jueves, 26 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXX)


VILLALOBOS

 se presentó a la hora de la comida en mi oficina. Llevaba rato buscándome, al parecer: estaba visiblemente alterado y necesitaba con urgencia un compatriota con el que analizar pormenores y encontrar causas.
—¿Has visto lo que han hecho esos cabrones? ¡Hijos de puta, hijos de puta!
Yo había impartido la clase penosamente por culpa de la resaca, pero, aprovechando que era una clase de literatura española del siglo XX, pude al menos concentrar mis energías en algo bastante fácil: un resumen para estudiantes mexicanos acerca de qué significaba en España el nacionalismo vasco y cómo se había llegado a más de treinta años de terrorismo etarra. Desde luego, yo no tenía respuestas y explicaciones de la matanza, pero al menos podía acercar a los chicos a la trágica actualidad española. Les hablé, creo que con ecuanimidad, de algunos atentados que recordaba especialmente, como el de Ernest Lluch, pero también amplié el tema hablando del asesinato de Carrero Blanco y su innegable incidencia histórica, de los GAL y del maléfico cuartel de Intxaurrondo, del atentado sufrido por el mismo Aznar, del asesinato de Miguel Ángel Blanco y de la manipulación mediática que generó; incluso les confesé, avergonzado, mi indulgencia adolescente y romántica con algunas formas de terrorismo y sus supuestos esfuerzos emancipadores. Al fin y al cabo, la galaxia mítica del Che Guevara incluyó a muchos y muy diversos héroes del fusil y la bomba en aquellos años, y más de uno en España, por ejemplo, llegó a pensar tonterías como que zapatistas y etarras compartían ideales y prioridades.
—Se han pasado esta vez –decía Villalobos—. Se han pasado los cabrones. Yo tengo familia en el Pozo del Tío raimundo. ¿Qué culpa tienen? ¡Putos vascos nazis!
Villalobos gritaba y yo no podía hacer nada más que asentir. A lo largo de la mañana, Lombard, Magallanes, Judith y todos mis conocidos, profesores, estudiantes o administrativos, me preguntaron mi opinión sobre el atentado.
—No sé… jamás pensé que estos de ETA llegaran tan lejos –repetía yo una y otra vez.
—¿Y qué pasará con las elecciones?
—Tampoco lo sé. Seguramente esto ayudará al partido de Aznar –dije en un precipitado análisis.
En el desayuno, en la cafetería de la universidad, frente a unos molletes, Sor Juana, oportunamente, me recordó que ella había visto por televisión, no mucho tiempo antes, la imagen de Ortega Lara rescatado de su zulo, y que esa imagen indicaba a la perfección el abismo moral al que se podía llegar en la defensa de una supuesta verdad absoluta.
—Algún día te contaré lo que vio mi papá en un pueblo de Veracruz –añadió—. También aquí tenemos iluminados.
El comentario me dejó helado y me esforcé por volver rápidamente al caso español, que me parecía más lejano y por tanto menos inquietante para mí y para ella. Sor Juana parecía sinceramente preocupada por España, es decir, por mí como metonimia del país, pero, por suerte, no veía el peligro en su lado del océano. Después se fue a la biblioteca a seguir escribiendo Atlántida y quedamos en que yo la buscaría por la tarde para pasar la tarde juntos, donde fuera. Yo no tenía ningún plan previsto y en realidad necesitaba tiempo para preparar otra clase, pero me impuse la tarea de pasar el máximo tiempo posible con Sor Juana y acompañarla a todos sus lugares habituales, incluidos aquellos en los que yo no me sentía especialmente cómodo, como determinados bares o cafés llenos de estudiantes chismosos.
Antes de que aquel día pudiera poner en práctica esa estrategia, Villalobos y yo pasamos bastante tiempo consultando en mi despacho la prensa española, tanto la de derechas como la supuestamente de izquierdas.
—Están desesperados, por eso han hecho esta barbaridad –decía Villalobos—. Saben que están acorralados y se lo están jugando el todo por el todo. Pues no, no vamos a ceder. Ahora sí han perdido toda oportunidad. ¡Ni negociación ni hostias!
Villalobos, atrapado por las noticias confusas procedentes de España, insistió en que comiéramos juntos y no pude resistirme esa vez. Propuso un restaurante del centro de Puebla y se pasó toda la comida analizando la situación española durante los últimos años, pero tuvo que detenerse más de una vez por culpa de una emoción profunda, patriótica, quizás, que yo no podía compartir y que en cierto modo me hacía sentir culpable. En más de un momento intuí los nudos en su garganta.
—En España vivimos en democracia, joder –decía—. Puede que no sea perfecta, pero compárala con México. Aquí no hay nada de democracia. Esto es una puta mierda, Álex. Ya me gustaría ver a esos mierdas de etarras viviendo en México, a ver en qué quedaba su patriotismo y toda esa opresión que dicen que sufren. Aquí sí hay opresión, hombre. Aquí te mueves un pelo y te matan. Aquí, los narcos y los corruptos tienen todo el poder y nadie se atreve con ellos. Y cuando se atrevan, esto será un desastre. Como Colombia o peor.
Hasta su calva parecía ruborizarse como resultado de la intensa emoción política.
Terminamos la comida y regresamos a la universidad, comprometidos a seguir comentando los sucesos españoles, por teléfono, en persona o por correo electrónico.  Además, estaba previsto que coincidiéramos en el cumpleaños de Judith, ese mismo domingo, día de las elecciones en España.
En mi casa, Sor Juana y yo seguimos con mucha atención las noticias que procedían de España. Empecé a sentirme mal, somáticamente mal, y me costó mucho concentrarme en cualquier actividad. Sor Juana lo detectó y trató de alegrarme de la manera más inesperada:
—Te ves mal… Por eso voy a darte una buena noticia. El Consejo se reunió ayer y decidimos que vamos a compartir el Secreto contigo.
Me había olvidado completamente del famoso Secreto. Era una puerilidad, por supuesto, y más en comparación con la gravedad de los acontecimientos reales (la cuna de Judas que tiraba de mí por los dos lados del océano), pero agradecí el detalle y funcionó como provisional distracción.
—Pero tendrá que ser el lunes… El lunes por la mañana, a eso de las doce.
—¿Tendré que disfrazarme de alguna manera?
—No… esta vez, no. Basta con que seas tú mismo. Mejor, que no seas del todo tú mismo y que no seas tan gacho como acostumbras ser.
—¿No puedes adelantarme nada?
—Mmm… te puedo dar un anticipo.
—A ver…
El rostro de Sor Juana, hermosamente teatral, exhibió con naturalidad una expresión de triunfalismo irónico.
—Vas a conocer a Dios.

Me dio la espalda para buscar una cerveza y comprendí que no valía la pena hacer más preguntas. Efectivamente, no volvimos a hablar del tema, y aquella noche fue la primera vez en toda mi vida adulta que la idea de Dios me hizo dormir más o menos bien.

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