lunes, 23 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIX)


¿Y JUDITH?

Debo reconocer que la tenía prácticamente abandonada, aunque sin duda mi penoso espectáculo en su fiesta de cumpleaños había contribuido a que nuestra relación de amistad se deteriorara de forma notable y se perdieran los mejores vínculos que habíamos logrado: la tenue coquetería, los amagos de cinismo compartidos, el diálogo lúcido sobre el mundo. Además, yo me había acostumbrado a pasar el máximo tiempo posible con Sor Juana, dentro y fuera del campus, pagando incluso, para evitar que se moviera sola por las calles, el sacrificio horrible de acompañarle (y aburrirme) en más de una fiesta excéntrica de la noche cholulteca.
En esas fiestas, que terminaban a veces a las cinco o seis de la mañana, yo no era siempre el más viejo de los participantes, puesto que siempre había algún artistilla neohippie cincuentón en busca de carne juvenil, pero me sentía igualmente ajeno, porque eran agotadoras semiorgías de bebida y droga que superaban con mucho mi curiosidad y mi capacidad física y mental para los experimentos. Aparte de esas aventuras nocturnas, sólo me reunía con Lombard y Magallanes cada miércoles y cada jueves en el bar Reforma; con Judith, en cambio, nos veíamos únicamente en reuniones de departamento y en encuentros de pasillo, al salir o entrar en clase.
Judith, eso sí, seguía su mismo ritmo de trabajo, publicando nuevos estudios en las revistas académicas y tratando de captar estudiantes para nuestros precarios programas de estudios. “Están a punto de cerrar la licenciatura, y entonces se acabarán los cursos buenos y nos dedicaremos a dar clases de ortografía a los niños ricos de economía o derecho”, me insistía con una especie de alarmismo que bordeaba lo humorístico, o al menos lo tragicómico. “Y ahí sí tendremos que trabajar mucho”. Aparte de eso, hablábamos muy poco y siempre de temas triviales; sin rencor, pero sin la complicidad de antaño. Algo se había quebrado entre nosotros y sólo podía responsabilizar de hecho a mi alma gritona. Yo sospechaba que ella sabía lo mío con Sor Juana, aunque nunca habíamos coincidido los tres en el mismo lugar.
Por todo eso, me extrañó especialmente que se presentara en mi casa un domingo por la mañana bastante temprano. Sor Juana se quedó en la cama mientras yo abría la puerta: Judith venía con uno de sus niños, Quique.
—Vamos a ver la salida de la carrera ciclista. ¿Te animas? Pasará por la puerta de tu casa.
No sabía muy bien a qué se refería, pero acepté abúlicamente la propuesta, quizás porque seguía medio dormido. La invité a pasar por cortesía y sin verdaderas ganas, porque temía la incomodidad del encuentro entre Sor Juana y Judith en mi propia casa, pero afortunadamente Judith dijo que me esperaba jugando fuera con el niño mientras me vestía, o sea que no se vieron en ningún momento las dos mujeres. Mis dos mujeres, podría decir abusando del posesivo.
Regresé al dormitorio para avisar a Sor Juana, pero ella había escuchado perfectamente la conversación desde el dormitorio. Gruñó algo sobre que así podría seguir durmiendo sin mis ronquidos y el humor me hizo entender que no le molestaba mi salida matutina. Ya en la calle, tras saludar al vigilante del edificio y cruzar la verja, me encontré con el gentío en movimiento: en la puerta de una de las cincuenta iglesias del pueblo, la más cercana a mi casa, justo al doblar la esquina de poniente, se habían concentrado unos cincuenta ciclistas junto a una buena cantidad de público, la mayoría recién salidos de una misa. También había un par de camionetas de la policía local, con los típicos representantes del orden del pueblo, siete policías que parecían recién salidos de la secundaria y que trataban de ganar respeto con sus aparatosos chalecos antibalas y un exceso de armamento en las manos.
Los organizadores habían colocado una pancarta no muy bien diseñada que indicaba la salida, y todo estaba preparado para el inicio de la carrera. En la pancarta se indicaba el nombre de la competición: Carrera ciclista al santuario del Santo Niño Doctor de Tepeaca.
—En una iglesia de Tepeaca hay una figura del Niño Jesús que hace milagros, según se dice –me informó Judith, casi en susurros, para que los lugareños no se ofendieran—. Lo llaman el Santo Niño Doctor porque la leyenda afirma que sale por las noches a curar a los enfermos que le han rezado y le han pedido ayuda durante el día. Por eso, en la iglesia, junto a la figura, hay un maletín de médico. Es muy chistoso. Y cada año organizan una carrera ciclista, que termina con una misa en la iglesia. A Quique le encantan las bicicletas. ¿Verdad, Quique?
El niño, de unos seis o siete años, asintió y aprovechó su protagonismo en la conversación para pedir a la madre que le comprara algunas chucherías o juguetes que ya algunas señoras indígenas vendían en las aceras aprovechando la ocasión de la carrera. Judith negoció con su hijo durante unos segundos y accedió a comprarle una pelota con la que el niño se entretuvo durante unos instantes hasta que la voz del alcalde resonó por un enorme altavoz y empezó su discurso de inauguración del acto, con agradecimientos a figuras locales y ultraterrenales. Judith y yo escuchamos sus palabras con respeto externo e ironía interna, pero yo pensaba en otra cosa, realmente: en la alegría que me deparaba la visita imprevista y conciliadora de Judith. Pero, para bien y para mal, yo estaba con Sor Juana; la había elegido a ella, o ella me había elegido a mí, y tenía además un confuso deber de protección hacia ella, un deber que, fuera exagerado o no, era suficiente para obligarme a dedicarle todo el tiempo posible. De todos modos, sentí que vivía durante esos minutos una simulación de vida familiar con Judith y su hijo, y no me desagradó la simulación: tenía algo de paz nostálgica.
El alcalde dio la orden de salida y la carrera empezó caóticamente, con varias caídas, una de ellas provocada por un perro (quizá Villefort, o Danglars) que se cruzó en el camino. Vimos los primeros instantes de la carrera e incluso concedimos algún aplauso. Después, aunque lentamente, el público empezó a disgregarse.
—¿No te gustaría a veces ser como esta buena gente? –me preguntó Judith, mientras yo me fijaba por primera vez en un salón de belleza de la calle, “Estética Susan”, de fachada sucia y piojosa e interior oscuro y desconchado, pero que sin embargo prometía inmejorables transformaciones estéticas a sus clientas—. Dejar ya la vanidad intelectual, entregarte a una tradición, a unas costumbres, a unos vínculos. La tierra… tú no sientes lo que es estar en la tierra. Estar, pero de veras. En cierto sentido, estas gentes tienen todo lo que quieren.
—¿Ignorancia feliz? No, gracias. Acepto vivir en una ciudad sagrada como esta sólo por karma de ateo.
—¿No te cansas de tus propias boutades? Cuando hablas así me caes bien gordo. Pero fíjate que creo que ha sido bueno que vinieras a México. Bueno para nosotros, y creo que bueno para ti. ¿A poco no?
—Sí, no diré que soy feliz porque tengo una reputación que mantener. Pero, si te sirve de algo, admito que prefiero Cholula a París o Barcelona.
—Eres un pinche snob. ¿Qué te diferencia de los gringos imbéciles que cruzan la frontera para empedarse y vomitar en Tijuana? A veces me parece que eres una versión en borracho de las empresas neocoloniales españolas que nos están quitando todo con la excusa del neoliberalismo. Eres como Alfaguara, Telefónica o Santander, sólo que briago.
—No me compares con esos nombres infames. Yo no he venido a colonizar México, sino a resetear mi vida.
—México está del nabo y tú lo sabes como yo. Un día te regresarás a tu país y estarás tranquilo en la Europa civilizada y culta. Pero nosotros seguiremos aquí.
—Y tú tal vez estés en Harvard o en Yale.

—No…Román no quiere irse. Tiene su lucha aquí. Está cada vez más entregado.
Intuí el motivo real de su visita y la miré con la intención de darle a entender que quería escucharla mientras Quique jugaba con otros niños en uno de los muchos solares desaprovechados del pueblo.
—Tengo miedo, Álex. Román se está metiendo en problemas. A Emiliano y los otros líderes los aprehendió la policía el otro día. Antes de llevarlos al CERESO, a la cárcel, los golpearon y torturaron durante horas. Román fue a la cárcel con un abogado y casi lo meten preso también. El abogado, el muy pinche cabrón, se rindió y renunció al trabajo. Ahora los ejidatarios tienen que buscar un nuevo abogado. Pero todos sus planes se fueron a la chingada. Y amenazaron a Román. ¿Quiénes? Los ricos de la zona, los que quieren invertir en un nuevo mall o algo así. Los narcos poblanos, los corruptos. Entre ellos, Quezada, el papá de la chava con la que andas.
Reaccioné con naturalidad y entendí que Judith no me estaba reprochando nada, ni a mí ni a Sor Juana, aunque quizás sí me estaba advirtiendo de algún peligro que yo como extranjero debía valorar especialmente. Lo que no era sorprendente, desde luego, era que Judith se hubiera enterado de lo nuestro en un entorno tan pequeño como el de Cholula.
—Son avariciosos, lo quieren todo –continuó Judith—. Quezada dice que quiere acabar con el crimen organizado, pero sólo porque le perjudican sus negocios. Es un poder contra otro poder, nada más. Poder legal del mercado frente al poder ilegal. Todos quieren tenerlo todo, más negocios, más tierras. No se conforman con nada. Y luego fingen que ayudan a la universidad para limpiar su imagen.
—¿Tan peligrosos son?
—Pues quién sabe, pero estoy preocupada. Anoche discutí bien fuerte con Román. Hoy todavía no hablo con él.
—Pero él no tiene la culpa.
—Ya sé, pero tiene que pensar en nosotros. Somos una familia y yo no quiero estar en esas ondas.
Sacó de su bolso un paquete de cigarrillos y encendió uno; creo que sólo dos o tres veces antes le había visto fumar, y siempre de noche, en la cantina, en esos momentos de caos que yo había aprendido a saborear.
—Ay, no sé, me estoy volviendo loca. ¿Tú qué crees que debo decirle? Me gustaría tu consejo.
—No soy bueno dando consejos; se me convierten en amenazas. Pero, fuera de bromas, creo que tú te casaste con Román precisamente porque era un hombre valiente y decidido. No puedes pedirle que renuncie a una lucha que es importante. Es muy cómodo “luchar”, entre comillas, con artículos o libros, o impartiendo clases y predicando sobre cómo debería ser el mundo y la literatura que nos tiene que salvar de la injusticia. Pero a veces hay que mojarse, mejor dicho, enfangarse, y actuar. Román actúa: le envidio por eso. Te lo digo de verdad.
—Quizá yo también lo admiraba por eso, pero cada vez creo menos en todos esos mitos heroicos de la lucha. Y pienso que también tengo derecho a algo de tranquilidad. Yo hice sacrificios por él, hice renuncias, y a veces me parece que él no lo ha tomado en cuenta.
Fumó en silencio y, en cierto modo, creo que si no hubiera existido ese cigarrillo, sin esa frontera minúscula de fuego, quizá le habría dado un abrazo en aquel momento. Pero no lo hice.
—Todo es tan difícil, ¿verdad? –continuó—. Las decisiones que tomamos. Lo que pudo ser y ya nunca será. Los artistas y los filósofos lo han dicho mil veces de mil maneras distintas, y sigue siendo igual de jodido.
Quique se enojó con alguno de los compañeros de juego y regresó con nosotros. Judith y yo nos sonreímos acordando tácitamente el fin de esa conversación, y su sustitución por otros temas más banales: el mal aspecto de Magallanes, la prepotencia creciente de Villalobos, el concurso literario del estado.
Sin pensarlo mucho, seguimos paseando y los acabé acompañando hasta la puerta de su casa. Me despedí de los dos y terminó la simulación de la vida familiar. Román nos vio a través de una ventana de la segunda planta y se esforzó lo mínimo en saludarme. 

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