sábado, 21 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXV)


MÁS METAFISIQUEO

Unos niños que deberían estar en la escuela pasaron al lado nuestro corriendo en sus juegos y el último de ellos chocó por detrás con Nilsson, hasta el punto de casi hacerle perder el equilibrio. Yo estuve rápido de reflejos y ayudé al sueco a no caerse; creo que lo lógico, por mi parte, hubiera sido sonreír ante la escena, pero no pude evitar una hipérbole en mi cabeza: “he ayudado a Dios a no caerse”.
—Niños… —dijo Nilsson.
—¿No deberían ser castigados estos niños de algún modo? ¿No es una falta de respeto hacia usted?
—No tengo miedo a mostrarme vulnerable. Yo nunca he dicho que sea omnipotente; sólo he dicho que soy un dios. No ponga usted palabras en mi boca que yo no he dicho. Así nos ha ido siempre, con estas imprecisiones.
Sé que, en este punto, debería incluir acotaciones gestuales o contextuales que especificaran las posibles ambigüedades de las palabras de Nilsson. Sí, ciertamente Nilsson hablaba de sí mismo con convincente seriedad, incluso con autoridad, aunque tal vez esa autoridad estaba destinada a seres irreales o a estructuras moleculares del ser. Actuaba como un fingidor perfecto, sin fisuras ni vías de escape de agresividad, y parecía perfectamente inmunizado contra cualquier discurso que no fuera el suyo. Había teatralidad, por supuesto, pero no humorismo bufo, ni vanidad de narcisista, sino una especie de templanza de psicótico que ha llegado a un perfecto y estable pacto de convivencia con su enfermedad. Ni siquiera le atribuí peligrosidad física: me pareció más hipnotizador que psycho-killer, y menos capaz que, por ejemplo, Magallanes, de ametrallar aleatoriamente a los ciudadanos de la calle.
Seguimos caminado en dirección al zócalo de San Pedro Cholula, en lo que parecía ser el hábito de cada lunes para Nilsson. Andrea y Sor Juana seguían detrás de nosotros, pero casi a una manzana de distancia.
—Así que llegó a la Tierra después de la Segunda Guerra Mundial… —se me ocurrió preguntarle, continuando la insólita fluidez de nuestro diálogo sin precedentes.
—Sí… fue un momento delicado. No me costó nada entenderlo. Algo había terminado, sin duda, algo se había cerrado. El problema era cómo continuar. Creo que se ha continuado relativamente bien, dentro de lo que cabe. Porque peor ya era muy difícil. Pero los problemas continúan.
—¿Y usted no podría solucionarlos?
Se detuvo para mirarme con extrañeza.
—¿Usted cree que son fáciles de resolver? No desdeñe usted muchas de las propuestas de los humanos hasta ahora para resolver sus problemas: son bastante brillantes en términos intelectuales. No todas, pero algunas sí. ¿Cree que no sé quién era Aristóteles? ¡Pero es que es verdaderamente muy complejo, sobre todo en estos tiempos! Como organismo, la humanidad empieza a ser curiosa ahora.
—A lo mejor no lo es tanto. ¿Qué me dice del poder?
—¿El poder? ¿A qué llama usted poder? Mire, cuando llegué a la Tierra vi muchas cosas extrañas que desconocía y que no suceden en ninguna parte del universo. Todos los elementos naturales han sido de una manera u otra retorcidos o violentados. He visto hombres adultos a los que les gusta sentirse como recién nacidos, otros a los que les gusta mutilar su propio cuerpo, o comer excrementos, o comportarse como perros, o caballos, o cerdos. ¿Le parece a usted normal? ¿Usted cree que, como Dios, puedo entender ese tipo de comportamientos, por muy libres que sean? No se trata de que estén bien o mal. Es que creo que se me ha escapado de las manos el asunto. Veremos si puedo recuperarlo. El poder no tiene nada que ver. Hay más caos que poder ahora mismo.
—¿Cómo lo va hacer? ¿Cómo va a resolver el problema?
—¿Y por qué tendría que resolverlo?
—¿Acaso no va a haber juicio final y todo eso?
—No sea ingenuo. Hasta ahora, siempre tuve intereses más importantes que los humanos. Sea usted humilde y piense que el ser humano no puede ser lo único importante en el universo. Pero admito que la evolución de este sector es curiosa. Por eso estoy aquí y he adoptado esta forma. Trato de entenderles; es decir, yo ya les entiendo de forma absoluta, naturalmente, pero incluso a mí me cuesta tomar tantas decisiones. Puedo arreglarlo todo de golpe, por supuesto, pero hay muchas maneras de hacerlo. Tengo que tomar decisiones.
—¿No podría limitarse a limpiar un poco el planeta de gentuza? Podría empezar por México…
Nilsson sonrió de un modo que me pareció cómplice, como si hubiera entendido eficazmente mi sarcasmo en un momento de lucidez y de realismo. Pero enseguida recuperó su máscara divinizante:
—Creo que esperaré un poco. Quiero conocer más.
—Por eso piensa seguir en el sanatorio una temporada más – dije con una crueldad de la que me arrepentí inmediatamente.
—Ahora mismo, sólo me importa la computadora y descubrir todo lo que hay en ella. Todo. Ah, tengo que pensar en otras cosas. Discúlpeme, no voy a hablar más.
Habíamos llegado a los portales del zócalo (también llamado, sin modestia, Plaza de la Concordia), donde se acumulan los cafés y restaurantes frente al monumento principal, que no está dedicado a un mexicano, sino al argentino Rivadavia. Nilsson, efectivamente, no dijo nada más en la siguiente hora, ni a mí ni a nadie. Esperamos a que las chicas nos alcanzaran y nos sentamos en la terraza de uno de los cafés para tomar la primera cerveza del día. Pero bebimos sólo nosotros tres, porque Nilsson se quedó sentado en silencio, sin consumir nada, y no sólo, creo, porque no tenía con seguridad dinero en sus bolsillos. Se dedicó a continuar con celo teatral la segunda fase de su performance cosmogónica y debo decir que cumplió de forma plena e inalterable su guión.
Andrea, con descaro y sin susurrar, me preguntó delante del sueco:
—¿Qué pasó, Álex? ¿Cómo viste al sueco? Es muy cagado, ¿no?
Nilsson parecía en trance, pero aun así pensé que Andrea había sido innecesariamente grosera. Le di la razón asintiendo con la cabeza, pero internamente sentí algo que podríamos calificar casi como envidia hacia el sueco, supongo que por esa esmerada autosuficiencia de que hacía gala y esa capacidad para establecer una jerarquía de sus ideas tan distinta a la mía y a la de todos. Y también, quizá, por ignorar de forma absoluta eso que llamamos sociedad de consumo.

Sor Juana sonreía satisfecha, sin duda convencida de que no había decepcionado mis expectativas a la hora de ofrecerme el entremés metafísico. Tanta sabiduría por su parte, tanta habilidad para hacerme pensar y sentir, me obligaban a responder de algún modo. Pensé que un buen beso sería esta vez mejor que cualquier apostilla elocuente o irónica. Así lo hice, sin pensar en Andrea. Lo cierto era que cada vez me gustaba más admitir en público mi relación con Sor Juana, y los antiguos experimentos fetichistas estaban dejando paso a algo más sólido: la vieja y para mí casi olvidada necesidad de estar permanentemente con otra persona.

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