domingo, 31 de enero de 2016

CONTRA VISCONTI


No pretendo que este blog se convierta en escaparate de novedades, en parte por pereza de consumidor harto de cambiar de móvil y en parte por rigor selectivo de paja y grano estético. Pero en este caso la excepción es obligada. Mi hermano J. Jorge Sánchez ha publicado, finalmente, su quinto poemario. Teniendo en cuenta su marginalidad -voluntaria- con respecto a las estrategias habituales de muchos poetas (cacería de premios, adhesión a capillas literarias, etc.), me parece que esa tenacidad tiene mérito objetivo y ya conforma ni más ni menos que una trayectoria. Todo ello en un ámbito, además, extremadamente profuso y escaso de brújula como es el de la poesía actual. 
Después de, entre otros retos, enfrentarse al problema del Mal en Del Tercer Reich y después de la poesía densa y antilírica de Bajo la lluvia, llega este nuevo libro, de título inesperado que sin duda propone un ajuste de cuentas con la educación sentimental-ideológica de una generación.
Pero no sólo Visconti es objeto poético de un volumen deliberadamente heterogéneo: el lector, obligado a un primer instante de perplejidad, encontrará una nueva combinatoria en la que Espriu, Auden o Kavafis coexisten con Michael Jordan, Ikea o Anatomía de Grey, y también con Mao o Radovan Karadzic. Es, desde luego, más que una poesía de la "experiencia cultural" o del posmodernismo inane y anglófilo, como demuestra el epílogo, una reflexión en prosa sobre lo postpoético que, en absoluto se parece a lo que Fernández Mallo y otros pudieran definir con el mismo nombre, y que a buen seguro suscitará cierta incomodidad entre los idólatras de una poeticidad sagrada e invulnerable.
En realidad, se trata de una ampliación de la poética con que se inicia el libro: "Toda materia es objeto de materia poética. / Ninguna forma es sujeto de la forma poética", que resume perfectamente la opción, no exenta de riesgos, por la que mi hermano lleva muchos años apostando. Una opción que prioriza las posibilidades reflexivas del poema sobre cualquier, digamos, incitación de los significantes o cualquier hermetismo visionario e inaccesible.
No sé si nuestro modelo han de ser los Goytisolo o las Brontë; sea como sea, no quiero que mi entusiasmo perjudique de alguna forma al libro, por lo que me limitaré a recomendarlo a todos aquellos que no están interesados en la poesía del tipo "tú me llamas, amor, yo cojo un taxi" (búsquese en Google). Y a desearle al autor la mejor de las suertes.

domingo, 24 de enero de 2016

MILENIO

Modestamente, diré que tengo algo de profeta.
Nunca en mi vida he acertado en una predicción, lo que, en cierto modo, me asegura una capacidad profética, aunque sea en negativo. Basta que yo profetice algo para que no se cumpla.
Por eso he optado, finalmente, por no aventurar hipótesis de futuro sobre política o literatura. No me atrevo, por tanto, a decir cuáles serán las consecuencias del cambio digital para la literatura y particularmente para el mundo de la ficción, que es mi campo de trabajo. Pero sí creo que es posible y necesario reflexionar sobre algunas significativas correlaciones de la cultura actual con respecto al momento histórico que vivimos. No sé si de aquí saldrán certezas ni análisis originales, pero puede que salgan otros resultados, tal vez no inanes: confesiones de lector, inquietudes de novelista, preocupaciones de profesor. Y quizá incluso una poética.
Veamos. Vivimos un tiempo abrumador de novedades, productos de todo tipo y aceleraciones múltiples. Cada año parece que adviene un apocalipsis nuevo. Pero entre tanta ansiedad, entre tanto azoramiento cognitivo, hay que buscar la jerarquía, el orden de prioridades: el que no quiera hacerlo es porque ya está en la parte alta de la pirámide social y no le conviene mirar hacia abajo. Y la prioridad se llama capitalismo. Con sus corolarios, especialmente la democracia liberal y la economía globalizada.
La tecnocracia, cada vez más fundamentalista, nos invade hoy con su jerga económica y el dinero es el Verbo; pues bien, hablemos de micro y macro, como hacen los pesados de los economistas, aún peores profetas que yo. En literatura, como en economía, lo micro serían las pequeñas batallas locales, nacionales o regionales: competencias entre escritores, hiperproducción novelística, letanías sobre la malvada mercantilización del arte, dinosaurios dispuestos a todo por defender el brillo social de su grandeza humanística frente a la masa lectora que sin embargo es la que sostiene el inmenso negocio cultural. Nunca antes se había escrito tanto, publicado tanto y leído tanto. Hay infinidad de opciones literarias, géneros, recursos, propuestas, centrales y periféricas, conservadoras y provocadoras. En ese sentido, quizá deberíamos sentirnos felices sujetos de la cultura masificada del nuevo milenio. Cualquiera puede ser escritor (o artista o intelectual), y cualquiera lo es, de hecho.
Pero hay árboles y hay bosque.
Uno de los peores efectos del desprestigio del marxismo como herramienta de análisis es que hemos perdido la capacidad de sospechar, de desconfiar, de ejercer la crítica preventiva; esa malicia intelectual de ver intereses ideológicos detrás de las bellas palabras y los conceptos elevados. Puede que antes estuviéramos así al borde de la paranoia, pero ahora, tan cultos que somos, tal vez estamos más alienados que nunca, y no nos damos cuenta. Quizá hemos llegado al punto aberrante de interiorizar que realmente Iberia quiere que lleguemos a tiempo a ver a nuestros seres queridos y Telefónica nos ayuda generosamente a no sentirnos solos. O que si la faja de un libro afirma que es una obra “comprometida”, lo es de verdad. Una especie de inconsciente consumista, vamos.
El capitalismo se ha naturalizado, y con él todas sus intrínsecas desigualdades, aceptadas pacíficamente –no entremos en ello- en las reglas democráticas. El interés, la competitividad, la eficacia, la rentabilidad, la mercantilización, se han sublimado y vuelto normales, colonizando todas las actividades, los sentimientos y por supuesto la cultura. La distopía capitalista (que llegará cuando la competencia sea definitiva) se está demorando y así nos resulta más fácil de digerir. Su programa fundamental, la democracia liberal, disminuye aparentemente los antagonismos y los conflictos basculando a partir de la aburrida mesocracia.
Si esto es, como creo, el factor macro, habría que empezar a pensar de otra manera la crisis actual, más allá de los vaivenes periodísticos, y, por ejemplo, podríamos entender la magnitud de fenómenos como el colapso mental de la socialdemocracia europea, tan importante para entender la política hoy. Pero otro día hablaré de eso. Hoy prefiero apuntar –ensayar- algunas ideas sobre la literatura. Aunque tal vez no lleguen ni a ideas y apenas sean intuiciones.
¿En qué afecta la totalización del capital y la democracia, por ejemplo, a la literatura, y particularmente a la novela? Pues en mucho más que las meras argucias editoriales y las posiciones económicas de los escritores, que son sólo tics del sistema. Afecta en términos de expectativas y valores; de, digamos, moralidad del género, de escritura barthesiana, si se me permite el afrancesamiento. La novela (ya sé: muchas novelas, no todas las novelas, pero déjenme que sea maximalista), la novela, decía, se ha desproblematizado, convertida en objeto de consumo y de disfrute, y por eso busca afanosamente guerras e injusticias lejanas (en el tiempo o en el espacio) para recuperar su raíz problemática, su convulsión esencial, su naturaleza polémica al menos desde Cervantes. Porque ha claudicado a la hora de plantear los problemas de la era democrática, o, cuando los encuentra, ofrece soluciones del siglo XX, en las que nadie cree o que son objetivamente obsoletas. El realismo crítico de base marxista, el mágico, la literatura fantástica, la autoficción, incluso la novela policiaca, la histórica o la metaliteraria, son modelos literarios de lo más inocente hoy; apenas llegan a objetos de uso confortable. El pulso del nuevo siglo está mucho más oculto y no es nada fácil percibirlo. No se encuentra, desde luego, en la caída de las Torres Gemelas.
Puede que seamos cada vez más democráticos, pero puede también que seamos cada día más aburridos y previsibles, como escritores y como lectores. Penetrar en el misterio de la era democrática, volverla extraña a nuestros ojos cada día más dóciles, es posiblemente el reto más audaz del novelista actual.
Pero ya está bien por hoy. Seguiremos más adelante.

miércoles, 20 de enero de 2016

RAÍZ DEL APÁTRIDA


Uno ha crecido entre modelos de la cultura audiovisual con discursos y lemas heroicos, individualistas y frecuentemente viriles, y de algún modo más o menos consciente espera el momento de poder decir, en la vida real y de manera oportuna y justificada, alguna de esas frases, para así homologarse con el héroe pop (o con el villano, como Goldfinger: “quiero que muera, señor Bond”).
Muchas veces se trata de clichés de policiacos o de westerns que conservan su capacidad de seducción porque fomentan el enigma personal, o una imagen idílica de resistencia ante diversas formas de adversidad. Es el caso, por ejemplo, de esa típica pregunta de un personaje a otro: “¿De dónde eres?”, con su respuesta perfectamente ensamblada: “De ninguna parte”. La maravillosa evasión de la identidad con todas sus cargas y errores.
Algo así me está sucediendo: el tópico me devora y el origen empieza a convertirse en algo difuso y olvidable. Ser de Barcelona y vivir en Sevilla no es sólo una escisión: es un martilleo constante en los dos oídos, dos historias contadas por dos idiotas llenas de ruido y de furia. El nacionalismo sólo me produce una especie de pereza ontológica, porque ya no está claro qué es peor, si el creciente catetismo chovinista catalán, o la histórica mezcla de ignorancia y mala fe del españolismo. España siempre ha sido un proyecto nefasto, y Cataluña sigue el mismo camino.

Los puentes empiezan a hundirse; esperemos poder vivir aunque sea debajo de uno de ellos.

sábado, 16 de enero de 2016

LA MALA PUTA

Pongámonos serios y vayamos con una lectura reciente: La mala puta. Réquiem por la literatura española, de Miguel Dalmau y Román Piña Valls, publicado por la editorial Sloper.
 
El atractivo título viene magníficamente justificado en un brevísimo prólogo: “En el verano peligroso de 1959 el poeta Carlos Barral viajó a Madrid. Una tarde se encontró a Ernest Hemingway en el hotel. Hechas las presentaciones, el novelista americano le preguntó: “¿Qué tal la mala puta?” Barral se quedó perplejo y apenas acertó a decir: “¿qué mala puta?” A lo que Hemingway respondió: “¡La literatura española!”. Aquel disparo del novelista americano dio en el blanco con medio siglo de antelación” (p. 9).
Un inicio así, hay que reconocerlo, promete insolencia e irreverencia, aunque eso comporte también sus riesgos, si no se está a la altura de las expectativas. El libro contiene, en realidad, dos ensayos publicados conjuntamente. El primero, el de Dalmau, de quien conozco bien la biografía Los Goytisolo, que he citado en más de una ocasión, parte de una historia polémica y sórdida: el veto, oscuramente motivado, a su biografía sobre Cortázar. A partir de ahí, Dalmau, que también es novelista, repasa los diferentes factores del mundo literario actual y los combina con las calas más amargas de su experiencia como escritor, para ofrecer como conclusión una imagen muy decepcionante de la situación literaria actual, carente de audacia y verdadero compromiso artístico, siempre según él. El segundo ensayo, menos atrabiliario, repasa, apoyado en varios testimonios de escritores de mediana edad, las encrucijadas profesionales y personales en las que se encuentra buena parte de la literatura española de hoy, cada vez más consciente de que “se ha acabado la fiesta” y de que ya no hay dividendos, ni simbólicos ni económicos, para todos.
Al margen del entretenido anecdotario de fracasos, puñaladas y rencores, La mala puta es un libro discutible en el mejor sentido. Creo que hoy ya no somos pocos los lectores resentidos (y puede que envidiosos, sí) que estamos esperando desde hace tiempo un sólido ajuste de cuentas con la inanidad y la estolidez del sistema literario español actual, y muy especialmente de su elite, tanto en la versión casta casposoacadémica de las momias plumíferas de los suplementos literarios más rancios, como en la versión de beatería liberal y optimista de, por ejemplo, Jordi Gracia en su panfleto contra El intelectual melancólico. El hecho de que el libro de Dalmau y Piña vaya por la tercera edición sería una prueba de esa extendida inquietud (aunque recuerdo el caso de un supuesto periodista de investigación que empezaba publicando siempre la trigésima edición de su libro).
Este libro se suma a los de otros impugnadores que recientemente han atacado con fiereza el cuento de hadas de la cultura española de la democracia, como Gregorio Morán con su El cura y los mandarines, del cual espero hablar en otra ocasión, o José Antonio Fortes, con su Intelectuales de consumo, donde el autor mantiene el durísimo cuerpo a cuerpo con Luis García Montero. A ello habría que añadir algunos blogs bastante desiguales que han tenido seguidores, como Patrulla de salvación, La Fiera literaria o Addison de Witt, que con más o menos argumentos cuestionan o directamente se burlan del Parnaso literario español y sus mercaderes. Son tentativas de corrosión antihegemónica que tratan de debilitar el pensamiento único (y débil) del canon literario español mostrando agresivamente el lado oscuro de los ganadores en la lucha literaria de las últimas décadas: clientelismos, oportunismos, miserias morales, degradaciones estéticas y políticas.
Lo que cabría preguntarse es si de todo este corpus sale, en conjunto, un discurso alternativo capaz de superar intelectualmente no sólo el ruido de la maquinaria euforizante de la industria editorial sino también el saber académico y en apariencia erudito que ha sido cómplice de la consagración de algunos y el silencio de otros. En otras palabras, si pueden aliviar la tremenda atrofia del debate crítico de la España literaria, una atrofia que es consecuencia directa de la estrategia de concentración y hegemonía empresarial, política e ideológica que hemos vivido, grosso modo, desde 1982.
El problema fundamental es la capacidad de gestión que estos textos pueden hacer o no de su motivación básica, que a menudo no es el conocimiento riguroso sino algo más simple: el resentimiento. El resentimiento puede conducir a un diagnóstico objetivo que no esté viciado de origen por la envidia; no es, desde luego, una opción fácil, pero también es cierto que sin una ración de resentimiento es imposible atreverse a ejercer este tipo de crítica o independizarse de los cantos de sirena del sistema literario.
En ese sentido, la parte a mi juicio más vulnerable de La mala puta es precisamente aquella más jugosa en términos testimoniales. El victimismo de Dalmau parece tener un porcentaje alto de justificación, pero hay una cierta dosis de ingenuidad a la hora de pensar que la literatura puede escapar a su intrínseca condición sociológica de lucha implacable por la legitimidad y el prestigio. Yo mismo he acumulado ya unos cuantos rencores justificados y los iré explicando aquí poco a poco (quizá empiece por el día en que El país me borró de una foto, como Stalin hacía con Trotski). Pero pensar en un fair play literario me parece tan naïf aquí como en el Tour de Francia.
El ataque de Dalmau a Pere Gimferrer es rotundo y tiene saña; pero quizá la motivación (que no quiso publicarle una novela que venía recomendada por Laín Entralgo) no es la más convincente. Pensar que el ambiente literario es ahora sucio y despiadado frente a unos tiempos pasados supuestamente honestos y puros va en contra de todo el repertorio de datos de que disponemos desde al menos los tiempos de la bohemia, cuando, según Bourdieu, el campo literario se vuelve autónomo y empieza a generar sus propios capitales simbólicos. Dalmau parece defender que en los tiempos de Cela o Delibes la jerarquía literaria era más objetiva y menos corrupta; sin embargo, y sin necesidad de entrar en lo más fácil, que sería meterse con Cela, la literatura española de los tiempos del mismo Barral está plagada de ganadores y damnificados, de capillas literarias y arbitrariedades críticas. Me viene a la cabeza, de manera rápida, el caso singular del sevillano Alfonso Grosso, que podría ser un buen ejemplo de outsider que rozó la gloria y se quedó trágicamente al margen, y sobre el que espero escribir con calma algún día. Y como ese caso, muchos otros, desde luego.
La clave quizá no radique únicamente en la vileza y medianía con la que actúan los poderes literarios hoy; hasta cierto punto, es fácil determinar la red de complicidades e intereses que hay, por ejemplo, en torno al grupo que ha sido hegemónico durante décadas y que hoy afortunadamente está en franca decadencia: el grupo PRISA. Esta querella (absolutamente necesaria, sin duda) nos conduce, creo yo, a la dificultad para establecer el canon alternativo y antihegemónico que pueda contestar la decadencia que muchos ven y vemos: ¿existen de verdad esas novelas audaces y valientes que constituyen la resistencia estética y que hay que luchar por sacar a la luz y defender? ¿Están en alguna parte, aunque sea una editorial de provincia? ¿Y si –hipótesis inquietante- “esto es lo que hay”? Dalmau y Piña, por ejemplo, utilizan como modelo de redención del sistema a Agustín Fernández Mallo, pero no parecen ver ninguna paradoja intrínseca en la condición “indie a la española” del autor de Nocilla Dream.
Algo parecido sucede cuando Dalmau, mucho más que Piña, que es más cauto, habla del “Poder” para encontrar la raíz de todos los males en un sujeto fantasmal e inequívocamente maligno, que además es refractario al análisis más allá de alusiones brumosas. Creo que establecer como factor hegemónico de la literatura española la existencia de una dictadura difusa y casi kafkiana no ayuda a diagnosticar el problema. Al fin y al cabo, Dalmau ha podido finalmente publicar, en Edhasa, su biografía sobre Cortázar, que confieso no haber leído aún.
El poder existe, cómo no, pero, como ocurre en “La carta robada”, de Poe, a veces lo más fácil para pasar inadvertido es exhibirse sin complejos. Por eso, cuando Dalmau recuerda la importancia simbólica del “caso Echevarría” acierta más de lo que cree. En ese lamentable caso están ciertamente sintetizados los problemas de la literatura española, pero en ese escenario el poder no tiene nada de oscuro: es transparente, democrático y legal. Se resume en un principio básico: esta es mi empresa y si no te gusta, te vas. Libertad de mercado y libertad de empresa. Las reglas fundamentales del comportamiento social en todos los órdenes en la España de hoy, incluido, por supuesto, el literario, que han llevado a la construcción de oligarquías. Tan simple como eso. Pura oligarquía capitalista, legalmente constituida y registrada, casi siempre apoyada en trabajadores serviles y sin conciencia de clase. Las cosas por su nombre.
No es de extrañar que en un panorama sometido absolutamente a las leyes de la oferta y la demanda escasee el sitio para los escritores. Suena la música, sí, pero sólo hay dos sillas para todos, y una ya está reservada para el presentador de televisión. Hay demasiada producción que la industria no va a absorber; en cierto modo, es consecuencia inevitable de la sociedad de masas y de la expansión de la cultura letrada, que ha creado miles de conciencias artísticas y una esfera pública apelotonada y no siempre dispuesta al esfuerzo. Pero ese es un tema que requiere una reflexión más extensa y ponderada, que deberá quedar para más adelante. Y cuando empiece a echar pestes de las redes sociales, lo haré por extenso.
En realidad, el libro de Dalmau y Piña es muy estimulante en todas estas cuestiones, y me gustaría volver a ellas más adelante, si este blog sobrevive. No es fácil encontrar réplicas valientes a la santurronería o directamente el servilismo predominantes y cabría esperar que ese esfuerzo tuviera alguna continuidad. Desde aquí lo intentaremos, al menos.

martes, 12 de enero de 2016

¿SPLEEN?


Hace años entraba en las librerías para ver mis propios libros en los anaqueles. Hoy ni siquiera eso. Hasta mi vanidad se está agotando. Como se enteren mis estudiantes, estoy perdido.
Las pocas veces que entro en una librería, casi siempre para comprar algún regalo o acompañar a alguien que tiene que hacer esa misma tarea, suelo sufrir el mismo tipo de vahído: empieza con algo de asfixia ante tanta agresividad gráfica y tipográfica, ante el baile de colores y reclamos, ante la suma colosal de la creatividad internacional. Sí, supongo que hay tantas esperanzas, ilusiones y utopías que uno debería embriagarse de optimismo en ese bazar; pero al mismo tiempo, parece imposible que todavía haya algo por decir. Por eso para mí la librería se parece a un pasadizo oscuro lleno de trampas.
Lo que me viene después de la sensación de asfixia es la molicie general: una profunda sensación de humildad que deriva en inutilidad, una desnutrición absoluta para cualquier esfuerzo futuro. El problema, supongo, es en el fondo la falta de argumentos para indignarse: no puede ser malo que se escriba tanto (salvo presentadores de Telecinco, claro). Además, ya no se puede ser escritor maldito, porque eso se acabó para siempre, y quizá sea mejor así.
La librería es la versión más hostil de la biblioteca, que será el lugar de la felicidad para muchos escritores, pero no para mí. Mi biblioteca personal, sí, me trae todavía buenos recuerdos: los libros de Club Bruguera, las cubiertas de Daniel Gil para Alianza Editorial, todos aquellos libros baratos que quién sabe si aguantarán ser hojeados dentro de unos años. Pero cada día soy menos bibliófilo; empiezo a tener fobia a la novedad deslumbrante, a la teoría revolucionaria, a la suma erudita. Supongo que es mi problema, y de nadie más.


¿Fahrenheit 451? Soy más melancólico que apocalíptico. La cultura es una pesadilla, y sin embargo sigue siendo lo mejor que tenemos.

sábado, 9 de enero de 2016

PÓRTICO

Parafraseando a Macedonio Fernández, no sé cómo empezar un blog, o sea que lo único que se me ocurre para empezarlo es escribir la primera frase.
La decisión de inaugurar este blog viene de lejos, pero ha sido atrasada por las muchas dudas, y no diré que todas estén resueltas ahora mismo. Ante todo, es un género nuevo de eso que podríamos llamar egoliteratura, y yo, aunque soy novelista, soy pudoroso, tanto que no voy a hablar de ese pudor fuera de reconocerlo aquí y ahora. Me impresionan y casi asustan las proporciones que cualquier texto (imaginemos uno íntimo) pueden adquirir en internet. Pero es que, además, he sido hasta ahora bastante conservador frente a la revolución digital y sus beneficios supuestamente democratizadores. No tanto como para ir diciendo, como hace más de un fósil literario, que adoro las máquinas de escribir -que nunca utilicé y que me parecen felizmente olvidadas-, pero es cierto que soy, digamos, bastante canónico (elitista, para algunos) y que hasta ahora he mirado con algo de desdén la proliferación de textos en la red y la logorrea de vanidad literaria en la selva digital. Lo admito: fui de los que creyeron que internet era el espacio de los narcisistas y los incapaces de publicar y moverse en el campo de juego convencional y “serio”. Sin embargo, empiezo sentirme en transición, decepcionado con el pasado y curioso por el futuro, y por eso me tienta jugar con las dos barajas: la analógica, académica e impresa, la de los escritores y profesores tradicionales, y la digital, caprichosa e incierta. 
El ejemplo de la perseverancia de mi hermano con su blog ha sido, sin duda, importante. Pero, una vez vencidos los remilgos y prejuicios, con la decisión ya tomada, vienen ahora otras opciones nada fáciles de resolver, sobre todo relativas al tono y al contenido. ¿Tono zumbón y jocoso, propio de tertulia bien regada con vino? ¿Rigor académico, con citas y notas, con afirmaciones justificadas y reflexiones sesudas sobre literatura, que es, al fin y al cabo, mi mayor dedicación, profesional y personal? ¿Autopromoción literaria para levantar el negocio, que anda de capa caída? ¿Bitácora de la vida cotidiana, sublimando rutinas y detalles para soñar que escapo de la mediocridad? ¿Análisis de la realidad y opiniones políticas en tiempos difíciles (como si hubiera tiempos fáciles)? Y hay más preguntas, por ejemplo sobre los lectores: ¿escribir para los que ya te conocen o para los desconocidos? ¿Cuál es, además, la medida de la satisfacción como bloguero: la cantidad de seguidores o la interacción con ellos? ¿O acaso lo único que importa es la tenacidad del proyecto personal? 
He curioseado en bastantes blogs últimamente, y confieso que algunos me han resultado algo deprimentes, no tanto por los textos, sino por la evidente decadencia a partir de una ilusión inicial que no ha tenido apenas continuidad. Conozco a más de un amigo que ha salido derrotado sin haber conseguido ni un solo comentario de un lector. En el ámbito literario, los hay de muchos tipos: hay escritores que han apostado bastante por la eficacia del blog, como Eduardo Moga, Alberto Olmos o Vicente Luis Mora. Otros, en cambio, apenas lo utilizan como noticiero bastante superficial de su carrera comercial. También los hay pretendidamente contestatarios, con más o menos gracia, que pretenden burlarse del sistema literario aunque se les nota mucho la nostalgia de los tiempos aristocráticos.
A veces creo que me gustaría más crear un blog monotemático de baloncesto o ciclismo, que son los dos deportes que me apasionan (y que, por supuesto, no he podido practicar en serio nunca) y sobre los que no me cansaría de opinar y discutir. O sobre televisión, a la que (lo confieso) le dedico mucho tiempo cada día. En cambio, me da una cierta pereza crear un diario de lecturas y llenar la red con más gustos de consumista literario. Sin duda, la razón última es que cada día me cuesta más entrar en una librería.
Con sinceridad, no sé ahora mismo cuál de las opciones (incluido el silencio) será la que triunfe. Machadianamente, habrá que ponerse en marcha y hacer el camino.