lunes, 16 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLII)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


PROFANACIÓN

Yo siempre pensé que a lo largo de mi vida había construido una soledad digamos que aceptable, no mítica pero sí literaria, llena de fecundas introspecciones y armada de citas y modelos con los que sentirme acompañado. Pero eso no es soledad. Eso es un monólogo con un público que es imaginario pero te aplaude. Eso es una novela en espera de editor.

Hay una psicosis especial cuando tu casa es saqueada, y eso en México es muy habitual: no sólo temes que vuelvan a entrar en cualquier momento, sino que tardas mucho tiempo en saber realmente cuánto has perdido, porque si no tienes un inventario completo, puedes descubrir un mes después del robo que algo más te falta. Es decir, después del robo siguen desapareciendo cosas, y el duelo por tanto continúa. Pero hay más: la violación de la casa cuando eres extranjero es una versión 2.0 del desamparo. Las paredes dejan de ser reales y pasan a ser virtuales: es la terrible suplantación del hogar por la intemperie. Y encima, en Cholula.
El ladrón se llevó cámaras de fotos y video, ropa, el televisor, el DVD, el microondas, dinero en efectivo y otras muchas cosas, incluidas las botas de Sor Juana y todos nuestros gadgets eróticos, que mucho me había costado comprar en la puritana ciudad de Puebla. Nada de eso quizá tendría importancia, salvo porque significaba que ya no había rastro de Sor Juana en mi casa, ni una foto siquiera.
Sólo quedó un objeto que valiera como imán de recuerdos: el collarín ortopédico que Sor Juana tuvo que usar una vez por un esguince cervical y que me regaló caprichosamente para jugar conmigo y convertirme en su enfermo imaginario. Aquel collarín era para mí un anillo de compromiso, un símbolo de comunión, un perfecto antídoto contra el olvido. El ladrón, como es lógico, no vio ningún sentido en el collarín más allá del puramente terapéutico y optó por no llevárselo. Yo me quedé con él y me ayudó a entender hasta dónde podía llegar la nueva magnitud de mi soledad.
Lombard, admitámoslo, había sabido ofrecerle a Sor Juana lo que yo no pude o no supe ofrecer. Ni siquiera odiaba al gringo: en mi interior, sabía que había ganado de forma limpia y honesta. La culpa era sólo mía, y cuando una culpa así de justificada se mezcla con la soledad, el orden de prioridades cambia y el suicidio se pone en segundo lugar, sólo por detrás del alcoholismo.

Paradójicamente, sólo encontré un alivio: ponerme el collarín a todas horas, autorrecetármelo como penitencia, vivir con él de manera constante para que su inutilidad absoluta me evocara remotamente otros absolutos, como por ejemplo, Sor Juana. Para que mi piel sintiera todavía un residuo de aquel dominio gozoso.

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