martes, 24 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXII)


APUNTES DE LA NOCHE DEL 13 DE MARZO EN UN DIARIO NO CONTINUADO

Pregunta importante, creo: ¿soy yo mismo, pobre profesor y mediocre turista del caos, un ejemplo más de eso que llamamos fascinación por la violencia? Es decir, ¿hay en mí un impulso de muerte que me hace de algún modo, aunque sea microscópico, copartícipe de todas las maldades del mundo? Y si es así, cosa que temo (y mi viaje a México podría ser una prueba), ¿puede ese impulso ser objetivado y extirpado, o es inevitable y me acompañará siempre, a pesar de que, en sentido real, nunca haya cometido ni un solo delito?
Yo no defiendo la violencia ni la muerte, desde luego. Pero, ¿las rechazo con toda la energía y la determinación de que soy capaz? ¿Las rechazo sin concesiones, sin sublimaciones, sin esteticismos? ¿Las rechazo de ese modo tajante y rotundo que, si fuera universalmente compartido, haría imposible la violencia porque sería inconcebible e impracticable?
No, desde luego que no. Es posible que yo no sea capaz de vivir sin un modelo más o menos violento para todas mis luchas y mis esfuerzos. Y si es así, supongo que no es para sentirse orgulloso.

En días como éstos me pregunto también cómo se comparan las imágenes de la caída de las Torres Gemelas con las de los atentados de Madrid. Con qué método, protocolo, hermenéutica. ¿Quién nos puede enseñar a interpretar no obscenamente esas imágenes, a cuantificar la empatía justa, a posicionarse a la distancia precisa del vórtice, a controlar el virus nefasto de la fascinación? Si veo más intensa y duraderamente las imágenes, ¿acaso alcanzaré algo así como un conocimiento superior, un vigor ético o afectivo, un arraigo más sólido en el tiempo? ¿Es superior el shock de horror espontáneo, en unos segundos, a la náusea prolongada de horas e insomnios? ¿Cuál refleja mejor la condición traumática? ¿Cuál lo metaboliza mejor, es decir, de manera más perdurable, como nutriente de la memoria?
Me hago mil preguntas a cuál más banal y ajena a la verdadera naturaleza del problema: la carnalidad directa y empírica de la pérdida y del dolor, de la fisura en la realidad. Lo que yo todavía no he experimentado en mi vida. Lo que temo experimentar pronto.
Si el objetivo era lograr que todos sintiéramos la vulnerabilidad, el objetivo de los terroristas está logrado (¿pero debo decir eso, siquiera por escrito en estos apuntes tontos de diario de un solo día, que se acaba aquí y no continúa?). Una vez más, pienso que nunca ha habido paz; sólo ha habido intermitencias de la guerra. La paz es una gran mentira, en España y en México.
Nos engañaron con el pecado original; sólo hay una venganza original y perpetua.
Y mi propia perplejidad de estos días me asombra: ¿no se suponía que yo, con mis lecturas e introspecciones, ya estaba habituado al Mal, al menos a sentir la violencia como problema permanente, inocultable, como una esencia de esas que ahora dicen que no existen pero que aparecen de repente como un desplome?
Pienso que quizás, por primera vez en varios años, me hubiera gustado estar en España. Compartir la rabia, rezar laicamente, habitar en la patria del desamparo, admitir la orfandad como medida de todas las cosas. Por fin, estar parado y decir: “aquí”.
¿Es este el momento de regresar a España? Quizás sí. Y quizás podría volver acompañado. Ella estaría a salvo en España. Aunque quién puede estar a salvo hoy. Quién ha estado a salvo nunca.

Perderlo todo: necesito saber qué se siente, cómo es eso, cómo se supera, o cómo no.

4 comentarios:

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    2. Pepe! Perdona, por torpeza borré tu comentario al intentar responder y no sé cómo deshacerlo. Como casi nadie comenta, aún no me manejo muy bien con esas técnicas. Gracias por leerme. Siéntete libre de comentar lo que quieras por aquí (prometo no eliminar nada). A ver cuándo nos encontramos y hablamos. Recuerdo que mi hermano tenía el libro de Pohl en nuestra casa cuando éramos jóvenes, pero nunca lo leí. Un abrazo,

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