viernes, 13 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLV)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


PERO AUN ASÍ,

hubo buenos momentos con Magallanes, dentro de tanta amargura totalizadora y recurrente. Lo recuerdo ahora comiendo tacos en una taquería callejera a la que me llevó con orgullo de cicerone.
—Aquí se comen los mejores tacos de Cholula, de Puebla, y de México, y del mundo.
Yo, como siempre, le pregunté por los requisitos de higiene.
—Están hechos de la mejor carne de perro callejero –bromeó.
No le costó convencerme de la propuesta y efectivamente viajamos una noche en taxi hasta una calle alejada del zócalo de San Pedro Cholula, que yo no conocía de nada. Era una calle pésimamente iluminada y pavimentada, pero con el esplendor inequívoco de la taquería, con su febril agitación de demandas y entregas y con el calor primitivo y a la vez reconfortante de las parrillas de carne. Unas treinta personas de pie comían o esperaban sus tacos y todos parecían satisfechos. Lo más asombroso es que en la taquería, como en tantos puestos ambulantes de México, no se vendía alcohol, y eso hacía más singular la devoción de Magallanes.
Los tacos eran realmente excelentes y baratísimos. Las salsas, inmejorables. Magallanes pidió y repitió, aparentemente sin echar de menos el alcohol. En mi opinión, se le podía considerar, con moderación, feliz y creo que sus palabras me lo confirman:
—Mira –dijo abriendo un tema nuevo e inesperado de conversación mientras empezaba a limpiarse las manos grasientas con una servilleta de papel—, la verdad es que no sabemos nada de la vida. No sabemos realmente si existe Dios o no; puede que Dios exista y nos tenga abandonados, y que efectivamente esté esperando el día del Juicio Final. Ser ateo es muy atrevido, teniendo en cuenta nuestra ignorancia del universo. No sabemos si la conciencia trascenderá a nuestra muerte, y accederemos a algún tipo de dimensión distinta del ser, o si nos reencarnaremos en otro ser, humano o no. No sabemos si el alma es inmortal, o qué sucede una vez que estamos muertos. Tal vez no haya infierno ni paraíso, pero quizá seamos asimilados por alguna energía desconocida que nos integre de algún modo. O tal vez esta vida es un simple engaño de los sentidos y nuestra identidad es una ilusión, igual que el tiempo. Todo es confuso y nada es seguro. Puede que nuestro cerebro sea imperfecto y esté incapacitado para encontrar un sentido a toda esta chingadera de cosmos. Puede que el lenguaje no represente la realidad y estemos como pendejos repitiendo babosadas desde hace siglos que nos alejan de lo más auténtico y  complican inútilmente lo poco que sabemos. Puede, sí, puede que todo se repita eternamente de forma que siempre estemos haciendo lo mismo y vivamos de forma infinita aunque no sepamos por qué. Podemos tener todas las dudas, cartesianas o posmodernas. Podemos desconfiar de todos los grandes relatos, podemos deconstruir y reconstruir hasta que nos cansemos. Pero… —hizo una pausa para arrugar la servilleta y convertirla en una pelota que sostuvo entre sus dedos, enseñándomela— Pero…hay una verdad absoluta que a mí nadie, ni siquiera Dios, ni el filósofo más sabio del mundo, me va a negar.  Sí, yo puedo decir una verdad absoluta. Aquí y ahora.
Guardó silencio aprovechando que otros clientes pedían permiso para pasar entre nosotros dos y así llegar más fácilmente a las salsas, y bebió un trago de refresco. En esos segundos, yo eché un vistazo a mi alrededor y pensé que pocas veces una calle me había resultado tan protectora y cómoda como ese ágora de comida sin cubiertos y diálogos inocentes, con su ceremonia de comunión y su reminiscencia tribal.
—Yo me comí estos tacos chingones –continuó, ralentizando todas las palabras—. Me los comí, chingados. El origen del universo es un misterio, pero yo me comí estos tacos. Eso es verdad y nada ni nadie me convencerá de lo contrario. Sea cual sea el sentido del universo, eso acaba de suceder. Es una verdad absoluta.
Pude haberme reído, pero observé a Magallanes y comprendí que me había dicho algo que, por la razón que fuera, él consideraba realmente importante. Pensé qué podía añadir y sólo se me ocurrió una frase que corría el riesgo de parecer demasiado banal:
—Y Auschwitz también existió. Nadie puede negar eso.
Magallanes tardó unos segundos en reaccionar, hasta que comprendió que yo hablaba completamente en serio y que honraba su parábola. Me dio la razón moviendo la cabeza y creo que los dos coincidimos en que ya no debíamos hablar más del tema, como si, en efecto, hubiéramos tocado algo absoluto y cualquier otra palabra más fuera vergonzosamente superflua.
Ésos fueron los mejores tacos metafísicos de mi vida.

El 6 de junio de 2005 Miguel Magallanes fue encontrado muerto en su casa de San Pedro Cholula. La policía y los bomberos tuvieron que abrir la puerta; yo les había avisado de que Magallanes llevaba dos días sin aparecer por la universidad sin haber dado ninguna explicación.
Acompañé a la policía hasta la puerta de la casa pero nunca pude ver el cadáver. Los policías entraron primero, abrieron las ventanas, revisaron las habitaciones mientras yo esperaba en el umbral de la puerta principal, me informaron de la muerte y me recomendaron que no entrara en el dormitorio. Al parecer, se desangró en el suelo. La autopsia determinó días después que había sido una hemorragia interna como consecuencia de una cirrosis descompensada. Pero tenía un fuerte hematoma en la cabeza, lo cual permite deducir que se resbaló con su propio charco de sangre y cayó violentamente al suelo antes de perder de manera definitiva la conciencia. Los policías me dijeron también que tenía sangre en los dedos de una mano, y que junto a esa mano había algunas extrañas marcas independientes del charco principal, como si hubiera intentado escribir algo.
—¿Una K.? –les pregunté.
Los policías me miraron con extrañeza desdeñosa por mi hipótesis y se limitaron a decir que no pudieron reconocer ningún signo. Y yo me sentí ridículo por haber imaginado para mi amigo una muerte épica, una muerte de anecdotario literario, cuando las muertes son, en los escritores y en los no escritores, poco más que sangre y mierda, sin sentido ni dignidad ni belleza.
En el velatorio, Judith y yo tuvimos el protagonismo a la hora de recibir las condolencias, ante la ausencia de familiares directos. Tardé semanas en localizar a su hija y para ello tuve que revisar papeles de Magallanes sin su consentimiento. Hablé por teléfono con ella y le comuniqué la noticia. Rompió a llorar y entre sollozos se arrepintió de que su hija no hubiera conocido a su abuelo. Sé que heredó la casa y su biblioteca, pero nunca llegué a hablar con ella en persona.
Curiosamente, no encontré necrológicas en los medios de comunicación, salvo en los muy locales. Es decir, Magallanes no provocó con su muerte más obitoneurosis. A pesar de ello, creo que puedo decir hoy, desde mi modesta autoridad, que Miguel Magallanes fue eso que llamamos un escritor. Más aún: diría que una parte de la literatura murió con él.

He escrito un artículo sobre La guardia nocturna que he enviado a una revista llamada Bulletin of Hispanic Studies, de cierta importancia para eso que llamamos estudios literarios, y espero que lo publiquen. Uno de mis argumentos para tener esa esperanza es que me he convertido en el máximo especialista mundial en la obra de Magallanes, y eso es así entre otras cosas porque guardo en mi casa todos sus manuscritos. Lo hice sin su permiso, pero no creo que le hubiera importado. Sé que fui su amigo, y nadie, ni Dios ni el filósofo más sabio del mundo, podrá convencerme de lo contrario.

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