domingo, 29 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVII)


LLEGA EL MIEDO

—No estaría bien que yo criticara a México—precisé, respetuosamente. Me han tratado muy bien hasta ahora.
Guardamos silencio durante unos instantes, en los que ambos entramos en un sopor reflexivo.
—Pero sí está rudo… —continuó Quezada—. Tanta violencia… Y tanta incultura. Mi papá me enseñó a luchar contra eso. Era un hombre liberal, un profesor de derecho, pero su ídolo era Lázaro Cárdenas, claro. Mi papá luchó siempre contra la violencia y también la sufrió. Aquí, cerca, en Huejotzingo, en el carnaval… Sí sabes, ¿no? El carnaval en el que se recuerda la batalla con los franceses y se disparan los fusiles en el zócalo. Siempre las balas son de fogueo, pero en aquellos tiempos a veces había “accidentes”… Y a mi papá quiso matarlo un cacique porque había defendido los derechos de unas gentes. Recibió un disparo en medio de mil disparos del carnaval. Nadie supo quién fue ni cómo. Sobrevivió de puritito milagro. Yo pude nacer y mi papá siguió luchando, sin miedo. Y ganó el juicio. El cacique dejó de ser cacique. Una esperanza para México.
Hizo otra pausa y yo me callé las preguntas que, en otro mundo posible, tal vez le hubiera hecho: ¿cómo nació la fortuna? ¿La creó el papá o la creó Quezada? ¿Y realmente el papá era tan santo y buena persona?
—No sabes lo difícil que es tomar algunas decisiones –continuó—. En este país cometes un pequeño error, ni que sea de buena fe, y ya te chingaste. Tienes que ser muy cuidadoso, pensarlo todo mil veces, ser más astuto que ellos…
—¿Ellos?
—Ya sabes quiénes. Lo que yo llamo los Anticristos… Ya sabes, mis vecinos en este fraccionamiento…
—Me imagino que será una lucha dura –dije, mientras trataba de decidir si las palabras de Quezada sobre sus vecinos eran una metáfora o no.
En ese momento, Quezada se alteró visiblemente y se contuvo antes de decir algo más. Le observé con atención; tenía los ojos enrojecidos por el alcohol y la mirada seguramente era tan turbia como la mía.
—Mi hija está en peligro, Alejandro. Ahora que he tomado lo suficiente y estoy briago, ya te lo puedo decir.
Reaccioné acercándome la copa a los labios hasta que comprendí que no debía beber más y dejé la copa sobre la mesa que separaba los dos sillones. Quezada buscaba las palabras adecuadas y hacía esfuerzos evidentes por mantener el control y conseguir la máxima precisión. Esperé unos segundos antes de balbucear una interrogación, pero él me cortó con un ademán, pidiéndome unos segundos para poder expresarse convenientemente.
—Yo sé que tienes algo con mi hija… No importa, ese no es el problema. Mi hija hace lo que se le pega la gana y tiene mucho que ya no hace caso de mis consejos. Sinceramente, prefiero que esté contigo a que esté con cualquiera de esos mugrosos estudiantes. No, no necesito que me digas si la quieres o no. Pero sí necesito que me ayudes. Es mi hija y la adoro. No podría soportar que le pasara algo.
—No acabo de entenderle, la verdad –dije, aunque sí intuía algo de lo que estaba sucediendo.
—Estamos en un momento delicado, Alejandro. He intentado ser honesto, cumplir con la ley, ayudar a México y eso en este país significa mucho riesgo. Estoy en medio de un proceso judicial importante. Es mejor que no sepas nada, pero te diré que es… complicado. Quieren que devuelva un favor que me hicieron hace años. Estoy amenazado desde hace tiempo. Tengo siete hijos y debo protegerlos a todos, porque todos son hijos míos. Pero con los otros seis es más fácil, porque cumplen las normas, tienen sus guaruras, son precavidos, no hacen locuras. Con ella es más difícil. No acepta que le ponga guaruras, no quiere volver a vivir aquí, donde podría estar más protegida. Ya sabes cómo es… Pero si está contigo, puede que tú sí la protejas.
Dicen que el alcohol lleva a la sobrevaloración de las facultades, pero yo me sentí más miedoso que nunca. Y ridículo: ¿cómo iba yo a proteger a Sor Juana, yo, el mismo que disfrutaba siendo esposado e inmovilizado, dominado y humillado? Qué poco sabía el padre de lo que realmente hacíamos Sor Juana y yo en la intimidad. Supongo que me aplicó la plantilla básica de machito, fuera español o mexicano, sin saber que nuestra relación se basaba precisamente en todo lo contrario.
—¿Pero cómo? Yo soy un simple profesor de literatura.
 —¡Ah, carajo! Nada es simple… Un profesor tiene más poder del que cree… Tú eres un doctor español, y eso te hace importante en este país. Te digo, España es un país querido y respetado. No se atreverán contigo; llamaría demasiado la atención. Además, trabajas en una universidad importante con dinero gringo y agentes de la CIA encubiertos. A ti no te van a chingar. Confía en mí.
—¿Y qué tengo que hacer? –pregunté, dejando para otro momento la alusión a los agentes de la CIA, que ya había escuchado alguna vez y a la que nunca había concedido crédito.
Quezada trató de parecer tranquilizador, como si tuviera un plan perfecto, pero le delataban muchos signos: sus exageradas medidas de discreción —cuando estábamos completamente solos en una habitación cerrada—, su ebriedad de anfitrión descortés, incluso cierta incomodidad a la hora de reclinarse y hacer descansar sus piernas. Entonces comprendí que ya tenía delante de mis ojos el verdadero símbolo que yo estaba buscando en esa casa: el rostro de un poder que se soñó absoluto y que se había vuelto inesperadamente vulnerable. La hendidura por la que el dinero deja de ser el escudo perfecto con el que algunos se sienten protegido en este mundo despreciable en el que vivimos.
—Lo más seguro es que nunca pase nada. Esos putos sólo asustan porque quieren que yo ceda. Y no saben que nunca voy a ceder y que los chingaré a todos al final. Pero… siempre hay una posibilidad. Por eso, vigila a mi hija… Quédate con ella todo el tiempo que puedas. En el campus estará segura. Luego llévala a tu casa, si puedes. Pero no la pierdas de vista. No la lleves a sitios peligrosos. Vigila quién la mira y quién la observa. Fíjate si ves el mismo carro cerca y anota la placa. No digas nada a nadie, y menos a ella. Confío en ti porque sé que eres un hombre serio y responsable, y creo que quieres a mi hija.
Desvié la mirada hacia la fotografía solemne del volcán, pero sólo un instante; me pareció inadecuada para mi creciente estrés. Traté de encontrar otra imagen más relajante y creí encontrarla en una de las estanterías más cercanas. Era una foto de la familia Quezada, más exactamente de una de las dos familias, la de Sor Juana, que aparecía en la foto jovencísima, con apenas trece o catorce años, en la frontera tan enigmática para mí entre dos feminidades. Y entonces pensé que, efectivamente, fuera de toda otra consideración, mi deber era sencillo y podía resumirse en la norma sublime de proteger a mi Diosa; es decir, hacer coincidir el juego y la tragedia, la violencia inocua de alcoba y la violencia estructural de la calle. Recurrí a algún modelo en mi archivo mental de héroes y Pike Bishop habló por mí:

—No se preocupe. Protegeré a su hija.

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