domingo, 1 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LIV)


ECHÉ UN VISTAZO POR LA VENTANA; 

pronto oscurecería y yo no había avisado al taxista. Pero no pude ni siquiera empezar a angustiarme; sentía una embriaguez tan perfecta que me hizo olvidar ese resentimiento perpetuo que me acompaña como una úlcera. Fueron minutos de utopía cristalizada, sí: un nudo complejo y duro se había deshecho con suavidad, con un solo y elegante estirón. Por primera vez en muchos años (quizá en todos mis años), mi vida tenía una utilidad objetiva, comprobable, inapelable. Por primera vez había algo más en mí que mi sistemática ruina. Mi egoísmo quedaba lejos.
Sor Juana, maravillosamente reconvertida en proyecto de matriarca, había minimizado en segundos todos mis delirios, mis afanes de superioridad, mis teorías, tan permanentes como falibles. Vagamente invencible, al decir de Neruda, me enseñó el sitio al que debería pertenecer.
—Jeff es duro, más de lo que crees… Y le gusta mucho esta vida aislada e incómoda. Se siente pleno, realizado, libre. Yo también, pero ahorita, con el bebé, él está muy nervioso. Demasiado nervioso. Desde que nació, la convivencia ha sido más difícil. Se altera con todo lo que le pasa al bebé, sufre mucho con cualquier riesgo de enfermedad, con cualquier posible peligro por muy tonto que sea. Sufre mucho más que yo, y eso no es normal. Creo que pronto querré regresarme. En verdad, no quiero que aquí crezca Daniel. Todo está lindo, pero no soy tan insensata como para condenar a mi hijo a vivir aquí sólo por mi capricho y mi rebeldía. El problema es que Jeff no quiere ni oír hablar de salir de aquí. Carajo, quiero un poco de civilización. ¡No la pinche riqueza de la aristocracia, pero algo que no sea esta pobreza! Ojalá y tú puedas convencerlo…
—Puede que todo se arregle antes de lo que esperas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a ser optimista.
—Tú nunca has sido optimista. Me estás asustando.
Dejamos la conversación en ese registro irónico y unos minutos después entró Lombard, jadeante. Se sorprendió de mi presencia y hubo unos instantes tensos, hasta que yo repetí la broma del alcohol y Lombard se lanzó a abrazarme.
—Joder, os habéis escondido bien –le dije—. Ni el National Geographic llega hasta esta región.
Lombard sí se había avejentado notoriamente. Había perdido peso y tenía unas manchitas oscuras en el rostro que le daban un aire enfermo. Pero mentalmente parecía muy sano, enérgico incluso, lejos de la indolencia de la marihuana y más cerca de la rutina de leñador o agricultor.
Tardamos unos instantes en organizar el diálogo sin expresiones de duda o sorpresa.
—Cuéntame, ¿qué dice Cholula, la ciudad milenaria?
—Murió Magallanes…
—Chale…
—Se le reventó una variz en el esófago y se desangró por culpa de la cirrosis. En los últimos tiempos ya estaba bastante mal. Ahora nos toca a nosotros hacer un congreso de homenaje. A ver de dónde sacamos el dinero.
—¿Y Judith?
—Ya sabes, como siempre. Esforzándose por que todo funcione sin darse cuenta de que todo funciona por casualidad. Cada día ve más claro que nos van a cerrar la licenciatura. Además, tiene que pelear con el cretino de Villalobos. Mi compatriota ha enloquecido definitivamente. Se ha convertido en detective y se pasa el tiempo investigando los atentados del 11-M. Interviene en foros de internet, escribe artículos, envía correos a toda la universidad. Dice que le persiguen y que teme por su vida. Que el gobierno de Zapatero va a enviar a la policía a detenerle. Incomprensiblemente, nadie se atreve a destituirle de su puesto de decano.
—What the fuck! Pinche pendejo… Hasta eso, qué sabrá él de persecuciones. Que hable del crimen organizado, a ver si se atreve. ¿Y el Niño Genio?
—Se fue a Estados Unidos y ya se olvidó de nosotros. Pero sé que va a todo tipo de congresos y que ha iniciado su carrera académica. Pronto tendrá su tenure-track, ganará más dinero que nosotros y luchará por tener siempre la última palabra sobre América Latina.
—¿El Culero?
—No hemos sabido nada más de él. Se fue al Norte con su familia de hijos de puta, al parecer. Pero sé que un hermano pequeño estudia economía en nuestra querida universidad. Hay que aprender a blanquear los negocios de la familia.
Seguimos el repaso de nombres y figuras locales, hasta que me di cuenta de que ya estaba oscureciendo y decidí apresurarme, aprovechando que Sor Juana estaba en la cocina y tal vez no podría escucharme si yo conseguía bajar el tono de voz.
—Jeff, he venido en un taxi que me está esperando y tengo que avisarle.
—Te diría que te quedaras a dormir, pero no tenemos recámara de invitados.
—Lo sé, no te preocupes. Escúchame, he venido hasta aquí por algo importante… En Cholula conocí a un hombre que te estaba buscando. Se llama Christopher Lawson.
La nueva sorpresa de Lombard fue mucho más intensa que la de hacía sólo unos minutos; se quedó boquiabierto y empezó a acariciarse la barba de un modo que podía considerarse compulsivo, casi arañándola. Pensé que la culpabilidad, esa culpabilidad antigua e inolvidable a la vez, estaba creciendo en su interior y que pronto se ahogaría de algún modo. Yo le miré tranquilizadoramente e incluso me acerqué para ponerle una mano en el hombro, tratando de que entendiera que su secreto estaba a salvo conmigo, si él así lo quería.
—Me dio una carta para ti –dije en el mismo tono de voz—. Creo que es muy importante que la leas.
Saqué la carta del bolsillo interior de mi cazadora y sentí, básicamente, que por fin había cumplido una misión en la vida. Una misión modesta, pero en todo caso superior a todos mis anteriores esfuerzos por hacer algo de valor en el mundo, incluidos mis cuentos sobre Heidegger o mis estúpidas clases sobre novela española de la democracia. Lombard, todavía mudo, recibió la carta y la sostuvo en su mano sin abrirla, en una actitud que entendí de autocontrol ante un objeto que le inspiraba un miedo colosal. Concentrado pero sin duda vulnerable, asintió en un gesto de agradecimiento, aunque optó por mantener cerrado el sobre y sacudirlo varias veces contra la palma de la otra mano. Pensé que el asunto requería de intimidad y que mi presencia sólo podía estorbar.
—Esta noche me quedaré en Cuetzalan a dormir –dije ya en otro tono de voz, para que Sor Juana me oyera—. Puedo regresar mañana y hablamos con calma.
—Sí, por favor –intervino Sor Juana, desde la cocina. Lombard asintió mientras intentaba recomponerse. Parecía pensar dónde esconder la carta.

Yo no quería irme, desde luego. Sin celos ni rencores, nuestro reencuentro había sido inesperadamente plácido para los tres, fácil, como una lección elemental de vida. Ellos eran la Familia y yo era el Huésped; y en cierto modo, todo era armónico, equilibrado, con límites justos y seguros para los tres. Éramos un teorema perfecto, como si los tres hubiéramos descartado nuestros respectivos suicidios al mismo tiempo.

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