domingo, 8 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLVIII)


ME SALUDÓ UN DESCONOCIDO

y lo asocié inmediatamente con el actor estadounidense William H. Macy: el mismo rostro triste y bonachón, una similar palidez arrugada, ojos claros, pelo rubio; nada que ver con el poblano estándar.
—¿Puedo sentarme con usted e invitarle a una cerveza?
Acerté con lo de Macy porque desde luego, no era español y hablaba con inequívoco acento de inglés estadounidense. Yo le respondí sin mirarle siquiera, e intenté concentrarme en la chica que bailaba en el escenario, de nombre artístico Rubí; una chica esbelta que hacía su espectáculo vestida sólo con un tanga y unas botas altísimas. Desde mi mesa apenas podía juzgar la belleza del rostro pero sí los pechos, que supuse operados.
—No. No quiero compañía.
Pensé que Macy era el típico pesado que uno puede encontrarse en un sitio como el Manhattan: machitos con ganas de bronca o peor aún, de conversación, tan capaces de apuñalarte como de llorar en tu hombro por algún amor perdido, e incluso de sacar por fin al gay que llevan dentro muy reprimido como resultado de tanta cultura de mariachi con paquete apretado (México es un gigantesco armario de gays ocultos). Pero ciertamente Macy no era típico, al menos no en la superficie: él y yo, sin duda, éramos los dos únicos blanquitos en todo el local, bastante lleno a esa hora, las once de la noche.
—Perdón… no quiero molestar.
—Pues no moleste.
—Es que es importante que hable con usted.
Resoplé enérgicamente para no malgastar un insulto y opté por seguir con atención el baile de Rubí e ignorar por completo a Macy.
—Tenemos que hablar sobre un amigo común: Jeff Lombard.
Rubí estaba haciendo acrobacias notables suspendida en la barra sólo con sus piernas, y yo la seguí observando aún durante unos segundos, hasta que me atreví a apartar la mirada del escenario. Macy entendió mi perplejidad como un permiso para sentarse en mi mesa, y acto seguido apareció un solícito camarero para tomarle la orden. Macy señaló mi botella de tequila y yo asentí. El camarero trajo rápidamente otro caballito para el extranjero.
Rubí, por supuesto, no me interesaba ni lo más mínimo. De hecho, esa noche yo tenía la libido terriblemente baja, y mi visita al Manhattan era sin duda absurda, estéril; apenas podía entenderse como una previsible rutina de alcohólico con nostalgia. Yo llevaba casi una hora en el local y, para sorpresa de más de una, había rechazado a todas las chicas que habían intentado darme conversación a cambio de cerveza; me refiero, claro, a esas chicas que, para sacarte el dinero, te hacen la pelota con preguntas tontas o con elogios a una España que no conocen pero sobre la que mienten con toda tranquilidad. Chicas que, con suerte, dejan que les metas mano un poco para que acabes pagando un baile privado o algo más.
—No quisiera molestarle si se encuentra usted mal… —dijo Macy.
No entendí a qué se refería hasta que señaló mi cuello. Yo llevaba puesto el collarín de Sor Juana, que quizá era lo único que me hacía sentir orgulloso en aquella noche.
—Gracias, no es nada. Un pequeño accidente.
—¿Puedo hablarle en inglés? Mi español no es bueno… —acepté precipitadamente, porque tampoco mi inglés es bueno—. Mi nombre es Christopher Lawson –cambió de lengua, me ofreció la mano y la estreché—. Me ha costado mucho trabajo encontrarle. He pasado todo el día buscándole por la universidad. Le he visto cenando tacos esta noche, pero no me atreví a hablar con usted. Disculpe, le seguí en su paseo hasta este lugar. Aunque parezca mentira, creo que es un buen sitio para que hablemos, un sitio mejor que la universidad.
Le dejé seguir mientras trataba de deducir algo más a partir de su aspecto y sus palabras.
—Nunca había venido a un sitio así, sinceramente. Tengo otras costumbres y no me gusta mucho la vida nocturna. Aunque este lugar se parece mucho a los que vemos habitualmente en la televisión y en el cine americanos. Es tranquilo y no parece peligroso. Ni siquiera recuerda a un prostíbulo. Un taxista ayer me recomendó otro sitio de esta misma calle, más barato aunque más sucio, según sus propias palabras. Viendo la limpieza del taxi, me imagino cómo sería ese otro lugar. Pero lo importante es que me atreví a entrar aquí y hablar con usted. Es mi primer viaje a México y todo para mí es nuevo e inesperado.
—¿Me ha estado siguiendo? ¿Por qué? –pregunté con algo de inquietud y buscando con la mirada a los responsables de seguridad del local.
Macy respiró hondo y trató de beber tequila, pero era evidente que no se trataba de un bebedor habitual y apenas se mojó los labios. Disimuló una mueca de asco y esa naturalidad me tranquilizó, ya que le hacía parecer inofensivo. Formulé mentalmente algunas rápidas hipótesis y me quedé con una: debía de ser un periodista interesado por alguna razón en la denuncia radiofónica de Lombard.
—No sé por dónde empezar… Bueno, empezaré por lo fundamental: necesito encontrar a Jeff Lombard. Es muy importante. Quiero decir, necesito encontrar al hombre que usted conoce como Jeff Lombard. No es su nombre verdadero, evidentemente. Aunque creo que eso ya lo sospechaban en la universidad. Sé que ustedes son amigos, muy amigos; incluso puede que  usted sea su mejor amigo en México. Y, por tanto, en el mundo.
—Pues sabrá usted que desapareció. Nadie sabe dónde está. Tal vez esté en Estados Unidos, tal vez en Europa, tal vez en algún pueblo mexicano, tal vez en la Ciudad de México, escondido entre otros veinticinco millones de personas.
—Sí, eso me dijeron cuando llegué a México. Que dejó la universidad y se fue con una estudiante. Que causó un gran escándalo por decir en la radio los nombres de algunos políticos y empresarios vinculados al crimen organizado. Pero necesito encontrarle. Y espero que usted pueda ayudarme.
—No lo creo. La estudiante con la que se fue me escribió alguna vez, pero ya hace mucho que no responde mis mensajes. Los dos han roto con el mundo y lo han hecho de manera muy eficaz. Muchos tipos mejores que yo les han buscado, con mucho dinero y mucho poder. Están bien escondidos. Además, ¿por qué quiere encontrarle? ¿Usted también quiere matarle?
—Alguna vez he querido, sí –sonrió como si estuviera ironizando a disgusto—. Pero no ahora. Jeff Lombard, el hombre que usted conoce como Jeff Lombard, es mi cuñado. Es el hermano de mi esposa. Hace quince años que no sabemos nada de él. ¿Nunca le habló de nosotros?
—No. Nunca hablaba de su vida en Estados Unidos.
—No me sorprende… Tenía motivos para esconder su pasado.
Guardó silencio durante unos instantes en un acto de autocontrol bastante notorio. Yo decidí bajar el ritmo de tequila para no emborracharme rápido y así no olvidar al día siguiente la información que me podía dar Lawson, que sin duda empezaba a interesarme. Una chica se acercó a él ofreciéndole conversación, pero, mucho más cordialmente que yo y en un español aceptable, declinó la oferta. Mientras, yo recordé algunos buenos momentos con Lombard, en su casa y en la mía, con o sin Sor Juana: momentos de optimismo de la voluntad y pesimismo de la razón, como decía el olvidado Gramsci.
—No me importa lo que haya hecho –dije, frenando al máximo la posible agresividad de mis palabras—. Es mi amigo. Le defenderé siempre.
—¿Realmente no le importa? ¿Nunca se ha preguntado qué le llevó a abandonar los Estados Unidos e instalarse en este pueblo? Seguro que sí. Su lealtad es muy, cómo decirlo, digna de una película, pero no sé si es aceptable en el mundo real. ¿Y si, por ejemplo, hubiera violado y descuartizado a varias mujeres y se encontrara en México huyendo de la justicia? ¿Le parece acaso increíble?
—Sé que no hizo eso –afirmé, pero para mis adentros le concedí algo de razón a Lawson. Lombard, como todos mis contactos en Cholula, como Sor Juana, como Magallanes, como Judith, tenía un sótano de tragedia en el alma. Evidentemente, por eso mismo era mi amigo. Sobre todo por eso.
—Es cierto… Perdone, no quiero parecer agresivo. Es que me cuesta decir lo que tengo que decir. Yo quiero mucho a su amigo Jeff Lombard, pero no puedo negar que destruyó mi vida y la de mi mujer.
Lawson desvió la mirada hacia Rubí y, sin embargo, no tuve dudas de que nada en ese baile le interesaba.
—Mi hijo Paul murió por su culpa –dijo en cuanto se aseguró de que ninguna chica o camarero ni nadie más que yo podía escucharle.

Por fin empecé a entender por qué el gringo había cruzado la frontera, de qué huía tan mortificadamente, cómo había ido a parar a un lugar absurdo, jodido y casi clandestino como Cholula; me había hecho múltiples hipótesis, algunas más épicas que otras, pero ninguna me había parecido lo bastante convincente. Lombard, por supuesto, no había dado ninguna pista, y había aguantado su secreto como una penitencia terrible. Ahora podía comprender el error, el mayúsculo y profundo error de Lombard, muy superior, en culpabilidad y derrota, a lo que Magallanes o yo hubiéramos podido hacer.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario