lunes, 30 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLII)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


PROFANACIÓN

Yo siempre pensé que a lo largo de mi vida había construido una soledad digamos que aceptable, no mítica pero sí literaria, llena de fecundas introspecciones y armada de citas y modelos con los que sentirme acompañado. Pero eso no es soledad. Eso es un monólogo con un público que es imaginario pero te aplaude. Eso es una novela en espera de editor.

Hay una psicosis especial cuando tu casa es saqueada, y eso en México es muy habitual: no sólo temes que vuelvan a entrar en cualquier momento, sino que tardas mucho tiempo en saber realmente cuánto has perdido, porque si no tienes un inventario completo, puedes descubrir un mes después del robo que algo más te falta. Es decir, después del robo siguen desapareciendo cosas, y el duelo por tanto continúa. Pero hay más: la violación de la casa cuando eres extranjero es una versión 2.0 del desamparo. Las paredes dejan de ser reales y pasan a ser virtuales: es la terrible suplantación del hogar por la intemperie. Y encima, en Cholula.
El ladrón se llevó cámaras de fotos y video, ropa, el televisor, el DVD, el microondas, dinero en efectivo y otras muchas cosas, incluidas las botas de Sor Juana y todos nuestros gadgets eróticos, que mucho me había costado comprar en la puritana ciudad de Puebla. Nada de eso quizá tendría importancia, salvo porque significaba que ya no había rastro de Sor Juana en mi casa, ni una foto siquiera.
Sólo quedó un objeto que valiera como imán de recuerdos: el collarín ortopédico que Sor Juana tuvo que usar una vez por un esguince cervical y que me regaló caprichosamente para jugar conmigo y convertirme en su enfermo imaginario. Aquel collarín era para mí un anillo de compromiso, un símbolo de comunión, un perfecto antídoto contra el olvido. El ladrón, como es lógico, no vio ningún sentido en el collarín más allá del puramente terapéutico y optó por no llevárselo. Yo me quedé con él y me ayudó a entender hasta dónde podía llegar la nueva magnitud de mi soledad.
Lombard, admitámoslo, había sabido ofrecerle a Sor Juana lo que yo no pude o no supe ofrecer. Ni siquiera odiaba al gringo: en mi interior, sabía que había ganado de forma limpia y honesta. La culpa era sólo mía, y cuando una culpa así de justificada se mezcla con la soledad, el orden de prioridades cambia y el suicidio se pone en segundo lugar, sólo por detrás del alcoholismo.

Paradójicamente, sólo encontré un alivio: ponerme el collarín a todas horas, autorrecetármelo como penitencia, vivir con él de manera constante para que su inutilidad absoluta me evocara remotamente otros absolutos, como por ejemplo, Sor Juana. Para que mi piel sintiera todavía un residuo de aquel dominio gozoso.

viernes, 27 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XLI)


PASAMOS DOS DÍAS SIN VERNOS,

hasta que la llamé y hablamos largamente, en un terreno neutral, el bar Reforma. Cansado de ocultar la verdad, le conté de manera abierta y directa lo que me había dicho su padre en la fiesta de cumpleaños. Ella no mostró ninguna sorpresa, sino sentido del humor.
—¡No mames! ¿Mi papá pensó que podías ser mi guarura? ¿Que no te ha visto la panza?
Interpreté la broma como el inicio de un nuevo pacto y hablé con sinceridad de mis celos.
—Siempre ha habido otros hombres, Álex. Siempre hay otro. Y tú también me pones celosa a mí cuando platicas con Judith. ¿Crees que no sé que, en algunos aspectos, ella es la que realmente quieres?
—No… Te elegí a ti y lo demás no importa.
El no era, desde luego, demasiado rotundo, pero lo siguiente sí era totalmente cierto.
Aquella noche Sor Juana sí quiso, de modo imprevisto, hablarme de su familia, en unas palabras que no olvido:
—Un día… un día tienes doce años y todo empieza a ser extraño. Tu cuerpo, tu mente, la realidad que ves. Pero lo más grave es que tu propia familia se vuelve extraña. Y ya no te hablo sólo del tío Poncho. A él lo veía una vez al mes, más o menos. No, la familia se rompía por todos lados. Imagina la escena: estamos en la hacienda de Atlixco y mi mamá se acerca a mí, y me abraza. Estamos solas, mis hermanos están jugando futbol con los hijos del chofer. Mi papá está fuera, y yo no sé qué anda haciendo. Yo me siento sola como tantas otras veces en la infancia, pero confío en mi mamá, porque juego con ella a menudo y sé que me quiere tantito más que a mis hermanos. Mi mamá me abraza de manera especial, y llora por motivos que yo no entiendo. Por fin se tranquiliza y me dice algo que jamás podía esperar: que tengo más hermanos. No lo entiendo, ni lo entenderé hasta que vea a mi papá entrar en la hacienda, unos días después, con tres chamacos tan asustados como yo. Y nos encontramos todos juntos, nos presentamos y nos damos besos, y papá ríe y trata de desdramatizar, pero mamá está seria y no puede sonreír. Nos ponemos a jugar todos los hermanos, pero yo soy la única niña, y aunque juego con ellos a juegos de niños y soy capaz de madrear a mi hermano Jorge, me siento sola. Sola y extraña. Doce años después sigo igual.
“Aquel día me escapé de casa. Me encontraron al día siguiente, dormida en la calle. Alguien, un hombre, me tocó la ropa interior mientras dormía, pero no llegó a violarme. Mi papá me castigó de muchas maneras y mi mamá no me ayudó nada. Los odié durante años y me escapé dos veces más. Después pasaron los años y empecé a avergonzarme de haber sido tan dura con ellos, y les perdoné todo, sobre todo a mi mamá, víctima de una situación injusta. Pero pasaron más años, y llegué a la universidad con el dinero de mis papás y empecé a pensar otra vez mal de ellos, y supe que la mamá de mis medio hermanos apenas tiene dinero mientras que mi mamá ha dado la vuelta al mundo dos veces. Y entonces ya no pienso que es una mujer humillada, sino una mujer egoísta. Pero es mi madre, es la que me trajo al mundo, y sé que me trajo al mundo para recuperar a mi papá, porque las fechas son muy claras y yo nací después de mis medios hermanos, y eso sé lo que significa. ¿Comprendes lo que es el caos? Veo a mi madre y me veo a mí, y pienso en lo que nos une y lo que nos separa. La quiero y la odio. Y lo mismo con mi papá y con mis hermanos.
“A veces me gusta el caos, pero a veces no lo soporto. Me asusta cometer el mismo error que mi mamá. Y me asustas tú, porque eres adorable, pero siniestro. Eres adorablemente siniestro. Te pareces más a mi papá de lo que crees”.
Pensé que en aquel momento había logrado por fin abrir una vía de comunicación más auténtica y profunda con ella, y me sentí agradecido y feliz por ello. Pero la caída de ese escudo defensivo no dio los resultados previstos: las discusiones aumentaron y el placer no volvió más. Sor Juana ya había hecho su elección y sólo faltaba el pequeño detalle de que yo fuera capaz de entenderlo. Fuera lo que fuera lo que esperaba de mí, yo no se lo podía dar. Eso, al menos, sí lo entendí.
Unos días después, se llevó todas sus cosas de mi casa, y ni siquiera hubo gritos por parte de ninguno de los dos. Ella regresaba a su casa a vivir con su familia, con lo que estaría más o menos protegida, y yo me preparaba para volver a España en las vacaciones. Hacía mucho que no veía a mi propia familia y comprendí que ese era el momento adecuado; además, operaban a mi hermana en un proceso de cierta gravedad. Estuve en España durante el mes de julio sin apenas noticias de Sor Juana, salvo algún esporádico correo electrónico intrascendente. Mi familia y la reinserción en la vida española me mantuvieron bastante distraído y no tuve mucho tiempo para melancolías.
A principios de agosto, regresé a Cholula tras el habitual larguísimo viaje desde España: en total, más de veinte horas desde que salí de Barcelona. Todos los profesores habíamos terminado nuestro periodo vacacional y el nuevo curso estaba a punto de empezar. Yo llegaba un día tarde con respecto a los demás profesores.
Hay síndromes posvacacionales duros; el mío de aquel año debe contar entre ellos, sin duda alguna. En primer lugar, me encontré con mi casa saqueada: alguien había entrado y había robado casi todo: cosas de valor, cosas de valor sólo erótico y cosas sin ningún valor. El vigilante, al parecer, no se había enterado de nada.
Y el día siguiente no fue mejor. Llegué al departamento a primera hora y ya encontré a Judith alteradísima.
—¿No sabes lo que ha pasado? Tenemos el peor de los problemas. El gringo se ha marchado y no tenemos quién dé sus clases.
—¿Qué?
—Ayer no se presentó a trabajar. Nos ha dejado una carta de dimisión. Pero no sabes lo peor… ¿No has visto la prensa?
—Dime.
—La semana pasada salió en una estación de radio denunciando que habían comprado el concurso literario para que lo ganara Rodrigo.
—¿Rodrigo lo ha ganado?
—Sí, lo ganó, pero Lombard dice que todos los jurados estaban vendidos, y que él mismo recibió amenazas. Dijo en el radio que el papá de Rodrigo es narco, dijo incluso que era responsable de muchas muertes en Sinaloa. Es uno de los tipos más importantes del cartel. Dio nombres y apellidos, dio datos, fechas… Tuvieron que cortar el programa porque estaban asustados. Como lo encuentren, lo van a matar. No te imaginas lo que llegó a decir. Denunció a todos, al gobernador, a sus secretarios, dijo nombres de políticos que han desviado fondos de millones de pesos. Incluso dio la dirección de los fraccionamientos donde, según él, viven los narcos en Cholula y en Puebla. La dirección exacta, Álex.
—¿Habló también de Quezada?
—No. Quezada es un santo en comparación con los otros.
Traté de formular alguna interpretación, optimista o pesimista, pero no se me ocurrió nada que decir. El asunto estaba muy por encima de mis conocimientos y mis experiencias. No obstante, la situación era grave, objetivamente: incluso Magallanes compartía la inquietud de Judith.
—Se la mamó el pinche gringo.
Judith me dejó porque tenía una reunión importante con el decano Villalobos para resolver el problema de Lombard y la mala imagen que podía dar a la universidad. Yo, víctima de un jetlag especialmente intenso, me reincorporé a mi despacho y lo primero que hice fue consultar el correo electrónico. Había dos mensajes. El primero era de Sor Juana:
“Sé que estarás enojado, pero debes saber que te he querido y te querré siempre. Sólo que tu caos y mi caos no se entienden. Y no sé si es cierto, pero muchas veces me hiciste pensar que, en el fondo, tú quieres estar solo. Amas tu soledad, incluso aunque sabes que te va a destruir. Amas tu destrucción y eso lo respeto. Pero yo no quiero ser destruida todavía. Quiero vivir y luchar. Confío en que lo comprenderás”.
Y el segundo era de Lombard:
“Carnal, lo siento, my friend. Nos hemos ido lejos. Sabes que yo sí puedo protegerla a ella. Conmigo estará a salvo. Pero quiero que sepas que nunca, nunca, de verdad, te puso el cuerno. I swear. Espero que sepas perdonarnos.
Lo importante es que les hemos ganado, Álex. A todos esos corruptos, asesinos y chantajistas. Les hemos demostrado cómo se hace. Que no tenemos miedo a decir la verdad. No podrán con nosotros. Ojalá todo México haga lo mismo algún día.
Un abrazo de tu amigo, siempre”.

miércoles, 25 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XL)


TEMPLO DE LA BIPOLARIDAD

Dulce Diosa guerrera, más Diosa cuanto más dulce y más guerrera, pero todo al mismo tiempo, Diosa bipolar como es obligado, heterológica y no ontológica. No te pusiste nunca las botas, pero qué más da, lo que importaba es que yo quise meterte en mi imaginario y fuiste tú la que me metió en el suyo, el imaginario de atlántidas y familias dobles, de spice girls y dioses zarrapastrosos de impreciso origen escandinavo.
—¿Te acuerdas de mi tío Poncho?
Y sí, en ese imaginario la familia no era, como en mi caso, la familia nuclear del proletariado inmigrante, racionalizable por su opresión de clase, sino que era una familia unida más por alambradas que por afectos, decadente sobre todo en sus fastos. Una familia con mucho de telenovela, pero como si Visconti o Faulkner fueran guionistas de Televisa.
—Quiero irme de Cholula, Álex. Esta vida no es real, es falsa y lo sabes tan bien como yo. Necesito irme de esta burbuja. Madurar, aprender, experimentar.
—¿Más todavía?
—Yo te agradezco todo lo que me has dado. Me has llevado al límite de mis propios esquemas, que he roto y recompuesto una y otra vez. Pero eso sólo demuestra cuánto me desconozco. Y también cuánto puedo llegar a conocerme contigo.
¿Irnos de Cholula? ¿A dónde, cómo, con qué dinero? ¿Volver a España? ¿Buscar trabajo en otra universidad de México? En momentos así me brotaba un pragmatismo inesperado y sin precedentes en mi vida. Y todo se combinaba con nuevas revelaciones, cada vez más sórdidas, sobre la familia Quezada.
—Mi tío Poncho me empezó a tocar a los diez años. Cada vez que venía a visitarnos aprovechaba sutilmente para meterme mano, simulando que jugaba conmigo o con cualquier otra excusa. Al principio era relativamente delicado y no era muy desagradable, pero empezó a subir de nivel y ya tuve que decir basta. Es un cerdo y sé que todavía me desea. Pero nunca se lo he contado a mi papá. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque si se lo contara creo que realmente lo mataría.
El mes de mayo fue duro. Las discusiones entre Sor Juana y yo se hicieron muy frecuentes y la convivencia se volvió difícil. La primera discusión violenta tuvo como origen la confidencia que me había hecho Judith sobre la implicación de Quezada en el turbio asunto de los terrenos expropiados a los campesinos. Intenté averiguar algún dato a través de Sor Juana, pero una vez más me topé con esa lealtad familiar enmascarada de indiferencia.
—No me interesan los negocios de mi papá. Te lo he dicho mil veces. Tú crees que haber nacido rica hace que la vida sea muy fácil. Y no lo es, al menos no en este pinche país… Hace años que decidí no preguntar a mi papá de dónde sale la lana de la familia. No entiendo de negocios, y no quiero entender.
—Pero ves a los amigos de tu papá… Gobernadores, políticos, grandes empresarios… Todos llegan a tu casa. Tú sabes perfectamente que ese contacto con el poder no es inocente. No le estoy juzgando, ni tampoco a ti, pero creo que sería bueno que afrontaras los hechos y no los negaras.
—¿Quieres saber si mi papá es un corrupto? ¿Eso quieres saber?
Asentí con la cabeza, esperando que el silencio fuera lo bastante respetuoso.
—No lo sé, carajo. No lo sé. Quizá lo fue al principio y está intentando redimirse. Quizá no lo era entonces y lo es ahora. Quién sabe. Tal vez nuestro dinero no es ni blanco ni negro: es gris.
Hubo incluso otra reunión familiar de los Quezada a la que fui invitado, aunque con muy claras reticencias por parte de Sor Juana. Pensé que Quezada intentaría otra vez a hablar a solas conmigo para darme nuevos datos, tal vez alarmantes o tal vez tranquilizadores, pero datos al fin y al cabo. Sin embargo, no sucedió así, y no volvimos a nuestra inquietante conversación de aquella fiesta de cumpleaños. Esta vez fue una comida muy formal, con muchos familiares llegados de diversas partes de Puebla y Veracruz, y Quezada me prestó poca atención. No capté ninguna señal de complicidad, ninguna advertencia o recomendación. Interpreté esa actitud como una señal de que el problema había sido minimizado de algún modo.
Además, agotado ya de tantos meses de paranoia sin datos reales, empecé a cansarme también de acompañar a Sor Juana a todas partes, y, peor todavía, empecé a molestarme por sus salidas nocturnas, lo que me homologaba con cualquier vulgar novio celoso. En realidad, sí había algo de celos, pero confusamente imbricados con la necesidad, para mí evidente, de que ella llevara una vida más sensata y menos noctívaga; ante todo, por seguridad en el país de los taxis ilegales, pero también porque el inevitable paso a la madurez obliga a una cierta suspensión del hedonismo. De cualquier modo, dejé de disimular ante las salidas nocturnas de Sor Juana en compañía de otros estudiantes: a algunos ya los conocía yo, y eran cretinos de buena renta per cápita que coqueteaban sin rubor con ella, envidiando su cultura y su sensibilidad y tratando de impresionarla con coches veloces, ropa europea y tosca virilidad de PIPOPES (pinches poblanos pendejos). Yo estaba seguro (prácticamente seguro) de que ella no iba a ceder a esas ofertas, pero justo por ello entendía menos su necesidad de salir con esa gentuza blanquita y asquerosamente poblana, y mi perplejidad subía de grado hasta volverse metaperplejidad. A partir de ahí, la lógica de los celos, con sus premisas equivocadas y al mismo tiempo sus deducciones perfectas, funcionaba de forma devastadora. En alguna ocasión ella trató de tranquilizarme pero de una forma completamente inesperada:
—Esos admiradores no deberían preocuparte. Sólo me gusta reír con ellos y de ellos. No te pongas celoso –hizo una pausa y siguió hablando con lentitud, buscando precisión y evitando el error, como en una declaración judicial—. Si yo quisiera, tendrías otros muchos rivales, mucho más serios y más inteligentes que esos putitos.
—¿Tienes el ego subido hoy?
—No… Pero algún día te explicaré algunas cosas. Te elegí a ti y tenía otros candidatos. Candidatos que me enviaban rosas y tenían detalles elegantes, y que no son obsesos de las cachetadas y las nalgadas como tú.
—¿El Culero? No me digas que te enviaba rosas… No me lo creo. Y sabes que ese tipejo no te tratará nunca mejor que yo.
—Rodrigo nunca fue tu competencia.
Entendí que no iba a dar más detalles; o quise entenderlo así, quién sabe. Los autoengaños son obviamente difíciles de autodiagnosticar.
Otro tema de discusión fue el premio literario.
—Malgastas tu talento y tus posibilidades. Podrías dedicarte a escribir en serio. Nadie dice que sea fácil, pero tú te lo puedes permitir. Podrías sacar adelante tu Atlántida. Pronto se acaba el plazo para el concurso. Y yo estoy seguro de que lo ganarías.
—Ese concurso es un fraude, como todos los concursos literarios. Tú mismo nos lo has explicado en clase. Seguro que ya está dado el premio. Lo sabes tan bien como yo.
—No… Lombard está en el jurado. Él es un tipo íntegro; no es fácil comprarle. No permitirá que haya trampas. Por eso creo que el concurso será limpio y puedes ganarlo. Al menos deberías intentarlo, y no dejar en la clandestinidad tu obra.
—Creo que te interesa más a ti que a mí ese poema.
—Claro, porque me parece una buena idea. Y porque en cierto modo resume mi vida. El océano. Lo que une México y España. Y a la vez los separa. La profundidad desconocida del mar.
 —Pues quédatela tú y escribe esa obra. ¿Ves? Ese es el pedo contigo. Que sólo piensas en ti y proyectas todas tus neurosis en los demás. Te intereso no por lo que soy, sino por lo que te puedo dar. ¿No ves el egoísmo?

En los primeros días de junio, cuando acababa el semestre de primavera y se acercaban las vacaciones, todo se precipitó. Una noche llegué a la casa y no encontré rastro de ella; la intenté localizar en el teléfono móvil y no obtuve respuesta. Salí a buscarla en taxi por los antros habituales que frecuentaba; la busqué durante horas, ensayando en mi cabeza la temida llamada a su padre. Me di de plazo hasta las tres de la mañana para avisar a la policía y a la familia. Ella apareció poco antes de esa hora y la discusión fue muy superior a cualquiera de las precedentes. Sor Juana se justificó hablando de que Andrea había venido a visitarla de repente y habían estado juntas, pero todo me pareció poco verosímil, en buena medida porque yo había asumido la existencia de otro hombre que rivalizaba conmigo y que ganaba terreno en su alma a medida que yo me mostraba más débil e inseguro. Ella no durmió conmigo esa noche y regresó a la casa de su padre.

lunes, 23 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXIX)


¿Y JUDITH?

Debo reconocer que la tenía prácticamente abandonada, aunque sin duda mi penoso espectáculo en su fiesta de cumpleaños había contribuido a que nuestra relación de amistad se deteriorara de forma notable y se perdieran los mejores vínculos que habíamos logrado: la tenue coquetería, los amagos de cinismo compartidos, el diálogo lúcido sobre el mundo. Además, yo me había acostumbrado a pasar el máximo tiempo posible con Sor Juana, dentro y fuera del campus, pagando incluso, para evitar que se moviera sola por las calles, el sacrificio horrible de acompañarle (y aburrirme) en más de una fiesta excéntrica de la noche cholulteca.
En esas fiestas, que terminaban a veces a las cinco o seis de la mañana, yo no era siempre el más viejo de los participantes, puesto que siempre había algún artistilla neohippie cincuentón en busca de carne juvenil, pero me sentía igualmente ajeno, porque eran agotadoras semiorgías de bebida y droga que superaban con mucho mi curiosidad y mi capacidad física y mental para los experimentos. Aparte de esas aventuras nocturnas, sólo me reunía con Lombard y Magallanes cada miércoles y cada jueves en el bar Reforma; con Judith, en cambio, nos veíamos únicamente en reuniones de departamento y en encuentros de pasillo, al salir o entrar en clase.
Judith, eso sí, seguía su mismo ritmo de trabajo, publicando nuevos estudios en las revistas académicas y tratando de captar estudiantes para nuestros precarios programas de estudios. “Están a punto de cerrar la licenciatura, y entonces se acabarán los cursos buenos y nos dedicaremos a dar clases de ortografía a los niños ricos de economía o derecho”, me insistía con una especie de alarmismo que bordeaba lo humorístico, o al menos lo tragicómico. “Y ahí sí tendremos que trabajar mucho”. Aparte de eso, hablábamos muy poco y siempre de temas triviales; sin rencor, pero sin la complicidad de antaño. Algo se había quebrado entre nosotros y sólo podía responsabilizar de hecho a mi alma gritona. Yo sospechaba que ella sabía lo mío con Sor Juana, aunque nunca habíamos coincidido los tres en el mismo lugar.
Por todo eso, me extrañó especialmente que se presentara en mi casa un domingo por la mañana bastante temprano. Sor Juana se quedó en la cama mientras yo abría la puerta: Judith venía con uno de sus niños, Quique.
—Vamos a ver la salida de la carrera ciclista. ¿Te animas? Pasará por la puerta de tu casa.
No sabía muy bien a qué se refería, pero acepté abúlicamente la propuesta, quizás porque seguía medio dormido. La invité a pasar por cortesía y sin verdaderas ganas, porque temía la incomodidad del encuentro entre Sor Juana y Judith en mi propia casa, pero afortunadamente Judith dijo que me esperaba jugando fuera con el niño mientras me vestía, o sea que no se vieron en ningún momento las dos mujeres. Mis dos mujeres, podría decir abusando del posesivo.
Regresé al dormitorio para avisar a Sor Juana, pero ella había escuchado perfectamente la conversación desde el dormitorio. Gruñó algo sobre que así podría seguir durmiendo sin mis ronquidos y el humor me hizo entender que no le molestaba mi salida matutina. Ya en la calle, tras saludar al vigilante del edificio y cruzar la verja, me encontré con el gentío en movimiento: en la puerta de una de las cincuenta iglesias del pueblo, la más cercana a mi casa, justo al doblar la esquina de poniente, se habían concentrado unos cincuenta ciclistas junto a una buena cantidad de público, la mayoría recién salidos de una misa. También había un par de camionetas de la policía local, con los típicos representantes del orden del pueblo, siete policías que parecían recién salidos de la secundaria y que trataban de ganar respeto con sus aparatosos chalecos antibalas y un exceso de armamento en las manos.
Los organizadores habían colocado una pancarta no muy bien diseñada que indicaba la salida, y todo estaba preparado para el inicio de la carrera. En la pancarta se indicaba el nombre de la competición: Carrera ciclista al santuario del Santo Niño Doctor de Tepeaca.
—En una iglesia de Tepeaca hay una figura del Niño Jesús que hace milagros, según se dice –me informó Judith, casi en susurros, para que los lugareños no se ofendieran—. Lo llaman el Santo Niño Doctor porque la leyenda afirma que sale por las noches a curar a los enfermos que le han rezado y le han pedido ayuda durante el día. Por eso, en la iglesia, junto a la figura, hay un maletín de médico. Es muy chistoso. Y cada año organizan una carrera ciclista, que termina con una misa en la iglesia. A Quique le encantan las bicicletas. ¿Verdad, Quique?
El niño, de unos seis o siete años, asintió y aprovechó su protagonismo en la conversación para pedir a la madre que le comprara algunas chucherías o juguetes que ya algunas señoras indígenas vendían en las aceras aprovechando la ocasión de la carrera. Judith negoció con su hijo durante unos segundos y accedió a comprarle una pelota con la que el niño se entretuvo durante unos instantes hasta que la voz del alcalde resonó por un enorme altavoz y empezó su discurso de inauguración del acto, con agradecimientos a figuras locales y ultraterrenales. Judith y yo escuchamos sus palabras con respeto externo e ironía interna, pero yo pensaba en otra cosa, realmente: en la alegría que me deparaba la visita imprevista y conciliadora de Judith. Pero, para bien y para mal, yo estaba con Sor Juana; la había elegido a ella, o ella me había elegido a mí, y tenía además un confuso deber de protección hacia ella, un deber que, fuera exagerado o no, era suficiente para obligarme a dedicarle todo el tiempo posible. De todos modos, sentí que vivía durante esos minutos una simulación de vida familiar con Judith y su hijo, y no me desagradó la simulación: tenía algo de paz nostálgica.
El alcalde dio la orden de salida y la carrera empezó caóticamente, con varias caídas, una de ellas provocada por un perro (quizá Villefort, o Danglars) que se cruzó en el camino. Vimos los primeros instantes de la carrera e incluso concedimos algún aplauso. Después, aunque lentamente, el público empezó a disgregarse.
—¿No te gustaría a veces ser como esta buena gente? –me preguntó Judith, mientras yo me fijaba por primera vez en un salón de belleza de la calle, “Estética Susan”, de fachada sucia y piojosa e interior oscuro y desconchado, pero que sin embargo prometía inmejorables transformaciones estéticas a sus clientas—. Dejar ya la vanidad intelectual, entregarte a una tradición, a unas costumbres, a unos vínculos. La tierra… tú no sientes lo que es estar en la tierra. Estar, pero de veras. En cierto sentido, estas gentes tienen todo lo que quieren.
—¿Ignorancia feliz? No, gracias. Acepto vivir en una ciudad sagrada como esta sólo por karma de ateo.
—¿No te cansas de tus propias boutades? Cuando hablas así me caes bien gordo. Pero fíjate que creo que ha sido bueno que vinieras a México. Bueno para nosotros, y creo que bueno para ti. ¿A poco no?
—Sí, no diré que soy feliz porque tengo una reputación que mantener. Pero, si te sirve de algo, admito que prefiero Cholula a París o Barcelona.
—Eres un pinche snob. ¿Qué te diferencia de los gringos imbéciles que cruzan la frontera para empedarse y vomitar en Tijuana? A veces me parece que eres una versión en borracho de las empresas neocoloniales españolas que nos están quitando todo con la excusa del neoliberalismo. Eres como Alfaguara, Telefónica o Santander, sólo que briago.
—No me compares con esos nombres infames. Yo no he venido a colonizar México, sino a resetear mi vida.
—México está del nabo y tú lo sabes como yo. Un día te regresarás a tu país y estarás tranquilo en la Europa civilizada y culta. Pero nosotros seguiremos aquí.
—Y tú tal vez estés en Harvard o en Yale.

—No…Román no quiere irse. Tiene su lucha aquí. Está cada vez más entregado.
Intuí el motivo real de su visita y la miré con la intención de darle a entender que quería escucharla mientras Quique jugaba con otros niños en uno de los muchos solares desaprovechados del pueblo.
—Tengo miedo, Álex. Román se está metiendo en problemas. A Emiliano y los otros líderes los aprehendió la policía el otro día. Antes de llevarlos al CERESO, a la cárcel, los golpearon y torturaron durante horas. Román fue a la cárcel con un abogado y casi lo meten preso también. El abogado, el muy pinche cabrón, se rindió y renunció al trabajo. Ahora los ejidatarios tienen que buscar un nuevo abogado. Pero todos sus planes se fueron a la chingada. Y amenazaron a Román. ¿Quiénes? Los ricos de la zona, los que quieren invertir en un nuevo mall o algo así. Los narcos poblanos, los corruptos. Entre ellos, Quezada, el papá de la chava con la que andas.
Reaccioné con naturalidad y entendí que Judith no me estaba reprochando nada, ni a mí ni a Sor Juana, aunque quizás sí me estaba advirtiendo de algún peligro que yo como extranjero debía valorar especialmente. Lo que no era sorprendente, desde luego, era que Judith se hubiera enterado de lo nuestro en un entorno tan pequeño como el de Cholula.
—Son avariciosos, lo quieren todo –continuó Judith—. Quezada dice que quiere acabar con el crimen organizado, pero sólo porque le perjudican sus negocios. Es un poder contra otro poder, nada más. Poder legal del mercado frente al poder ilegal. Todos quieren tenerlo todo, más negocios, más tierras. No se conforman con nada. Y luego fingen que ayudan a la universidad para limpiar su imagen.
—¿Tan peligrosos son?
—Pues quién sabe, pero estoy preocupada. Anoche discutí bien fuerte con Román. Hoy todavía no hablo con él.
—Pero él no tiene la culpa.
—Ya sé, pero tiene que pensar en nosotros. Somos una familia y yo no quiero estar en esas ondas.
Sacó de su bolso un paquete de cigarrillos y encendió uno; creo que sólo dos o tres veces antes le había visto fumar, y siempre de noche, en la cantina, en esos momentos de caos que yo había aprendido a saborear.
—Ay, no sé, me estoy volviendo loca. ¿Tú qué crees que debo decirle? Me gustaría tu consejo.
—No soy bueno dando consejos; se me convierten en amenazas. Pero, fuera de bromas, creo que tú te casaste con Román precisamente porque era un hombre valiente y decidido. No puedes pedirle que renuncie a una lucha que es importante. Es muy cómodo “luchar”, entre comillas, con artículos o libros, o impartiendo clases y predicando sobre cómo debería ser el mundo y la literatura que nos tiene que salvar de la injusticia. Pero a veces hay que mojarse, mejor dicho, enfangarse, y actuar. Román actúa: le envidio por eso. Te lo digo de verdad.
—Quizá yo también lo admiraba por eso, pero cada vez creo menos en todos esos mitos heroicos de la lucha. Y pienso que también tengo derecho a algo de tranquilidad. Yo hice sacrificios por él, hice renuncias, y a veces me parece que él no lo ha tomado en cuenta.
Fumó en silencio y, en cierto modo, creo que si no hubiera existido ese cigarrillo, sin esa frontera minúscula de fuego, quizá le habría dado un abrazo en aquel momento. Pero no lo hice.
—Todo es tan difícil, ¿verdad? –continuó—. Las decisiones que tomamos. Lo que pudo ser y ya nunca será. Los artistas y los filósofos lo han dicho mil veces de mil maneras distintas, y sigue siendo igual de jodido.
Quique se enojó con alguno de los compañeros de juego y regresó con nosotros. Judith y yo nos sonreímos acordando tácitamente el fin de esa conversación, y su sustitución por otros temas más banales: el mal aspecto de Magallanes, la prepotencia creciente de Villalobos, el concurso literario del estado.
Sin pensarlo mucho, seguimos paseando y los acabé acompañando hasta la puerta de su casa. Me despedí de los dos y terminó la simulación de la vida familiar. Román nos vio a través de una ventana de la segunda planta y se esforzó lo mínimo en saludarme. 

domingo, 22 de enero de 2017

PATRIA

¿La tenemos, por fin? ¿Tenemos la Gran Novela sobre el terrorismo vasco, sobre la cuestión política más grave y trágica de la España democrática? ¿Será que por fin la narrativa española empieza a encarar los problemas decisivos y a abandonar el perfil bajo con el que funcionó plácidamente en los tiempos felices del crecimiento económico y la alienación colectiva?
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Como mínimo, habría que decir que más de un escritor español (sea del tipo cipotudo, del anglófilo o del intelectualoide) debería tomar nota de algo que Patria revela y a la vez perpetúa: el vigente poder de la novela para explorar la auténtica jerarquía de los problemas sociales. Por eso no creo que sea muy arriesgado afirmar que esta novela de Fernando Aramburu va a convertirse en un jalón de la novelística española de la democracia. Aunque también es cierto que jalones ha habido muchos desde La verdad sobre el caso Savolta, e incluso Historias del Kronen y Nocilla Dream lo fueron, en cierto modo; y también es posible, en ese sentido, que el éxito de Patria sea un impacto comparable al que en su momento fue otra "novela del año", Soldados de Salamina, ante todo como problematización que busca un amplio rango lector, y que por tanto busca un nicho de mercado, especialmente ahora que la batalla vasca ya no es tan violenta ni en el terreno policial ni en el simbólico. Sin duda, Aramburu ha gozado por eso de una ventaja evidente y el tiempo le ha permitido evitar el linchamiento brutal que, por ejemplo, recibió el intento de ecuanimidad de Julio Medem con La pelota vasca. Por otro lado, el hecho de que incluso la siempre detestable Telecinco cree ya miniseries de tema vasco (inspiradas en una novela, digamos, de Rafael Vera, que seguramente escribirá mejor que Corcuera), aumenta la inquietud ante el posible advenimiento de múltiples productos artísticos oportunistas centrados en el terrorismo vasco.
En realidad, las condiciones de adaptabilidad de la novela de Aramburu –vivaz, dinámica, poco lírica y a veces muy transparente- permiten pensar que pronto la veremos traducida a imágenes. Pero no se puede objetar mucho más a la solución formal adoptada por el novelista: su realismo, apoyado en la versatilidad de la representación de los discursos mentales y orales de los personajes, es penetrante y luminoso, está lleno de delicias narrativas en forma de perfiles íntimos sufrientes y complejos y tiene un completo despliegue de relaciones de causa y efecto que explican el denso movimiento social de un espacio concreto y limitado sin necesidad de incurrir en los tópicos de la querella permanente sobre la cuestión vasca. Y no le falta imaginación estructural: convertir en núcleo de la novela no tanto el enigma de un crimen como la petición de perdón sobre un crimen es una audacia neopoliciaca arriesgada pero que funciona felizmente, en el límite justo, creo, de la contención sentimental y el mensaje redentorista.

Hay terrorismo y hay terror en esta novela, que expone sin concesiones la intensidad asfixiante y totalizadora de la violencia, e incluso describe la enorme fuerza social y también militar que ETA llegó a tener –no nos engañemos- en determinados momentos. Sin duda, el tribalismo feroz del mundo rural (con personajes viles como ese cura casi decimonónico) es registrado con minuciosidad, aunque esa concentración sociológica es al mismo tiempo fortaleza y debilidad del texto. Al haberse centrado en dos núcleos familiares rurales, la novela gana en emotividad (y en sentimentalismo, dirán algunos) pero carece de esa verticalidad necesaria para entender determinados mecanismos de poder (de un bando y del otro) que han sido fundamentales en la gestación, la intensificación y ahora la solución de la violencia. Esa verticalidad es la que, por ejemplo, tan bien supo rentabilizar literariamente Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, paradigma de novela sobre la corrupción moral de un periodo histórico ominoso (con personajes como el inolvidable Cayo Bermúdez). O la que más recientemente plantea otro peruano, Alonso Cueto, en la extraordinaria Grandes miradas, que afronta la terrible violencia de Estado en los tiempos de Fujimori atreviéndose a explorar en la ficción la interioridad despótica y miserable del mismísimo Vladimiro Montesinos. Desde esa perspectiva, como novela sobre el trauma histórico de la violencia, Patria funciona perfectamente dentro de la reflexión que permite su acotamiento sociológico. Habrá que ver qué novelista se decide a partir de ahora a completar la necesaria exploración elevando y diversificando el alcance crítico. 

viernes, 20 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVIII)


NO CREO QUE LLEGUE A TENER VALOR COMO COINCIDENCIA, PERO

lo cierto es que en la misma semana en que los terroristas del 11-M se suicidaron en Leganés de un modo atroz y ultraviolento, Lombard me ofreció la posibilidad de aprender a manejar una pistola. Era un miércoles por la noche, creo, y ambos habíamos tomado ya varios tequilas en nuestra cantina de siempre, mientras Sor Juana cenaba con sus hermanos y, por tanto, parecía estar más o menos protegida.
En realidad, nos habíamos reunido con un propósito relativamente serio: planificar la organización de un nuevo concurso literario del gobierno estatal. Yo, al principio, estaba ilusionado con la idea, hasta que Lombard me explicó la remuneración que nos esperaba. Magallanes, fiel a sus principios negativistas, ya había dicho que no desde el primer momento, mientras que Judith había puesto como excusa sus obligaciones administrativas. Yo tenía mis dudas, ya que consideraba que el concurso podía ser una buena oportunidad en más de un sentido, pero el tercer tequila, cómo decirlo, me activó el standby. Lombard, en cambio, parecía firmemente comoprometido, e incluso me comentó que podría ser una buena ocasión para que Sor Juana se presentara:
—Pero sin trampas… —dijo—. Todo va a ser escrupulosamente legal. Si ella se presenta, no quiero que me des ninguna pista. Odio las transas en los concursos literarios.
Aprovechando que hablábamos de ella y de sus cualidades artísticas, me decidí a contarle a Lombard, sin demasiados detalles, la conversación con el padre de Sor Juana. Yo necesitaba verbalizar mi preocupación para eliminar así el excedente irracional y dejar sólo los temores justificados, y pensé que Lombard era el interlocutor adecuado. A diferencia de Magallanes, Lombard se preocupaba honestamente por el bienestar de los estudiantes; pero es que además yo creía que él tenía, cómo decirlo, más astucia de superviviente que el autodestructivo novelista oaxaqueño. Pero no esperaba la oferta que me hizo:
—Deberías comparte una pistola y aprender a disparar. Yo puedo enseñarte.
—¿Tienes una pistola?
La pistola, para mí, había sido siempre un objeto desconocido, ajeno a mi tacto; un objeto socialmente improcedente, nada operativo para mi vida catalana y aun parisina. Por primera vez, pensé que el auténtico Pike Bishop era Lombard, y que yo no lo sería nunca.
—En México hay que estar preparado para todo. Además, no olvides que soy gringo, y que los gringos aman sus armas de fuego.
—¿Y la has utilizado alguna vez? –pregunté convencido de que cualquiera de las dos respuestas era posible.
—No, todavía no. Pero te aseguro que antes de la quimioterapia, le voy a dar un buen disparo a cualquier tumor maligno que me salga.
Reímos y brindamos, y dudé si debía ahondar en el pasado de Lombard para averiguar sus más que probables experiencias traumáticas con el cáncer de alguien muy cercano. Pero quise dejarlo para otra ocasión, puesto que me interesaba más volver a su propuesta y a mis propios temores, crecientemente obsesivos.
—¿Realmente crees que ella puede estar en peligro?
Entoné la pregunta con la emotividad sincera y justa y Lombard adecuó su respuesta a mi sinceridad:
—Quién sabe, chingaos. Pero no lo tomes a broma. Quezada es un mamón importante. Es rico y político. Puede tener enemigos por ser rico, por ser político o por las dos cosas. No sé si realmente es honesto o es corrupto como todos; en realidad, eso no significa nada, porque nadie está seguro en este país. Yo he escuchado que sí quiere chingar al crimen organizado en Puebla, quizá porque le molesta en sus negocios. ¿Sabes cómo le llaman? “Elliotito”… Por Elliott Ness, no porque le gusten los elotes… Pero no creo que sea tan heroico como eso. Puede que ni él mismo sepa qué carajos está haciendo ni hasta dónde puede llegar. No creo que se pueda confiar en él, pero tampoco creo que simplemente quisiera asustarte cuando andaba de briago.
—A mí me convenció. No sé si es honesto y justiciero, pero creo que de verdad tiene miedo ahora mismo. Pero ya ves, yo soy un pobre gachupín que intenta entender este país. Y cada vez lo entiendo menos. Me siento desconcertado, extraño y extranjero a la vez. No sé si esta psicosis mexicana tiene fundamento o no. Veo las noticias, sé que siempre hay violencia y que está en todas partes, pero también compruebo que la gente sigue adelante, y en ocasiones con sorprendente tranquilidad. Tal vez no es para tanto.
—Sí es para tanto. Observa a cualquier policía mexicano con calma: ¿crees de veras que nos pueden salvar de algo?
—Entonces, ¿qué crees que debo hacer? He pensado que podríamos irnos juntos a España.
—¿No te daba asco España?
—Sí, y mucho. A menudo es un país insoportable, pero al menos no te secuestran los taxistas.
—Tanta preocupación demuestra que realmente te interesa nuestra querida Sor Juana. Te dije: “te casarás”. No la dejes escapar, Álex. No cometas ese error. Te arrepentirías siempre. Tienes en México lo que nunca tuviste en España. Asúmelo y quédate aquí a vivir para siempre.
—¿Crees que realmente lo nuestro funcionaría en serio? Tengo mis dudas. Cómo decirlo: no sé si sirvo para una relación estable.
—¿Y acaso quieres mi consejo? Puedo enseñarte a disparar, pero no puedo enseñarte a vivir. Sólo te recomiendo que le tengas el respeto debido al error.
El camarero nos interrumpió para ofrecer más bebida y de un modo muy sumiso aceptamos otra ronda de lo mismo, como si la destrucción de nuestros hígados fuera una deuda de cortesía con el camarero.
—No puedo evitar los errores.
—No me refiero a los errores en general. Me refiero al Gran Error, al Error Absoluto. El Irremediable. El que significa tierra quemada a tus espaldas y un abismo delante de tus ojos. El error que destroza tu vida y que pagas durante todos los años que te quedan. A ese error me refiero.
—¿Como venir a México, en mi caso?
—No… Ése no fue un error. Aún es remediable. No es una clausura, una puerta cerrada para siempre. Me refiero al error que es culpa tuya, aunque no sea tu responsabilidad. Tiraste una moneda y salió mal. No sabías que podía pasar lo que pasó, pero fuiste tú el que tiró la moneda.
—No te entiendo, gringo. La verdad, no te entiendo cuando te pones así de esotérico.
Lombard hizo un gesto con la mano como si quisiera borrar sus últimas palabras y volvió al tema de la pistola.
—No sirvo para la violencia —le dije, resumiendo—. Como mucho, llego a pasivo-agresivo. Y lo peor: soy muy torpe, Jeff. Creo que si yo tuviera un arma ella estaría todavía más en peligro.

—Como quieras, brother. Pero aquí estaré si me necesitas.

miércoles, 18 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVII)


LAS TORRES DE LA CIUDAD SAGRADA

Los fines de semana en Cholula son apacibles y gozosamente rurales. A partir de la mañana del sábado, suele deprimirse la euforia tóxica de las noches anteriores y muchos estudiantes aprovechan la oportunidad para visitar a sus familias, en el DF o en otras ciudades cercanas, y convencerles de que siguen siendo modositos y recatados y no saben nada del lado salvaje de la vida. Cholula parece así recuperar su status de ciudad sagrada después de los días agitados de la actividad universitaria y las noches turbias del ardor juvenil, y abandona su bullicio vitalista para sumirse en un letargo que, como decía el viajero Juan Rejano en La esfinge mestiza, no es tan diferente de los pueblos andaluces en hora de siesta veraniega. Las torres de las iglesias vuelven a imponer su poderío multicolor colonial al capitalista neón nocturno, y el pueblo entra en un ritmo distinto y se entrega a un desdén casi absoluto por la productividad y la velocidad, restableciendo la tradición y borrando las huellas de la modernidad. Poniendo a Dios en el centro, como tiene que ser, y arrebatándole ese puesto a esa fuerza tentadora pero malvada y secular que llamamos dinero.
Moverse entonces por Cholula para alguien como yo es una procesión laica entre iglesia e iglesia, porque los atrios de las iglesias son las auténticas manzanas de la estructura urbana. Apenas hay tráfico, salvo los autobuses de horario impredecible y el camión que por las mañanas vende los tanques de gas con una cancionilla ridícula que suena en el altavoz y un nombre comercial que invita a la desconfianza (“Gas del volcán”). Es el contexto perfecto para caminar en medio del silencio y recordar a cada paso que no hay papeleras ni contenedores de basura, aunque qué importa cualquier residuo a tus pies cuando alzas la vista y tienes un volcán ante tus ojos. Y es que hay un morbo específico, genuino, irreproducible, relativo al Popocatépetl: uno no puede evitar desear que explote, aunque sepa racionalmente que será una catástrofe y que, como siempre, serán los jodidos los que lo sufran. Pero tener un volcán tímido cerca no pasa todos los días, aunque esa proximidad pueda generar algún tipo refinado de decepción.
La ciudad aletargada descansa así de su mercantilismo, pero en realidad lo que hace es reafirmar su profunda esquizofrenia. Para mí, un fin de semana como ese podía empezar con una discusión sobre El Chavo del Ocho. Sor Juana y yo veíamos a menudo la serie y también a menudo repetíamos los argumentos de la misma discusión: para ella era una serie beckettiana, con personajes hundidos en el absurdo de la repetición perpetua y sin sentido, mientras que para mí era más importante el realismo social (esa cosa que los españoles hicimos tan pésimamente en los años del franquismo), es decir, el elemento ideológico, la denuncia de la injusticia, el clasismo y la pobreza, aunque fuera a base de comicidad reiterativa y previsible. La discusión, todo hay que decirlo, era mucho más importante de lo que puede parecer, ya que lo que estaba en juego era la prioridad de la lucha frente al silencio irracional de la vida, y ese no es un tema menor, se aplique a El Chavo o se aplique a México o a España o a cualquier sujeto de este planeta o de todo el universo conocido por Sven Nilsson.
Después podía yo salir a comprar algo y, de paso, darle comida a los perros de Montecristo, Villefort, Danglars y Mondego, que no entendían de jornadas laborales o fines de semana.
Sin embargo, México, incluso en sus ciudades sagradas, no sabe de descansos permanentes. Uno compra tranquilamente cerveza en la tiendita de la esquina y siente de pronto que lo van a matar. Y puede que sea cierto, o puede que no. Pero la paz es imposible, mientras que el bucle paranoico es desgraciadamente probable.
Salí a la tiendita de la esquina, en efecto, a comprar un par de litros de cerveza para la comida y sus preparativos. Como en las vacaciones de mi niñez en los pueblos de Andalucía, la costumbre era devolver las botellas vacías a la tienda parta cambiarlas por otras llenas. Sor Juana me esperaba en la casa, concentrada en su Atlántida. Yo me había vestido con una sudadera y un pantalón corto de deporte. Saludé como siempre al vigilante, que salió de su garita para abrirme la verja de salida.
Sentados en la acera de la tiendita, dos tipos bebían refrescos en silencio. Ni me fijé en ellos hasta que salí con las cervezas.
—¿Me das la hora, güero? –me preguntó uno de los dos tipos. Los dos, barrigones, con barbita rala y tez oscura, parecían hermanos o familiares; vestían casi igual, con vaqueros desgastados y camiseta lisa y descolorida.
Yo llevaba el reloj y respondí educadamente:
—Las doce y media— aunque quizá eran las doce y cuarto, quién sabe.
—Gracias, güero…
—¿Le vas al Barza o al Madrid? –me preguntó el otro.
Deduje que, como tantas otras veces, mi pronunciación de la hora había revelado mi españolidad. Tampoco era la primera vez que un mexicano, hablando conmigo, se equivocaba de forma ultracorrectora al pronunciar la c con cedilla de Barça.
—Al Barça, por supuesto.
—¡A güevo! El Barsa –corrigió— es una chingonería.
Le di la razón con una sonrisa y me despedí para seguir mi camino. Y entonces llegó la sorpresa:
—Adiós, doctor.
Les miré con extrañeza durante unos segundos y sólo después, cuando esperaba frente a la verja a que el vigilante me permitiera entrar, pensé que antes ya había visto a esos dos hombres en esa misma calle. Nunca les había prestado atención, pero ahora era distinto: de algún modo sabían que yo era el doctor.
¿Guardaespaldas de Quezada, sin que yo estuviera informado? Quizá, aunque había otra opción peor: que no fueran hombres de Quezada, sino eso que llaman halcones, esos mendigos o desempleados a los que, según había leído, el crimen organizado paga para dedicarse a vigilar durante horas a sus objetivos. También había, sin duda, explicaciones no inquietantes e incluso amables; tal vez en alguna borrachera me había encontrado a esos tipos y había hablado con ellos, aunque no lo recordara en ese momento concreto; o tal vez tenían algo que ver con la universidad, porque su perfil era el del jardinero o el personal de limpieza de la universidad y de esos había muchos en el campus y yo les saludaba casi siempre. Le pregunté al vigilante si los conocía de algo o los había visto; él dijo que no y únicamente supuso que eran albañiles.
Entré en la casa bastante agitado y abrí inmediatamente una de las cervezas. Por suerte, Sor Juana apenas me prestaba atención; había dejado el ordenador y los proyectos artísticos a un lado, y se había tumbado en el sofá para ver una serie de dibujos animados en la televisión por cable. Aniñada, más relajada que nunca en los últimos tiempos, parecía disfrutar regresivamente del tiempo y de la ignorancia. El numen de su Spice Girl interior la amparaba y protegía.
Pensé que debía avisar a Quezada y consultarle cómo interpretar las novedades. Creo que, por fin, empaticé con él al ver a su hija en ese disfraz pueril de espectadora televisiva. Me pareció intolerable que alguien pensara siquiera la posibilidad de castigarla, perjudicarla, secuestrarla y quién sabe qué cosas peores. Quezada, a pesar de su riqueza y su proxenetismo más o menos legalizado, no merecía tampoco eso.
—Ahora vuelvo. Me he olvidado algo.
Con decisión firme de suicida, cogí el que creí que era el más eficaz cuchillo de cocina, lo envolví con discreción, y salí otra vez de mi casa. No me despedí de Sor Juana con un beso y por un instante pensé que ese había sido mi segundo error, después de coger estúpidamente el cuchillo.
El vigilante me abrió la puerta con normalidad: no se había percatado de nada, y eso me dio confianza, porque demostraba que mi nerviosismo no era fácilmente visible. Di el primer paso fuera de la protección de mi casa vallada y me repetí mentalmente las frases que quería decir a los dos tipos hasta memorizarlas. Mi estrategia no era suicida en su primera fase: simplemente entablaría conversación con ellos y trataría de averiguar de qué me conocían.
No hubo oportunidad ni siquiera para esa primera fase. Los tipos habían desaparecido. Paseé durante unos minutos mirando en todas direcciones y cuando llegué a la siguiente iglesia decidí regresar a mi casa. Estaba completamente agotado.

Me tumbé junto a Sor Juana y vimos juntos los dibujos animados durante casi una hora. 

lunes, 16 de enero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXVI)


CIRUGÍA INVASIVA

Ahora pienso que tal vez no fue buena idea ir a ver a Dios.
Echarle la culpa a Dios debilita mi ateísmo, pero es, por supuesto, una de mis tácticas de resentido contumaz. Sin embargo, en este caso no puedo establecer la causalidad de forma nítida e irrebatible (y aun así sería demasiado cercana a una superstición), aunque tampoco puedo desdeñar la importancia de la cronología. Vimos a Dios y apenas dos días después Sor Juana empezó a hundirse, a abandonarse a un autismo mucho peor que el mío, un autismo sin redención escritural y sin modelos míticos, una molicie general de lo que antes había sido fortaleza y seguridad.
—Me da hueva.
La hueva mexicana es más que el coñazo español; tiene algo de spleen o weltschmerz, pero es una fatiga existencial específicamente mexicana arraigada en siglos de fracaso colectivo, revolucionario y posrevolucionario. La hueva no conduce ni al suicidio, sino que se detiene en una pereza profunda y sabia, la de la inutilidad del esfuerzo, la réplica visceral a todo entusiasmo y a toda literatura de autoayuda.
Primero pensé que el detonante había sido el reencuentro con Andrea, pero Sor Juana se encargó de desmentírmelo con un no rotundo y decepcionado, un no que, a pesar de su brevedad de monosílabo, tenía más información comprimida: no tiene nada que ver con Andrea, no sigas por ese camino, es otra cosa. Pensé después, con más inquietud, que la depresión tenía que ver con asuntos familiares de los Quezada y quizá con alguna amenaza concreta que por fin había llegado a los oídos de Sor Juana. Pero tampoco: ella me confirmó de manera convincente que no había novedades reseñables en los negocios familiares.
Y por fin descubrí que, por supuesto, el culpable auténtico había sido yo, directa o indirectamente, Dios mediante.
Después del encuentro con Nilsson, se me ocurrió que debía hacer un regalo a Sor Juana, para agradecerle el detalle de compartir conmigo algo que pertenecía a su intimidad con Andrea y a su pasado común. Quise sacar su lado más frívolo y veleidoso y actuar por una vez de asqueroso rico manirroto con ella: fuimos de compras y le ofrecí la posibilidad de comprar las botas más caras que pudiéramos encontrar.
Y compré botas, las que quiso ella pero en realidad quería yo, botas que valían más que lo que cobraba en seis meses el vigilante de mi casa. Botas, sí, maravillosas botas hasta la rodilla, de tacón fino e incisivo, botas de probable esguince, botas de acróbata y superheroína Marvel, difíciles de manejar, peligrosas en el asfalto mexicano, inviables en la cotidianidad provinciana de Cholula. Botas de tobogán, botas de supremacía, botas que resuenan imperialmente en el suelo, botas del imposible ballet de una valkiria.
Y, sin embargo, la ilusión inicial en la tienda se fue desvaneciendo en cuanto llegamos a mi casa, y poco a poco Sor Juana se eclipsó hasta reducir su comunicación a algunos mensajes básicos.
—No podemos seguir así.
Ahí estaba el origen último de la hueva, al parecer. En las botas y lo que las botas significaban.
—¿Por qué nunca puedes ser, no sé, natural? ¿Por qué te escondes tanto? ¿Por qué me ocultas lo que eres?
Me escondo, claro, me escondo entre mediaciones, y nunca lo he negado. Soy un ser carente de naturalidad, o al menos la he sepultado bajo capas y capas de mediaciones, hasta el punto de hacerla irreconocible. Tal vez yo no tengo sentimientos, sino constructos; no tengo vida, sino relato. Sor Juana sabía mucho de simulacros, sin duda, y esa era una virtud clarísima, pero ella, a diferencia de mí, esperaba algo, una esencia, una verdad última, una mónada de sentimiento básico y no contingente, no sé, algo equivalente a su profunda vulnerabilidad de niña amante de las Spice Girls (oh, sí, las Spice Girls también formaron parte de esos días, y la hicieron llorar, porque ella adoraba a esas petardas y ese tiempo nunca volverá, y pensar eso es suficiente para hundirse en el polo peor de la bipolaridad). Sor Juana necesitaba a esa Spice Girl eterna y platónica para demostrarse a sí misma que lo nuestro no era un simple juego y que detrás de los deseos oscuros hay una claridad esperanzadora.
Y cómo le explico yo, sin volver a ser su profesor, la importancia de la palabra, de la simulación, de la voz en grito, de la literatura como escudo. Detrás de ese escudo, mi lóbulo frontal es poco más que un pastiche de ideas y voces para hacer ruido y evitar que lo realmente importante no tenga eco. Lo importante: eso que llamamos muerte, o nada, o vacío, el niño que nunca va a encontrar el camino de vuelta a casa. Las arenas movedizas.
Y en el fondo (pero eso no se lo dije nunca) a Sor Juana le pasaba lo mismo en aquellos tiempos, porque ella soñaba con su Atlántida como refugio, y su Atlántida era igual de artificial que mis múltiples sueños literarios; su Atlántida, desgraciadamente, era una fosa marina en medio del océano, sin luz y vida, entre España y México, como yo. Ni Spice Girls ni Atlántida: sólo muerte.

Sor Juana salió dificultosamente del autismo varios días después, pero, como era de prever, nunca vi esas botas en sus piernas. Lo acepté porque, en el fondo, era lógico. Igual que, admitámoslo, es lógico que todo lo que vive tenga que morir.