sábado, 28 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVIII)


"PROTEGERÉ A SU HIJA"
Fue la mía una afirmación ingenua y probablemente estúpida, y a nadie sobrio le hubiera convencido, pero Quezada quedó satisfecho con esa muestra enfática de virilidad.
—Ahora volvamos a la pachanga. Mi mujer ya debe estar buscándome para los regalos.
Me puse en pie temiendo un mareo, pero no sucedió nada. Volvimos al jardín y la fiesta continuó otras dos horas más, que pasé en buena medida intentando comer para recuperar lucidez y metabolizar el alcohol. Comprobé que Sor Juana por fin había superado su incomodidad aunque para ello había tenido que despeinarse y colocarse encima del vestido una cazadora menos elegante para combatir el frescor de la tarde-noche. Hablé con ella muy poco en todo ese tiempo; simplemente me aseguré de que esa noche se quedaba a dormir en su casa. Me sentí aliviado, como si esa decisión me permitiera tiempo para organizar alguna estrategia (¿pero qué estrategia?). Nos despedimos con un beso en la mejilla y con el compromiso de una próxima comunicación por chat, seguramente al día siguiente. Me llamó un taxi y dejé la casa después de despedirme protocolariamente de muchos de los invitados. Quezada volvió a la formalidad y sólo dijo “fue un gusto conocerte”.
El vigilante de la casa que era padre de familia me recibió con el saludo cortés y semiirónico de siempre. Pensé que ese vigilante, flacucho, juvenil y prematuro en todo, difícilmente nos iba a proteger a Sor Juana y a mí de cualquier amenaza seria fuera de un perro rabioso de la calle, y que lo más probable sería que huyera al primer indicio de problema real. Tampoco sería yo capaz de reprochárselo, teniendo en cuenta su mierda de sueldo. Le di las buenas noches con delicadeza inusual e incluso le hice algunas preguntas de cortesía sobre su hijo.
Entré en mi casa y lo primero que hice, antes incluso de cambiarme de ropa, fue mirar con odio los estantes de mis libros. Sé que maldije, incluso en voz alta, tanta seducción literaria del Mal, tanta vanidad de oteador de abismos. Pensé nuevamente en el experimento que había hecho conmigo mismo, y comprendí que ahora el experimento empezaba a salir mal, inequívocamente, con la rotundidad de la mala noticia en la boca del médico.
El experimento: asistir a la creación y desmoronamiento de una utopía, comprender sus grietas, participar de la asfixia y el derrumbe de todo un escenario. Ver cómo la esperanza se desangra una vez más, como siempre, como a todas horas.


El Mal, sí, tan grande e implacable con nuestras minúsculas ansiedades como el mismo océano que yo había cruzado. Pero, al final, el Mal quizá no es más que un temblor que nace en el estómago y aprieta todo el cuerpo; un nudo horrible y nada erótico del que ninguna mano suave te va a liberar. Un latigazo de miedo infantil, de desamparo, un presagio de orfandad. Y la fatalidad, lejos de ser un juego hermoso de recuerdos artísticos y nobles, es lo más parecido a una maldita broma sin gracia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario