miércoles, 25 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XL)


TEMPLO DE LA BIPOLARIDAD

Dulce Diosa guerrera, más Diosa cuanto más dulce y más guerrera, pero todo al mismo tiempo, Diosa bipolar como es obligado, heterológica y no ontológica. No te pusiste nunca las botas, pero qué más da, lo que importaba es que yo quise meterte en mi imaginario y fuiste tú la que me metió en el suyo, el imaginario de atlántidas y familias dobles, de spice girls y dioses zarrapastrosos de impreciso origen escandinavo.
—¿Te acuerdas de mi tío Poncho?
Y sí, en ese imaginario la familia no era, como en mi caso, la familia nuclear del proletariado inmigrante, racionalizable por su opresión de clase, sino que era una familia unida más por alambradas que por afectos, decadente sobre todo en sus fastos. Una familia con mucho de telenovela, pero como si Visconti o Faulkner fueran guionistas de Televisa.
—Quiero irme de Cholula, Álex. Esta vida no es real, es falsa y lo sabes tan bien como yo. Necesito irme de esta burbuja. Madurar, aprender, experimentar.
—¿Más todavía?
—Yo te agradezco todo lo que me has dado. Me has llevado al límite de mis propios esquemas, que he roto y recompuesto una y otra vez. Pero eso sólo demuestra cuánto me desconozco. Y también cuánto puedo llegar a conocerme contigo.
¿Irnos de Cholula? ¿A dónde, cómo, con qué dinero? ¿Volver a España? ¿Buscar trabajo en otra universidad de México? En momentos así me brotaba un pragmatismo inesperado y sin precedentes en mi vida. Y todo se combinaba con nuevas revelaciones, cada vez más sórdidas, sobre la familia Quezada.
—Mi tío Poncho me empezó a tocar a los diez años. Cada vez que venía a visitarnos aprovechaba sutilmente para meterme mano, simulando que jugaba conmigo o con cualquier otra excusa. Al principio era relativamente delicado y no era muy desagradable, pero empezó a subir de nivel y ya tuve que decir basta. Es un cerdo y sé que todavía me desea. Pero nunca se lo he contado a mi papá. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque si se lo contara creo que realmente lo mataría.
El mes de mayo fue duro. Las discusiones entre Sor Juana y yo se hicieron muy frecuentes y la convivencia se volvió difícil. La primera discusión violenta tuvo como origen la confidencia que me había hecho Judith sobre la implicación de Quezada en el turbio asunto de los terrenos expropiados a los campesinos. Intenté averiguar algún dato a través de Sor Juana, pero una vez más me topé con esa lealtad familiar enmascarada de indiferencia.
—No me interesan los negocios de mi papá. Te lo he dicho mil veces. Tú crees que haber nacido rica hace que la vida sea muy fácil. Y no lo es, al menos no en este pinche país… Hace años que decidí no preguntar a mi papá de dónde sale la lana de la familia. No entiendo de negocios, y no quiero entender.
—Pero ves a los amigos de tu papá… Gobernadores, políticos, grandes empresarios… Todos llegan a tu casa. Tú sabes perfectamente que ese contacto con el poder no es inocente. No le estoy juzgando, ni tampoco a ti, pero creo que sería bueno que afrontaras los hechos y no los negaras.
—¿Quieres saber si mi papá es un corrupto? ¿Eso quieres saber?
Asentí con la cabeza, esperando que el silencio fuera lo bastante respetuoso.
—No lo sé, carajo. No lo sé. Quizá lo fue al principio y está intentando redimirse. Quizá no lo era entonces y lo es ahora. Quién sabe. Tal vez nuestro dinero no es ni blanco ni negro: es gris.
Hubo incluso otra reunión familiar de los Quezada a la que fui invitado, aunque con muy claras reticencias por parte de Sor Juana. Pensé que Quezada intentaría otra vez a hablar a solas conmigo para darme nuevos datos, tal vez alarmantes o tal vez tranquilizadores, pero datos al fin y al cabo. Sin embargo, no sucedió así, y no volvimos a nuestra inquietante conversación de aquella fiesta de cumpleaños. Esta vez fue una comida muy formal, con muchos familiares llegados de diversas partes de Puebla y Veracruz, y Quezada me prestó poca atención. No capté ninguna señal de complicidad, ninguna advertencia o recomendación. Interpreté esa actitud como una señal de que el problema había sido minimizado de algún modo.
Además, agotado ya de tantos meses de paranoia sin datos reales, empecé a cansarme también de acompañar a Sor Juana a todas partes, y, peor todavía, empecé a molestarme por sus salidas nocturnas, lo que me homologaba con cualquier vulgar novio celoso. En realidad, sí había algo de celos, pero confusamente imbricados con la necesidad, para mí evidente, de que ella llevara una vida más sensata y menos noctívaga; ante todo, por seguridad en el país de los taxis ilegales, pero también porque el inevitable paso a la madurez obliga a una cierta suspensión del hedonismo. De cualquier modo, dejé de disimular ante las salidas nocturnas de Sor Juana en compañía de otros estudiantes: a algunos ya los conocía yo, y eran cretinos de buena renta per cápita que coqueteaban sin rubor con ella, envidiando su cultura y su sensibilidad y tratando de impresionarla con coches veloces, ropa europea y tosca virilidad de PIPOPES (pinches poblanos pendejos). Yo estaba seguro (prácticamente seguro) de que ella no iba a ceder a esas ofertas, pero justo por ello entendía menos su necesidad de salir con esa gentuza blanquita y asquerosamente poblana, y mi perplejidad subía de grado hasta volverse metaperplejidad. A partir de ahí, la lógica de los celos, con sus premisas equivocadas y al mismo tiempo sus deducciones perfectas, funcionaba de forma devastadora. En alguna ocasión ella trató de tranquilizarme pero de una forma completamente inesperada:
—Esos admiradores no deberían preocuparte. Sólo me gusta reír con ellos y de ellos. No te pongas celoso –hizo una pausa y siguió hablando con lentitud, buscando precisión y evitando el error, como en una declaración judicial—. Si yo quisiera, tendrías otros muchos rivales, mucho más serios y más inteligentes que esos putitos.
—¿Tienes el ego subido hoy?
—No… Pero algún día te explicaré algunas cosas. Te elegí a ti y tenía otros candidatos. Candidatos que me enviaban rosas y tenían detalles elegantes, y que no son obsesos de las cachetadas y las nalgadas como tú.
—¿El Culero? No me digas que te enviaba rosas… No me lo creo. Y sabes que ese tipejo no te tratará nunca mejor que yo.
—Rodrigo nunca fue tu competencia.
Entendí que no iba a dar más detalles; o quise entenderlo así, quién sabe. Los autoengaños son obviamente difíciles de autodiagnosticar.
Otro tema de discusión fue el premio literario.
—Malgastas tu talento y tus posibilidades. Podrías dedicarte a escribir en serio. Nadie dice que sea fácil, pero tú te lo puedes permitir. Podrías sacar adelante tu Atlántida. Pronto se acaba el plazo para el concurso. Y yo estoy seguro de que lo ganarías.
—Ese concurso es un fraude, como todos los concursos literarios. Tú mismo nos lo has explicado en clase. Seguro que ya está dado el premio. Lo sabes tan bien como yo.
—No… Lombard está en el jurado. Él es un tipo íntegro; no es fácil comprarle. No permitirá que haya trampas. Por eso creo que el concurso será limpio y puedes ganarlo. Al menos deberías intentarlo, y no dejar en la clandestinidad tu obra.
—Creo que te interesa más a ti que a mí ese poema.
—Claro, porque me parece una buena idea. Y porque en cierto modo resume mi vida. El océano. Lo que une México y España. Y a la vez los separa. La profundidad desconocida del mar.
 —Pues quédatela tú y escribe esa obra. ¿Ves? Ese es el pedo contigo. Que sólo piensas en ti y proyectas todas tus neurosis en los demás. Te intereso no por lo que soy, sino por lo que te puedo dar. ¿No ves el egoísmo?

En los primeros días de junio, cuando acababa el semestre de primavera y se acercaban las vacaciones, todo se precipitó. Una noche llegué a la casa y no encontré rastro de ella; la intenté localizar en el teléfono móvil y no obtuve respuesta. Salí a buscarla en taxi por los antros habituales que frecuentaba; la busqué durante horas, ensayando en mi cabeza la temida llamada a su padre. Me di de plazo hasta las tres de la mañana para avisar a la policía y a la familia. Ella apareció poco antes de esa hora y la discusión fue muy superior a cualquiera de las precedentes. Sor Juana se justificó hablando de que Andrea había venido a visitarla de repente y habían estado juntas, pero todo me pareció poco verosímil, en buena medida porque yo había asumido la existencia de otro hombre que rivalizaba conmigo y que ganaba terreno en su alma a medida que yo me mostraba más débil e inseguro. Ella no durmió conmigo esa noche y regresó a la casa de su padre.

2 comentarios:

  1. Bueno, al fin me he puesto al día. Intentaré suscribirme si esta torpeza que caracteriza a los setenteros me lo permite. Espero que recibieras el par de artilugios arcaicos que te dejé en el SF.

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    1. Muchas gracias, Pepe. Recibí los artilugios, en efecto.

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