miércoles, 25 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXI)


DIÁLOGOS

El viernes, Villalobos y yo tuvimos una primera discusión telefónica.
—Oye, esto no está tan claro –decía yo—. Otegi dice que ETA no tiene nada que ver.
—¿Y desde cuándo te crees a ese tipo? ¿No te das cuenta de que está disimulando tal vez porque se les ha ido de las manos, como lo de Hipercor?
—Pero no han reivindicado el atentado…
—¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso? ¿No has escuchado las declaraciones del gobierno?
—Sí, y ya ha admitido que hay una segunda línea de investigación. Y en la radio han dicho que había un terrorista suicida…
—No te creas nada, joder.
El sábado la discusión, también telefónica, subió de tono.
—¿Has visto lo que están haciendo? –decía él—. ¡Están jodiendo la jornada de reflexión! ¡Hijos de puta!
—El gobierno está mintiendo y tú lo sabes. Nos están ocultando información, coño.
—Me cago en la puta, ya te estás tragando las mentiras de la Ser y de El país. Lo que quieren es aprovechar el momento para putear a Aznar. Parece mentira que no te des cuenta. Es la democracia lo que está en juego, Álex. Hay que dejar que la policía investigue, y ya se descubrirá la verdad. Pero no se puede presionar así el día antes de unas elecciones. Se está manipulando a la gente. Están manifestándose frente a las sedes del PP. Pero tío, esto qué coño es! Les están llamando asesinos, Álex. ¿Cómo puedes defender eso?
—Yo defiendo que digan la verdad, hostia. Y aquí hay muchas cosas raras.
—Te están intoxicando. Quieren ganar las elecciones y están aprovechando a los muertos. Eso es asqueroso, absolutamente asqueroso. Jamás en mi vida había sentido tanto asco de ser español.
—Sois vosotros los que aprovecháis a los muertos, no me jodas.
—Eso no me lo dices a la cara.
—Te lo digo a la puta cara cuando quieras.
Eso exactamente fue lo que sucedió el domingo. Yo dudé si era conveniente presentarme a la fiesta de cumpleaños de Judith; ella insistió y pensé que Villalobos, con quien no tenía tanta amistad, no aparecería. Pero se presentó. Ni siquiera nos dimos la mano al encontrarnos en el interior de la casa, y todo el mundo (Magallanes, Lombard, el marido de Judith y otros profesores de diversas nacionalidades) captó inmediatamente la tensión entre los dos representantes españoles, salvo quizá la madre ciega de Judith, a la que conocí por fin en esa ocasión y que me pareció una señora encantadora.
Villalobos y yo nos mantuvimos a distancia durante la primera parte de la celebración y cada uno congregó un círculo de oyentes que preguntaba sobre la confusa y compleja situación en España. Por supuesto, cada uno daba su versión, con las conocidas referencias mediáticas, y, por supuesto, cada uno se esforzaba por decir en voz suficientemente alta sus argumentos. Los otros profesores mostraban curiosidad y respeto pero no se atrevían a tomar partido abiertamente, tal vez por cortesía, o tal vez por humildad a la hora de hablar de un país que no conocían bien.
Eran las dos de la tarde cuando Judith nos invitó a empezar a comer para cambiar de tema y así conseguir que nos relajáramos todos, particularmente nosotros dos. Villalobos y yo aceptamos la propuesta, pero en realidad no la cumplimos en lo más mínimo. A medida que bebíamos más, seguimos lanzándonos invectivas personales y sociopolíticas, sin el menor respeto al lógico protagonismo de Judith en el día de su cumpleaños.
—Así son los españoles cuando discuten –intervino Magallanes, viendo que Judith empezaba a dar signos de impaciencia—. Parece que sólo gritan, pero son capaces de acabar madreándose y de empezar una guerra civil.
—¿Por qué no vemos cómo van las elecciones? –preguntó Villalobos, y se encaró con el hermético esposo de Judith—. ¿Tienes canal internacional de Televisión Española?
El marido dudó, pero asintió después de consultar con la mirada a Judith, y encendió el televisor. En cuanto vimos los primeros resultados oficiales, lancé un grito de júbilo y rabia que evidentemente tenía un destinatario. El resto de los invitados empezaron a sentirse visiblemente incómodos y a enviarse señales entre ellos, pero no me importó en absoluto.
—Eres un imbécil, Álex –me replicó Villalobos con una mueca de asco que probablemente él consideraba insuperable—. Estarás contento. Los terroristas han ganado. Qué bonito. Gracias a gentuza como tú.
—No me toques los cojones, no me toques los cojones, que vamos a acabar mal. Tú sabes tan bien como yo que Aznar nos ha mentido y no ha sido ETA. Tiene lo que se merece.
Vi las imágenes de Aznar y Botella abucheados en el colegio electoral y me sumé desde México con todo mi entusiasmo. Judith, ya sin sutilezas, me abroncó y decidió apagar el televisor. Nos ordenó que dejáramos la discusión para otro momento, pero fue una orden inútil. Me sentí más español que nunca: esperpéntico, resentido, pero con una causa, con un deseo de justicia.
No hizo falta ni siquiera más alcohol para que llegáramos a las manos. Lombard y el marido de Judith se encargaron de separarnos, mientras Judith empezaba a llorar. Sólo Magallanes parecía entretenido, como si estuviera asistiendo a una pendencia de borrachos de cantina. Tras unos instantes de calma, el marido de Judith nos exigió que nos marcháramos. Villalobos y yo nos despedimos entre amenazas y acusaciones de destruir la democracia.
Únicamente me empecé a avergonzar cuando me despedí de la madre de Judith, con la que sí me disculpé de manera demorada y cabizbaja. Incluso diré, y estoy seguro de lo que digo, que sentí algo así como su mirada.

Nunca más volví a pisar esa casa.

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