lunes, 9 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIII)


TÉCNICAS DE TRASCENDENCIA

Es Dios, sin duda. Que se llame Sven Nilsson es poco relevante: misterios mayores tiene la Iglesia.
Habla español relativamente bien y con menos mexicanismos que Lombard. De hecho, ni siquiera parece sueco. Es moreno y no rubio; no es pálido, ni alto, ni nórdico en ningún sentido estereotípico. Debe de tener unos cincuenta años, aunque su aspecto descuidado y enfermizo puede engañar. Está extraordinariamente delgado y es lógico, puesto que dice que no come, y en realidad nadie le ha visto comer, pero no por ascetismo o anorexia, sino porque esa necesidad alimenticia es demasiado humana y él quiere ejemplificar su trascendencia con argumentos convincentes. Por eso nunca se le ve comiendo. Fuera del sanatorio, claro.
Los médicos lo han dejado salir a pasear por Cholula como todos los lunes. Sor Juana y Andrea solían quedar con él antes y le acompañaban por los alrededores de la pirámide; le escuchaban y hacían algo más que seguirle el juego: ensayaban una liturgia y un credo. Incluso, diría yo, auguraban lo que podría ser una secta.
Andrea ha vuelto de San Antonio para, entre otras cosas, resolver asuntos burocráticos, pero también para reencontrarse con amigos y quizá también para reencontrarse con ese curioso Dios. Han pasado apenas unos meses desde su marcha de Cholula y de la fiesta en mi casa, y sin embargo parece mucho más madura y experimentada; incluso dice que está mejor de su hipertiroidismo gracias a un nuevo tratamiento. Ella y Sor Juana hablan ahora con naturalidad de amigas, sin códigos sexuales ni dobles sentidos en las palabras. Entiendo que esa conducta, muy pudorosa, es en realidad una muestra de fidelidad de Sor Juana hacia mí.
Estamos los cuatro en la puerta del sanatorio, a un costado de la zona arqueológica de Cholula. Sor Juana me presenta a Nilsson; nos damos la mano y yo noto la fragilidad de una mano endeble que parece a punto de crujir y convertirse en polvo si aprieto un poco más. No viste como un enfermo, uniformado, sino como un mendigo, con vaqueros desgastados y una camiseta verde lisa. Mi presencia no le altera en lo más mínimo; creo que está drogado y por eso tarda mucho en ponerse en movimiento o decir cualquier palabra. Pero esa morosidad tiene algo de visionario y sacerdotal, como si se tratara de alguien que tiene otra vivencia más profunda y compleja del tiempo. Caminamos lentamente por los puestos de artesanías para turistas que se encuentran junto a la entrada principal de los túneles de la pirámide y Sor Juana me advierte al oído:
—Es sueco, está loco y vive en Cholula. ¿Qué más pruebas quieres?
Sonrío asintiendo con la cabeza y pienso en cómo Sor Juana y Andrea han adoptado a Nilsson como mascota de sus metafisiqueos de jóvenes que aún sueñan con la unidad profunda del ser. Pero creo que secretamente admiran algo en él: posiblemente su individualismo anacrónico, propio de aquellos tiempos ya lejanos en los que se buscaban, en el arte y en la vida, absolutos.
Saben que se llama Nilsson porque es el nombre con el que está registrado en el sanatorio, pero él nunca se presenta a nadie con ese nombre. Al parecer, ni siquiera en el sanatorio saben exactamente de dónde procede ni cómo llegó a México, aunque en cierto modo eso no tiene nada de extraño, porque incluso podría decirse de Lombard o yo mismo. Sólo saben que habla de encarnaciones, de destinos, de perplejidades cósmicas.
—Está reloco, por supuesto que está reloco, pero hay sabiduría en él –me dice Sor Juana antes de llegar al sanatorio—. Al principio, nos reíamos de sus locuras, pero con el tiempo nos dimos cuenta de su extraña fuerza. Es invulnerable, sólido, incluso sabe aprovechar nuestras debilidades. Ten cuidado con él: tiene algo de Hannibal Lecter.
—Y algo de La Paca –digo recordando a una vidente muy célebre de la historia reciente de México.
—No seas hereje.
—Aclárame: ¿es un Dios o es un profeta?
—Las dos cosas.
—Le habréis pedido algún milagro, supongo –apunto yo.
—Dice que no puede hacer milagros porque primero tiene que entendernos plenamente. Le causamos perplejidad y por eso le resultamos interesantes.
—Ah, ¿es Dios y no nos entiende? Vaya mierda de Dios.
—Él no es omnisciente ni omnipotente. No sé por qué has pensado eso. Estás aplicando modelos equivocados y monoteístas. Él es una fuerza primigenia del universo, pero no la única.
Sor Juana interpreta bien su papel de feligresa, más o menos con la misma altiva y sensual convicción que aplica a nuestras ficciones eróticas. Sé que le encanta jugar con códigos y discursos, y por eso no me cuesta nada mostrarme cómplice. Pero en ocasiones como ésta pienso que tal vez Sor Juana también está, cómo decirlo, loca, y yo no he querido darme cuenta todavía.
Paseamos en silencio alrededor de la pirámide. Sor Juana me ha dicho que las revelaciones de Dios pueden tardar horas, pero que siempre llegan antes de que termine su paseo matinal por el pueblo. Yo aprovecho para meditar y disfrutar de una mañana calurosa y sin viento en la que el sol del altiplano, a dos mil metros de altitud, se nota de manera especial.
Y el contexto me hace pensar precisamente en lo sobrenatural. Cuántas veces he deseado encontrarme algo así como un Expediente X delante de mis ojos: una distracción, siquiera boba o ridícula, del peso cotidiano de mi cuerpo, mis miserias y mi identidad, una confusión redentora que me enajene de mi propia vulgaridad gravitatoria, mortal, de sujeto defecante y orinante. Cuántas veces he soñado con el relato fantástico en el que yo soy testigo, o incluso víctima, devorado o aniquilado; un relato con demonios, fantasmas, objetos mágicos y atentados a las aburridas leyes que nos dicen que los muertos nunca vuelven. Cuántas veces he deseado estar dentro del milagro, entrever un pliegue oculto tras la apariencia, recibir un mensaje concreto de lo invisible, intuir esencias, eternidades, trascendencias, aun cuando fueran amenazadoras o letales o incluso grotescas.
Pero nunca me ha sucedido y, lo que es peor, nunca he podido ni siquiera escribirlo, imaginarlo con palabras más o menos eficientes; soy tristemente realista y prosaico, y mi imaginación tiene el hábito poco grato de ver muerte en todas partes y a todas horas pero nunca ninguna resurrección. Lo sobrenatural es poco más que una taimada promesa y ya me cansé de esperar. Sólo produce una soledad especial, la soledad burlesca e imperdonable del iluso.

De hecho, ni siquiera necesito un espectro o un embajador del trasmundo; me bastaría sólo con una hipótesis de milagro, es decir, la cercanía cariñosa de la ambigüedad, algo raro que me haga dudar al menos un segundo de que hay más en el mundo aparte de nuestra inmanencia de seres obligados a ganarse la vida, algo aparte del odioso capitalismo y de los habituales fluidos corporales, algo aparte de la funesta rima entre tumores y amores. Yo no tengo fe, pero estoy seguro de que la habría tenido con una modesta demostración de que hay algo más que esto que nos rodea. Pero no. Nada, nunca; nada que pueda sublimar nuestra miseria, nada que nos distraiga realmente, nada que genere siquiera la posibilidad de una fe. 

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