miércoles, 30 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIII)

EL PODER

—El poder es la sustancia de la vida y la energía más erótica de todas –decía yo, delirando con mis sublimaciones teóricas—. Yo no quiero igualdad, quiero jerarquías. La igualdad es perfecta en lo legal y en lo intelectual, pero en el sexo a mí no me interesa. Quiero una Diosa, sin más. Sí, tengo una imagen deformada y objetualizada de la mujer, y todo lo que tú quieras. Siempre ha sido así y no voy a cambiar ahora. Yo sólo quiero sentir dominio, y punto.
—No te creas que estás tan enfermo –me decía—. Eres más normal de lo que crees. Ya he conocido a otros como tú. Hombres incapaces de pensar más allá de sus deseos y sus traumas. A veces me aburren.
—¿Y entonces qué haces conmigo?
—A ver si te das cuenta y lo entiendes por ti mismo.
—¿Soy sólo un sustituto de Andrea?
—Ya te gustaría llegar a su nivel.
—Dame tiempo. Me ofrezco para todos los sacrificios.
—¿Cómo qué sacrificios?
Todos, mi querida Sor Juana; y los probamos todos, o casi todos, hasta agotar el imaginario cultural. Hasta deshacer mi identidad en mil camuflajes maravillosos y estimulantes, plenamente superiores a todo lo que antes pensaba yo que era mi propio ser.
Empezamos por lo más fácil: invertir el sexual harassment de los gringos. En vez de ser yo el profesor acosador, le tocó a ella acosarme y darme órdenes. Al principio, era relativamente fácil ir a trabajar con sus bragas usadas, pero luego se fue complicando cuando me puso condiciones cada vez más difíciles, como llamarme en medio de las clases, sabiendo que me parecía extremadamente vergonzoso y poco profesional tener el teléfono móvil encendido durante el tiempo de clase, y que yo mismo se lo había recriminado a los estudiantes más de una vez (al Culero, por ejemplo). Llamaba aleatoriamente, unas clases sí y otras no, y yo siempre tenía que responder sin dar pistas de quién era mi interlocutora, para que los estudiantes murmuraran. Y entonces ella me daba los mensajes que yo tenía que agradecer explícitamente, sin decir su nombre:
—Esta noche te pintaré las uñitas de los pies.
—Decidí que el sábado iremos al restaurante que más le gusta a mi papá, y tú pagarás la cena.
—Quiero que me saques de la biblioteca todo lo que haya de o sobre Paul Celan.
—Quiero que digas delante de los estudiantes “no manches”. Suena chistoso en ti.
 Al cabo de unas semanas, Sor Juana se cansaba de ese juego:
—Ya me dio hueva. Vamos a jugar a la “venganza de Josie Bliss”.
Oh, sí, la venganza de Josie, la pobre pantera birmana que fue amante de Pablo Neruda en los tiempos de Residencia en la tierra. Sor Juana dijo una vez en clase que tal vez había que desconfiar de la versión nerudiana de la historia, según la cual Josie Bliss era poco más que una loca obsesiva e ignorante. Yo traté de rebatirlo, con poca convicción, en realidad, pero aquel asunto quedó pendiente entre nosotros y ahora tocaba resolverlo. Y efectivamente, Sor Juana, en pleno éxtasis intertextual, asumió su rol nerudiano y me obligó a arrastrarme más de una vez para demostrarle mi absoluta dependencia. Me abofeteó en restaurantes de barrios lejanos, donde supuestamente nadie nos conocía, acusándome de hablar de forma ignorante y superficial sobre México, me esposó, encadenó e inmovilizó con múltiples técnicas obtenidas en internet, me obligó a tatuarme en una nalga el nombre de su equipo favorito de fútbol, el Cruz Azul, comió sushi sobre mi cuerpo desnudo como se hace con las geishas, me hizo llevar durante dos semanas sin motivo terapéutico alguno un collarín ortopédico suyo, me hizo mil cosas que no recuerdo bien ya. Hasta que de nuevo se cansaba y se le ocurría otra cosa, con imaginación deslumbrante. Y yo pensaba en que por fin la mentira sobre el matriarcado mexicano (porque en el país de los feminicidios masivos hablar de matriarcado es, como mínimo, inadecuado) se había hecho verdad gracias a mí, y que yo era el Chingado y no la Chingada, lo que me daba un cierto orgullo histórico, como de autoinmolación redentora para que de una vez se cumplan todos los ajustes de cuentas y yo de paso consiga una buena erección.
Pero miento si digo que todo fue juego y tontería metaliteraria. Y miento también si digo que yo era víctima de algún modo, porque, a pesar de la humillación y precisamente por ella, yo gocé como nunca, gocé de la incertidumbre y del experimento, del caos bien administrado, y porque después de la aventura, después de que yo asimilara cada regeneración, cada nuevo metabolismo ficticio, después de que yo me olvidara de mí mismo durante un rato y fuera otro o fuera nada o nadie, después de que me entregara a ella como en un desmayo, la compensaba con mis mejores esfuerzos, fálicos pero sobre todo comecoños, y le daba placer como ella quisiera hasta que chillaba, y entonces la Sagrada Jerarquía quedaba por fin establecida: ella el Sujeto y yo el Objeto. Hermosamente desiguales en el reino de la Nueva Justicia y el Nuevo Poder.
Y después de todo eso, hablábamos, y aún más, había grandes momentos de silencio, cuando los dos, milagrosamente, coincidíamos en el mismo lado de la bipolaridad, y nos abrazábamos concediéndole al abrazo un rango superior, como si fuera lo más auténtico y lo único que no podía ser considerado juego entre nosotros dos. Entonces ella me pedía que me inventara alguna cosmogonía, y yo me sacaba una de las cuarenta o cincuenta teorías que tengo acerca del universo, y se la justificaba con mis argumentos tan racionales o más que los de Tomás de Aquino o Karol Wojtyla.
—El universo es como México. Un desastre que a veces es amable.
—¿Y no sería más como España?
—Cosmológicamente, España es sólo un agujero negro.
—¿Y Cataluña?
—Un planetoide.
Lógicamente, todos estos detalles íntimos eran absolutamente privados, y Lombard y Magallanes nos veían como una simple pareja convencional habituada a eso que llaman el sexo vainilla. Lombard, de hecho, parecía disfrutar con mi nueva situación emocional y, a diferencia de Magallanes, que cerró el tema con un lacónico “tú sabrás lo que haces” y nunca más mostró curiosidad, sí me preguntaba cortésmente cada cierto tiempo, intercalando siempre la insinuación profética:
—Te vas a casar. Yo lo sé. Y tendrás hijos mestizos.
Yo le desmentía con fórmulas siempre diferentes, pero aceptaba sus ironías como parte de nuestro código de amistad. Sólo le hice una petición:
—No le digas nada a Judith. Prefiero que no lo sepa, al menos de momento.
Lombard me miró intrigado y se encogió de hombros en señal de abstención.
—Judith ya está condenada. No puedes hacer nada por ella, en ningún sentido –me dijo—. Por suerte, le quedan sus hijos y sus esperanzas académicas. Concéntrate en Sor Juana. Con ella sí tienes posibilidades. Pero ten cuidado. Aunque parezca que no va en serio, no la subestimes. Es inteligente, pero también muy apasionada.
Pensé que Lombard, tan dado al énfasis mexicanista, exageraba involuntariamente, pero no pude por menos que acordarme de él la tarde que Sor Juana me llamó por teléfono para hacerme una propuesta que parecía mucho más una orden que todos sus caprichos eróticos de los meses anteriores:

—Este sábado tenemos una fiesta y estás invitado. Mi papá quiere conocerte.

lunes, 28 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXII)


DE LA VIDA ERÓTICA EN LA ATLÁNTIDA

Liarse con una estudiante podía ser una legítima venganza contra la pendejez de la Eminencia, pero, a priori, también me homologaba lamentablemente con mi viejo amigo Frígilis. Por suerte, yo no tenía ningún poder real que ofrecer, y por tanto poca erótica del poder que aprovechar; Sor Juana ya estaba a punto de terminar los estudios y nunca más iba a ser alumna mía. En realidad, como se verá, mi relación con Sor Juana tuvo poco de acoso sexual y fue más bien una especie de reinversión de mitos, desde Pigmalión hasta la misma Chingada.
Al conocer la noticia, Magallanes hizo poco más que refunfuñar, pero Lombard me felicitó abiertamente.
—Pinche gachupín, ¿para cuándo la boda?
—No exageres, gringo viejo. Ni boda ni hostias.
—¿Cómo crees? Ya te vas a casar y te quedarás en México toda tu vida. Ahora sí la jodiste. No te dejarán ir.
Aquella noche, en la cantina, Magallanes tosía y se quejaba de malas digestiones, y yo le recriminaba su falta de conciencia médica:
—Te vas a morir de cirrosis, Miguel. Empiezas a tener los síntomas. Pásate a las drogas blandas, como el doctor Lombard.
—Vete al carajo –replicaba, en una perfecta simbiosis de enfado y humor, Magallanes.
—No cambies de tema, gachupín. Cuéntanos más, dinos qué planes tienes con Sor Juana. Ándale.
Después de aquella parranda en mi casa, Sor Juana y yo empezamos a quedar en mi casa o en algún motel, y creo que conseguimos mantener una eficaz clandestinidad, al menos frente al resto de la población estudiantil. Los primeros encuentros, las primeras negociaciones, fueron difíciles, como era de prever, entre mis diversos pudores académicos, éticos y sexuales (los más importantes) y la desconcertante naturalidad con la que Sor Juana desdeñaba mi manual de instrucciones en materia sexual. Yo siempre pensé que mis deseos más ocultos eran una especie de sótano al que sólo se podía llegar después de muchas contraseñas y aperturas de pesados cerrojos, pero Sor Juana, asombrosamente, encontraba la puerta abierta y encima se reía de mis sofisticados sistemas de seguridad. Supongo que yo tenía prejuicios de incuestionable ignorancia sobre la mujer mexicana, y no sabía si estaría posmodernizada como la española, abierta a experimentos y transgresiones 2.0 propias de la democracia liberal ya consolidada, o, por el contrario, estaría sometida a las reglas nefandas del conservadurismo poblano. Pero pronto descubrí que Sor Juana no sólo tenía mucha más experiencia que yo, sino que admiraba igualmente el caos sexual, el realismo mágico del sexo del que un escritor español habló una vez.
Sor Juana disfrutaba jugando conmigo y yo disfrutaba con cada nuevo derrumbe de mis contenciones. Al principio, debo admitirlo, tuve dudas de otro tipo: pensé que se reía de mí y que no me tomaba en serio. Incluso sospeché que todo era una especie de trampa urdida quizá por los estudiantes para dejarme en evidencia y ridiculizarme como parte de sus caprichos de niños ricos. Pero, aparte de que ser humillado por los estudiantes tiene su incontestable sesgo morboso, cambié de opinión cuando descubrí, de forma inesperada, que Sor Juana tenía celos, unos celos que me parecieron tan incongruentes como tiernos, a pesar de que nunca fueron aptos para bromear con ellos. Sí, celos, celos profundos y mal contenidos, que crecían exponencialmente con cada excusa o argumento, erupciones intensas de desconfianza e irracionalidad, cuñas de violencia verbal en las conversaciones.
“Tú amas a Judith. Lo sé. Además, es lógico. Es tu colega y con ella tienes más cosas en común que conmigo”, me decía a menudo, posiblemente protegiéndose, o eso pensé yo. Como si temiera que me fuera a aprovechar de ella para deshacerme en cuanto el morbo se desvaneciera, cuando en realidad yo ni llegaba a pensar a tan largo plazo, porque estaba siempre asustado ante la posibilidad de que nos descubrieran y, de algún modo, esa revelación tuviera consecuencias: un despido, un escándalo, una amenaza, una paliza, un asesinato (México invita siempre a esas hipótesis de creciente violencia). “Dime la verdad. No soporto las mentiras”, decía. Pero mis explicaciones eran insatisfactorias ya incluso cuando las ensayaba para mí mismo ante de verbalizárselas a ella. Considerar mi relación con Sor Juana como una aventura era sólo parcialmente preciso; tenía la dosis necesaria de emoción, capricho y riesgo, pero al mismo tiempo había una mutua dependencia creo que inesperada para los dos.
“Estás loco, Álex. Pero eres un oratito bien cagado”. Y todo porque creo recordar que le dije cuál era mi historia preferida de amor.
Sunset Boulevard.
Podría haber elegido muchos modelos con pedigrí mitológico, y algunos realmente muy antiguos, e incluso clásicos, como la historia del viril Hércules que es castigado por Onfalia a vestir de mujer y a dedicarse a coser, con lo que sienta el hermoso precedente de un semidiós en transición de género. Pero más allá de la casuística parafílica de la Antigüedad, me resultaba más cercana la historia de Sunset Boulevard, título traducido en España, con nuestro habitual talento traductor, como El crepúsculo de los dioses. Ella no conocía la película, pero la vimos juntos y sospecho que finalmente algo, al menos, entendió de la grandeza degenerada de la película y sus íntimas correspondencias con mis códigos de conducta. Por supuesto, me refería a la historia de amor entre los personajes interpretados por Erich von Stroheim y Gloria Swanson, cuya verdadera naturaleza, perversa, contaminada, titánicamente autodestructiva, conocemos ya avanzada la película.
Al principio, Von Stroheim sólo es el criado formal y hierático de la estrella de cine enloquecida, el que le escribe y envía las falsas cartas de sus admiradores, el que la aguanta y la cuida con abnegación y sumisión. La estrella no le devuelve nada más que su locura y su resentimiento de vanidosa patológica víctima de la alienación hollywoodense. Pero la historia se vuelve mucho más retorcida cuando descubrimos que Von Stroheim, antes de ser el asistente de la estrella delirante, había sido su marido, y que seguía aguantándola a pesar de todo, humillándose una y otra vez, rebajándose con orgullo, sometiendo su amor a una recodificación, a un nuevo contrato basado no en la igualdad, sino en la diferencia absoluta y radical, en esa jerarquía, de tanto sentido metafísico, que separa a un devoto sin dignidad de una diosa enloquecida. Y esa situación tan aparentemente irrealista e incomprensible era para mí una especie de obsesión, un teatro idóneo para hundirse en lo más profundo de las pasiones y saborear cómo se degradan al máximo todos los dones que alguna vez pudieron tener forma de una esperanza.

domingo, 27 de noviembre de 2016

NUEVA DIALÉCTICA DEL MIEDO

Hoy en día cualquier preocupación se vuelve fácilmente multitudinaria, por la multiplicación inmediata del discurso, y en ese sentido no faltan los ruidosos que auguran un porvenir mundial ennegrecido por el neofascismo básicamente xenófobo y hasta presienten la llegada de una nueva Edad Media que revierta el camino racional moderno. Sin necesidad de ser apocalíptico y por tanto demasiado estridente, lo cierto es que Trump, el brexit, la amenaza lepenista y la indulgencia en España con la corrupción sistémica serían ejemplos coetáneos de una reacción conservadora que aúna de forma terrible legitimidad democrática e irracionalismo, poniendo contra las cuerdas y desconcertando a los diferentes impulsores del cambio sociopolítico, que no acaban de coincidir en el programa de acción de una hipotética agenda emancipatoria que ya no se sabe si ha de ser global, local o glocal.
Por supuesto, lo más fácil es recurrir a la denuncia de la ignorancia colectiva, de la insuficiencia educativa y la toxicidad de los medios hegemónicos. Pero las viejas teorías sobre la alienación parecen no ser tan útiles ya en la “sociedad del conocimiento”, que tantos apologetas optimistas e interesados defienden hoy en día. Esos mismos cándidos que se entusiasmaron con la Primavera Árabe y la función de las redes sociales en los acontecimientos, ahora deberían replantearse hasta qué punto los albores de esa nueva sociedad sólo están facilitando una obesidad mórbida de la cultura, en la que los discursos complejos se fragmentan y comprimen sólo para acabar cediendo ante viralidades que muchas veces son precisamente eso: patologías de la razón atontada.
Del mismo modo, el debilitamiento del proyecto europeo, con evidencias como la crisis de los refugiados, está poniendo de manifiesto la vanagloria de una fantasía de capitalismo humanizado y redentor que supuestamente iba a devolver a Europa la grandeza de sus mejores momentos de progreso (sus pocos momentos, en realidad). Pero sabemos, a pesar de tanta propaganda, que nada de eso es ni será sostenible en un mundo de competencia brutal e interminable, y en ese sentido tampoco debe extrañar que la ciudadanía adopte ciertas actitudes de resistencia que a algunos (pongamos de izquierdas) nos parecen irracionales y egoístas, pero que responden al miedo comprensible a una globalización amenazante en la que la opulencia prometida no llega y en la que algunos hacen concesiones y sacrificios pero otros no. Sí, la insolidaridad de los nuevos tiempos es penosa, pero la agotadora carrera de la competencia capitalista también lo es, y no parece que todo el mundo esté igual de ilusionado ante la incertidumbre de un mundo futuro basado en dogmas cada vez más opresivos, como el maldito culto a la "innovación" -o a la "calidad"-, que ofrecerá progreso (en según qué aspectos), pero a costa de un cansancio infinito.

En este caso, el miedo no es excusa, pero sí es causa. Algunos políticos saben manejar y aprovechar ese miedo, y nada más fácil para ello que carecer de categorías solidarias útiles, como lo fue (y debería seguirlo siendo) la de clase trabajadora, en la que nadie parece querer reconocerse ya. Así nos va.

viernes, 25 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXI)


SEXUAL HARASSMENT

Tenía unos pechos hermosos pero pequeños, y demasiada barriga quizás para mi gusto, pero dejé que, como tantas otras veces, el alcohol decidiera por mí. Por otro lado (pienso hoy), su valentía a la hora de cumplir sus deseos me pareció sexy, ejemplarizante, incluso una posible redención del México conservador y reaccionario. Así que me acerqué y la besé cuidadosa y delicadamente en los labios, ensayando primero y luego profundizando. Ella estaba entregada y entendí que no le desagradó mi beso. Pero la dejé, en un ataque de prudencia, para regresar a la fiesta y beberme otro whisky que, contradictoriamente, pensé que podía relajarme. Después de apurarlo, saqué a Sor Juana de una conversación con dos desconocidos que fumaban marihuana y discutían sobre Blur o Radiohead o grupos así. Andrea seguía en la habitación.
—Gracias por el regalo –le dije—. Es bueno saber que se reconoce el duro trabajo del profesor de literatura…
—¿Se ha portado bien?
—Sí, claro.
—No te creo. Vamos a comprobarlo.
Logró parecer enojada, aunque creo que también estaba bastante borracha. Me tomó del brazo y me devolvió a la habitación, en la que Andrea estaba sentada en la cama, tal vez meditando o simplemente resistiendo la fuerza del sueño. Sin decir ni una palabra, Sor Juana la abofeteó y la ordenó ponerse de rodillas en el suelo. Pensé que nadie habría escuchado el sonido de la bofetada por la música, pero aun así me incomodé.
—¿Qué te dije, Andrea? Que te portaras bien.
La otra, vacilante, susurró algo parecido a una disculpa. Sor Juana se agachó y empezó a besarla otra vez, dándole nuevas órdenes.
—Bésale los pies al maestro. Agradécele todo lo que ha hecho por ti en esta pinche universidad –casi me entra la risa cuando dijo esas palabras, pero Andrea se arrastró de rodillas hasta besar mis pies y comprendí que debía seguir el juego—. Es un gran maestro y se merece que una pinche zorra como tú le dé una recompensa.
—Gracias, doctor… —decía Andrea antes de dar besos lentos y cariñosos a mis zapatos sucios de arena cholulteca. Intenté retirarlos, pero una mirada severa de Sor Juana me impidió hacerlo. Creo que fue mi último esfuerzo para reprimirme.
—¿Quieres chuparle la verga al maestro?
—Sí, sí quiero…
Me giré para comprobar que no había otros testigos, y pude ver a través de la puerta entreabierta a la Eminencia, que se había acercado a la cocina a buscar más líquido. Apenas se cruzaron nuestras miradas un segundo, pero sé que él vio algo, aunque trató de contener su curiosidad. Inmediatamente racionalicé mi temor y lo compensé con la satisfacción de la venganza: la Eminencia ya sabría para siempre qué tipo de individuo era yo y lo poco que me importaban sus constructos culturales y su sistema de valores. Y entonces, en una coherencia que me pareció perfecta, cerré la puerta totalmente y me bajé el pantalón, con el pene notablemente erecto. Por los jardines exteriores a la casa, pude ver, entre las cortinas de la ventana, al vigilante, ocupado aparentemente en sus tareas, y es posible que él también nos viera en algún momento.
Andrea hizo su trabajo con aceptable eficiencia y yo conseguí simultanearlo con algunos besos escasos e intensos con Sor Juana. Finalmente me corrí de forma poco espectacular y seguimos un rato más en medio de besos y toqueteos varios, hasta que alguien (creo que no fui yo, pero estuve de acuerdo) dijo que ya estaba bien por ese día. El alcohol hizo su efecto y nos quedamos dormidos los tres en mi cama, con Sor Juana en medio, mientras la fiesta, con la música a toda potencia, continuaba al otro lado de la pared.
Ya no supe nunca nada más de la Eminencia; se fue de mi casa y regresó a Estados Unidos. Supongo que Lombard se encargó de controlar el caos de la fiesta, porque al día siguiente encontré pocos desperfectos y pocas cosas habían desparecido, salvo algún CD (el de Wish You Were Here).
Las chicas se despertaron resacosas pero sonrientes, se besaron otra vez, hablaron entre sí de mil cosas del día anterior excepto lo que había pasado en la habitación y al cabo de una hora, después de tomarse el café que yo les había preparado, empezaron a llorar.
—Te extrañaré mucho, Andreíta.
—Yo también, Mi Dueña.
Se marcharon juntas a las diez de la mañana, lo que agradecí enormemente ya que me permitía dormir algo más y combatir la resaca. Sor Juana se despidió con un beso en la mejilla aunque entendí que nos veríamos esa misma tarde por el campus. Andrea, por su parte, salía al día siguiente para San Antonio. Se despidió de mí dándome las gracias, esta vez completamente en serio,  por los cursos que le había enseñado y lo mucho que había aprendido.
—Entonces –le dije— creo que ya merezco que me contéis el Secreto.

—Ah, no –coincidieron las dos, y siguió Sor Juana—. Todavía no estás preparado. Aún tienes que caer más bajo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XX)

PURO VICIO

Aproveché que Sor Juana pasaba a mi lado para preguntarle por la conferencia y empezar mi estrategia.
—Supongo que ha sido muy profunda, porque no he entendido nada desde el “buenas tardes y gracias a todos”–dijo.
—Pero el conferenciante se ha fijado en ti, no sé si te has dado cuenta.
—Claro que me di cuenta –sonrió con narcisismo perdonable.
—Deberías jugar a calentarle un poquito –bromeé—. Para que sufra un poco. A ver cómo reacciona, a ver si es capaz de sacar su Mr. Hyde latinoamericano. La barbarie que tanto se esfuerza en negar.
—Me gusta la idea –levantó la mirada como si estuviera meditando posibilidades, sabiendo que la Eminencia estaba a unos metros, a su espalda—. De hecho, esta noche teníamos pensado un buen espectáculo. Andrea se nos va y le quiero dar una noche memorable.
—¿Se va? –pregunté, aunque no era ésa la pregunta que realmente quería hacer.
—Sí. Su familia se va a San Antonio. Ella seguirá estudiando allá. El papá es un alto directivo y lo asaltaron hace dos meses unos güeyes armados con cuernos de chivo. Ha decidido que no quiere vivir más en México y ha conseguido que su empresa lo traslade. Aún no lo sabe nadie, más que yo y tú ahora. Por eso esta noche tiene que ser especial para Andrea. Le voy a dar todo lo que ella quiere. Además, ya no tenemos nada que perder. Y el profe, que mire lo que quiera. ¿Va?
—Va, me parece perfecto.
Le sonreí con la intuición fiable de una noche interesante. Ese día, Sor Juana vestía de forma muy europea, diría yo, casi como aspirante a pijita barcelonesa que le da dinero a Amancio Ortega: pantalones vaqueros ajustados, camiseta blanca de estampado dinámico y optimista, y una chaqueta torera que parecía imitación de piel. Confieso que me gustaba más cuando se ponía étnica o transculturada, o cuando le ponía algún toque alternativo, semigótico (cosa que sólo sucedió alguna vez en clase y muchas veces en mi imaginación). Pero cualquier vestuario era secundario ante la posibilidad de que iniciara en público otro jueguito morboso con Andrea. De momento, las dos se dedicaban a reír y a comentar la actualidad estudiantil con perfecto buen humor y aprovechando la gratuidad de los cócteles en el campus.
Yo inicié mi estrategia con la Eminencia después de consultarla con Lombard y Magallanes, que, como era de prever, me animaron en mi empresa y se ofrecieron a ayudarme en todo lo posible, empezando por distraer al Niño Genio para que yo pudiera centrar la conversación. La estrategia pasaba, por supuesto, por emborrachar a mi víctima, lo que seguramente requeriría de mis mejores dotes teatrales. Una vez acabado el cóctel (porque habíamos acabado con todas, absolutamente todas, las botellas), propuse ir a la pulquería a continuar la celebración del “gran día académico”. Judith intervino con un mohín de reproche:
—¿Cómo crees? No vas a llevar a nuestro invitado a esa mugre.
—Esa mugre tiene un gran valor antropológico –le repliqué. Estoy seguro que a nuestro invitado le excitará la curiosidad.
—Álex, no seas gacho. Sobre todo, que Magallanes no le vomite encima. Cuídalo, por favor. Para una vez que tenemos a alguien importante, que se lleve una buena imagen de nosotros.
Una vez más, Judith nos dejó para regresar con su marido y sus hijos, y esta vez me alegré, porque sin ella yo podría actuar con más libertad. Nos trasladamos en coche desde el campus a la pulquería y conseguí que la Eminencia viajara en el coche de Sor Juana, con Andrea y Lombard. Magallanes y yo nos llevamos al Niño Genio y a Rodrigo en el otro coche.
En la pulquería, nos sentamos en piojosos cojines y sofás viejos que eran los únicos asientos del lugar. Aquello fue una primera victoria, porque mi encorbatado enemigo aceptó con buen humor rebajarse a ese indecoroso mobiliario, aunque lo hizo con una especie de premeditación antropológica, como si estuviera en otra cultura y tuviera que adaptarse cortésmente a las costumbres autóctonas. A partir de ahí, puse en marcha mis mejores habilidades para ser, sin excesos, adulador con el invitado: empecé a preguntar a la Eminencia sobre su universidad y sus colegas de profesión, pero sin parecer en búsqueda de trabajo u oportunidades editoriales. Simulé que realmente me interesaba la producción académica estadounidense y fingí que había asumido con tristeza y resignación, en mi fuero interno, que ya no tenía posibilidades de empezar una carrera profesional en ese país. La Eminencia adoptó una pose misericordiosa que una vez más confirmaba su liberalismo de factura gringa.
—Es difícil entrar en el circuito académico americano, pero no es imposible. Quizá tu mayor problema es haber hecho el doctorado en Europa.
—Sí, tuve la desgracia de estudiar en Barcelona –ahí no tuve que disimular mi profundo desprecio por la caterva de haraganes y parásitos que fueron mis maestros.
—Lo importante es publicar en revistas de calidad, peer-reviewed.
—Claro, es lo que intento –mentí.
La Eminencia sentía especial curiosidad por Lombard, que se había separado de nosotros para hablar con Rodrigo, aparentemente de forma cordial.
—El caso de tu compañero Lombard es más curioso. Judith dice que sabe mucho de literatura, pero no está en América. ¿Sobre qué hizo su tesis?
Yo ya me había convencido de que Lombard carecía, efectivamente, de toda titulación académica, y, de hecho, él no se había esforzado en desmentirlo. Pensé, de todos modos, que debía ocultar la verdad.
—Sobre Thomas Pynchon.
—Ah, qué envidia. Me encantaría poder hacer una tesis sobre un escritor como él.
Le iba a decir que prefería a mi Masip antes que a Pynchon candidato al Nobel, pero entonces me di cuenta de que Andrea y Sor Juana habían empezado a besarse a unos metros de nosotros. La Eminencia controló perfectamente su mirada y no dio signos de interés, y yo procuré comportarme como él. Pero pronto el número lésbico empezó a concitar interés de otros espectadores, a pesar de la oscuridad del local.
—Me alegra comprobar que en México empieza a haber más libertad sexual –fue el único comentario de la Eminencia al respecto, y lo insertó discretamente entre dos pedantísimas observaciones sobre la última novela de un fulano a quien yo no había leído ni quería leer pero que supuestamente era un gran nombre de la actual novela estadounidense, “sin duda la que marca la pauta a nivel mundial”.
Yo simplemente sonreí y fingí prestarle atención, hasta que Andrea se acercó, cabizbaja y casi trastabillándose, a nuestros asientos.
—Perdón que los interrumpa… —hablaba con voz temblorosa y una sonrisa extraña, forzada—. Quería preguntarles si les puedo servir una cerveza o un tequila o algo…
—¿Trabajas de mesera ahora? –le pregunté con inocencia.
—No, pero pues tengo que hacerlo.
La Eminencia frunció el ceño pero yo miré a Sor Juana, que observaba atentamente desde su divina posición en el otro sofá.
—Pues sí, tráeme una cerveza, por favor.
—Para mí, nada, gracias –dijo la Eminencia, para frustración mía.
—Enseguida lo traigo.
—Qué amable es esta estudiante –dijo la Eminencia.
—No es amabilidad. Es que es sumisa y está siendo sometida por su amiga. La obedece en todo. Es su objeto sexual, en pocas palabras. A veces la obliga a ir esposada a clase. Ya ves, vicios que tienen los estudiantes por aquí.
—Aaaahhh… qué curioso.
—Sí, muy curioso.
Preservé el silencio durante unos segundos para dar oportunidad a la imaginación lujuriosa del erudito, pero no pareció reaccionar como esperaba y decidí volver a la carga con nuevas estúpidas preguntas sobre la actual novela estadounidense y sobre el pesado de Philip Roth, que, lógicamente, era uno de sus autores preferidos y para él el máximo merecedor de lengua inglesa del próximo premio Nobel.
Andrea llegó con mi cerveza sin decir nada; ahora sí me sonrió con picardía y regresó al sofá para fumar en la compañía de Sor Juana. La Eminencia empezó a bostezar y pensé que sólo me quedaba una opción, la peor de todas: preguntarle por su poesía. Se hizo el modesto al principio, hasta que le dije, casi a boleo, que su poesía me recordaba la del autor peruano (que apenas conozco) José Watanabe, al que por un pelo no rebauticé como José Kawabata o Sakamoto. Incluso en la oscuridad del tugurio, pude percibir cómo se encendían sus ojos con la satisfacción de que alguien había descubierto en sus textos la huella de uno de sus maestros. A partir de ahí, empezó una disertación sobre las poéticas de su maestro y la suya propia, hasta que le interrumpí:
—Deberíamos seguir hablando de esto en mi casa.
—No, yo creo que me voy a dormir ya… Mañana tengo el vuelo de regreso a los Estados Unidos.
—Oh, vamos, tomemos la penúltima…
Parecía decidido a retirarse hasta que se acercaron a nosotros Sor Juana y Andrea, en una estupenda sincronicidad.
—Álex, esto está muy aburrido hoy. ¿Por qué no vamos a otro sitio?
—¡Todos a mi casa!
La Eminencia se hizo nuevamente el interesante, pero lo dejé a solas con Sor Juana y Andrea, que empezaron a hablar con él y consiguieron convencerlo a base de sonrisas, calculados elogios e incluso alguna caricia por parte de cada una. Al final, Lombard, Magallanes, el Culero, el Niño Genio y otros seis o siete estudiantes se sumaron a nosotros.
En unos minutos, llegamos caminando hasta mi casa, apenas a una manzana de la pulquería. El vigilante de mi casa nos recibió con su típica sonrisa irónica: “Buenas noches, doctor”. Pensé invitarle a alguna cerveza por hacerle trabajar ya pasada la medianoche, pero supuse que eso pondría en cuestión su profesionalidad tan mal remunerada y sería visto como un gesto de prepotencia.
Entramos en mi casa, pusimos la música a todo volumen (empezando, como siempre hacía yo en situaciones similares, por el tema principal de banda sonora de Miami vice, de Jan Hammer) y empezamos a beber y a fumar de todo; los cocainómanos eran más discretos y solían hacer sus cosas en el cuarto de baño. Las chicas seguían rodeando a la Eminencia mientras yo me dedicaba a la difícil tarea de ser buen anfitrión en una casa que en media hora se llenó de amigos de amigos y desconocidos diversos, no siempre recomendados, que venían a beber gratis y que ni siquiera se tomaban la molestia de decirme su nombre y alguna referencia general de su vida. Pronto se organizaron equipos para conseguir más provisiones de bebidas, así como alimento para prevenir los ataques de hambre posteriores al consumo de marihuana, y se relevaron varios tipos en la labor esencial (y a menudo polémica) de decidir la música. La Eminencia, algo ebrio pero sin duda entretenido, se quitó la corbata y la chaqueta por fin, se sentó en mi sofá predilecto para la siesta y siguió cayendo en la trampa y dejándose llevar por la amable curiosidad de esa convivencia entre profes y estudiantes que en Estados Unidos suele ser estrictamente prohibida. Al tiempo, Magallanes empezó a delirar contra Octavio Paz y Lombard sacó su famosa pipa para la marihuana. Todo más o menos como siempre.
En un momento en el que descansé de vigilar a los borrachos más peligrosos para el mobiliario y mis pertenencias personales, Sor Juana se acercó a mí y me susurró que debía entrar en uno de los dormitorios. No entendí muy bien a qué se refería pero le hice caso, esperando encontrarme (no sería la primera vez) a estudiantes fornicando en mi cama sin pedirme permiso (ni para hacerlo, ni para dejarme verlo). Abrí la puerta y me encontré a Andrea tumbada en mi cama, desnuda de cintura para arriba y con las manos sobre la cabeza, esposadas. Sor Juana desapareció y cerró la puerta.
—Es un regalo para ti –dijo Andrea—. De ella.
 —¿Un regalo?
—Que veas mis chichis. Y que las puedas tocar.
Sin duda, Andrea estaba borrachísima, lo que probablemente le había permitido desinhibirse hasta ese punto. Desconcertado, dudé sobre lo que hacer.
—Es mi último día en Cholula. Puedes hacer conmigo lo que quieras –continuó, y cerró los ojos en un acto formal de preparación para lo que tenía que venir.
—Pero si a ti no te gustan los hombres –se me ocurrió decir.

—No importa. Tengo que hacer lo que ella me pide.

lunes, 21 de noviembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XIX)


BREVE HISTORIA DE LA CRÍTICA LITERARIA LATINOAMERICANA

Pocos días después, ya terminados los exámenes de diciembre, Judith Robaina consiguió dinero para celebrar el final de semestre con un evento importante, o que al menos ella consideraba importante para nuestro marginal y minoritario departamento de literatura, humanidades y bellas letras en general. Después de complejas negociaciones, había convencido a la Eminencia Latinoamericana para que impartiera una conferencia en Cholula; una conferencia generosamente remunerada, sobre todo teniendo en cuenta nuestro presupuesto. Judith nos pidió a todos la máxima difusión y el mayor apoyo, en todos los sentidos, logísticos y turísticos; para ella suponía, evidentemente, una gran oportunidad profesional de promoción, pero además, era la demostración de que podíamos, como universidad, entrar en el circuito académico internacional, captando al star-system intelectual.
La Eminencia Latinoamericana era (y debe de serlo todavía, supongo) profesor en una de las universidades top de Estados Unidos y llevaba ya más de treinta años publicando libros y artículos ubicuamente. Era, en concreto, sudamericano, más indio que caucasiano, y por tanto respondía a un determinado perfil que yo difundo con evidente prejuicio pero que, en realidad, no carece totalmente de base empírica: el del letrado emigrante que eligió (de manera muy respetable, desde luego) la comodidad de la tribuna académica gringa a la precariedad típica de la oferta universitaria latinoamericana, mal pagada, dependiente de gobernantes legos y/o corruptos, con bibliotecas escuálidas e infraestructuras deficientes. Es un perfil bastante típico, que se suma a otros que yo ya he conocido sobradamente, como el del latinoamericanista español que sólo conoce del continente los hoteles de cinco estrellas cuando viaja de invitado para engrosar su currículum a costa de los contribuyentes y seguir con la mamandurria, o el del latinoamericanista europeo que mezcla cine y literatura al amparo de los estudios culturales porque no sabe ni papa ni de cine ni de literatura y necesita publicar con urgencia para ocupar el puesto vacante de alguna universidad de provincia.
Reputado y multicitado, la Eminencia prologaba una y otra vez obras canónicas, editaba y recomendaba con entusiasmo y debatía en mil congresos casi simultáneamente, como ajedrecista estrella, aunque luego uno descubría que se autoplagiaba con cada vez menor disimulo. Había pasado por todos los diferentes estadios del fervor teórico: un marxismo inicial no exento de hedonismo caribeño castrista, un estructuralismo greimasiano con bata blanca de laboratorio, un posestructuralismo aún más francés y polisilábico, unos Cultural Studies llenos de útiles estudios sobre las telenovelas, unos Queer Studies que afrontó originalmente desde la perspectiva hetero, y ahora se movía en el poscolonialismo emancipador con aderezos de filosofía eslovena, al parecer, aunque según él ya había que empezar a superar ese modelo para avanzar todavía más en “la liberación de América Latina”.
Yo no tengo nada en contra del poscolonialismo, por supuesto. En realidad, no suelo tener muchas cosas en contra de las teorías, porque creo que se defienden y se hunden solas. El problema tampoco es, de hecho, la petulancia con la que un latinoamericano predica sobre la redención de los países subdesarrollados desde su cátedra en el país de las barras y las estrellas. Lo que me indigna es más simple: que nunca admita que empezó como un escritor frustrado y, al mismo tiempo, intente demostrar que su metalenguaje abstruso y pretendidamente salvífico es superior a aquellas creaciones que en privado envidia.
Judith consiguió reunirnos a todos, profesores y estudiantes, en la conferencia estelar, con el auditorio bastante lleno para lo que podía esperarse de una conferencia intitulada “Migraciones y transmigraciones del sujeto (pos)vallejiano: hacia una agenda etnoficcional del in-between andino”. A los diez minutos de discurso, me giré para revisar al público y comprobé que Magallanes, que prudentemente no se había sentado en la primera fila como yo, ya estaba durmiendo; yo no llegué a dormir, pero me dediqué como siempre hago en situaciones así a entretenerme fantaseando con alumnas vestidas de colegialas (incluso creo que metí a Judith en aquella fantasía concreta). En realidad, Judith estaba en su propia fantasía de placeres textuales y semióticos: sentada junto al orador al que había presentado con los esperables ditirambos, observaba a su invitado con inequívoca admiración. El Niño Genio tomaba notas, cosa que no solía hacer en mis clases, y se las pedí a los veinte minutos para intentar recuperar el hilo de Ariadna de la conferencia. Sólo aguanté la lectura de una de las frases apuntadas, que decía algo como: “el laberinto semiológico no se resuelve aquí en un binarismo apodíctico ni en una fractura representacional del dictum infragnoseológico, sino en la huella pos-desvelada y develada de la sublimación del grafema”.
La conferencia, por lo que recuerdo, tuvo de todo: citas de Foucault, Spivak, Heidegger, Said e incluso Mariátegui (por orgullo latinoamericano), redenciones diversas de colectivos (indígenas, mestizos, criollos, mujeres, judíos, palestinos, homosexuales, pansexuales, cobayas científicas y humanoides posibles y aun virtuales), cartografías, articulaciones, trasvases, metáforas, mucha epistemología y, por encima de cualquier cosa, algo así como una inmensa otredad. Otredad, sí, que se me apareció como una revelación absorbente del Otro, lo Otro, como si fuera una Noche Oscura del lenguaje crítico que lo llena todo y nos hace entender que realmente hay algo que no somos nosotros y que además nos provoca sueño.
Lo que no hubo en la conferencia fue, en realidad, literatura: es decir, textos, citas de escritores, concesiones a la ilusión (pobre, seguramente, pero piadosa) de que nos dedicamos a algo que no es exactamente igual en términos lingüísticos a una guía de teléfonos. Aun así, el conferenciante recibió aplausos entusiastas al terminar su exposición de unos noventa minutos. En el turno de las preguntas, yo hice como los malos estudiantes de siempre: ponerme a mirar al suelo para evitar que nadie se fijara en mí. Sólo el Niño Genio se atrevió a intervenir, y él y la Eminencia se enzarzaron en algo que nunca pareció un debate, sino dos monólogos ultrateóricos en los que ambos se daban la razón mutuamente para darse la razón a sí mismos.
Al terminar el acto, encontré entre los asistentes a Lombard, que había llegado tarde y se había perdido la mayor parte de la conferencia. Me pidió un resumen rápido:
—Una mierda como una catedral –le grité—. Una posmierda, más exactamente. He estado a punto de ponerme en pie y gritar: “viva Alain Sokal, el Guerrero Desenmascarador de Farsantes”.
—Tú siempre tan español, Álex. Deberías ser más polite…Eres un dinosaurio de la españolidad, un residuo quevedesco. Aprende del conferenciante: parece más gringo que yo.
Buscamos a Magallanes y acudimos los tres a felicitar a la Eminencia, como exige la hipocresía académica. El tipo nos sorprendió regalándonos sendos ejemplares del que era al parecer su último libro de poesía, asombrosamente titulado Todo o nada. Su poesía, por lo que pude ojear, era clara y transparente, casi conversacional, a pesar del metafísico título de su conferencia. Tenía un último atributo que destacar: era malísima. Los tres agradecimos el regalo pero dejando bien claro que la conferencia también nos había interesado mucho y la agradecíamos igualmente. Como era previsible, cada uno hizo un apunte superfluo sobre sus palabras, para mantener la ficción de que le habíamos seguido con atención. Recurrimos, en definitiva, al típico teatro de la pseudociencia literaria, la illusio de que todo eso no es tan superfluo como parece a cualquier persona sensata.
Después, la Eminencia, tan experto en cumplir con los protocolos, nos preguntó, simulando interés y algo así como una cortesía de colega de profesión, por nuestras “actuales” investigaciones. Los tres nos miramos para coordinar el tono de una respuesta común y creo que temimos (yo por lo menos sí) dejar en evidencia al departamento y, por tanto, a Judith, que era sin duda la única que publicaba con cierta regularidad en revistas de esas que llaman científicas. Lombard fue el primero en reaccionar:
—Estoy preparando una historia completa de la literatura gibraltareña.
El aspecto siempre estrafalario de Lombard, su extraño acento con dialectalismos trabajosos y su origen estadounidense contribuyeron a que La Eminencia se quedara desconcertado/a al escucharle, pero antes de que pudiera reaccionar decidimos intervenir:
—Eso no es nada comparado con mi proyecto de investigación actual, financiado por el gobierno mexicano –dijo, con convincente seriedad, Magallanes—. Un Diccionario de Grandes Perdedores de la Historia de la Literatura, dividido en tres categorías: Muertos Prematuros (a su vez subdivididos en Alcohólicos y No Alcohólicos), Mediocres con Delirios de Grandeza (subdividido en Metafísicos de la Chingada y Vanguardistas desorientados) y Satélites de los Genios (subdividido a su vez en Aduladores y Envidiosos).
—Qué interesante… —dijimos al unísono Lombard y yo.
La Eminencia captó que no se le rendía la pleitesía esperada y con una mueca confirmó dos cosas: que había entendido las ironías y que no le habían gustado nada. Por suerte para él, enseguida llegaron Judith y el Niño Genio para arrebatárnoslo e interrogarle sobre próximos congresos y sobre estúpidas polémicas entre mandarines intelectuales de la Ivy League.
—Es impresionante cuánto sabe, ¿verdad? –nos preguntó Judith en un aparte antes de reconducirlo hacia otra parte del auditorio, en la que vi al decano Villalobos.
Nosotros asentimos con esa hipocresía que los mexicanos consideran idiosincrática de los poblanos y cambiamos rápidamente de tema.
—¿A qué hora empieza el cóctel? –preguntó Magallanes, con su tic de las palmaditas en al abdomen.
Efectivamente, la universidad solía organizar generosos cócteles para cerrar los eventos y ya se nos conocía a los profesores de literatura como los más aficionados a esa práctica. Salimos a los jardines contiguos a la facultad y encontramos una carpa con mesas provistas de canapés y copas. En ese momento, de forman nada casual, Sor Juana, Andrea, Rodrigo y algunos más se acercaron a nosotros para obtener el salvoconducto necesario y así poder participar del cóctel, mientras la Eminencia, Judith y el Niño Genio seguían hablando del futuro de los estudios literarios y la grandeza de las universidades estadounidenses, el rigor de sus métodos docentes y la evidente distancia con respecto a los países de habla hispana.
Nos pusimos a beber compulsivamente y yo en media hora tenía los labios negros de tanto vino malo chileno. Mientras tanto, nos entreteníamos enumerando perdedores de la historia de la literatura para su diccionario fantástico:
—Sabiendo el éxito enorme que el pobre Bolaño empezó a tener justo después de morir con sólo cincuenta años, ¿lo podemos incluir o no? Hay que reconocer que es una putada morir así y llenar los bolsillos de capital simbólico post mortem –pregunté, en voz lo bastante alta como para que la Eminencia no pudiera evitar escuchar mis supuestas ocurrencias.
—No, no… —respondió Magallanes adoptando un aire profesoral que seguramente nunca ponía en práctica en las aulas, en las que solía sentarse a divagar y esperar las preguntas de los estudiantes mientras corría el tiempo de la clase—. Bolaño ya tenía algo de prestigio antes de morir. No, deben ser más perdedores. Como todos los olvidados de los parnasos del Siglo de Oro. Como toda, absolutamente toda, la literatura costarricense.
—¿Y un petulante vacío como Eduardo Mallea? –seguí yo—. Ponte en los años treinta: parecía que Mallea iba a ser el supernovelista profundo y universal, el gran metafísico, el Dostoievski porteño. Y fíjate ahora dónde está él y donde está Borges.
—No está mal… Pero si empezamos así, también tendríamos que incluir a Huidobro, por ejemplo. Sí, sigue siendo importante e imprescindible en las historias literarias, pero la diferencia entre su posteridad real y lo que él soñó en sus momentos de egocentrismo es inmensa. Recuerda que él llega a poner por escrito que se había propuesto ser el mejor poeta del mundo. Un narcisista supremo, humillado por Neruda una y otra vez.
—Los tiempos de las vanguardias están llenos de morralla literaria. Piensa en Guillermo de Torre, el cuñado de Borges, que empezó como poeta.
—La peor combinación: lo español y lo argentino. Pero aún fue más extraordinario como editor: rechazó Residencia en la tierra, La hojarasca y El túnel.
—¿Y Juan Larrea? Otro chiflado esotérico, una especie de excrecencia de la vanguardia… Ah, se me ocurre también Pablo de Rokha. Perico de Palothes, según Neruda en sus memorias. Un prodigio de resentimiento embadurnado de ortodoxia comunista.
—Lo tengo en la lista. Los comunistas han sido grandes perdedores: me interesan aquellos que antepusieron deliberada y conscientemente la Revolución al arte.
—¿Óscar Collazos?
—Muy bien, gachupín… Recuerda que este se atrevió a discutir con Vargas Llosa y Cortázar.
—¿Empezamos con los perdedores del boom? ¿Estás seguro de que quieres ir por ahí?
—Qué sangrón eres— pero bromeaba inequívocamente, y aceptaba bien el golpe—. Yo no fui un perdedor del boom. En todo caso, del postboom.
—Vale, te doy varios españoles. Paulino Masip, un exiliado que murió en Cholula. Nadie lo había estudiado en condiciones hasta que llegué yo. Imagínate.
—No, a los exiliados ya los están reivindicando por ser exiliados. Y muchos eran remalos.
—Dos suicidas: Alfonso Costafreda y Aliocha Coll.
—Ah, Costafreda, claro… no lo conocí pero se hablaba de él. Al otro no lo conozco.
—Y uno que se murió de cáncer de estómago con treinta y tres años: Andrés Carranque de Ríos.
—Esos son los mejores, los más jodidos. Como José Carlos Becerra.
—Y Ángel Vázquez, durante el franquismo. Un homosexual curioso, que vivía en Tánger. Si hubiera publicado hoy, sería un referente queer.
—Sí, pero con ese nombre…
—Como Alejandro Ramírez.
—Qué le vamos a hacer. No todos podemos tener nombres eufónicos a lo vasco como Cortázar, o con rima interna, como Jorge Luis Borges.
—A veces hay que poner un poco de voluntad, carajo. Juan Pérez decidió ser Juan Rulfo.
—Pero Rulfo tenía muchas opciones, incluso el Nepomuceno de su partida de nacimiento.
Después pasamos a enumerar viudas de escritores famosos y a jerarquizarlas según diferentes categorías (codicia, sensualidad, mediocridad intelectual) y aún tuvimos tiempo de enumerar a escritores aficionados a jovencitas, nínfulas o chicas en el límite legal o muchos años más jóvenes (de Huidobro a Vallejo, pasando por Quiroga, Machado y tantos otros). Así seguimos durante un buen rato, aunque yo no perdía de vista a Judith y a la Eminencia. Creo que fue entonces cuando comprendí que sólo estaba intentando llamar la atención de la Eminencia con infantilismo no exento de envidia.
Veía a la Eminencia tan segura de sí misma, como gran pedante y gran mal poeta, que diría JRJ, veía su prestigio intelectual como un pesado mamotreto de publicaciones y orgullos en letra impresa, veía su ascenso social tan perfectamente resumido en la negación de sus propias canas a base de barato tinte negro, veía su desdén hacia lo que consideraría mi burda e inmadura actitud antiyanqui, veía su caridad hacia mi mediocridad académica y curricular, veía sus modales respetuosos y autocontrolados tan superiores a mi acartonado cinismo, y pensaba que la Eminencia era, como casi todos los grandes profesores de universidad, un perfecto cretino, uno más de los Asertivos, esos nuevos sacerdotes neoilustrados del progreso individual y el bienestar existencial. Pero, milagrosamente, vi entonces una falla en todo su sistema defensivo hecho a base de coloquios verborreicos, grants and awards, publicaciones y conferencias plenarias: le vi mirar, en un movimiento tan fugaz como inequívoco, a Sor Juana.

Más exactamente, vi cómo la repasaba y diagramaba desde una ancianidad súbitamente en suspenso, y cómo le destinaba una atención visual silenciosa pero penetrante, con ese peso especial que los párpados adquieren cuando intentas reprimir la conexión mental y fulgurante entre los ojos y el pene. Y ahí comprendí toda la represión acumulada que los años estadounidenses habían provocado en él. Lo comprendí todo y pensé: “eres un pendejo latinoamericano y nunca dejarás de serlo. Te has creído que podrías blanquearte la cabeza como antaño se blanqueaba la sangre, pero eres un pobre perdedor que tiene dentro un colonizado bien pagado por los Amos Gringos del Mundo. Nunca podrás quitarte el complejo de inferioridad. Lo que realmente te gustaría aquí es estar en una universidad patética como ésta para poder coquetear con las estudiantes, porque realmente esa es la esencia perversa del trabajo de profesor universitario, más allá de pedagogías y aportaciones a la cultura, y tú lo sabes tan bien como yo”. Y decidí que merecía una lección. Una de esas suaves venganzas que los resentidos practicamos de vez en cuando para mantener viva la llama de la frustración.

domingo, 20 de noviembre de 2016

EL EJE DEL MAL

¿Qué se puede añadir sobre el tema global del año, la inquietante victoria en Estados Unidos de esa versión anaranjada de Jesús Gil? La inundación logorreica de chistes y análisis de todo tipo deja a estas alturas poco espacio para la originalidad y casi condena cualquier nuevo esfuerzo intelectual o simplemente retórico. El miércoles pensé empezar esta entrada augurando más absurdos, como un premio Nobel para Trump  -de la paz o de literatura, cualquier cosa es hoy posible- y ese mismo día ya alguien de muy poco talento me pisó la idea. Quizá habría que replantearse de nuevo la función estratégica del silencio en un mundo hipertrofiado de voces, pero la tentación narcisista de opinar es a veces invencible.
El resultado electoral es, desde luego, peligroso en muchos sentidos y, sobre todo, supone una gran decepción desde la perspectiva de la razón digamos ilustrada, pero también habría que templar algunas percepciones a la espera de los acontecimientos que han de venir. El fracaso de las encuestas, en cambio, es menos sorprendente de lo que parece en sociedades cada vez más caóticas y confusas, que mezclan la ansiedad y la improvisación de forma impredecible. No sé quién se extraña de que el poder de las encuestas se cortocircuite por culpa de la arrogancia que sustenta esos sistemas y que está llegando a extremos de saturación. Yo mismo estoy esperando que me llame Metroscopia algún día para decir exactamente lo contrario de lo que pienso y así contribuir al fracaso de esas encuestas tan cansinas como tóxicas.
De todos modos, aunque haya evidentes motivos para la indignación mundial, quizá esa indignación de ahora es en muchos sentidos curiosamente simétrica a la ingenua euforia generada por el triunfo de Obama, y es posible que ambos sentimientos sean igual de hiperbólicos. Al fin y al cabo, podría decirse que los estadounidenses, en su volubilidad, sólo han cambiado el juguete de marca Obama por el juguete de marca Trump. Para la progresía adoradora de Michael Moore (a ambos lados del océano), puede ser inconcebible y aberrante, aunque seguramente se rieron cuando Trump fue anfitrión de su celebrado Saturday Night Live. Pero lo cierto es que no entendieron en su momento la segunda victoria de Bush, y olvidan que, de no haber nacido en Austria, quizá Schwarzenegger hubiera ocupado también la Casa Blanca. Por ello, se escandalizaron en esta campaña con algunas declaraciones de su sabio de referencia, el ubicuo Zizek, y se olvidaron de pensar, entre otras cosas, en la comprensible irritación que produce que Beyoncé y tantos glamourosos también millonarios y más guapos que Trump defiendan a Hillary Clinton (o Klingon). Algo parecido, por cierto, a lo que pasó en España con el nefasto sindicato de “la ceja”.
En especial, la pseudoizquierda de las burbujas universitarias, acostumbrada a hablarse siempre a sí misma y a lavar su mala conciencia arielista con sus aburridos estudios culturales, ahora se rasga las vestiduras, asustada al comprobar la insignificancia de sus heroicos esfuerzos frente a la tiranía numerocrática y la pereza mental de la sociedad de consumo. Tampoco es muy distinto de lo que ha pasado en España, donde también se han magnificado respuestas como el 15-M que luego han sido rebajadas por los datos electorales. Parece evidente que algo falla en la razón democrática y que el conservadurismo (con su dosis evidente de egoísmo e ignorancia) resiste y aun se fortifica internacionalmente. Tanto el diagnóstico como la solución del problema están lejos de ser fáciles, desde luego, porque implican ante todo asumir muchos fracasos intelectuales y sociales frente a la cruda realidad de eso que hay que seguir llamando “las masas”.

Veremos si Trump acaba siendo peor que el presidente de La zona muerta o el de House of Cards. Se avecinan tiempos difíciles, seguro. Pero cuándo no ha sido así.