lunes, 2 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LIII)


ME ABALANCÉ SOBRE ELLA

con el énfasis de la mayor alegría que había tenido en los últimos tiempos y casi la asusté. Nos saludamos torpemente, algo acelerados los dos por la sorpresa, y forcé un beso en la mejilla al ver que el abrazo era imposible por la presencia del bebé. Dediqué los segundos siguientes a contemplarla de arriba abajo y a preparar algún elogio de su aspecto. No necesité mentir: estaba tan hermosa como siempre, aunque su apariencia fuera tan distinta. Sor Juana había mimetizado bien las costumbres locales y había abandonado su look coqueto y levemente transgresor para simular que nunca había pisado unos grandes almacenes. Podría decir que había madurado o envejecido en todo ese tiempo, pero creo que lo había hecho sólo en la misma medida que yo.
Su desconcierto inicial fue, sin duda, tan grande como el mío. Sólo que mi desconcierto era gozoso, intenso, como en los escalofríos del amor adolescente y las primeras citas, y yo no sabía si ella sentía algo equivalente.
—Pero ¿qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? –preguntó, mirando a su alrededor como con un celo excesivo, lo que me hizo desconfiar.
—Consulté al oráculo…
—Ay, pinche Nilsson… Qué chismoso.
Reímos los dos y creo que ese momento cómplice, unísono, nos relajó a ambos.
—Te presento a Daniel –me dijo descubriendo el rostro abrigado del bebé—. Ya ves que mi vida ha cambiado bastante.
El bebé tenía apenas unos meses. Le acaricié la carita somnolienta y luego me fijé en el rostro de la madre: sonriente y diríase que feliz. Me dijo que tenía que comprar algo de comida y me pidió que la acompañara.
—Tenemos mucho de qué hablar –dije yo, o ella, quién sabe.
—Qué milagro –dije yo, o ella, quién sabe.
Entramos en la tienda y esperamos a que hiciera las compras antes de empezar a ponernos al día. Aunque parecía desenvolverse muy bien con el bebé, me ofrecí, naturalmente, a cargar con todo.
—Jeff tiene chamba en Yohualichan. Da clases de inglés. Regresará al rato.
Interpreté sus palabras de manera positiva, como si el mensaje oculto fuera que Lombard, sin duda, se alegraría de verme. Ciertamente, yo no había pensado que también habría podido ser lo opuesto: que Lombard se molestara con mi llegada o la interpretara de algún modo hostil.
Salimos y Sor Juana me señaló el camino por una calle informe y sin apenas tráfico.
— Hay que caminar tantito. Unos diez minutos.
En ese trayecto apareció por fin la incomodidad; ella le dedicó mimos a su hijo y yo opté por guardar silencio para no parecer demasiado inquisitivo o impaciente. Pero al cabo de un par de minutos, y después de varios saludos a gente del pueblo, Sor Juana, sin que se lo preguntara, empezó a resumirme su voluntario exilio. Habían llegado a ese pueblo casi azarosamente; ella lo recordaba de alguna antigua excursión juvenil a las comunidades indígenas y, sin otra justificación, decidieron instalarse allí con los ahorros de Lombard, que, al parecer, eran bastante sustanciosos después de tantos años de profesor sin cargas familiares ni otros gastos aparte de las drogas y el alcohol de la noche cholulteca.
Tras el primer impacto emocional, muy estimulante, de la nueva vida, llegaron las asperezas de la vida subdesarrollada, allí donde la globalización apenas llega, o llega sólo como deyección de productos superfluos de consumo masivo. Pero Sor Juana no parecía arrepentida de nada:
—Me hice una limpia de mi pasado fresa…¡Así ya no podrás estar fregando con mi origen social! Te quedaste sin argumentos, Álex. Ahora te toca a ti, tan comunista que eres.
Los dos encontraron trabajo dando clases de español o de inglés o de lo que fuera, aunque muchas veces los sueldos ni siquiera se cobraban, sobre todo si eran sueldos que dependían del gobierno.
—Admito que me has derrotado –ironicé, de una forma que creo que era previsible y, en cierto modo, entrañable para ella—. Para un intelectualillo de clase media yo como yo, lleno de amor y odio a la vez hacia la modernidad, todo esto es muy auténtico y espiritual. Sólo te ha faltado alojar en casa al subcomandante Marcos.
—Idiota.
—No, tonta. Has madurado. Ya no eres la señorita poblana que coqueteaba con el caos para luego regresar al bunker familiar.
—Sí, se acabaron las Atlántidas y todos los demás juegos… —sentí que me aludía con esa última palabra, pero no pude dejar de sonreírle—. ¡Aunque me caga no encontrar algunas cosas en este pinche pueblo!
—Como un carrito de bebé, supongo.
—Si apareces con un carrito de bebé, te corren del pueblito por satánico.
Luego habló del embarazo y aquí el relato se volvió impreciso y más metafórico. No hice preguntas indiscretas: fuera cual fuera el proyecto previo sobre esa maternidad, Sor Juana no dejaba lugar a dudas sobre su plenitud actual. Me pareció sincera, aunque quizá me lo pareció porque estaba especialmente sexy y vitalista, con su largo vestido blanco y sus ojos negros muy abiertos, como desacomplejados ante ese entorno austero. Pero no, no era sólo seducción: había una indiscutible coherencia en su comportamiento, que por fin veía yo con claridad. Sor Juana vivía la vida por ciclos que agotaba y exprimía rápidamente, siempre buscando más y no descansando nunca. Ella, a diferencia de mí, había cerrado clara y significativamente su ciclo de Cholula, dando un portazo monumental a las buenas costumbres y a los negocios familiares. Y había pasado a otra fase, con errores o aciertos, pero siempre con voluntad. Yo, en cambio, vengo de ninguna parte y voy a ninguna parte, y mi paso por países y ciudades es sólo una larga autopsia de mí mismo.
—Te he extrañado –le dije tras un momento de silencio que creí oportuno.
—Yo también… —dijo, jugando al desvío de las miradas—. Siento la despedida. Fueron días difíciles. Sabes que no podía seguir en Cholula.
—Lo sé. No te guardo ningún rencor. Ni a Lombard.
—Él te quiere un chingo. Y yo también.
Por fin llegamos a la casa, situada en las afueras del pueblo, al principio de un camino de tierra que se adentraba en el bosque. En la puerta, tumbado con una relajación que parecía propia de un gato, descansaba un perro al que reconocí.
—¡Villefort!
El perro no me reconoció, pero se dejó acariciar. Sor Juana me dijo que se había llevado de Cholula también a Danglars, aunque éste murió poco después de instalarse. Estuvimos de acuerdo en que el destino de Mondego, del que ni ella ni sabíamos nada desde hacía mucho, había sido seguramente penoso.
Sor Juana abrió la puerta de la casa y, entre susurros tranquilizadores al bebé, me invitó a entrar. Debo reconocer que esperaba un hogar algo peor, como una improvisada cabaña de madera en la selva. Pero, dentro de lo que cabía, la casita era un rincón acogedor y provisto con todo lo indispensable desde el punto de vista material: nevera, televisión, un horno eléctrico de dos fogones y sobre todo libros, muchos libros mal amontonados pero que sumaban más que todas las bibliotecas de la región, seguramente. Sor Juana me invitó a sentarme y pasó a ocuparse del bebé. Yo preferí dejarla en su intimidad de madre y me puse a curiosear entre los libros, la mayoría en inglés.
—¿Te gusta mi casa? –dijo después de arreglar al bebé y dejarlo en una cuna de diseño más bien artesanal.
—Para vivir, prefiero la de tu papá, sinceramente. Pero para tener experiencias místicas, supongo que ésta está mejor.
—¿Y qué dice mi papá?
—Que no respondes sus e-mails. Ha comprado una casa en San Diego y dice que podéis iros todos allá y ser felices. Dice que ya no hay peligro. Que ha hecho las gestiones necesarias para garantizar tu seguridad. No puedo ser más preciso porque no me dijo mucho más. Ya sabes: tu padre es muy ambiguo.
—¿Por eso has venido hasta acá? ¿Para decirme que todo está arreglado?
—No. Vengo porque tengo un mensaje para Jeff.
—¡No mames! ¿De quién?
Vi el susto en su rostro y me apresuré a tranquilizarla con todos mis recursos.
—Tranquila, no es el mensaje que podríais temer… Creo que es una buena noticia. Bueno, en realidad no lo es, pero pienso que le ayudará. No puedo explicártelo todavía. Es sobre su familia. Quieren ponerse en contacto con él.
—Ah, su familia… Sigue sin hablar de eso. Ni siquiera cuando nació Daniel.
Se disculpó porque era la hora del pecho para el bebé.
—No tenemos cerveza. Jeff ya no toma. Y yo tampoco.
—Os puedo perdonar todo este teatro de vida natural y genuina, pero la ausencia de alcohol es intolerable.

—Ni modo, todo cambió… Está chida la vida acá, pero es difícil. ¿Sabes? Creo que ya me quiero regresar.  Pero no sé cómo decírselo a Jeff.

2 comentarios:

  1. He estado leyendo la novela con mucho interés, porque estuve en una universidad muy parecida en ese lugar poco antes de esa fecha. Gracias por escribirla y compartirla acá. Me parece que faltan el LI y LII.

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    1. ¡Gracias a ti por leerla! Efectivamente, hubo un problema técnico con los capítulos, que ya está resuelto.

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