domingo, 22 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIV)


AY, DIOSITO

Por eso, conocer a Nilsson me permitió, al menos, una irónica revisión de esa nostalgia de absoluto, e incluso, por qué no decirlo, un átomo de ensueño, una fugaz autoalienación que agradecí para mis adentros de una manera parecida a la de los devotos que me acompañaban aquella mañana. Yo sabía que Nilsson no era dios ni un profeta, pero lo cierto es que aquel tipo, con su atildada y meticulosa extravagancia, me hizo pensar en dios, y esa era una obsoleta costumbre de mis días menos materialistas.
En esa reflexión debía de estar yo cuando Nilsson, súbitamente, pareció comprender lo novedoso de mi presencia y se giró para hablarme con la máxima seriedad:
—Usted sabe quién soy yo, ¿no?
Miré a Sor Juana esperando alguna información sobre la respuesta que debía darle, pero ella examinaba un collar en uno de los puestos de artesanías, y escuchaba la opinión de Andrea sin fijarse en Nilsson o en mí. Sopesé las opciones y, fuera por una inexplicable cortesía o por miedo primario a la reacción de un loco, decidí seguirle el juego.
—Bueno, me han dicho que es usted Dios.
—Ah, bien… —dijo con naturalidad—. Entonces no tenemos que simular nada.
—Me alegra saberlo. Me han hablado mucho de usted.
—Lo sé. Y sé que usted tiene curiosidad. No es como los demás… Todos estos que nos rodean –señaló genéricamente a todo el pueblo—. Usted es de mis preferidos: de los que ha soñado alguna vez qué haría cuando se encontrara con Dios.
—Sí, lo admito –dije, adoptando una retórica verbal y gestual que parecía propia de un confesionario.
—Incluso soñaba con el deicidio…
—Eso fue en otros tiempos. Hace mucho que dejé de ser religioso. No se preocupe.
—Eso no está bien. No se puede vivir sin pensar un poco en el universo.
—Tengo cosas más importantes en que pensar.
—Lo entiendo… Y sepa usted que estoy un poco avergonzado.
—¿Avergonzado? ¿Por qué?
—Por el universo, claro.
Seguimos paseando, alejándonos de las dos chicas, que sin duda sabían perfectamente el reto que Nilsson me estaba proponiendo: extractar la posible ironía de sus palabras, una ironía tal vez no tan distinta de la mía.
—Se lo dije a las jóvenes —continuó—: imaginen que el universo tuviera un secreto íntimo, como cualquiera de ustedes, y no se atreviera a confesarlo, y que en él estuviera la vergonzosa explicación de todo.
—¿Usted me va a contar el secreto? –pregunté, algo decepcionado y ya en un tono más desafiante.
—No… todavía no es el momento. Necesito aprender más… Mucho más. Para eso necesito la computadora. Ahí está todo.
—¿Todo?
—Todo lo que no sé y necesito saber. El mundo se ha vuelto muy complejo desde mis tiempos. Yo domino la naturaleza, pero la cultura humana es una segunda naturaleza que me está exigiendo bastantes esfuerzos. Es más fácil manejar un átomo que una palabra.
—Ah, ¿usted no creó la cultura? Pensaba que sí.
—Creé las condiciones. Bueno, las creamos yo y los demás primigenios en lo que llamamos la Primera Pérdida de Control. El choque de fuerzas fue extraordinario, como usted puede imaginarse. Y ya sabe, al no tener ninguno un poder absoluto, nuestros conflictos tuvieron consecuencias múltiples e impredecibles.
—Claro.
—El resto, lo que ustedes llaman Historia, ha sucedido sin mi supervisión. Yo no estoy aquí habitualmente: tengo otras prioridades universales. Usted no lo puede entender, porque carece de las categorías mentales necesarias para asimilarlo. No se ofenda. Ningún humano puede.
—¿Ni siquiera los poetas y los visionarios?
—Ni siquiera ellos. Han hecho importantes esfuerzos, pero sólo han perpetuado errores básicos de principiante, errores de cultura primitiva. El universo hay que pensarlo de otra manera. Hubo una época, fíjese usted, en que el ser humano se lanzó a la exploración del espacio. Salió de la Tierra y eso fue algo importante. Quiero decir, algo universalmente importante, no sé si me entiende. Crear los Andes es importante, y nada fácil, se lo aseguro. O el Himalaya, o el Amazonas. Comparativamente, los esfuerzos humanos son poco importantes. Pero salir del planeta es notable, lo admito. Yo esperaba que eso continuara, pero ya ve, se acabó, el hombre ya no sale de su planeta y todos los sueños de conquista espacial se han desvanecido. ¿Nunca ha pensado en ello? Evidentemente, hay razones para ese cambio de actitud, y la lógica humana es fácil de entender. ¿Para qué ir a buscar rocas a Urano? Cuesta mucho dinero y no sirve para nada en el mundo tal y como lo han organizado ustedes, con sus reglas y códigos basados en eso que llaman economía. No, lo asombroso desde mi perspectiva, quiero decir, mi perspectiva divina, es que ahora la realidad del hombre se ha vuelto infinitamente compleja aquí, en el territorio sublunar. Una computadora cualquiera puede tener incluso una cantidad importante de información; importante en mis magnitudes, compréndame. Eso es lo extraordinario, y lo que me llama la atención. No sé si me está entendiendo. Es que veces, increíblemente, tengo problemas para comunicarme con los demás.
Casi mareado, asentí. Algunas de esas ideas me resultaban más que familiares, y esa constatación no podía sino inquietarme. Sospecho que Nilsson captó mi confusión y siguió victoriosamente, con ese atrincheramiento mental que parecía por momentos quijotesco:
—Fíjese en los satélites, por ejemplo. Interesantes aparatos…Pero los satélites ya no miran hacia la inmensidad de mi universo, sino hacia la inmensidad de este planeta. Escrutan toda la superficie y ya no hay ningún metro cuadrado que escape al control. Es asombroso, no me lo negará usted. Pero también es asfixiante en muchos sentidos. El espacio y el tiempo humanos están cambiado de formas muy, cómo decirlo, respetables, nada ordinarias en términos globales. Cuando digo global, me refiero al universo, supongo que me entiende. Piense en la velocidad: antes teníamos más tiempo para todo, pero ahora el mundo es más instantáneo. ¿Comprende cómo cambian las cosas? Esos cambios no son obra mía, se lo aseguro.
—¿Y qué cree que debe hacer el ser humano? Porque yo creo que está perdido.
—Siempre lo ha estado. ¿Sabe cuándo llegué a este planeta? Cuando me di cuenta de que estaban a punto de destruirlo.
—¿Por el efecto invernadero?
—No, cómo cree. Por la guerra nuclear. Eso me llamó la atención bastante. No es fácil destruir la vida de un planeta. Que los humanos hayan llegado a esa posibilidad me parece, cómo decirlo, interesante. Es decir, entiendo el sufrimiento particular de cada individuo, incluso puedo sentirlo en mi interior, pero eso no es un acontecimiento de nivel cósmico. No se ofenda; yo sé que usted sufre, como todo humano.

—Sufro bastante, es cierto. 

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