martes, 17 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLI)


PASAMOS DOS DÍAS SIN VERNOS,

hasta que la llamé y hablamos largamente, en un terreno neutral, el bar Reforma. Cansado de ocultar la verdad, le conté de manera abierta y directa lo que me había dicho su padre en la fiesta de cumpleaños. Ella no mostró ninguna sorpresa, sino sentido del humor.
—¡No mames! ¿Mi papá pensó que podías ser mi guarura? ¿Que no te ha visto la panza?
Interpreté la broma como el inicio de un nuevo pacto y hablé con sinceridad de mis celos.
—Siempre ha habido otros hombres, Álex. Siempre hay otro. Y tú también me pones celosa a mí cuando platicas con Judith. ¿Crees que no sé que, en algunos aspectos, ella es la que realmente quieres?
—No… Te elegí a ti y lo demás no importa.
El no era, desde luego, demasiado rotundo, pero lo siguiente sí era totalmente cierto.
Aquella noche Sor Juana sí quiso, de modo imprevisto, hablarme de su familia, en unas palabras que no olvido:
—Un día… un día tienes doce años y todo empieza a ser extraño. Tu cuerpo, tu mente, la realidad que ves. Pero lo más grave es que tu propia familia se vuelve extraña. Y ya no te hablo sólo del tío Poncho. A él lo veía una vez al mes, más o menos. No, la familia se rompía por todos lados. Imagina la escena: estamos en la hacienda de Atlixco y mi mamá se acerca a mí, y me abraza. Estamos solas, mis hermanos están jugando futbol con los hijos del chofer. Mi papá está fuera, y yo no sé qué anda haciendo. Yo me siento sola como tantas otras veces en la infancia, pero confío en mi mamá, porque juego con ella a menudo y sé que me quiere tantito más que a mis hermanos. Mi mamá me abraza de manera especial, y llora por motivos que yo no entiendo. Por fin se tranquiliza y me dice algo que jamás podía esperar: que tengo más hermanos. No lo entiendo, ni lo entenderé hasta que vea a mi papá entrar en la hacienda, unos días después, con tres chamacos tan asustados como yo. Y nos encontramos todos juntos, nos presentamos y nos damos besos, y papá ríe y trata de desdramatizar, pero mamá está seria y no puede sonreír. Nos ponemos a jugar todos los hermanos, pero yo soy la única niña, y aunque juego con ellos a juegos de niños y soy capaz de madrear a mi hermano Jorge, me siento sola. Sola y extraña. Doce años después sigo igual.
“Aquel día me escapé de casa. Me encontraron al día siguiente, dormida en la calle. Alguien, un hombre, me tocó la ropa interior mientras dormía, pero no llegó a violarme. Mi papá me castigó de muchas maneras y mi mamá no me ayudó nada. Los odié durante años y me escapé dos veces más. Después pasaron los años y empecé a avergonzarme de haber sido tan dura con ellos, y les perdoné todo, sobre todo a mi mamá, víctima de una situación injusta. Pero pasaron más años, y llegué a la universidad con el dinero de mis papás y empecé a pensar otra vez mal de ellos, y supe que la mamá de mis medio hermanos apenas tiene dinero mientras que mi mamá ha dado la vuelta al mundo dos veces. Y entonces ya no pienso que es una mujer humillada, sino una mujer egoísta. Pero es mi madre, es la que me trajo al mundo, y sé que me trajo al mundo para recuperar a mi papá, porque las fechas son muy claras y yo nací después de mis medios hermanos, y eso sé lo que significa. ¿Comprendes lo que es el caos? Veo a mi madre y me veo a mí, y pienso en lo que nos une y lo que nos separa. La quiero y la odio. Y lo mismo con mi papá y con mis hermanos.
“A veces me gusta el caos, pero a veces no lo soporto. Me asusta cometer el mismo error que mi mamá. Y me asustas tú, porque eres adorable, pero siniestro. Eres adorablemente siniestro. Te pareces más a mi papá de lo que crees”.
Pensé que en aquel momento había logrado por fin abrir una vía de comunicación más auténtica y profunda con ella, y me sentí agradecido y feliz por ello. Pero la caída de ese escudo defensivo no dio los resultados previstos: las discusiones aumentaron y el placer no volvió más. Sor Juana ya había hecho su elección y sólo faltaba el pequeño detalle de que yo fuera capaz de entenderlo. Fuera lo que fuera lo que esperaba de mí, yo no se lo podía dar. Eso, al menos, sí lo entendí.
Unos días después, se llevó todas sus cosas de mi casa, y ni siquiera hubo gritos por parte de ninguno de los dos. Ella regresaba a su casa a vivir con su familia, con lo que estaría más o menos protegida, y yo me preparaba para volver a España en las vacaciones. Hacía mucho que no veía a mi propia familia y comprendí que ese era el momento adecuado; además, operaban a mi hermana en un proceso de cierta gravedad. Estuve en España durante el mes de julio sin apenas noticias de Sor Juana, salvo algún esporádico correo electrónico intrascendente. Mi familia y la reinserción en la vida española me mantuvieron bastante distraído y no tuve mucho tiempo para melancolías.
A principios de agosto, regresé a Cholula tras el habitual larguísimo viaje desde España: en total, más de veinte horas desde que salí de Barcelona. Todos los profesores habíamos terminado nuestro periodo vacacional y el nuevo curso estaba a punto de empezar. Yo llegaba un día tarde con respecto a los demás profesores.
Hay síndromes posvacacionales duros; el mío de aquel año debe contar entre ellos, sin duda alguna. En primer lugar, me encontré con mi casa saqueada: alguien había entrado y había robado casi todo: cosas de valor, cosas de valor sólo erótico y cosas sin ningún valor. El vigilante, al parecer, no se había enterado de nada.
Y el día siguiente no fue mejor. Llegué al departamento a primera hora y ya encontré a Judith alteradísima.
—¿No sabes lo que ha pasado? Tenemos el peor de los problemas. El gringo se ha marchado y no tenemos quién dé sus clases.
—¿Qué?
—Ayer no se presentó a trabajar. Nos ha dejado una carta de dimisión. Pero no sabes lo peor… ¿No has visto la prensa?
—Dime.
—La semana pasada salió en una estación de radio denunciando que habían comprado el concurso literario para que lo ganara Rodrigo.
—¿Rodrigo lo ha ganado?
—Sí, lo ganó, pero Lombard dice que todos los jurados estaban vendidos, y que él mismo recibió amenazas. Dijo en el radio que el papá de Rodrigo es narco, dijo incluso que era responsable de muchas muertes en Sinaloa. Es uno de los tipos más importantes del cartel. Dio nombres y apellidos, dio datos, fechas… Tuvieron que cortar el programa porque estaban asustados. Como lo encuentren, lo van a matar. No te imaginas lo que llegó a decir. Denunció a todos, al gobernador, a sus secretarios, dijo nombres de políticos que han desviado fondos de millones de pesos. Incluso dio la dirección de los fraccionamientos donde, según él, viven los narcos en Cholula y en Puebla. La dirección exacta, Álex.
—¿Habló también de Quezada?
—No. Quezada es un santo en comparación con los otros.
Traté de formular alguna interpretación, optimista o pesimista, pero no se me ocurrió nada que decir. El asunto estaba muy por encima de mis conocimientos y mis experiencias. No obstante, la situación era grave, objetivamente: incluso Magallanes compartía la inquietud de Judith.
—Se la mamó el pinche gringo.
Judith me dejó porque tenía una reunión importante con el decano Villalobos para resolver el problema de Lombard y la mala imagen que podía dar a la universidad. Yo, víctima de un jetlag especialmente intenso, me reincorporé a mi despacho y lo primero que hice fue consultar el correo electrónico. Había dos mensajes. El primero era de Sor Juana:
“Sé que estarás enojado, pero debes saber que te he querido y te querré siempre. Sólo que tu caos y mi caos no se entienden. Y no sé si es cierto, pero muchas veces me hiciste pensar que, en el fondo, tú quieres estar solo. Amas tu soledad, incluso aunque sabes que te va a destruir. Amas tu destrucción y eso lo respeto. Pero yo no quiero ser destruida todavía. Quiero vivir y luchar. Confío en que lo comprenderás”.
Y el segundo era de Lombard:
“Carnal, lo siento, my friend. Nos hemos ido lejos. Sabes que yo sí puedo protegerla a ella. Conmigo estará a salvo. Pero quiero que sepas que nunca, nunca, de verdad, te puso el cuerno. I swear. Espero que sepas perdonarnos.
Lo importante es que les hemos ganado, Álex. A todos esos corruptos, asesinos y chantajistas. Les hemos demostrado cómo se hace. Que no tenemos miedo a decir la verdad. No podrán con nosotros. Ojalá todo México haga lo mismo algún día.
Un abrazo de tu amigo, siempre”.

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