martes, 3 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LII)


EL VIAJE DENTRO DEL VIAJE

Decidí seguir las recomendaciones del más reciamente mexicano de los contactos que me quedaban en Cholula: Román. El mismo Román que con toda seguridad me detestaba desde la primera noche que nos vimos, ese Román malhumorado y austero que representaba el patriotismo tenaz sin medalla. Un hombre que tenía un arraigo impensable para mí, esa inclinación más o menos telúrica de quien no conoce mucho mundo pero tiene ojos lúcidos para ver y diagnosticar los males de su tierra, y, sobre todo, voluntad para combatirlos.
—No lo conozco, debe ser un pueblito muy pequeño de la Sierra Madre Oriental. Probablemente ni haya camiones que lleguen hasta allá, ni siquiera los camiones guajoloteros, sólo combis que vayan de pueblo en pueblo. Podrías rentar un taxi en Cuetzalan. Sería más cómodo. Regatea con el taxista para que te lleve y te regrese.
—¡Órale! El gachupín por fin se aleja de la seguridad del desarrollo liberal—burgués y entra en el México profundo –intervino sarcásticamente Judith—… Nomás ten cuidado. Tú no sabes moverte en ese inframundo… Donde vas no es como Cholula; Cholula es Sears, en comparación. Aquello es casi como la selva lacandona. No hay campus universitarios, ni bares para estudiantes ricos. Y está bien lejos.
—Y yo que pensé que Cholula era mi gran aventura existencial. ¿Acabaré como Bogart en El tesoro de Sierra Madre?
—No le asustes, Judith –dijo con su severidad habitual Román, sin duda molesto también por mis estereotipos ingeniosos—. Esas son buenas gentes. Gentes pobres, sin mala onda. Pero no olvides algo: en esos pueblos apenas si llegaron los españoles, apenas si llegó la independencia, apenas si llegó la revolución, apenas si llegó Internet. Nomás llego la Coca-Cola, que está en todas partes.
Antes de despedirme, le pregunté a Román, creo que solidariamente, por la lucha de los campesinos.
—Iremos a juicio dentro de unos meses. Estamos buscando un buen abogado.
Y aproveché también para preguntarle por Quezada. Román sólo sabía, por la prensa, que se rumoreaba que iba a dimitir próximamente para dedicarse por completo a sus negocios. Pensé que el rumor tenía fundamento, y así lo dije, sin entrar en más detalles.
—Pero dime, ¿para qué quieres encontrar al gringo? –insistió Judith—. No sé si es bueno que se regrese a Cholula. No podemos volver a contratarle. Villalobos no lo aprobaría nunca. Y quién sabe si no sea demasiado peligroso dejarse ver por Cholula. Vas a buscarla a ella, ¿verdad?
Había decidido no darles muchas explicaciones, en parte porque eso me hubiera obligado a hablarles del inverosímil Nilsson, y no sé si yo hubiera sido buen narrador de ese relato. Preferí hacer un sumario y centrarme en la enfermedad de la hermana de Lombard. Pero era evidente que Judith desconfiaba de mis aclaraciones.
Me despedí de ellos de manera solemne, como si los tres asumiéramos internamente que mi viaje era mucho más que una excursión turística y que la separación podía acabar siendo larga. Incluso Román pareció concederme por fin algo de respeto y sentí que disculpaba mi intrínseca tosquedad española. Se despidió de mí con seriedad viril, casi castrense, abrazándome de un modo que me pareció sincero.
Dos días después, un sábado, salí temprano en autobús hasta un hermoso pueblito llamado Cuetzalan, en el que el negocio turístico funciona de forma bastante eficiente y en el que incluso no es difícil ver curiosidades inolvidables como los famosos Voladores de Papantla. Allí desayuné y busqué a un taxista que estuviera dispuesto a ser mi chófer durante un día o quizá más de uno. Tuve que negociar duramente y regatear mucho, cosa a la que nunca había podido acostumbrarme bien en México, por culpa, sin duda, de nuestra educación europea tan contractual y leguleya.
—Señor, en esa carretera hay asaltos… Se pone refeo… Tendríamos que regresar antes de que se haga de noche…
Le convencí por mil pesos y salimos de viaje.
Entramos en la sierra. En Cuetzalan ya se pierden de vista los volcanes, lo que en cierto modo garantiza que se entra en otra parte muy distinta del estado de Puebla, mucho más indígena y menos colonial, de clima húmedo y frondosidad. El taxista, taciturno, se limitó a conducir y me permitió observar y reflexionar en silencio. La carretera era, sorprendentemente, de buena calidad, aunque serpenteaba de una forma poco recomendable para el aparato digestivo. Como auguró Román, la mayor parte de los signos de la sociedad desarrollada se iban desvaneciendo, con la excepción de los enormes carteles de Coca-Cola, alguna sorprendente y casi exótica antena parabólica, y algún anuncio infame de propaganda del gobierno del estado, presumiendo con cínico orgullo de logros como que casi toda la población tenía acceso a la electricidad. Pasamos apenas un par de pueblitos en media hora, y entre uno y otro sólo vimos un restaurante de carretera y dos o tres talleres, de apariencia poco fiable, de reparación de coches.
Yo seguía nuestra trayectoria con un mapa, para asegurarme de que el taxista no cometía errores en regiones que probablemente no conocía muy bien. Sentía, desde luego, una inevitable curiosidad turística, a pesar de que ya conocía lugares recónditos en Oaxaca y en Chiapas, como la memorable iglesia de San Juan Chamula donde los paisanos rezan precisamente con latas de Coca-Cola para, según me dijeron otros turistas no sé si bien documentados, eructar y expulsar malos espíritus. Pero también sentía, como en esas otras ocasiones, una especie de desconfianza ante mi propia vulgaridad de viajero estándar, ante las etnosensaciones ya fuertemente codificadas y ritualizadas por tantos y tantos relatos previos al mío. El viajero por México es casi un burócrata de la experiencia turística y cambiar las reglas parece muy difícil también para alguien como yo, tan europeo de mala conciencia a mi pesar.
Antes de llegar a nuestro destino, nos encontramos con lo que parecía un poco agresivo retén. Media docena de chicos adolescentes o menores aún se habían situado a ambos lados de la carretera y en cada uno sujetaban el extremo de una cuerda. El taxista frenó y negoció con ellos en voz bajísima. Finalmente, les dio un billete, creo que de no más que veinte pesos, y soltaron la cuerda. Noté que todos me miraban con ajenidad, tal vez con una mezcla de curiosidad y menosprecio. De cualquier modo, les dediqué una sonrisa y me esforcé, aunque fuera un esfuerzo fugaz, por no parecer un asqueroso turista rico.
 Unos minutos después encontramos el pueblo. Era, efectivamente, un rincón remoto, que, por comparación, convertía la mugrosa Cholula en un foco de avances sociales y desarrollo urbanístico. En seguida llegamos al zócalo del pueblo, con su mercado, su iglesia, su miniparque y su presidencia municipal, y la mayor variedad de color del pueblo, sobre todo por las abundantes guirnaldas con los tres colores de la bandera mexicana, que enlazaban balcones de las primeras plantas así como algunos árboles del zócalo. Probablemente había habido en fecha reciente algún evento político que había servido para llenar el pueblo de insensata esperanza patriótica, o tal vez se trató de una fiesta local para conmemorar al santo oficial. De cualquier modo, la armonía de la decoración tricolor intentaba mantener un cierto efecto festivo, y quizá el efecto seguía funcionando. A partir de ese zócalo enérgicamente nacional, el pueblo se extendía en calles empinadas casi siempre sin asfaltar y pequeñas casas blancas de improvisada construcción, muchas con tejados triangulares de tono rojizo. Con todo, el hecho de que no se tratara de un pueblo polvoriento sino más bien fresco lo volvía algo más hospitalario de lo que me había augurado Román.
El taxista aparcó el coche frente a la presidencia municipal, y nada más bajarme y echar un primer vistazo alrededor comprendí que yo era el único güero que en ese momento podía estar pisando el lugar, salvo, tal vez y ojalá, Lombard; eso sí, yo le ganaba con mi palidez de queso panela. Procuré, como tantas otras veces, controlar mis típicos aspavientos de español pomposo y confirmé que había sido una buena idea no llevar conmigo ninguna cámara de fotos, ni ningún otro objeto enfático de turista impertinente. Los lugareños nos miraron silenciosamente al principio, quizá apostando para sus adentros sobre el motivo de nuestra llegada, pero pronto volvieron a sus rutinas, no muy estresantes, por lo que me pareció deducir. Sólo una niña de grandes ojos negros me siguió observando durante unos instantes, como dudando de mi condición zoológica; le sonreí y la saludé moviendo los labios sin hablar. Me miró fijamente, desoyendo las llamadas de su madre, hasta que finalmente me aceptó dentro de los seres buenos del universo y se rió de mis payasadas.
Me pregunté si el gobernador del estado, tan aficionado al regocijo de determinadas fiestas de cumpleaños, había pisado alguna vez un pueblo como ese. Me pregunté si había alguna escuela o si los niños, como otras veces había visto con mis propios ojos, tenían que viajar hasta la escuela haciendo autostop, peleándose entre ellos por conseguir meterse en el primer coche que pasara cerca. Me pregunté cómo sería el cementerio, si lo había. Comprobada la dejación del Estado, me pregunté incluso si ese pueblo no estaría mejor rodeado de alguna plantación de marihuana, aunque el precio moral fuera ceder al macabro poder de los narcotraficantes.
El pueblo era, desde luego, manifiestamente pobre, buñuelescamente, diría yo; pero la realidad parecía ser asumida con una resignación no neurótica, aunque desde luego sí famélica. Su demografía era fácil de identificar: pocos ancianos hombres por culpa de la baja esperanza de vida, tampoco demasiados hombres en edad trabajadora por culpa de la emigración, y sí bastantes mujeres, adultas o ancianas o en una edad ambigua con fundas doradas en algunos dientes y rostros serios, inhibidos y agrietados. El apego a las tradiciones era visible e incluso escuché conversaciones en alguna lengua indígena. Podría sintetizarlo todo en un balance melancólico, pero creo que la tristeza no era, a pesar de todo, la cualidad esencial del pueblo, sino sólo un suplemento aportado por mi mirada externa. Quizá esa cualidad esencial podría ser, en realidad, la pequeñez o la estrechez, tan polisémica y aplicable a casi todo, fueran casas, calles, sueños, discursos o intimidades. Eso sí, todo el conjunto, en definitiva, era una perfecta némesis antihedonista y precarizada de las bacanales plutócratas de Quezada y sus amigos, francos delincuentes o simples canallas explotadores, tan patriotas pero tan incapaces de ceder ni uno de sus privilegios a cambio de una mínima compensación en forma de justicia social. Una vez más, odié a los ricos, odié especialmente a los ricos mexicanos, y me odié provisionalmente a mí mismo por haber parecido rico alguna vez.
La gente del pueblo enseguida se portó conmigo con la habitual amabilidad, tan tierna y susurrante, de casi todo México, y, sin paternalismos, me limité a respetar la humildad como código de los anfitriones. Busqué un bar e invité al taxista a comer chalupas mientras pensaba cómo iba a actuar para encontrar a Lombard y a Sor Juana.
Con discreción y casi de pasada, pregunté al camarero si conocía a algún gringo que se hubiera instalado en el pueblo. Creo que subestimé la discreción del camarero; estoy seguro de que conocía a Lombard, pero respondió tenazmente lo contrario. Entonces me di cuenta de que, absurdamente, yo había confiado en una especie de azar rayuelesco-cortazariano que me llevaría a encontrar de manera inevitable a Sor Juana Pero posiblemente no sería nada fácil y tal vez tendría que volver más en más de una ocasión a ese pueblito. Decidí que pasearía por el pueblo durante el día y que, si no había señales de mis amigos, volvería con el taxista a Cuetzalan para pasar la noche en alguno de sus hoteles. El taxista, mientras tanto, se quedó durmiendo en el interior de su vehículo.
Paseé durante varias horas por el pueblo, buscando alguna artesanía local entre cerveza y cerveza. Creí alguna vez divisar a Lombard: era, evidentemente, una ilusión fruto de la alianza entre ansiedad y miopía. Visité la iglesia, que no tenía, a mi juicio, nada arquitectónicamente especial; una sobria fachada, una portada inconclusa y sólo algunos azulejos poblanos seguramente más modernos. Pero no me quedó duda de la importancia del templo; el sacerdote, ceñudo y firme, me miró como diciéndome: “esto no es un monumento turístico; aquí se viene a rezar”. Procuré ser respetuoso y evitar que mi olor ateo a azufre causara problemas.
El virus alienante de la sociedad de consumo, con sus necesidades, sus placeres engañosos y sus urgencias, empezó a hacerme sufrir a eso de las siete de la tarde, coincidiendo con un descenso de la temperatura ambiental. Me aburría más que el taxista y pensé que todo el viaje había sido finalmente sólo una pseudoaventura creada por mi imaginación y tal vez por los disparates del sueco mesiánico. Entré en una tienda de abarrotes a una manzana del zócalo para comprar algo que me despertase a base de gas y cafeína y bebí una lata justo delante del establecimiento, distraído y quizá también melancólico. Y entonces sucedió lo que llamaré hiperbólicamente el milagro. Al otro lado de la calle, Sor Juana caminaba también distraída. No la reconocí inmediatamente; el proceso fue más complejo. Diría que hubo tres momentos, tal vez en sólo un segundo: en el primero, la reconocí por su rostro, menos indígena que el contexto y por eso más llamativo para mis ojos; en el segundo, pensé que la vista otra vez me engañaba y deduje que no era ella porque llevaba a un bebé en su pecho arrebozado en mantas; en el tercero, confirmé que sí era ella porque no podía ser de otro modo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario