sábado, 7 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLIX)


EL ERROR

—Aún me cuesta explicarlo, después de tantos años –continuó Lawson, con la mirada perdida en el mantel blanco de la mesa y tal vez en el tequila que no quería beber—. En realidad, todo fue un simple accidente. Como miles de accidentes infantiles de cada día en todo el mundo. Como nuestras propias vidas absurdas, que se cortan cualquier día de la forma más tonta e incomprensible. Paul… tenía sólo dos años; se lo dejamos a mi cuñado apenas unas horas para que lo cuidara mientras nosotros asistíamos a un funeral. Es increíble la estupidez de la vida, ¿no le parece? Fuimos a un funeral y nuestro hijo murió mientras pensábamos en la muerte de otro. Dios es retorcido en ocasiones. Tiene mucha imaginación y siempre sabe cómo sorprendernos. El caso es que nadie sabe muy bien qué es lo que pasó aquella tarde: sólo que mi hijo se atragantó con una pieza de ajedrez y murió. Al parecer, mi cuñado se asustó tanto que puso muy nervioso al niño y eso fue aún peor. Esa fue la conclusión de la policía y de los investigadores del seguro.
—¿Una pieza de ajedrez? –pregunté, y me arrepentí de inmediato. Era una pregunta estúpidamente morbosa, como si hubiera alguna diferencia significativa o lírica entre morirse por culpa de un peón o de una reina.
—Sí –sonrió Lawson, y su sonrisa, absolutamente vacía, me dejó helado—. ¿Verdad que suena estúpido? Era un ajedrez de viaje, de piezas pequeñas. Qué importa… El niño lo encontró y todo sucedió. Tan incomprensible como real. Quizá es un caso de uno entre un millón. No lo sé, y tampoco me importa ya. Hace tiempo que dejé de atormentarme con ello. Hay que aceptar que la vida es así y que los accidentes son la versión menos agradable de los milagros.
Lawson hablaba serenamente, con la liturgia de un discurso terapéutico asumido ya durante muchos años, macerado con todos los posibles desgastes hasta llegar al cansancio final, definitivo, a esa rendición que sólo la lucidez puede otorgar.
—Usted no tiene hijos, supongo —preguntó.
—No… Supongo que un buen padre de familia no viene a emborracharse a sitios como éste.
—Pero sabrá que no hay nada peor que perder a un hijo.
—Lo sospecho, sí.
—Pues le aseguro que es verdad. Y no se supera nunca. Se deja de vivir; sólo se sobrevive. ¿Me entiende? No se puede imaginar el hachazo que significa recibir una noticia así. Un hachazo, un auténtico hachazo…A los dos días, mi cuñado desapareció y nunca hemos vuelto a saber nada de él hasta el día de hoy. Sólo dejó una nota de apenas cinco líneas en la que hablaba de la vergüenza que sentía, que le hacía imposible mirarnos a la cara. Primero pensamos que realmente había sido culpable de imprudencia y huía de la policía. O quizás huía de un posible juicio y de la consiguiente humillación pública. Pensamos que se iba a suicidar, y le confesaré que llegamos a desear que lo hiciera. Le odiamos, sinceramente le odiamos mucho, demasiado, durante años. Lo convertimos en el culpable de nuestro fracaso, en el enemigo que necesitábamos. Volcamos en él toda nuestra ira y nuestra frustración, hasta que por fin, mucho tiempo después, empezamos a comprender que es horrible perder a un hijo, pero también es horrible perder al hijo de otro.
Giré la cabeza sin pensar y me encontré con el espectáculo otra nueva bailarina, esta vez vestida de enfermera sexy. Me turbó el contraste entre la inmensa tragedia de la familia Lawson y la banalidad de encontrarme en un lugar degradante y degradado como el Manhattan, con su erotismo de disfraces y mascaradas, con su machismo repugnante y su prostitución dulcificada. Pero enseguida pensé que sí había una extraña coherencia oculta, no un contraste, y que los grandes temas de la vida se entienden mejor en ambientes inapropiados, incluso ofensivos; porque ahí se muestra más eficazmente la impotencia de vivir, la suprema debilidad de todos nuestros grandes motivos de orgullo.
—No nos hemos atrevido a tener otro hijo, pero conseguimos perdonar. Tardamos mucho, pero hemos perdonado.
—¿Y cómo averiguasteis que estaba en México?
—En Internet es muy difícil esconderse. Por eso yo sé que, a pesar de lo que usted dice, aún puedo encontrar a mi cuñado. Supimos dónde estaba de una manera absolutamente casual: la hija de una amiga de mi esposa está estudiando antropología y quería hacer un intercambio de su universidad con una universidad mexicana. Mi esposa es profesora en una pequeña universidad pública de Philadelphia y se dedicó a ayudar a su amiga. Empezaron a navegar, a curiosear entre diferentes universidades posibles y encontraron de manera inesperada la fotografía de mi cuñado en una presentación de un libro en Puebla. Casualidad, una extraña casualidad; un accidente. Como una pieza de ajedrez en una garganta. Pero quizá ahora la suerte nos ayude un poco, al menos. Por eso decidí venir en persona a este lugar hermoso y raro que es Cholula. Entre turismo y turismo, he hecho preguntas, me he informado, hasta llegar a usted. Y ahora sólo puedo esperar que entienda lo importante que es esto.
—Creo que lo entiendo, sí.
Lo entendí tanto, que me empecé a sentir un cretino con mi collarín inútil y frívolo, tan posmoderno y rebuscado en su valor simbólico. Me lo quité con alivio físico, pero sobre todo moral. Lawson, por supuesto, no podía saber nada de mi motivación para quitármelo, y no quise explicarle que se trataba de un gesto de respeto hacia él y hacia las verdaderas tragedias de la vida, infinitamente superiores a mis sufrimientos autoinducidos.
Seguimos en silencio durante unos minutos, observando el espectáculo erótico quizá sólo porque nos atraía la luz central. Creo que los dos teníamos la libido por los suelos.
—Aún hay algo más… Tenemos prisa. Mucha prisa. Mi esposa está enferma.
La tristeza de Lawson-Macy me ayudó a predecir mentalmente el diagnóstico, y no me equivoqué.
—Cáncer –precisó el gringo.
—Joder, lo siento –dije espontáneamente, aunque no parecía que Lawson necesitara para nada mi compasión.
—Ya ve que la vida no ha sido muy justa con nosotros… Ahora ella está más o menos bien, y por eso he podido dejarla para venir aquí, pero no durará más de tres o cuatro meses. Lleva tiempo luchando y pronto llegará a la fase final. Y quiere ver a su hermano antes de morir. Para que se perdonen mutuamente. Por eso necesito su ayuda. No sólo hay que saber morir, hay que saber cerrar la vida.
No se me ocurrió otra cosa que ofrecerle un brindis, aunque sabía que no bebería.
                   

—Haré todo lo que pueda, señor Lawson. Se lo prometo. Pero creo que sólo Dios sabe dónde está su cuñado.

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