y señorial (será por eso que los poblanos lo llaman “don Goyo”). Me fijé también en la foto de un director de orquesta al que no reconocí; Quezada captó mi curiosidad y me explicó que el director era Riccardo Muti y que la foto correspondía al famoso concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, al que habían asistido él y su mujer.
—Fue un regalo para mi esposa. Aunque, si quieres que te sea sincero, Viena no me gustó. Creo que no podría vivir en una ciudad como esa. Como gran ciudad, prefiero la Ciudad de México. Soy más naco de lo quiero admitir y me gusta más ir a Garibaldi que escuchar ópera en Bellas Artes. Prueba esto –me dijo mientras me servía en una copa ancha lo que parecía whisky o coñac.
Lo olí teatralmente y supe que era whisky: pensé que no me sentaría muy bien la mezcla de tantos licores variados, pero no tuve fuerzas para rechazar la invitación, y más cuando el anfitrión se sirvió otra copa.
—Este es un gran whisky.
—Sin duda –dije tras saborearlo, aunque ya tenía el paladar tan quemado que no distinguí bien ninguno de los supuestos matices del licor—. Aunque el tequila también es una gran bebida.
—Pero ya no puedes confiar en los tequilas que venden hoy. Son muy sospechosos. Y es que nada funciona en México como debiera.
Me invitó a sentarme frente a él en uno de los sillones y empezó a hablar larga y didácticamente de su país, de sus problemas económicos, políticos y morales. Yo iba asintiendo con educación, sin prestar demasiada atención y desde luego sin discutir argumentos que me parecían nefastos desde el punto de vista ideológico: el fatalismo de “lo mexicano”, la responsabilidad gringa y aun española en el fracaso histórico del país, la imposibilidad radical del mexicano para una democracia eficaz, incluso la pérdida de valores religiosos guadalupanos.

—Fíjate que, a pesar de todo, España, la Madre Patria,… en muchos aspectos es hoy un ejemplo para nosotros. Ya sabes que los mexicanos tenemos nuestras tragedias y nuestros resentimientos: la chingada y Octavio Paz y todas esas mamadas. A mí me han llamado muchas veces malinchista por decir que México debía aprender de España, volver más a España y alejarse del pinche modelo gringo. Yo hice mi maestría en los Estados Unidos, en Boston, y quedé impresionado de cómo funciona ese país. Pero tenemos que abrir nuestras mentes y trabajar en otras direcciones... Si seguimos obsesionados por los gringos nunca saldremos del hoyo. España puede ser un buen ejemplo. Yo quiero que mis hijos vayan a estudiar una maestría a España. A Barcelona o a Madrid. Y me dicen malinchista porque soy crítico con mi país. Pero es que México está cabrón, Alejandro… Tú ya lo habrás empezado a ver. Cualquier pinche día tenemos otra revuelta. Si no son los indios, serán los narcos, si no, los nacos, jaja… Yo lucho por México porque amo este país y amo a sus gentes. Porque creo que podemos ser un gran país, porque tenemos un potencial económico, cultural y humano que no tienen muchos países del mundo. Pero para eso debemos aprender, chingaos. Quiero ayudar a la democracia aquí. Democracia de a de veras, no esta democracia mafufa que tenemos. Pero no sabes lo difícil que es a veces. México es un país rudo.

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