lunes, 16 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVI)


CIRUGÍA INVASIVA

Ahora pienso que tal vez no fue buena idea ir a ver a Dios.
Echarle la culpa a Dios debilita mi ateísmo, pero es, por supuesto, una de mis tácticas de resentido contumaz. Sin embargo, en este caso no puedo establecer la causalidad de forma nítida e irrebatible (y aun así sería demasiado cercana a una superstición), aunque tampoco puedo desdeñar la importancia de la cronología. Vimos a Dios y apenas dos días después Sor Juana empezó a hundirse, a abandonarse a un autismo mucho peor que el mío, un autismo sin redención escritural y sin modelos míticos, una molicie general de lo que antes había sido fortaleza y seguridad.
—Me da hueva.
La hueva mexicana es más que el coñazo español; tiene algo de spleen o weltschmerz, pero es una fatiga existencial específicamente mexicana arraigada en siglos de fracaso colectivo, revolucionario y posrevolucionario. La hueva no conduce ni al suicidio, sino que se detiene en una pereza profunda y sabia, la de la inutilidad del esfuerzo, la réplica visceral a todo entusiasmo y a toda literatura de autoayuda.
Primero pensé que el detonante había sido el reencuentro con Andrea, pero Sor Juana se encargó de desmentírmelo con un no rotundo y decepcionado, un no que, a pesar de su brevedad de monosílabo, tenía más información comprimida: no tiene nada que ver con Andrea, no sigas por ese camino, es otra cosa. Pensé después, con más inquietud, que la depresión tenía que ver con asuntos familiares de los Quezada y quizá con alguna amenaza concreta que por fin había llegado a los oídos de Sor Juana. Pero tampoco: ella me confirmó de manera convincente que no había novedades reseñables en los negocios familiares.
Y por fin descubrí que, por supuesto, el culpable auténtico había sido yo, directa o indirectamente, Dios mediante.
Después del encuentro con Nilsson, se me ocurrió que debía hacer un regalo a Sor Juana, para agradecerle el detalle de compartir conmigo algo que pertenecía a su intimidad con Andrea y a su pasado común. Quise sacar su lado más frívolo y veleidoso y actuar por una vez de asqueroso rico manirroto con ella: fuimos de compras y le ofrecí la posibilidad de comprar las botas más caras que pudiéramos encontrar.
Y compré botas, las que quiso ella pero en realidad quería yo, botas que valían más que lo que cobraba en seis meses el vigilante de mi casa. Botas, sí, maravillosas botas hasta la rodilla, de tacón fino e incisivo, botas de probable esguince, botas de acróbata y superheroína Marvel, difíciles de manejar, peligrosas en el asfalto mexicano, inviables en la cotidianidad provinciana de Cholula. Botas de tobogán, botas de supremacía, botas que resuenan imperialmente en el suelo, botas del imposible ballet de una valkiria.
Y, sin embargo, la ilusión inicial en la tienda se fue desvaneciendo en cuanto llegamos a mi casa, y poco a poco Sor Juana se eclipsó hasta reducir su comunicación a algunos mensajes básicos.
—No podemos seguir así.
Ahí estaba el origen último de la hueva, al parecer. En las botas y lo que las botas significaban.
—¿Por qué nunca puedes ser, no sé, natural? ¿Por qué te escondes tanto? ¿Por qué me ocultas lo que eres?
Me escondo, claro, me escondo entre mediaciones, y nunca lo he negado. Soy un ser carente de naturalidad, o al menos la he sepultado bajo capas y capas de mediaciones, hasta el punto de hacerla irreconocible. Tal vez yo no tengo sentimientos, sino constructos; no tengo vida, sino relato. Sor Juana sabía mucho de simulacros, sin duda, y esa era una virtud clarísima, pero ella, a diferencia de mí, esperaba algo, una esencia, una verdad última, una mónada de sentimiento básico y no contingente, no sé, algo equivalente a su profunda vulnerabilidad de niña amante de las Spice Girls (oh, sí, las Spice Girls también formaron parte de esos días, y la hicieron llorar, porque ella adoraba a esas petardas y ese tiempo nunca volverá, y pensar eso es suficiente para hundirse en el polo peor de la bipolaridad). Sor Juana necesitaba a esa Spice Girl eterna y platónica para demostrarse a sí misma que lo nuestro no era un simple juego y que detrás de los deseos oscuros hay una claridad esperanzadora.
Y cómo le explico yo, sin volver a ser su profesor, la importancia de la palabra, de la simulación, de la voz en grito, de la literatura como escudo. Detrás de ese escudo, mi lóbulo frontal es poco más que un pastiche de ideas y voces para hacer ruido y evitar que lo realmente importante no tenga eco. Lo importante: eso que llamamos muerte, o nada, o vacío, el niño que nunca va a encontrar el camino de vuelta a casa. Las arenas movedizas.
Y en el fondo (pero eso no se lo dije nunca) a Sor Juana le pasaba lo mismo en aquellos tiempos, porque ella soñaba con su Atlántida como refugio, y su Atlántida era igual de artificial que mis múltiples sueños literarios; su Atlántida, desgraciadamente, era una fosa marina en medio del océano, sin luz y vida, entre España y México, como yo. Ni Spice Girls ni Atlántida: sólo muerte.

Sor Juana salió dificultosamente del autismo varios días después, pero, como era de prever, nunca vi esas botas en sus piernas. Lo acepté porque, en el fondo, era lógico. Igual que, admitámoslo, es lógico que todo lo que vive tenga que morir.

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