viernes, 20 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVII)


LAS TORRES DE LA CIUDAD SAGRADA

Los fines de semana en Cholula son apacibles y gozosamente rurales. A partir de la mañana del sábado, suele deprimirse la euforia tóxica de las noches anteriores y muchos estudiantes aprovechan la oportunidad para visitar a sus familias, en el DF o en otras ciudades cercanas, y convencerles de que siguen siendo modositos y recatados y no saben nada del lado salvaje de la vida. Cholula parece así recuperar su status de ciudad sagrada después de los días agitados de la actividad universitaria y las noches turbias del ardor juvenil, y abandona su bullicio vitalista para sumirse en un letargo que, como decía el viajero Juan Rejano en La esfinge mestiza, no es tan diferente de los pueblos andaluces en hora de siesta veraniega. Las torres de las iglesias vuelven a imponer su poderío multicolor colonial al capitalista neón nocturno, y el pueblo entra en un ritmo distinto y se entrega a un desdén casi absoluto por la productividad y la velocidad, restableciendo la tradición y borrando las huellas de la modernidad. Poniendo a Dios en el centro, como tiene que ser, y arrebatándole ese puesto a esa fuerza tentadora pero malvada y secular que llamamos dinero.
Moverse entonces por Cholula para alguien como yo es una procesión laica entre iglesia e iglesia, porque los atrios de las iglesias son las auténticas manzanas de la estructura urbana. Apenas hay tráfico, salvo los autobuses de horario impredecible y el camión que por las mañanas vende los tanques de gas con una cancionilla ridícula que suena en el altavoz y un nombre comercial que invita a la desconfianza (“Gas del volcán”). Es el contexto perfecto para caminar en medio del silencio y recordar a cada paso que no hay papeleras ni contenedores de basura, aunque qué importa cualquier residuo a tus pies cuando alzas la vista y tienes un volcán ante tus ojos. Y es que hay un morbo específico, genuino, irreproducible, relativo al Popocatépetl: uno no puede evitar desear que explote, aunque sepa racionalmente que será una catástrofe y que, como siempre, serán los jodidos los que lo sufran. Pero tener un volcán tímido cerca no pasa todos los días, aunque esa proximidad pueda generar algún tipo refinado de decepción.
La ciudad aletargada descansa así de su mercantilismo, pero en realidad lo que hace es reafirmar su profunda esquizofrenia. Para mí, un fin de semana como ese podía empezar con una discusión sobre El Chavo del Ocho. Sor Juana y yo veíamos a menudo la serie y también a menudo repetíamos los argumentos de la misma discusión: para ella era una serie beckettiana, con personajes hundidos en el absurdo de la repetición perpetua y sin sentido, mientras que para mí era más importante el realismo social (esa cosa que los españoles hicimos tan pésimamente en los años del franquismo), es decir, el elemento ideológico, la denuncia de la injusticia, el clasismo y la pobreza, aunque fuera a base de comicidad reiterativa y previsible. La discusión, todo hay que decirlo, era mucho más importante de lo que puede parecer, ya que lo que estaba en juego era la prioridad de la lucha frente al silencio irracional de la vida, y ese no es un tema menor, se aplique a El Chavo o se aplique a México o a España o a cualquier sujeto de este planeta o de todo el universo conocido por Sven Nilsson.
Después podía yo salir a comprar algo y, de paso, darle comida a los perros de Montecristo, Villefort, Danglars y Mondego, que no entendían de jornadas laborales o fines de semana.
Sin embargo, México, incluso en sus ciudades sagradas, no sabe de descansos permanentes. Uno compra tranquilamente cerveza en la tiendita de la esquina y siente de pronto que lo van a matar. Y puede que sea cierto, o puede que no. Pero la paz es imposible, mientras que el bucle paranoico es desgraciadamente probable.
Salí a la tiendita de la esquina, en efecto, a comprar un par de litros de cerveza para la comida y sus preparativos. Como en las vacaciones de mi niñez en los pueblos de Andalucía, la costumbre era devolver las botellas vacías a la tienda parta cambiarlas por otras llenas. Sor Juana me esperaba en la casa, concentrada en su Atlántida. Yo me había vestido con una sudadera y un pantalón corto de deporte. Saludé como siempre al vigilante, que salió de su garita para abrirme la verja de salida.
Sentados en la acera de la tiendita, dos tipos bebían refrescos en silencio. Ni me fijé en ellos hasta que salí con las cervezas.
—¿Me das la hora, güero? –me preguntó uno de los dos tipos. Los dos, barrigones, con barbita rala y tez oscura, parecían hermanos o familiares; vestían casi igual, con vaqueros desgastados y camiseta lisa y descolorida.
Yo llevaba el reloj y respondí educadamente:
—Las doce y media— aunque quizá eran las doce y cuarto, quién sabe.
—Gracias, güero…
—¿Le vas al Barza o al Madrid? –me preguntó el otro.
Deduje que, como tantas otras veces, mi pronunciación de la hora había revelado mi españolidad. Tampoco era la primera vez que un mexicano, hablando conmigo, se equivocaba de forma ultracorrectora al pronunciar la c con cedilla de Barça.
—Al Barça, por supuesto.
—¡A güevo! El Barsa –corrigió— es una chingonería.
Le di la razón con una sonrisa y me despedí para seguir mi camino. Y entonces llegó la sorpresa:
—Adiós, doctor.
Les miré con extrañeza durante unos segundos y sólo después, cuando esperaba frente a la verja a que el vigilante me permitiera entrar, pensé que antes ya había visto a esos dos hombres en esa misma calle. Nunca les había prestado atención, pero ahora era distinto: de algún modo sabían que yo era el doctor.
¿Guardaespaldas de Quezada, sin que yo estuviera informado? Quizá, aunque había otra opción peor: que no fueran hombres de Quezada, sino eso que llaman halcones, esos mendigos o desempleados a los que, según había leído, el crimen organizado paga para dedicarse a vigilar durante horas a sus objetivos. También había, sin duda, explicaciones no inquietantes e incluso amables; tal vez en alguna borrachera me había encontrado a esos tipos y había hablado con ellos, aunque no lo recordara en ese momento concreto; o tal vez tenían algo que ver con la universidad, porque su perfil era el del jardinero o el personal de limpieza de la universidad y de esos había muchos en el campus y yo les saludaba casi siempre. Le pregunté al vigilante si los conocía de algo o los había visto; él dijo que no y únicamente supuso que eran albañiles.
Entré en la casa bastante agitado y abrí inmediatamente una de las cervezas. Por suerte, Sor Juana apenas me prestaba atención; había dejado el ordenador y los proyectos artísticos a un lado, y se había tumbado en el sofá para ver una serie de dibujos animados en la televisión por cable. Aniñada, más relajada que nunca en los últimos tiempos, parecía disfrutar regresivamente del tiempo y de la ignorancia. El numen de su Spice Girl interior la amparaba y protegía.
Pensé que debía avisar a Quezada y consultarle cómo interpretar las novedades. Creo que, por fin, empaticé con él al ver a su hija en ese disfraz pueril de espectadora televisiva. Me pareció intolerable que alguien pensara siquiera la posibilidad de castigarla, perjudicarla, secuestrarla y quién sabe qué cosas peores. Quezada, a pesar de su riqueza y su proxenetismo más o menos legalizado, no merecía tampoco eso.
—Ahora vuelvo. Me he olvidado algo.
Con decisión firme de suicida, cogí el que creí que era el más eficaz cuchillo de cocina, lo envolví con discreción, y salí otra vez de mi casa. No me despedí de Sor Juana con un beso y por un instante pensé que ese había sido mi segundo error, después de coger estúpidamente el cuchillo.
El vigilante me abrió la puerta con normalidad: no se había percatado de nada, y eso me dio confianza, porque demostraba que mi nerviosismo no era fácilmente visible. Di el primer paso fuera de la protección de mi casa vallada y me repetí mentalmente las frases que quería decir a los dos tipos hasta memorizarlas. Mi estrategia no era suicida en su primera fase: simplemente entablaría conversación con ellos y trataría de averiguar de qué me conocían.
No hubo oportunidad ni siquiera para esa primera fase. Los tipos habían desaparecido. Paseé durante unos minutos mirando en todas direcciones y cuando llegué a la siguiente iglesia decidí regresar a mi casa. Estaba completamente agotado.

Me tumbé junto a Sor Juana y vimos juntos los dibujos animados durante casi una hora. 

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