jueves, 19 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVIII)


NO CREO QUE LLEGUE A TENER VALOR COMO COINCIDENCIA, PERO

lo cierto es que en la misma semana en que los terroristas del 11-M se suicidaron en Leganés de un modo atroz y ultraviolento, Lombard me ofreció la posibilidad de aprender a manejar una pistola. Era un miércoles por la noche, creo, y ambos habíamos tomado ya varios tequilas en nuestra cantina de siempre, mientras Sor Juana cenaba con sus hermanos y, por tanto, parecía estar más o menos protegida.
En realidad, nos habíamos reunido con un propósito relativamente serio: planificar la organización de un nuevo concurso literario del gobierno estatal. Yo, al principio, estaba ilusionado con la idea, hasta que Lombard me explicó la remuneración que nos esperaba. Magallanes, fiel a sus principios negativistas, ya había dicho que no desde el primer momento, mientras que Judith había puesto como excusa sus obligaciones administrativas. Yo tenía mis dudas, ya que consideraba que el concurso podía ser una buena oportunidad en más de un sentido, pero el tercer tequila, cómo decirlo, me activó el standby. Lombard, en cambio, parecía firmemente comoprometido, e incluso me comentó que podría ser una buena ocasión para que Sor Juana se presentara:
—Pero sin trampas… —dijo—. Todo va a ser escrupulosamente legal. Si ella se presenta, no quiero que me des ninguna pista. Odio las transas en los concursos literarios.
Aprovechando que hablábamos de ella y de sus cualidades artísticas, me decidí a contarle a Lombard, sin demasiados detalles, la conversación con el padre de Sor Juana. Yo necesitaba verbalizar mi preocupación para eliminar así el excedente irracional y dejar sólo los temores justificados, y pensé que Lombard era el interlocutor adecuado. A diferencia de Magallanes, Lombard se preocupaba honestamente por el bienestar de los estudiantes; pero es que además yo creía que él tenía, cómo decirlo, más astucia de superviviente que el autodestructivo novelista oaxaqueño. Pero no esperaba la oferta que me hizo:
—Deberías comparte una pistola y aprender a disparar. Yo puedo enseñarte.
—¿Tienes una pistola?
La pistola, para mí, había sido siempre un objeto desconocido, ajeno a mi tacto; un objeto socialmente improcedente, nada operativo para mi vida catalana y aun parisina. Por primera vez, pensé que el auténtico Pike Bishop era Lombard, y que yo no lo sería nunca.
—En México hay que estar preparado para todo. Además, no olvides que soy gringo, y que los gringos aman sus armas de fuego.
—¿Y la has utilizado alguna vez? –pregunté convencido de que cualquiera de las dos respuestas era posible.
—No, todavía no. Pero te aseguro que antes de la quimioterapia, le voy a dar un buen disparo a cualquier tumor maligno que me salga.
Reímos y brindamos, y dudé si debía ahondar en el pasado de Lombard para averiguar sus más que probables experiencias traumáticas con el cáncer de alguien muy cercano. Pero quise dejarlo para otra ocasión, puesto que me interesaba más volver a su propuesta y a mis propios temores, crecientemente obsesivos.
—¿Realmente crees que ella puede estar en peligro?
Entoné la pregunta con la emotividad sincera y justa y Lombard adecuó su respuesta a mi sinceridad:
—Quién sabe, chingaos. Pero no lo tomes a broma. Quezada es un mamón importante. Es rico y político. Puede tener enemigos por ser rico, por ser político o por las dos cosas. No sé si realmente es honesto o es corrupto como todos; en realidad, eso no significa nada, porque nadie está seguro en este país. Yo he escuchado que sí quiere chingar al crimen organizado en Puebla, quizá porque le molesta en sus negocios. ¿Sabes cómo le llaman? “Elliotito”… Por Elliott Ness, no porque le gusten los elotes… Pero no creo que sea tan heroico como eso. Puede que ni él mismo sepa qué carajos está haciendo ni hasta dónde puede llegar. No creo que se pueda confiar en él, pero tampoco creo que simplemente quisiera asustarte cuando andaba de briago.
—A mí me convenció. No sé si es honesto y justiciero, pero creo que de verdad tiene miedo ahora mismo. Pero ya ves, yo soy un pobre gachupín que intenta entender este país. Y cada vez lo entiendo menos. Me siento desconcertado, extraño y extranjero a la vez. No sé si esta psicosis mexicana tiene fundamento o no. Veo las noticias, sé que siempre hay violencia y que está en todas partes, pero también compruebo que la gente sigue adelante, y en ocasiones con sorprendente tranquilidad. Tal vez no es para tanto.
—Sí es para tanto. Observa a cualquier policía mexicano con calma: ¿crees de veras que nos pueden salvar de algo?
—Entonces, ¿qué crees que debo hacer? He pensado que podríamos irnos juntos a España.
—¿No te daba asco España?
—Sí, y mucho. A menudo es un país insoportable, pero al menos no te secuestran los taxistas.
—Tanta preocupación demuestra que realmente te interesa nuestra querida Sor Juana. Te dije: “te casarás”. No la dejes escapar, Álex. No cometas ese error. Te arrepentirías siempre. Tienes en México lo que nunca tuviste en España. Asúmelo y quédate aquí a vivir para siempre.
—¿Crees que realmente lo nuestro funcionaría en serio? Tengo mis dudas. Cómo decirlo: no sé si sirvo para una relación estable.
—¿Y acaso quieres mi consejo? Puedo enseñarte a disparar, pero no puedo enseñarte a vivir. Sólo te recomiendo que le tengas el respeto debido al error.
El camarero nos interrumpió para ofrecer más bebida y de un modo muy sumiso aceptamos otra ronda de lo mismo, como si la destrucción de nuestros hígados fuera una deuda de cortesía con el camarero.
—No puedo evitar los errores.
—No me refiero a los errores en general. Me refiero al Gran Error, al Error Absoluto. El Irremediable. El que significa tierra quemada a tus espaldas y un abismo delante de tus ojos. El error que destroza tu vida y que pagas durante todos los años que te quedan. A ese error me refiero.
—¿Como venir a México, en mi caso?
—No… Ése no fue un error. Aún es remediable. No es una clausura, una puerta cerrada para siempre. Me refiero al error que es culpa tuya, aunque no sea tu responsabilidad. Tiraste una moneda y salió mal. No sabías que podía pasar lo que pasó, pero fuiste tú el que tiró la moneda.
—No te entiendo, gringo. La verdad, no te entiendo cuando te pones así de esotérico.
Lombard hizo un gesto con la mano como si quisiera borrar sus últimas palabras y volvió al tema de la pistola.
—No sirvo para la violencia —le dije, resumiendo—. Como mucho, llego a pasivo-agresivo. Y lo peor: soy muy torpe, Jeff. Creo que si yo tuviera un arma ella estaría todavía más en peligro.

—Como quieras, brother. Pero aquí estaré si me necesitas.

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