martes, 10 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLVII)


LA VOZ EN GRITO

Villalobos también se presentó en el velatorio de Magallanes. Yo no había vuelto a hablar con él desde aquel 14 de marzo, salvo alguna comunicación estrictamente profesional y un par de reuniones sobre el futuro de los estudios literarios en nuestra universidad. Villalobos alegaba presiones de las altas jerarquías para insistir en la necesidad urgente de que la licenciatura captara más estudiantes. La misma mierda mercantilista de siempre, por supuesto, sobre la inutilidad de las humanidades. Aparte de esos asuntos, yo, como todo el profesorado, seguía recibiendo los correos electrónicos en los que Villalobos iba informando de los supuestos progresos en las investigaciones no oficiales sobre los atentados del 11-M. Por alguna razón, quizá patológica, no envié sus mensajes a la carpeta de correo basura.
En el velatorio ambos nos comportamos con educación por obligación moral. Villalobos había cambiado de aspecto en los últimos tiempos: gafas nuevas a la moda, una barba de perilla y la cabeza completamente rapada. Se le veía más juvenil, y lo atribuí a alguna nueva pareja consumada o en expectativa. Pero había algo más novedoso en sus gestos y palabras. Era pedante y redicho como siempre, aunque ahora parecía haber descubierto algunas formas de sutileza: silencios, ironías, respuestas inconclusas.
Hablamos cordialmente de Magallanes durante casi una hora, recordando anécdotas conectadas por algún aspecto cómico o extravagante. Admito que bajé la guardia y pensé que podía reconciliarme con Villalobos. Finalmente, me dijo que tenía que irse y nos despedimos con un abrazo. Y en ese momento me susurró:
—El martes hay una conferencia importante en el Aula Magna. Haz lo que puedas por asistir. Te aseguro que no lo olvidarás. Estamos cerca de encontrar la verdad. Muy cerca.
Le sonreí con falsedad y recuperé mi anterior desprecio. Al día siguiente vi los anuncios de la conferencia por toda la universidad: “Un golpe de Estado posmoderno. La verdad sobre los atentados del 11-M. Presentación del libro y debate”. Al parecer, Villalobos había organizado con recursos inexplicables la conferencia de un papanatas que había publicado algo en España sobre el tema, un tal González o Pérez. Desoyendo las prudentes advertencias de Judith, decidí acudir al acto.
Villalobos consiguió llenar el Aula Magna, aunque luego supe que había obligado a sus propios estudiantes a acudir con la excusa de que debían hacer un resumen de lo debatido. En una mesa situada a la entrada, alguien de la editorial exponía ejemplares del libro para su venta. González era un periodista madrileño de cuarta categoría que había publicado un libro en una editorial de sexta; pequeño, de pelo sucio y aspecto nerd, hacía dudar entre dos opciones: que fuera un chiflado esotérico o un timador sabiamente oportunista que había visto un filón comercial. Sin embargo, Villalobos lo presentó con múltiples elogios:
—Conocí a nuestro invitado de hoy porque intervine en su foro muchas veces y él amablemente me aclaró algunas ideas. Ahí se inició una comunicación muy fructífera y apasionante que nos llevó a un encuentro personal en mi último viaje a España. Creo que a los dos nos une la conciencia de que estamos ante un Misterio Esencial, así, con mayúsculas, y que cuando logremos desvelar el Misterio el mundo dejará de ser lo que era porque habremos descubierto un subsuelo aterrador pero decisivo de nuestra vida diaria. Quiero insistir en que la suerte que tenemos de escuchar aquí a un hombre que ha luchado y está luchando de manera ejemplar por atravesar el acero con el que algunos han tratado de sellar el secreto de esos atentados horribles y de ese golpe de Estado que, sin ninguna duda, se produjo en España. Es una labor peligrosa que nuestro amigo está realizando sin apenas recursos, con el entusiasmo del buen periodista, con la confianza ciega de Woodward y Bernstein. Ha recibido amenazas, pero sigue adelante. Sus datos son científicos, incontestables y bastan para desmontar con facilidad lo que hasta ahora se nos ha dicho de los atentados. Y que quede bien claro que los beneficios obtenidos por este libro están destinados únicamente a sufragar los gastos de la investigación.
Yo me había sentado en una de las últimas filas con la intención de salir pronto y de la manera más discreta posible. Villalobos dio la palabra al invitado y éste empezó una larguísima conferencia llena de datos abstrusos sobre explosivos, teléfonos móviles y procedimientos policiales. A su lado, Villalobos asentía constantemente, e incluso interrumpía en ocasiones para insistir en lo que le parecía importante y repetirlo de manera pedagógica ante la audiencia. González expuso de forma caótica, víctima seguramente de los nervios y de su inexperiencia a la hora de hablar en público, y se complicó mucho más cuando empezó las que llamó conclusiones, en las que trataba, según sus propias palabras, de formular una hipótesis general sobre los sucesos y sin embargo sólo conseguía repetir las mismas preguntas de toda la conferencia sólo que con más aplomo y lentitud. Su última frase fue retóricamente naïf: “porque sólo sabemos que no sabemos nada”. Villalobos inició los instantes de aplausos, y también los terminó, visiblemente encantado con el éxito de la conferencia.
Se abrió entonces el turno de preguntas y el primero en intervenir fue Villalobos.
—El terrorismo es la gran amenaza de nuestro tiempo. Las guerras se han vuelto asimétricas y por eso necesitamos más recursos intelectuales para enfrentarnos a ese otro tipo de enemigos. Pero también necesitamos ser más intuitivos, sospechar más, establecer relaciones audaces entre elementos que no parecen tener conexión. Y sobre todo tenemos que cambiar de actitud. Ya está bien de discursos buenistas y tolerantes con los enemigos de la libertad: nos quieren destruir y debemos defendernos. Es la legítima defensa de una sociedad con valores frente a todos sus enemigos, que son muchos y no tienen miedo a nada. Es hora de que empecemos a defendernos.
González asintió sin añadir más que vaguedades, como asintió a las siguientes preguntas de Villalobos sobre los servicios secretos marroquíes, el PSOE, la policía de los tiempos del GAL, la CIA y muchas otras siglas. Yo empecé con mis aspavientos y murmullos, pero los protagonistas del acto no parecían haber notado mi presencia.
—Lo asombroso –seguía Villalobos, oscureciendo a un González cada vez más pendiente de su reloj—, lo que más me fascina de la labor de estos hombres que dedican su tiempo al esclarecimiento de la verdad, es no sólo su generosidad, sino, de algún modo, su defensa de algo que es valioso y sagrado, quizá lo más valioso y sagrado de la vida: la belleza de la justicia. Siento una profunda envidia por no poder ayudar más. Desde Cholula nuestras posibilidades son escasas, pero lo importante es que vayamos divulgando estas ideas que son sin duda esperanzadoras.
Por fin Villalobos dejó de hablar y permitió que el público interviniera. El primer gañán que intervino preguntó si era posible que detrás de Todo estuviera el club Bilderberg. Villalobos empezó a reírse, pero para su sorpresa González se tomó muy en serio la pregunta y respondió con datos supuestamente relevantes sobre las actividades del club, aunque probablemente no diferían de las de cualquier comunidad de vecinos: reglamentos, presupuestos, reuniones, intereses comunes. Luego otro memo preguntó, con rostro serio, si era posible que Corea del Norte tuviera alguna participación. Cautamente, González respondió con más imprecisiones, y Villalobos apostilló:
—Del comunismo se puede esperar cualquier cosa.
Pero el delirio llegó cuando otro patán mencionó un nombre: Colosio. A partir de ahí, el Aula Magna se convirtió en un brainstorming de la estupidez paranoide.
—¡Exactamente! –gritaba Villalobos, tratando de moderar el debate de modo que nadie hablara más que él—. Estados Unidos tiene su Kennedy, México su Colosio y nosotros el 11-M. En los tres casos, siempre las investigaciones presentan sospechosos oficiales que “curiosamente” mueren. Sí, sin duda el caso de Colosio es el gran misterio de la historia reciente de México. Y eso demuestra lo que estoy intentando explicar aquí: que todos podemos unirnos en la lucha sagrada por la verdad y la justicia. Mexicanos, estadounidenses y españoles tenemos que estar unidos.
 Levanté la mano varias veces en vano, y Villalobos, al descubrirme entre el público, me negó el derecho de hablar. Finalmente aproveché un momento de silencio para gritar desde mi asiento:
—¡Yo sé quién es el culpable! ¡Yo sé quién está detrás de todos esos crímenes! ¡La Mano Negra!
El público se giró hacia mí y yo alcé un dedo acusador:
—¡Elvis! Desde su base secreta en el triángulo de las Bermudas, lleva años planeando cómo controlar el mundo.
Hubo algunas risas, pero no demasiadas; abundaron más los murmullos, no sé si elogiosos. Villalobos susurró algo a González, supongo que referido a mí, y volvió a hablar:
—Es un falta de respeto por tu parte banalizar así asuntos tan serios. Estamos hablando de muertos. No es cuestión de chistes.
—Eso digo yo. No estamos para pendejadas. Ya está bien de intentar intoxicar a la gente. No confundas a los estudiantes. Tu invitado al menos gana dinero, pero tú simplemente eres un fanático.
González iba a defenderse, pero Villalobos no le dio oportunidad:
—Alejandro, algún día deberías empezar a ser más humilde y esforzarte por aprender aquello que no sabes. ¿Sabes acaso algo de química? ¿De explosivos? ¿Sabes cómo funcionan la titadyne o la goma 2 Eco? ¡Dilo! Explícalo. Ilumínanos con tus grandes conocimientos… Ah, será que no tienes ni idea. Pero repites la versión oficial porque es la que os conviene. A todos los resentidos como tú. Los totalitarios disimulados. Los enemigos de España. Sólo espero que algún día, y lo digo de corazón, no seas tú una víctima de esos poderes que nos controlan. Te lo digo de corazón.
Me carcajeé de su sensiblería y empezamos otro furibundo espectáculo de gritos, insultos más o menos velados y argumentos ideológicos y morales. Me levanté de mi asiento y me fui acercando a la mesa de los ponentes mientras nos pisábamos sin respetar ningún tipo de turno de habla. Gritamos, gritamos como españoles, y los estudiantes empezaron a salir del aula, asustados o aburridos. Y yo me sentí feliz gritando, porque, digan lo que digan, a veces el que grita más es el que tiene la razón.
—Te van a correr, Álex –me dijo Judith, días después—. ¿Por qué tú y tu compatriota no pueden llevarse simplemente como colegas? ¿Por qué tienen que estar discutiendo siempre?
—Porque eso es España: el odio. Odio a Villalobos y Villalobos me odia a mí. Y eso no cambiará nunca.
—La violencia no tiene encanto. ¡Ya madura!

—La violencia está por todas partes, en España, en México, en Estados Unidos o en China. Tú también deberías madurar y darte cuenta.

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