sábado, 14 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLIV)


LA GUARDIA NOCTURNA

“Ya sé que soy anacrónico. Soy un reloj de sol olvidado en el fondo de un armario”.
En aquellos meses horribles de incertidumbre y nostalgia, de ahogo en Cholula, comprendí más y mejor a Miguel Magallanes, que se convirtió en mi compañía más habitual. Su amargura me sirvió de modelo, porque Magallanes era un gigante, un doctor honoris causa del resentimiento, resentimiento que acompasaba con dosis incuestionables de lucidez y presagios de derrota inminente. Creo que de algún modo los dos convinimos implícitamente en que se convirtiera en algo así como tutor de mi fracaso y mi soledad una vez que me quedé sin Sor Juana. Salíamos a cenar y a beber, nos quejábamos de todo y de todos y nunca cedíamos al impulso de soñar con un futuro satisfactorio. Vivíamos de forma testamentaria, quemando sistemáticamente ilusiones, creando rutinas de queja y desengaño a las que volvíamos una y otra vez: la universidad, México, España, las mujeres, los hombres, la vejez, la precariedad del cuerpo. Aprendí mucho con Magallanes, no tanto de literatura como de soledad. Su soledad, diría yo, era difícil de igualar: yo era posiblemente su único amigo o esbozo de amigo en Cholula y no conseguí pruebas de que tuviera mejores amigos fuera de aquel pueblo polvoriento.
Uno de nuestros entretenimientos más gratificantes era hacer catálogos de nuevos síndromes y enfermedades que creíamos compartir y a las que buscábamos nombres pseudocientíficos: así, por ejemplo, descubrimos la autografopatía, esa extraña ansiedad que el ciudadano del siglo XXI empieza a sentir ante su firma escrita, porque ya sabe que el tradicional pacto entre su identidad y el dibujo de la firma con su rúbrica se está desvaneciendo en el mundo digital. Magallanes me confesaba que ya sufría de una sorprendente angustia a la hora de firmar cualquier papel porque había perdido la capacidad para repetir exactamente la firma y siempre le salía distinta e impredecible, con lo que eso tenía de metáfora existencial y riesgo legal. Yo le daba la razón y le enseñaba mi penosa firma, que sigue siendo más o menos la misma de cuando me hice el primer carné de identidad, con catorce años y el incipiente bigotillo de pelusas negras. Y nos reíamos pensando nuestras respectivas identidades se estaban disolviendo en el magma de la nueva realidad digital.
Recuerdo que también inventamos la obitoneurosis, otra enfermedad que será pandemia del siglo XXI: ese sufrimiento especial al revisar obituarios en los medios de comunicación, porque en el mundo global las necrológicas son masivas y el “¿te has enterado de quién se ha muerto?” de la antigua sociedad rural se ha transformado en una especie de castigo hipertextual diario, con algo de gota malaya. La sociedad de la información es, ante todo, información sobre la muerte. Todos se van muriendo, decía Magallanes, se muere la familia, pero sobre todo se mueren muchos que no conocimos personalmente y, sin embargo, ocupan un puesto decisivo en nuestra memoria: los ídolos literarios, musicales, políticos, futbolísticos. Se mueren todas las referencias de tu biografía, e incluso se mueren otros más jóvenes, y la necrológica se convierte en una verdadera obsesión. Minuciosamente, cada día vas asistiendo al aniquilamiento progresivo y bien documentado de toda tu enciclopedia vital. Y ese, pensábamos Magallanes y yo, es un buen motivo para emborracharse.
Sí, de algún modo (no secreto, pero sí oscuro), yo compartía demasiado con Magallanes, más que con Lombard. Los tres seguíamos el curioso magnetismo de los que huyen: con la brújula que te dice que el miedo está al sur y por tanto hay que viajar al norte. Pero Magallanes y yo compartíamos algo más específico: el mesianismo del creador, la genética tramposa de los que se creen elegidos. Debo reconocer que le envidiaba su alucinación kafkiana en Barcelona, porque, aun siendo delirante, era una experiencia más entusiasta que todas las búsquedas sobrenaturales de mi vida. Al menos Magallanes había apostado toda a su vida a una carta, aunque evidentemente eligió el rojo y salió el negro. Sin embargo, yo ni siquiera había logrado la fe suficiente para sacar adelante algún proyecto (un libro, todos los libros, el libro) y me conformaba con la cómoda distancia que otorga el cinismo. En cambio, Magallanes había luchado denodadamente y había probado todas las estrategias: había jugado a la mezquindad y a veces a la honestidad, había escrito deprisa y había escrito con lentitud, había sido servil a los poderes y había sido independiente de todos ellos, había sido moderno y había sido clásico, regionalista y cosmopolita, formalista e ideológico, espiritualista y materialista. Había practicado todos los vaivenes de la evolución artística, aunque siempre con algún desajuste o anacronismo o mala suerte. Ninguna de sus estrategias le había servido de nada. Sin embargo, uno lee hoy La guardia nocturna y sólo puede pensar: “este tipo no es peor que los demás, no merecía menos que tantos otros que hoy en día reciben homenajes y glosas por todas partes”. ¿Y por qué fracasó, entonces? ¿O es que quizá no fracasó en realidad? ¿Qué es el fracaso literario, es decir, qué es el éxito? Porque, al fin y al cabo, Magallanes sí publicó e hizo lo que quería hacer, y en cierto modo eso debería ser suficiente para dignificar una vida, aunque sean sesenta años de esperas no consumadas.
Por eso, tampoco puedo decir hoy que Magallanes fuera exactamente un nihilista, a pesar de todo. Porque sí había un Valor Supremo y Permanente que nunca cuestionó y al que fue fiel siempre: la propia Literatura, el legado artístico de siglos que él leía y releía en los momentos de abstinencia alcohólica, y al que nunca renunció, en realidad. Leía y leía, y yo creo que gozaba, sí, gozaba de placer estético, gozaba interpretando, gozaba descubriendo artificios literarios, gozaba viendo reflejos en las obras, fueran reflejos del tiempo irrecuperable o de una posible eternidad. No se cansaba de decir que la literatura contemporánea había cometido el error básico de acentuar la originalidad, negando, por motivos comerciales, la imitación de los clásicos. Él proponía, y tal vez por eso ya no entraba en la lógica del mercado literario actual, que había que volver decidida y orgullosamente a Dostoievski, a Faulkner, a Proust, a Kafka, por supuesto. Que era perfectamente lícito imitarles como se imitaba a Virgilio o a Petrarca en otras épocas. Que el progreso artístico es una ilusión vanguardista que el mercado capitalista ha sabido asimilar y controlar con nefastos resultados.
“Yo debería haber nacido en los tiempos del Modernismo y la absenta, en los días del Duque Job; debería haber colaborado en la Revista Azul y quizá haber muerto con poco más de veinte años, como Bernardo Couto”.
Hubo dos malos momentos para él a principios de 2005, y no sé cuál fue peor de los dos: su hija dio a luz y el Niño Genio renunció a hacer la tesis de licenciatura sobre su obra. La hija, a la que no veía desde hacía años, se limitó a informarle con una llamada de teléfono tres semanas después del nacimiento. Yo estaba con él cuando se produjo esa llamada; cuando terminaron de hablar, Magallanes enmudeció para casi todo el resto de la noche. En algún momento me atreví a preguntarle qué le pasaba, y él me explicó el motivo de la llamada. Lo inesperado vino después, cuando me confesó que seguía queriendo a su exmujer, a pesar de los treinta años de separación.
—En treinta años sólo he estado con putas. Y lo peor es que no me gustan las putas.
La traición del Niño Genio era, sin duda, menos importante, pero seguramente por eso fue una herida más profunda, porque hay trivialidades que, de forma imprevista, adquieren cierta trascendencia y una pequeñez puede magnificarse con facilidad. Magallanes y el Niño Genio habían hablado mucho de la tesis, y el proyecto parecía bien encarrilado: se trataría de un estudio profundo de la obra de un autor menor como era Magallanes, que sin embargo permitiría importantes conclusiones sobre el sistema de capillas literarias mexicanas y en general latinoamericanas. Para Magallanes, una tesis sobre su obra era una modesta inmortalidad y pocas veces lo vimos más ilusionado que en los momentos en los que se hablaba del tema. Además, había ordenado textos inéditos, había precisado fechas y datos con un esfuerzo notable, e incluso había sido capaz de verbalizar de forma bastante objetiva sus intereses literarios, sin necesidad de salpicar sus comentarios de acusaciones y ajustes de cuentas. Pero el Niño Genio quería irse a Estados Unidos para empezar una próspera carrera académica y consiguió que le ofrecieran una beca excelente. ¿Dónde? En la universidad de la Eminencia Latinoamericana, por supuesto.
Una vez logrado el objetivo principal, garantizar el primer paso de su currículum en Estados Unidos, cambió su tema de tesis para adaptarse al programa de posgrado gringo y empezó a olvidarse de nosotros. Ni siquiera tuvo la delicadeza de hacerlo progresivamente: apareció un buen día con la tesis terminada y nos metió a todos prisas para graduarse cuanto antes, consciente de que incluso escribiendo aceleradamente una tesis el resultado final sólo podía ser cum laude. Magallanes no dijo nada, pero por una vez su silencio sobrio fue tierno; fue un silencio de huérfano. No me parece exagerado pensar que en ese momento perdió su última razón para vivir: se quedó por fin sin ilusiones, o, más exactamente, sin ficciones. Ya no podría aportar nada a más a la Literatura sagrada en la que él creía, y esa Literatura tampoco le necesitaba a él para seguir existiendo en la memoria de los hombres. Lo siguiente sólo podía ser un desgaste ya inequívocamente fúnebre: rechazos airados ante la perspectiva de cualquier visita a un médico, prefiguraciones sarcásticas sobre su propia muerte, ataques de melancolía cada vez menos intermitentes.

“El desperdicio de toda una vida: ese será mi epitafio. Malgastó toda su vida en organizar un festín; nadie vino y la comida se pudrió”.

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