jueves, 5 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (L)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


OCÉANO

España y México: mi cuna de Judas.
Toda la vida obsesionado con el misterio, esperando que aparezca lo sobrenatural, que se revele la unidad profunda de todo aunque sea en un rapto místico lleno de convulsiones. Esperando que se asome tímidamente algo de magia aunque sea tóxica, aunque sea una Mano Negra, pero que por lo menos permita intuir un trasfondo, un sótano de la realidad donde se esconda algo distinto de la triste certeza del vómito y la mierda, de la codicia y la incomprensión, del dinero y el odio. Pero no. No hay Manos Negras, ni Espíritus, ni Trascendencias, ni un Absurdo Puro; en el vórtice del Mal, detrás de la Última Esquina, sólo hay personas, seres de carne y hueso sin poderes mágicos ni intuiciones misteriosas o poéticas, sólo gentuza, canallas, ignorantes, ricos impresentables y corruptos responsables de muertes y pobreza, pura materia humana compuesta de egoísmo, fanáticos capaces de todo por Dios o por lo que sea, capaces de matar y de destruir irracionalmente, de provocar dolor con la excusa sórdida de sus intereses. Están por todas partes, sí, en España y en México, en todo el mundo, y creo sinceramente que eso no cambiará jamás. Porque ya no se puede reiniciar la Humanidad.
No, no hay reinicio posible para lo que es un error demasiado grande, un error de siglos y de miles de millones de vidas. Ya se intentó, lo intentaron muchos que sí eran buenos, como por ejemplo en ese reinicio total que llamamos Revolución, que fracasó estrepitosamente y nos dejó en esta especie de posguerra perpetua en la que vivimos, llena de pura supervivencia y sofisticado engaño, de ilusiones tibias y pequeños ahorros, de nimiedades que se ofertan como proezas y alivios que se venden como éxtasis. Por eso quizá la vida es hoy sólo posible a pesar de, concesivamente, desde la ausencia incuestionable de un plan B, claudicando a todas horas, rebajando las expectativas, soñando con una mediocridad ideal. No hay botón de apagado que nos dé una esperanza de futuro.
¿Y yo? ¿Me he reiniciado con el viaje a México? ¿He hecho mi minirevolución privada, individualizada, a gusto del consumidor?
Por supuesto que no. Sigo siendo el mismo que era en España: el hombre que no merece un trasplante. El hombre que debe ir el último en la lista de espera de los enfermos, porque se autodestruye con esmero y paciencia, porque no cree en la continuidad ni tiene esperanza ni nada por lo que luchar, salvo para llevar la contraria. El hombre sin herencia ni progenie, el hombre que siempre ha creído que la vida no era un regalo, sino sólo una hipótesis.

El pobre escritor que aún no sabe si podrá “eternizar su nombre en su ruina”, como decía Sor Juana, pero la Sor Juana verdadera.

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