domingo, 15 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLIII)


DETRÁS DE LA ALAMBRADA

—Doctor, buenos días. Vengo de parte del licenciado Quezada, que quiere invitarlo a comer hoy. No se preocupe, yo lo llevo y lo regreso después.
El guarura, y también chófer, había entrado educada e incluso sumisamente en mi despacho, sobrepasado por la solemnidad de las instituciones de esa educación superior a la que él desde luego nunca había podido acceder. No recordaba su rostro de la fiesta de cumpleaños, pero respondía al perfil común de todos los guaruras de aquel equipo: forzudo y recio, aunque más grasiento que fibroso, con bigote autóctono y monótono traje gris sobre una camisa blanca.
Le dije que aceptaba la invitación. No me sorprendía la propuesta, en realidad; hacía tiempo que esperaba algún tipo de comunicación por parte de Quezada. Habían pasado ya más de tres meses desde la marcha de Sor Juana y Lombard; ninguno de los dos se había puesto en contacto conmigo y yo no tenía ninguna idea de dónde podían estar. Lo único que sabía con cierta seguridad era que no estaban ya en Cholula. Aunque no eran los únicos que habían desaparecido de mi entorno cholulteca: el vigilante risueño también se había desvanecido después de haberme robado. Fue él quien desvalijó mi casa, en contra de mi paranoica hipótesis inicial, vinculada a Sor Juana y a su padre; no sé qué esperaba el vigilante encontrar en mi casa y con qué expectativas planeó el robo, pero desapareció, con su mujer y su hijito, aquel mismo día de mi regreso de España. El casero hizo una rápida investigación y entre los dos atamos cabos pronto. Al parecer, alguna de mis pertenencias (no sé si de las eróticas o de las no eróticas) había aparecido en la Fayuca, el mercado de las cosas robadas. Me pregunto si fue una venganza del vigilante por mi arrogante vida nocturna; pienso que quizá me odió siempre y me vio como lo que nunca creí que podría ser yo: un niño rico blanco. Sea como sea, el vigilante pasó por mi vida sin que llegara a saber su nombre, o tal vez lo supe y lo olvidé. Pasó por mi vida como una praxis de ese resentimiento sobre el cual yo he teorizado, predicado y creado ejemplos. Ni siquiera reuní fuerzas para denunciarlo a la policía, y en un último acto de soberbia eurocéntrica por mi parte, intenté darle un sentido útil, semiliterario, a la experiencia.
Lo de Lombard tuvo más consecuencias prácticas: su deserción colapsó al departamento y, más allá de lo personal, tardamos en habituarnos profesionalmente a su ausencia. Todo en su huida fue, al parecer, precipitado: ni siquiera había recogido los libros y papeles de su despacho, que todavía no había ocupado ningún sustituto. Judith estaba intentando conseguir un contrato para que el Niño Genio ocupara ese puesto, pero no parecía probable. Mientras tanto, entre Judith y yo tuvimos que hacernos cargo de esos cursos. Magallanes, cada vez de peor humor, se negó a apoyarnos en esa situación.
Por lo demás, los días pasaban entre oscilaciones de borrachera y resaca. Me dedicaba a salir casi siempre con Magallanes (que a pesar de todo era, prácticamente, mi único apoyo), y a veces a beber solo en el bar Reforma. Pero hice cosas mucho peores, desde todos los puntos de vista: abandoné cualquier forma de productividad intelectual, perdí la motivación docente (con lo que empecé a ganarme la antipatía de los nuevos estudiantes), me aficioné a jugar peligrosamente con pastillas que me recetaban psiquiatras de dudosa titulación en universidades mediocres, visité lugares sórdidos donde hice extraños amigos y amigas que apenas recordaba después, pasé a ducharme un par de veces por semana, o menos.
El chófer me recogió al salir de clase y me aseguró que me llevaría de regreso para cumplir con la última clase de la tarde. Llegué así otra vez a la lujosa casa del barrio de Zavaleta, aunque ahora ya no tenía yo la curiosidad sociológica de la primera visita.  Me abrió la puerta la misma criada, con el mismo uniforme negro. Frente a la puerta principal, dentro de un coche, noté la presencia, algo aburrida, de los que sin duda eran otros dos guardaespaldas.
El licenciado Quezada me esperaba escuchando música en el jardín, donde había instalado una mesa para comer. La criada me ofreció algo de beber y dudé entre un tequila y una cerveza. Por una vez, el fantasma de Malcolm Lowry me dio tregua y conseguí pedir una cerveza.
Quezada me saludó afectuosamente, sin aparente rencor ni agresividad. Pensé que le notaría algún tipo de desgaste a primera vista, pero parecía bastante tranquilo, incluso relajado, y seguramente ayudaba a esa imagen la guayabera blanca que vestía. Lo primero que hizo fue disculparse innecesariamente por la ausencia de su esposa en la comida. Dijo que la acababan de operar y no estaba en condiciones de recibir visitas. Educadamente, me preocupé por su salud.
—Ah, no, no es nada grave. Ya sabes, operaciones de mujeres…
Entendí que se trataba de cirugía estética y pensé fugazmente qué tipo de madre se dedica a operarse la nariz o la barriga o las tetas mientras su hija está perdida sin dar señales de vida. Supuse que se trataba de una evasión emocional, pero eso no me impidió sentir por ella una profunda antipatía, digna quizá del exvigilante ladrón de mi casa.
Postergamos bastante rato el tema esencial y nos entretuvimos hablando, entre otras cosas, de algunas anécdotas políticas sobre Andrés Manuel López Obrador. También me comentó alguno de sus proyectos empresariales actuales, como la construcción de un campo de golf. No habló de Momoxpan y yo no me atreví a sacar el tema. Quezada escuchó mis opiniones políticas de extranjero e incluso compartió alguna, creo que con hipocresía. Infructuosamente, traté de parecer tranquilo, pero sospecho que él sí vio en mí un desgaste, ese declive incluso físico de mis últimas semanas erráticas e imprudentes. Me preguntó si quería vino para comer; como respondí con un sí, llamó a la criada para pedirle que trajera dos botellas de la bodega.
—Tú eres español, sabes de vinos. Elige tú, por favor, el que más te guste.
No conocía ninguna de las dos marcas, lo que me hizo suponer que realmente eran buenos vinos, fuera de mi alcance económico en España. Elegí el Rioja, sin otro motivo que una falsa fidelidad regional. Y el silencio posterior fue la última pausa antes de abordar el tema.
—¿Sabes algo de mi hija?
Negué con la cabeza, incapaz de elegir entre las diferentes respuestas que había ensayado mentalmente en el trayecto con el chofer. En eso, la criada apareció para servirnos los platos de un mole poblano con apariencia estupenda.
—¿Nada? ¿Ni una llamada, ni un e-mail? –volví a negar en silencio—. Híjoles… A nosotros nos ha escrito dos veces. Dice que está bien, que es feliz con el gringo, que está empezando una nueva vida, pero que no nos va a decir dónde vive ahora. He hablado con policías de mi máxima confianza para que averigüen dónde envió esos e-mails, pero no ha sido suficiente. Uno lo envió desde Veracruz y el otro desde un hotel de Palenque. Es probable que haya estado haciendo turismo. Pero no la hemos encontrado. Es evidente que no quiere volver con nosotros. Lo entiendo, chingados, lo entiendo, porque está cabrón. Pero no quiero que viva de esa manera, como una vagabunda. No he trabajado todos estos años para darle ese tipo de vida a mi hija. He conseguido una importante posición, un patrimonio, un respeto social que quiero que hereden mis hijos. Todos mis hijos, ya me entiendes. Por eso deseo que ella tenga lo mejor. Porque además se lo merece. ¿No crees? Imagino que la extrañas.
—Sí, mucho.
—Yo pensé que ustedes dos realmente tendrían algo, algo duradero, quiero decir. Nunca pensé que se iría con ese gringo. No te estoy reprochando nada. Creo que hiciste lo que pudiste. Sé que mi hija es difícil, lo sé perfectamente. Pero dime una cosa: ¿odias al gringo?
—No, la verdad es que no –respondí, y lo hice con sinceridad.
—¿Crees que mi hija se pondrá en contacto contigo algún día?
—Eso espero.
—Pues si lo hace, por favor, dile que puede regresarse a casa. Antes no podía, era demasiado peligroso, pero ahora sí. He hecho lo que tenía que hacer y creo que eso garantiza que ella pueda regresar. No sé cuándo volverá a hablar conmigo, y además puede que no me crea. Por eso quiero este último favor de tu parte.
No parecía sincero, aunque seguramente lo era, y no lo parecía porque hablaba con la impostación de un determinado tipo universal de políticos, acostumbrados a medir las palabras y a calcular los silencios. Ya no era el borracho parlanchín y vulnerable de la fiesta de cumpleaños, sino el pragmático y camaleónico fiscal de sangre fría y voracidad empresarial, que con seguridad había aprovechado la política para llenarse los bolsillos ilegalmente o como mínimo inmoralmente con sus múltiples negocios.
—Sí, Alejandro… Tienes razón en lo que estás pensando. He cedido, y espero no arrepentirme.
Nada cambió en su rostro mientras hacía la confesión; apenas se regocijó con las bondades de su primer bocado del pollo enmolado. De hecho, pensé que esa era una prueba de su ego monumental: la capacidad de exhibir su victimismo y controlarlo con un discurso templado y sobrio.
—Se acabó, ya no voy a luchar más. No voy a jugar a Elliott Ness. Lo siento, que otros salven a México. Yo tengo que proteger lo que he conseguido: mi familia, mis negocios, todo esto que ves y que me hace sentir orgulloso.
—Eso significa que han ganado, ¿verdad?
—Me temo que en este país siempre ganan. Es muy difícil, Alejandro… Yo mismo he cometido errores, errores graves. A veces te asocias con gentes que parecen respetables y luego son criminales. Pero es que México es así, y tardará mucho en cambiar. Quizá cuando los Estados Unidos o España nos conquisten…
—¿Y el gringo?
—El gringo… Sí, ese es un problema. Debería huir del país. Si se queda, quién sabe lo que pueda pasar. Además, les resultaría muy fácil, porque es un gringo ilegal, ¿sabías? Es curioso; Estados Unidos está lleno de mexicanos ilegales, pero aquí tenemos también a un gringo ilegal. No he podido ni siquiera averiguar su nombre real. Ni modo… Lo que hizo es para ellos intolerable, aunque tuviera toda la razón. Pero compréndelo, no voy a vender mi alma al diablo por un pinche gringo. Por mi hija, sí. Pero no por un gringo.
 —Ojalá podamos volver a estar todos aquí, como en los buenos tiempos.
—Los buenos tiempos no volverán, te lo aseguro.
La criada apareció para servirnos, aunque no la necesitábamos para nada, y en ese momento pensé preguntar a Quezada, malévolamente, si la pobre criada era también culpable del caos mexicano. Pero me venció la educación poblana, y me limité a darle la razón con un monosílabo. Empezamos a comer y yo me callé las preguntas que quizá debería haberle hecho, sobre cuántas vidas iba a costar esa decisión de Quezada a medio o largo plazo. Vidas de inocentes castigados por la ineptitud y la cobardía de los políticos.
Quezada me ofreció un brindis casi disculpándose por haber probado ya el vino:
—Por mi hija… —brindamos y bebimos—. Encuéntrala y tráela a casa. Por favor.

 Saboreé momentáneamente su impotencia y sentí la tentación de restregarle por la cara la fatuidad de todo su poder y sus recursos legales y no legales, y demostrarle así cuál era la altura moral de toda su jerarquía; podría, incluso, haberle sermoneado impunemente, porque sé que, por educación o por culpabilidad, no me hubiera replicado. Pero le perdoné y hablé poco, sin siquiera ironizar maliciosamente ni una sola vez en el resto de la comida; no sólo porque deduje que, a pesar de todo, era evidente que había sufrido en esos últimos tiempos, y porque me merece respeto un sentimiento que sólo he podido intuir en otros (el miedo a perder a una hija), sino porque me pareció excesivo el papel de justiciero para alguien como yo, con más de cronista que de héroe épico. Lo cierto es que yo no soy Pike Bishop; ni siquiera llego a Jeff Lombard.

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