lunes, 27 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (I)


YO NO HE MUERTO EN MÉXICO
y espero no hacerlo nunca, pero he visto muertes (demasiadas) en México y he pensado mucho sobre ese país y todo lo que lleva a su espalda, esa carga de mitos y metáforas con las que se ha creado la fama que ahora tiene y que, en cierto modo, pero sólo en cierto modo, es lo que me atrajo para ir a vivir allí una temporada (y me quedé muchos años). No diré hoy que todo en México es muerte porque eso supondría asumir que el destino es sólo un espejo y que nada cambia nunca. Pero sé que ese es mi verdadero país, y no Cataluña ni España, porque en Cataluña y en España hace mucho que dejé de reconocerme, y sin embargo al otro lado del océano me sentí en casa, incluso cuando se trataba de ver muertes y discutir sobre las pocas verdades y las muchas mentiras del ser mexicano.
Lo confieso: he intentado vivir casi todos los tópicos de México, y es que uno busca la magia aun cuando sabe que la magia es el peor de los engaños. Podría decir, por ejemplo, que viví bajo el volcán, bajo el mismo volcán de la novela, el Popocatépetl, pero no en el valle de México, sino en el de Puebla, al otro lado de donde se instaló el Cónsul de Malcolm Lowry. Viví bajo el volcán, que humeó casi todos los días augurando una gran revelación geológica, y pude incluso sentirme un clon de ese mismo Cónsul, en sus borracheras y en su efímera sobriedad. Pero es que he tenido varias reencarnaciones: he sido Hernán Cortés, español canalla y genial estratega, prepotente y seductor en el Nuevo Mundo y perdedor en su España natal. No he sido William Burroughs, que mató a su mujer en la Ciudad de México jugando a Guillermo Tell, pero he jugado también peligrosamente con mujeres (o ellas jugaron conmigo, tal vez). He sido exiliado de la Guerra Civil, como tantos escritores republicanos, incluido el mismo Paulino Masip sobre el que quise escribir un libro y sólo escribí dos o tres artículos menores que, sin embargo, fueron leídos por la persona oportuna. Y sobre todo, he sido delincuente; es decir, delincuente que cruza la frontera.
Porque huí y llegué a México en mi huida, como todos esos tipos rudos y violentos con los que desde niño yo y tantos otros hemos asociado a ese país en el cine y en la televisión. Pistoleros, ladrones, asesinos, desheredados, marginados, culpables de mucho e inocentes de bastante, para los que México es la Tierra Prometida de la democracia que nunca llega y que por tanto no les va a exigir el pago de su deuda con la ley. Antes incluso de conocer en persona el país, ya me había alienado con el repertorio de todos esos antihéroes solitarios y silenciosos, y había decidido que quería ser, siquiera fugaz o provisionalmente, uno de ellos, a pesar de que en sentido estricto no soy un delincuente, o sólo soy un delincuente de la escritura.
Hay un western, uno en especial, que siempre me viene a la mente cuando pienso en México: The Wild Bunch (Grupo salvaje), de Sam Peckinpah. Es una gran película, pero sobre todo es un buen ejemplo de lo que quiero decir: el tirón que México tiene para los autodestructivos, su magnífica hoja de servicios como Reino del Caos. Resumo la historia: en plena Revolución mexicana, un grupo de ladrones de bancos liderado por Pike Bishop (al que interpreta un decadente William Holden), atraviesa la frontera huyendo de los cazadores de recompensas. Sin embargo, se encuentran con las fuerzas federales y uno de los ladrones, que es mexicano, es torturado por simpatizar con la Revolución. Sus colegas, Bishop y otros tres, dudan y no saben si deben rescatarlo, porque eso significa enfrentarse a todo un ejército. Y en la escena que he visto una y mil veces, Bishop, después de haberse acostado con una prostituta indígena, termina su botella de tequila y durante unos segundos reflexiona mientras observa cómo la mujer se refresca el rostro, y la mira hasta que comprende que no hay otra opción, que deben él y sus amigos redimirse a través del sacrificio, y que para eso México es un país ideal, porque nada funciona como debiera y el sacrificio te lo hacen en cualquier momento, con una anestesia a base de mitos. Por esa razón Pike, con el alma estriada y la garganta quemada, sale de la habitación y reclama en silencio a sus colegas, y todos se ponen en marcha para demostrar que sí hay una épica del delincuente y que ellos la conocen.
Mueren, desde luego; mueren espantosamente, como es obligado. Pero en cierto modo, como decía antes, para mí eso fue México, antes de llegar allí y cuando ya estuve y me instalé, y amé y viví y trabajé como nunca lo había hecho en mi vida. Eso era y es México: el contraste brutal entre William Holden, que es el extranjero que decide que va a morir y que medita sobre la tragedia que se le viene encima como una posesión, y la mujer indígena a la que todo eso le trae perfectamente sin cuidado. En ese hueco inmenso cabe todo México, con sus dioses y vírgenes, con todos esos relojes que marcan tiempos distintos, con todas sus contradicciones de país sobre el que ya se ha escrito demasiado.
Yo no he sido pistolero ni ladrón, por supuesto; pero entiendo a Pike Bishop, comparto algunos de sus estragos y pienso que los demás no estaban tan lejos: Judith Robaina, Jeff Lombard, Miguel Magallanes, Sven Nilsson y todos los demás, los parias y exgenios, los masoquistas de la cultura digital, los espectros de la modernidad líquida que nos fuimos para allá, a morir o no, a escribir y a odiar la literatura al mismo tiempo o por separado, a luchar por México o a destruir aún más si cabe el país haciéndolo más trágico y penoso. Los mexicanos no se merecen ese país; pero algunos de nosotros probablemente, sí. En mi caso, seguro. 

viernes, 24 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (II)

EL PACTO

Judith Robaina lo detectó en seguida. Detectó que yo quería exiliarme de España pero no para ser un exiliado de la guerra, sino de la paz con la que empezaba el nuevo siglo, esa paz de la democracia y de la sociedad del confort en la que todo parece tan razonable y pragmático que deseas meterte un buen cóctel de lejía para contrarrestar tanto optimismo histórico. La paz horrible del aznarismo y el euro. La euroforia.
Judith sólo necesitó algunos datos de mi currículum y algunas comunicaciones por correo electrónico, mensajes en los que realmente no hablábamos de nada serio, sino que tan sólo compartíamos el hastío típico del nuevo milenio, la antiépica del mundo fukuyamiano y su fin de la Historia. Pero entendió pronto mi naïf necesidad de milagro, de maravilla, necesidad propia del europeo secularizado que se aburre en el Estado del bienestar y quiere callejear por el del malestar. Judith supo que con unos cuantos trucos de marketing turístico y antropología podía convencerme de que encajaría en México mejor que en ninguna otra parte. Yo esperaba una ficción, y México, admitámoslo, es perfecto como relato. En cambio, España, tan mesocrática y pagada de sí misma con fondos europeos, atrofia la imaginación y sólo provoca bostezos con sus pobres hechizos. Y de Cataluña ni hablemos: no da para una novela sino con suerte para un auca.
Judith había estudiado su doctorado en literatura comparada en Estados Unidos, en San Francisco, concretamente, y había regresado a su país ya hacía varios años. Tenía entonces treinta y dos, tres más que yo, se había casado con un mexicano de Tutxla Gutiérrez bastante comprometido políticamente con la causa indígena y había publicado un par de libros, que yo no conocía; uno sobre Elena Garro, la que fue esposa de Octavio Paz (y pagó por ello), y otro sobre Nellie Campobello, una admirable escritora de los tiempos de la Revolución que, evidentemente (la evidencia me la transmitió ella pero yo la comparto hoy), era mucho más interesante que el resto de los novelistas de la Revolución, hombres como Guzmán o Azuela. Judith y yo nos habíamos conocido casualmente en un congreso de literatura en Madrid en el que yo hablé de la obra olvidada de Paulino Masip, autor de una novela curiosa titulada El diario de Hamlet García. Masip era uno de esos tantos escritores españoles que perdieron la Guerra Civil y murieron en el exilio, sin laureles literarios, sin mística ni canon, en la bolsa de pobreza de los autores sin nota a pie de página.
Aquella primera vez apenas tuvimos oportunidad de hablar y ella, que conocía un artículo mío anterior sobre el tema, tan sólo me aportó el dato de que Masip no había sido el único escritor con psicología frágil que había fallecido en el sanatorio de la ciudad de Cholula, perteneciente al estado de Puebla, en el altiplano del interior del país, a unos 120 km de la Ciudad de México. Un poeta mexicano llamado Juan de Alba también había fallecido ahí, en el mismo sanatorio, en 1973, y Judith incluso me recitó algunos versos suyos que apenas pude valorar. Después me preguntó si sabía algo de Cholula, la Jerusalén del México prehispánico, donde ella trabajaba como profesora. “Una ciudad mágica”, precisó, y añadió: “la ciudad viva más antigua de toda América”. Le dije que no, que me faltaba mundo y que había salido poco de mi Barcelona natal. Presumí de iconoclasta diciéndole que me gustaban Rulfo y García Ponce pero también El Chavo del Ocho, la serie de televisión infantil que educó a media América Latina. Y le dije la verdad, que de Cholula sólo me sonaba la famosa matanza de la Conquista, en la que Cortés arrasó a los cholultecas. Judith me comentó que escritores tan diversos como José María de Heredia, Pablo Neruda y Carlos Fuentes habían escrito alguna vez sobre el lugar, considerado durante siglos como ciudad sagrada. Yo le respondí sarcásticamente que entonces Cholula, a pesar de Fuentes, había tenido más suerte que Barcelona como ciudad literaria.
Fue, por mi parte al menos, una conversación deliberadamente frívola, de esas tan habituales en los congresos literarios, en las que los pedantillos lucen su biblioteca personal y tratan de impresionar a los colegas para lograr algún beneficio en forma de publicación o invitación. Pero sé que después de ese encuentro ella se mantuvo al tanto de lo que yo hacía y lo que yo publicaba (poca cosa), y por eso, la segunda vez que nos vimos ya estaba preparada para hacerme la oferta y para mejorarla cuanto fuera posible.
Yo había terminado mi tesis doctoral sobre Masip y, efectivamente, había salido por fin de España pero para pasar un año horrible en París, viviendo la impostura de una vida académica para la que no sirvo, investigando la obra literaria de los exiliados desde la comodidad de las grandes bibliotecas y los departamentos de las eminencias. Había perdido toda esperanza de entrar como profesor en mi universidad: el catedrático más poderoso, al que llamábamos Frígilis por su devoción por el inane de Clarín, prefirió darle una oportunidad profesional a la que había sido mi novia, una becaria que, por cierto, me estuvo poniendo los cuernos con él durante al menos un semestre en gozosos viajes académicos pagados con dinero público. Así que volví a España para llevar una patética vida de freelance, escribiendo reseñas mal pagadas en las que volcaba mi resentimiento literario, y artículos a veces graciosos, de cierto tono costumbrista y nostálgico, en periódicos de mi ciudad. Pero también escribía otros textos, más extraños, en revistas muy minoritarias: poemas, ensayos, cuentos, misceláneas de mi frustración y tanteos intelectuales que a nadie, pensaba yo, le podían interesar, y por las que, por supuesto, no cobraba nada. Increíblemente, Judith conocía algunos de esos experimentos.
-¿Viviste en París un año con una beca en la Sorbona y volviste a España para trabajar de crítico literario cobrando una miseria? –me preguntó en esa segunda ocasión, en un restaurante mexicano del barrio de Gràcia en Barcelona, precisamente. Recuerdo que entonces, durante la cena, Judith no me pareció muy hermosa, y eso era porque, claro, todavía no estaba familiarizado con la auténtica belleza mexicana, esa belleza étnicamente genuina que no aparece en las telenovelas, donde abundan de forma falaz rubias y estilizadas mujeres. Judith, en cambio, aunque era algo pálida, tenía ojos grandes y negros y unos labios sorprendentemente carnosos.
- Fíjate que me gustó mucho tu cuento sobre la utopía heideggeriana.
Se trata de un cuento en el que imagino cómo se construye una sociedad ideal en la que todos los integrantes viven comunitariamente dedicados en exclusiva al estudio de la obra de Heidegger, entendida como la función más importante de cualquier empresa humana, y explico los problemas políticos, organizativos, económicos e incluso afectivos que todo eso genera. Una especie de fábula cuyo sentido último, utópico o antiutópico, ni yo mismo entendí. Judith Robaina era la primera persona que parecía haberlo leído.
-¿Por qué no te vienes a México? En mi universidad tenemos un puesto libre de tiempo completo.
-¿Lo dices en serio? México da un poco de miedo, admítelo. Cada día hay una noticia terrible.
-No creas que todo en México es como las películas de Robert Rodríguez.
-En realidad, pensaba en otro Roberto… Bolaño.
-¿A poco no te gustaría poner un poco de emoción en tu vida? Ándale, prueba un semestre… Tenemos una escuela de literatura a la que van algunos de los estudiantes más inteligentes del país y de toda América Latina. Y también algunos de los estudiantes más ricos. Es una universidad privada y elitista, que imita las universidades gringas, con su campus convertido en microcosmos, con sus albercas, sus tienditas, su gimnasio, su clínica, incluso su propia policía, para que no tengas miedo...
-¿En Cholula? ¿Me quieres decir que hay una imitación de Harvard al lado del sanatorio?
-Harvard, pero mezclado con Comala… -rió-. No, no es cierto… Es un lugar bien interesante. La universidad la fundaron unos empresarios con mala conciencia filantrópica, y en ella hemos tenido como alumnos a hijos de presidentes y gobernadores, que van con guaruras (guardaespaldas, dicen ustedes) al salón de clase. Es curioso que en una universidad así se enseñe algo tan inútil como la literatura, pero ahí está precisamente la gran oportunidad: meter una pequeña bomba en forma de novela o poema en el seno de alguna familia mexicana poderosa. Suelen ser chavos con inquietudes; vanidosos y prepotentes, pero a veces encontramos algún talento extraordinario. El salario es bueno y te aseguro que no olvidarás la experiencia.
Hizo una pausa y aprovechamos para beber vino los dos. Calculé que empezaba mi creciente embriaguez y pensé que dos horas después estaría en condiciones perfectas para dar una respuesta a lo que me proponía.
-Tenemos dinero para pagar buenos salarios teniendo en cuenta que es América Latina, -continuó- y tenemos también buenas instalaciones, pero hay que reconocerlo: no podemos contratar a los mejores. Los profesores realmente competitivos y ambiciosos se van a Estados Unidos a triunfar en ese circuito académico, y nunca podemos igualar las ofertas que reciben. Estados Unidos es un enemigo demasiado poderoso; no sólo por el dinero sino por el prestigio. México no puede retener a sus talentos; es otra de las desgracias que tenemos que aguantar. Sólo podemos intentar ser más astutos que los gringos, ofreciendo aquello que no pueden encontrar al Norte y tentando a aquellas personas que son distintas, impredecibles, que no pasarían la entrevista previa. Hay que reconocer que México es un país ideal para eso. Tiene años que voy reuniendo a profesores singulares de orígenes muy diversos, algunos muy chistosos, que probablemente no podrían trabajar en ninguna otra parte. Espero que de ese cortocircuito salga algo nuevo, no sé muy bien qué; una explosión que destruya por fin el arte y lo haga renacer, o simplemente una buena novela o una buena película, o la creación de una secta que contribuya a cambiar México aunque sólo sea un poco. Ya sabes lo que decimos los mexicanos: lo más seguro es que quién sabe.
“Algunos profesores del departamento son buenos, bien buenos. ¿Has oído hablar de Miguel Magallanes? ¿No? Pues fue en su momento un novelista importante, tiene más de treinta libros publicados. Incluso llegó a vivir aquí en Barcelona, en los tiempos gloriosos del boom, como Vargas Llosa y García Márquez. Lo dejó todo para intentar triunfar. No le salió bien la aventura, regresó a México y acabó en Cholula. Tenemos también a Jeff Lombard, que es un nuevo Ambrose Bierce, el típico gringo desencantado con su país, que ha preferido los abismos de México a las cumbres del capitalismo. ¿Sabes? Me siento como el personaje de comic, ese profesor pelón en silla de ruedas que va buscando mutantes por todo el mundo para reunir un equipo y proteger al mundo de los mutantes malvados. Sí, yo he reunido a unos cuantos mutantes. Y en cierto modo, es la única manera de aportar algo positivo a México. Porque ese país está del nabo, como decimos nosotros; todo funciona mal. Y aunque no me creas, yo soy una patriota y me preocupa mi país. Ya sé que no puedo hacer mucho, pero al menos tengo una escuela de literatura que funciona y que, a lo mejor, dentro de unos años, pocos o muchos, quién sabe, será un lugar del que se hable.
“Te la pasarás bien… La universidad es una burbuja llena de niños ricos con sus carros lujosos y sus laptops de última generación, encerrados en un campus en el que viven la mayor parte del tiempo drogados porque están lejos de sus papás y pueden gastarse en un día lo que nosotros ganamos en un mes. Y fuera del campus, apenas a cien metros, entras en la ciudad sagrada y te encuentras por la calle cualquiera de las cien iglesias del pueblo, la procesión del santo, los perros callejeros, los vendedores de tamales, el burro que carga los bidones de pulque… Puedes seguir los pasos perdidos de Carpentier retrocediendo desde la posmodernidad más cool hasta los tiempos de Nezahualcoyotl”.
Intenté presumir de ideas originales otra vez y le expresé mi escepticismo sobre el discurso macondiano acerca del encanto especial de lo latinoamericano; un escepticismo que, en realidad, era más bien teórico y que casi nunca había puesto a prueba discutiendo con un latinoamericano, si es que alguien sabe qué significa eso de ser latinoamericano.
-Los gachupines como tú nos niegan siempre, niegan las pocas veces que les ganamos en literatura. ¡Pinches colonizadores! No saldrán nunca de su prepotencia. Pero sí, te diré que yo sí creo en algún tipo de magia, o energía especial que nos hace menos previsibles que ustedes los europeos. Quizá por eso es todo tan gacho en México. Pero también de ahí salen cosas extraordinarias. Yo no soy supersticiosa ni irracionalista, pero sé que hay cosas que no cambiaría de un lado a otro del océano. Mis papás, por ejemplos. Los dos son ciegos; bueno, mi papá era, porque ya murió. Nos tuvieron a mi hermano y a mí y nos cuidaron en un pueblito de Veracruz. Mi papá era ciego de nacimiento, pero su enfermedad, por suerte, no se heredaba; la de mi mamá tampoco, era ciega desde niña, o sea que algo vio, aunque apenas recordaba. Y, sin embargo, crecimos perfectamente con ellos, en un pueblito medio abandonado, no lejos de la selva, en el que la escuela estaba bien lejos. Mi abuelo había ganado dinero con unas tierras que quién sabe cómo ocupó y aprovechó, y con eso pudimos sobrevivir e incluso ser bien considerados en el pueblo. Yo recuerdo ahora mi niñez y pienso que sí hubo algo milagroso, porque sobreviví a todos los accidentes y las travesuras, porque mis papás sabían cuándo estaba yo enferma o triste, o me había herido jugando con el bruto de mi hermano, o me había quedado con hambre después de la cena. Sabían cuándo los engañaba y cuándo les decía la verdad. Todo era normal, éramos una familia normal a pesar de todo, pero yo hojeé de niña libros en Braille al mismo tiempo que el Quijote o Julio Verne. En mis momentos más bajos, pienso en ello y encuentro fuerzas para todo, incluso para sacar adelante los mil problemas que tenemos cada día. No será un milagro, pero tampoco está tan lejos de serlo.
Terminamos de cenar y tomamos un taxi para ir al Barrio Gótico, que ella quería conocer en compañía de un autóctono. Tuve que explicarle que soy un charnego indiferente a Cataluña y España y reforcé mi argumento con pruebas irrefutables, como haberme perdido deliberadamente todos los acontecimientos olímpicos de 1992. Aun así, paseamos por todas las zonas previsibles y ella disfrutó de forma muy evidente. Después de un paseo de casi una hora, nos sentamos en una terraza del Port Vell:
-Ya veo que te gusta la ciudad -le dije-. Quizá pienses que aquí también hay algo mágico o como mínimo especial. Pero no: aquí no hay magia, sólo diseño, especulación inmobiliaria y vanidad primermundista. Todo el sortilegio de colores, el rito de palabras y conjuros, todo eso es simple negocio, y nada más. Esta ciudad ha cambiado mucho; este país, en realidad. Nos hemos creído todos los cantos de sirena del capitalismo y parece que nos hemos redimido de nuestro pasado trágico. A veces siento que ni España me necesita a mí ni yo a ella. Dirás que en Cholula se confunden los tiempos y las épocas. Pero acabamos de entrar en el siglo XXI y aquí tenemos rey.
- Y además Iberia sigue sin tener fila 13 en los aviones… -apuntó Judith, y yo me apresuré a memorizar el dato.
-Eso es España.
Nos reímos y seguimos paseando y hablando, y bebiendo también, y le propuse ir a bailar, yo que nunca he querido bailar, pero ella se abstuvo con un comentario que aún hoy no sé si era totalmente irónico, y es que me dijo algo así como que ella era una mujer mexicana casada y que su marido no perdonaría que se fuera a bailar con un hombre soltero (porque yo era y sigo siendo soltero). Y yo me sorprendí de que fuera feminista y a la vez pudiera tener tanto respeto a su marido, aunque después, cuando conocí al marido, entendí un poco más de todo ese lío que los mexicanos tienen encima, y las mexicanas más.
La decisión la tomé esa noche, aunque tardé en decírselo a Judith. Pero pasé semanas pensando en sus ojos y en los de sus padres ciegos, y en lo extrañamente unidas que pueden estar todas esas pupilas. Nos despedimos esa noche en la puerta de su hotel castamente, porque yo ya sabía que a las mujeres mexicanas hay que dejarlas siempre en la puerta de su casa. Y le dije que pensaría sobre su oferta; creo que ella se sintió algo decepcionada porque no había logrado un sí definitivo y me sentí en la obligación de decir algo más. Lo único que se me ocurrió fue agradecerle lo que había dicho de mí, el elogio que nunca había recibido y que, desde luego, también ayudó a decidirme.
-¿Qué es lo que te he dicho? –preguntó, con un hermoso mohín de duda.

-Mutante.

jueves, 23 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (III)


UN POCO DE LEYENDA NEGRA


“Entre otras matanzas hicieron ésta en una ciudad grande de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula; que saliendo a recebir todos los señores de la tierra y comarca, y primero todos los sacerdotes con el sacerdote mayor, a los cristianos en procesión y con grande acatamiento y reverencia, y llevándolos en medio a aposentar a la ciudad y a las casas de aposentos del señor o señores della principales, acordaron los españoles de hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor y braveza en todos los rincones de aquellas tierras. Porque siempre fue ésta su determinación en todas las tierras que los españoles han entrado, (conviene a saber), hacer una cruel y señalada matanza, porque tiemblen dellos aquellas ovejas mansas. Así que enviaron para esto primero a llamar todos los señores y nobles de la ciudad y de todos los lugares a ella subjetos, con el señor principal. Y así como venían y entraban a hablar al capitán de los españoles, luego eran presos sin que nadie los sintiese, que pudiese llevar las nuevas. Habíanle pedido cinco o seis mil indios que les llevasen las cargas; vinieron todos luego y métenlos en el patio de las casas. Ver a estos indios cuando se aparejan para llevar las cargas de los españoles es llevar dellos una gran compasión y lástima, porque vienen desnudos en cueros, solamente cubiertas sus vergüenzas y unas redecillas en el hombro con su pobre comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos. Todos ayuntados y juntos en el patio con otras gentes que a vueltas estaban, pónense a las puertas del patio españoles armados que guardasen, y todos los demás echan mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. A cabo de dos o tres días salían muchos indios vivos llenos de sangre, que se habían escondido y amparado debajo de los muertos (como eran tantos); iban llorando ante los españoles pidiendo misericordia, que no los matasen. De los cuales ninguna misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos. A todos los señores, que eran más de ciento y que tenían atados, mandó el capitán quemar y sacar vivos en palos hincados en tierra”.
Fray Bartolomé de las Las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Según Ramón Menéndez Pidal, insigne maestro de eso que llaman hispanismo, Las Casas no era más que un pobre paranoico.
Qué poco sabemos los españoles de América.



Y ME FUI A MÉXICO, EFECTIVAMENTE


Me fui como tantos europeos miembros de ONGs, sí, sólo que mi ONG se llamaría Nihilistas sin Fronteras y sería más bien un lobby de esos que presionan para defender sus intereses. Me fui a Cholula a procrastinar, pero a lo grande, con plenitud y método, sin otra urgencia que mi propio declive. Me fui a esperar que pasara Algo: la liberación de una Furia, el asomo de una Tragedia, el advenimiento de un Crimen con Castigo, o simplemente a tocar algún extremo, aunque ese fuera el de la decepción suprema y sin paliativos, que es otra forma, aunque en negativo, de la plenitud. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (IV)


MR. JEFF LOMBARD

—Pinches mexicanos hijos de su reputa madre, qué poca autocrítica tienen. Se creen que son un gran país y cada 15 de septiembre celebran su propia mierda, sus cuarenta millones de pobres, sus veinte millones de corruptos, sus millones de ignorantes, sus indígenas muertos de hambre. Dan ganas de ir al zócalo en la noche del Grito de Dolores con una pistola y decirles ¿qué chingaos celebran, cabrones? Nos critican a los gringos porque en el fondo quieren ser como nosotros, ricos y mamones, pero sin dar explicaciones, sin rendir cuentas ante nadie. Así son, amigo Alejandro, así tienes que verlos, y te cuento todo esto sólo a ti porque lo peor es que no les puedo decir todo esto aunque quisiera, aunque quiero todo los días y creo que sería bueno que alguien les dijera estas verdades y que luego me apliquen si quieren el artículo ese de su constitución con el que corren del país al extranjero que les molesta. Pero no puedo decirles nada y me lo tengo que tragar todo, porque al fin y al cabo esta bola de cabrones son los que me dan de comer, y me dejan dar mis clases y hacer lo que se me pegue la gana, y por eso tengo que callarme ante la Robaina y no desmitificar su pinche México ideal que ella cree todavía que es un imperio y no es más que un vertedero de asesinos y violadores. Porque te voy a decir algo: México no es país de borrachos; España es un país de borrachos, quizá Rusia también, pero en México la gente toma menos de lo que se piensa, en parte porque ni hay dinero para comprar el alcohol. No, México es un país de violadores, de machos reprimidos que en cuanto pueden sacan a la bestia que llevan dentro. Ni Cortés ni la Malinche ni ninguna otra historia de esas que se inventan para justificarse; violadores, Alejandro, violadores por todas partes. A la mitad de las mujeres que he conocido en este país las han violado, y la otra mitad todavía no me lo ha confesado.
Jeff Lombard hablaba así, con buenas dosis de grosería mexicana, porque llevaba más de quince años en México cuando lo conocí (alguna vez contó que vivió el terremoto de 1985) y poco quedaba del tipo que, supuestamente, había nacido en Filadelfia. Había perdido no sólo su acento sino los modales estadounidenses, y la verdad es que costaba descubrir en él su origen gringo. Además, vestía a menudo con ropas y colgajos indígenas o indigenistas, lo que, unido a su larga barba y a su coleta, ambas canosas, le daba un aspecto estrafalario, como de santón perdido o consumidor de peyote al borde de la epifanía. Y digo que supuestamente había nacido en Filadelfia o cerca de allí porque nadie en la universidad parecía haber visto nunca su pasaporte ni ningún documento acreditativo de su persona, y, de hecho, nunca salió del país ni regresó a Estados Unidos mientras trabajó en Cholula. Creo que nadie había visto tampoco su título oficial de doctor, aunque no era el único caso en la universidad y en otras partes del país: todos sabíamos que muchos títulos académicos se compraban en la calle Brasil de la Ciudad de México a precios bastante razonables (yo mismo conseguí así mi sueño de ser doctor en Biología Molecular por la Universidad Nacional Autónoma de México para poder tirar a la basura mi título inútil de filólogo en Barcelona).
Nada más llegar a Cholula y empezar a impartir mis clases, sintonicé con Lombard más aún que con Judith, que en su puesto de jefa de departamento tenía muchísimos problemas intentando salvar unos estudios de literatura que eran, evidentemente, demasiado improductivos para una universidad de formación de élites. Lombard era el especialista en literaturas europeas, y era capaz de hablar de Thomas Mann o de Shakespeare sin que nadie pudiera rebatir sus opiniones en público. De eso poco discutíamos, en realidad; pero él parecía llevar tiempo esperando un interlocutor extranjero con el que desahogarse y criticar, sin ofender a ningún mexicano, todo lo que le parecía lamentable del país. Así empezó nuestra amistad, fraguada en cantinas y en fiestas diversas, con las que Lombard me introducía en la extraña sociedad cholulteca. Se convirtió en mi guía por los lugares interesantes de la zona, como la iglesia hiperbarroca de Santa María de Tonantzintla o el monasterio franciscano de Huejotzingo. Me llevaba en su camioneta y recorríamos el estado, y el único precio que tenía que pagar yo era escuchar sus largos exabruptos contra la autoconciencia mexicana. Nunca tuve dudas de que, a pesar de todo, su gratitud hacia México era altísima, y se indignaba enormemente con la actitud de sus compatriotas contra los inmigrantes mexicanos ilegales. Muy pronto empecé a escuchar rumores sobre él y los motivos que le habían hecho abandonar Estados Unidos; casi todas esas leyendas le hacían más interesante en los coloquios, salvo la que le atribuía que era pederasta y que buscaba niñas indígenas para sus diversiones perversas. Nunca la creí, pero sí pensé, en alguna fiesta con familias de profesores, que había algo extraño en su comportamiento con los niños; una especie de timidez excesiva, casi un complejo, sin duda demasiado contundente incluso para su currículum de soltero extravagante e impredecible.
Pero, a pesar de los rumores maliciosos, nadie le negaba la originalidad intelectual. No había publicado nada relevante, o nadie conocía nada publicado por él, pero tenía un prestigio espectacular entre los alumnos, en buena medida porque los maltrataba verbalmente y eso, aunque parezca mentira, lo convertía en un reto para los estudiantes. Era absolutamente escrupuloso en su trabajo; corregía de forma minuciosa todos los textos de los estudiantes y despedazaba sus sueños de gloria literaria con una convincente ecuanimidad: “metáfora insoportablemente inane”, “vulgar imitación de Carver”, “casi tan horroroso como Longfellow”. Que yo sepa, nunca puso un diez a un estudiante y esa dureza era especialmente meritoria en la enseñanza privada, donde, en México y en cualquier parte, las calificaciones suelen tener el impulso espurio de la coacción económica.
Para compensar su rigidez pedagógica, Lombard explicaba anécdotas que cautivaban a los estudiantes con más vocación cosmopolita o más cultura internacional. Presumía, por ejemplo, de haber conocido personalmente a Thomas Pynchon; era sin duda mentira (yo por lo menos no lo creí nunca), pero su erudición sobre el tema convertía en verosímil cualquier secreto del que presumiera. Al fin y al cabo, si Pynchon se beneficiaba de haberse creado su misterio, Lombard sólo hacía lo mismo. Su objetivo prioritario, de todos modos, era David Mamet, al que consideraba ejemplo perfecto de la degradación de la cultura de su país. Su conocimiento de la literatura del imperio gringo hacía especialmente entrañable su inmersión en la mexicanidad, y disculpaba, a juicio de todos, cualquier posible mistificación. Y yo además podía aprovechar sus argumentos para meterme a todas horas con el papanatismo neocolonizado de esos, en España y en México, que babean con cada novedad literaria que viene de Estados Unidos.
 —La literatura debe nutrirse del miedo. Jamás del amor. Eso les digo a estos chavos y es lo que espero que entiendan alguna vez. Su amor a la literatura no les servirá absolutamente de nada. Su amor a sí mismos, menos todavía. Si creen que van a ser correspondidos por la literatura, están completamente equivocados. Si quieren que esto sea como El club de los poetas muertos, que se vayan al carajo. Como mucho, llegarán a cronistas oficiales de sus pinches ciudades. Quizá sea eso lo que quieren. Pero algunos quieren más, y sólo lo podrán afrontar desde la vulnerabilidad, desde la intemperie. Ese es el problema de trabajar en un limbo como éste; a veces quiero sacarlos de acá y dar la clase en algún pueblo de la sierra, en el que lleguen completamente desprotegidos para que sientan de verdad cómo dios, cualquier religión, el amor, cualquier forma de arte, son tentativas de protegerse frente al miedo supremo que es la base de toda conciencia. Sabemos que nada nos espera y sólo cuando lo hayamos asumido con toda su dureza, podremos tal vez buscar alguna mínima respuesta. Por eso les maltrato desde el primer día y les digo que no les tengo ningún respeto; no sólo eso, les digo que aunque sean niños de papá no me dan miedo sus chantajes ni que presionen al decano porque les he dicho que deben morir un poco cada día para ser escritores o artistas o simplemente personas. 
Naturalmente, había un muerto en el pasado de Jeff Lombard, una huella que era a la vez una tumba. Aunque eso, en realidad, nos pasa a todos. Pero no había manera de conseguir que hablara de su vida antes de cruzar la frontera: sus respuestas eran o sarcásticas o vacías. No era extraño verle pasear por el campus fumando su cigarrillo de marihuana, y eso pudo haberle costado varias veces como mínimo el despido; casi siempre le salvaba el puesto Judith Robaina, pero en una ocasión fueron los propios estudiantes los que se movilizaron para impedir el despido. Las universidades privadas son muy sensibles a ese tipo de reacciones y se le perdonaron las manías a Lombard siempre y cuando no entrara a clase fumando ni hiciera proselitismo de sus hábitos en las instalaciones universitarias.
—Fíjate: carta de William Burroughs, que estudió una temporada en esta universidad, por cierto, a Jack Kerouac. Es de 1951 y responde a lo que él llama “apreciaciones altamente incorrectas” de Kerouac sobre México. “México no es simple, ni encantador o idílico. No es nada parecido a un vecindario canadiense. Es un país oriental que refleja dos mil años de enfermedad, pobreza, degradación, estupidez, esclavitud, brutalidad y terrorismo físico y psicológico. México es siniestro, oscuro y caótico, con el caos especial de un sueño”. Burroughs acaba diciendo que “cuando un mexicano mata a alguien es usualmente su mejor amigo”. Sí, claro, es Burroughs, que en el fondo era un escritor sobrevalorado gracias a su vida legendaria y marginal. Y no es precisamente un modelo de conducta, ya lo sabemos. Pero ahí sí acertó. Y lo que dice en 1951 se puede aplicar, más o menos, a lo de hoy. Hoy los mass-media son los que crean la psicosis colectiva de la delincuencia y el secuestro-exprés. Pero hay más problemas que la violencia. Te diré que para mí lo más grave es que no hay solidaridad en este país. La hubo, sí, en el terremoto del 85, que fue un momento horrible de dolor pero también de esperanza. Pero ya viste qué pasó después: fraude electoral, muerte de Colosio, toda esa mierda… Ya valió madre. Aquí el egoísmo es aún mayor que entre los gringos. Los gringos al menos creemos en el esfuerzo, el sueño americano y su reputa madre. Aquí creen en la Virgen de Guadalupe. Lo siento, quiero a este pinche país y sé que viviré aquí el resto de mi vida, pero a veces tengo que sacar toda esta furia. Los mexicanos ya hicieron su Revolución; salió mal y ahora esto es el caos. Que cada uno sobreviva como pueda. Ya han gastado la revolución, y no tienen más soluciones. No saben ni siquiera practicar el capitalismo honestamente, con la ética protestante de Max Weber. No quieren pagar impuestos; ni los ricos ni los pobres, ni poco ni mucho. Nadie cree que el dinero recaudado sirva para algo. Todos sospechan de todos y nadie confía en nadie; pero para qué gritar ni enojarse. Es así y lo será siempre; han construido su espíritu mítico y todos lo adoran aunque no quieran. En muchos aspectos, siguen en la vida colonial y no lo quieren admitir. Tan educados, tan hipócritas. Piden permiso y perdón por todo, aunque luego te matan porque no has brindado con ellos mirándoles a los ojos.
Así me hablaba Lombard, un poco como el maestro desengañado de “Luvina”, el cuento de Rulfo. ¿Podía yo acaso criticarle por no hablar de su pasado y ser coquetamente enigmático? En otra escala, yo hacía lo mismo, evitando compartir detalles sórdidos de mi vida en Barcelona: especialmente los que hacían referencia a mi soledad, una soledad mal disimulada con orgullo y nihilismo, cuya cifra última quizá sólo fuera un profundo egoísmo. No: si Lombard y yo nos podíamos comunicar era precisamente gracias a nuestros silencios.
—¿Moriré en México, Jeff? –le preguntaba yo.
—Algo de ti se va a morir aquí, eso es seguro.

lunes, 20 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (V)


SOLÍAMOS EMBORRACHARNOS UN PAR O TRES VECES POR SEMANA 

y a veces se sumaba el novelista Magallanes. De hecho, coincidíamos con los estudiantes en las cantinas, puesto que todas estaban en los alrededores del campus y ésas eran las opciones comunes para el ocio. En ocasiones (sólo evitaba la época de exámenes), Lombard organizaba fiestas ejemplares estilo Breakfast at Tiffany’s en su casa, un caserón en el centro de Cholula que había restaurado él mismo y que estaba lleno de souvenirs de todos sus viajes por México. Con el tiempo yo aprendí también a organizar mis propias fiestas, a menudo de manera improvisada, invitando a los estudiantes a mi casa a las cuatro o las cinco de la mañana, cuando las cantinas y las discotecas cerraban. Siempre había alguna tiendita donde comprar alcohol aunque no fuera legal, y comprábamos docenas de botellas con las que asegurábamos las provisiones. Y en mi casa (que ellos empezaron a llamar el Abrevadero de las Bestias) poníamos el equipo de música a toda potencia y bailábamos, hasta que los estudiantes empezaban a retirarse, ebrios, cansados o arrepentidos ante la certeza de un examen o un trabajo inminente. Lombard y yo nos quedábarnos hasta el final, discutiendo sobre las particularidades físicas o mentales de los estudiantes o sobre la muerte de la literatura o sobre las bondades comparadas de tequila, mezcal, sotol, pulque y la bebida más horrible de todas, la baratísima charanda que se vendía en botellas de plástico similares a las del vinagre. No era raro, en la casa de Lombard o en la mía, que los estudiantes acabaran de las formas más estrambóticas: inconscientes o escondidos sin permiso en alguna habitación en la que practicaban el sexo de manera rápida y ansiosa, con el detalle pésimo, a veces, de ni siquiera hacer desaparecer los condones cuando los usaban (no siempre).
—¿Sabes cuál es la gran pregunta que debes hacer siempre a cualquier estudiante, sea chavo o chava, con el que estás tomando una cerveza? “¿A qué se dedica tu padre?”. Esa es la gran pregunta. Los papás pagan de promedio cuarenta o cincuenta mil dólares anuales para que sus hijos estudien aquí, sin contar el alojamiento en las residencias del campus, por ejemplo. ¿Y sabes qué es lo peor? Que ese dinero para ellos es nada. Las fortunas que verás por aquí son incalculables. Entiéndeme: en los Estados Unidos puedes tener más cash, más capital, más patrimonio también, más ahorros, pero aquí la clave no es la cantidad, sino ese poder no mensurable y semidivino del cacique, ese abismo que te separa de los jodidos y que te permite llegar a donde ellos no pueden. Incluso nosotros, pobres profesores, ganamos treinta veces el salario mínimo establecido por ley. Yo he tenido alumnos que reciben Ferraris como regalos de cumpleaños. Ferraris pagados en cash…Lo que más jode es que suelen ser estudiantes educados, les cuesta exhibir su riqueza, y no sólo porque no quieren ser víctimas de secuestros y deben ser cautos. Es que viven en este lugar la impostura de una vida alternativa que nunca tendrán, porque cuando terminen aquí les espera el mundo real, en el que papá les dará lo que quieran. Incluso pueden hacer ahora su servicio social en la sierra ayudando a los pobres. Saben perfectamente que su dinero es sucio e injusto, y nunca presumirán de ello. No es necesario: la culpa es de todos y de nadie, y esa es la excusa perfecta. Eso les permite vivir en esta burbuja, felices y drogados, soñando con ser artistas, tal vez incluso soñando con que van a ser los mesías que salven al país. Y tal vez algunos, una vez maduren, pasarán a ser intelectuales remunerados y formarán parte de la mafia tradicional de este país. Ya sabes, la ciudad letrada de Ángel Rama, los funcionarios del poder, como Yáñez o Guzmán o el mismo Paz.
Ciertamente, la universidad tenía un hermoso y extenso campus de unas cien hectáreas, lleno de jardines con fresnos, eucaliptos y jacarandas por los que a veces se veía correr algún animal curioso como el tlacuache, y con monumentos que, aunque de irregular nivel estético, contribuían a un toque bucólico, todo a imitación de los campus estadounidenses que hemos visto en tantas películas casi siempre detestables y en los que la juventud estadounidense vive pseudoproblemas antes de afrontar su adaptación real al sistema económico. Como bien sabía Lombard, los mexicanos viven constantemente infiltrados por la cultura estadounidense, a la que a veces imitan y a veces parodian (involuntariamente), y sin duda, en Cholula habían trasplantado el modelo del norte, intensificando incluso el toque elitista y creando la imagen de una universidad competente, tecnificada y sin complejos; una universidad que, en principio, aspiraba a demostrar que el destino del subdesarrollo no es infalible, y en la que, por suerte, no había estúpidas hermandades estudiantiles con nombres de letras griegas.
Malinformado por los prejuicios más o menos habituales que acosan cualquier percepción previa de lo mexicano, no puedo negar que me quedé muy sorprendido de la organización y las infraestructuras, aparentemente primermundistas y en poco o nada inferiores a las españolas que yo había conocido en mi penosa experiencia universitaria: amplias salas de ordenadores de última tecnología, muchos laboratorios aparentemente serios, auditorios bien equipados que emitían películas no siempre alienantes, escenarios teatrales para estudiantes con vocación, completas y tentadoras instalaciones deportivas, incluso un helipuerto del que de vez en cuando descendían personajes trajeados que al parecer eran benefactores, filántropos o invitados especiales del patronato universitario. En definitiva, todo tipo de servicios para crear el microcosmos perfecto en el que los niños de buena familia pudieran sentirse a la vez correctos herederos de la asquerosa fortuna familiar y futuros dioses del México más clasista. Y en el que los profesores como yo, renegados de Europa o de Estados Unidos, encontráramos un dominio en el que realimentar nuestros heridos egos y sentirnos vedettes académicas. Claro que para llegar a ese punto había que aceptar ya algunas transas (corruptelas) que daban que pensar: así, por ejemplo, firmé al empezar un extraño contrato de trabajo lleno de irregularidades que incluía una carta de renuncia voluntaria sin fecha que tuve que aceptar y que dejaba a la universidad completo poder para despedirme cuando quisiera. No me preocupó en el momento de la firma, supongo que porque no contaba con quedarme los años que me quedé.
Pero así es México, un museo permanente del desconcierto y el antagonismo, en el que el capitalismo y el progreso material se hipertrofian de vez en cuando, como islotes de prosperidad que parecen más bien hemorragias, mientras las periferias subsisten con la extraña aleación de harapiento anacronismo y olvido gubernamental. Todo eso fue lo que empecé a comprender un poco más tarde: que falta dialéctica para asimilar tanto deslumbramiento antitético y llegar a algún tipo de conclusión, y que los propios mexicanos, tanto los decentes como los cabrones, habían asumido el fatum de su heterogeneidad con resignación, con el único deseo interno de que la desgracia del país no les tocara en forma de un asesinato o un secuestro o una violación.

domingo, 19 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VI)


EN LA COTIDIANIDAD DEL CAMPUS, 

los estudiantes se dividían básicamente en dos grupos: los ostentosos que ya aspiraban a tener pronto un título para entrar en los negocios familiares o en corruptelas oficiales, y los menos ostentosos, que se comportaban con discreción, fuera por mala conciencia o por simple estrategia ante el riesgo de los muchos delincuentes que habitan en la psicosis colectiva. Para mí, hijo de andaluces que aún conocieron el tifus antes de emigrar a Cataluña, miembro de una generación que, afortunadamente, jamás pensó en emprender negocios sino en situarse de la mejor manera posible en la función pública española como forma de humilde y digna supervivencia, para mí, digo, conocer de primera mano la riqueza, la riqueza real, expansiva, gozosa de sí misma, llena de materia y abundancia en-sí y para-sí, fue un auténtico shock ideológico.
Yo no conocía de verdad a los ricos catalanes, tanto en su versión burguesa tradicional como en el caso de los nuevos ricos de la era especulativo-europeísta, fuera de la imagen de los medios de comunicación que siempre los adulan lacayunamente como “creadores de riqueza”. Ya sabemos que en España se olvidó hace tiempo aquello tan social y rojeras de la “redistribución de la riqueza”, porque aquí no se trata de distribuir nada sino de tener más que los otros para que puedan servirnos, y por eso a los empresarios, según parece, no hay que llamarlos explotadores sino emprendedores y hermanitas de la caridad productiva. Pero, de cualquier modo, a pesar del odio primario y raigal que les tenía, los ricos eran poco más que una abstracción en mi mundo de charnegos funcionarios. Jamás había conocido a un rico en persona: el rico era para mí un fetiche al que por suerte no tenía nunca que dirigirle la palabra y al que, por tanto, podía negarle carta de ciudadanía en mi esfera personal y en mi vida cotidiana.
En México, sin embargo, la riqueza me asaltó cordialmente, a veces incluso con cara de inocencia, y comprendí que mi resentimiento social español no me ofrecía ya suficientes categorías ni dimensiones. En México los ricos a veces visten como pobres para que no los secuestren, y además son tan educados que piden todo por favor a sus criados. Incluso te dan la razón cuando les dices que la desigualdad social es intolerable, y cabe la posibilidad de que lo digan con sinceridad. Creo incluso que a veces el rico mexicano llega a perder el control de su fortuna y a no ser consciente de lo que tiene: habla de sus ranchos como yo hablo de la mesita de noche del dormitorio, se queja de los precios en Business class cuando viaja a Europa, se confunde con los diferentes tipos de tarjeta de crédito, hace cola en los bancos con los campesinos. Pero su riqueza es un sótano colosal, palaciego, una bodega a la que basta con entrar de vez en cuando para encontrar el vino adecuado. Ni siquiera es una fortuna sudada, de buscador de oro en peligrosas espeleologías: suelen ser fortunas fáciles, que empiezan con unas cuantas mordidas y algunas evasiones fiscales. A partir de ahí, la riqueza crece sola, con cierta naturalidad de tumor, teniendo en cuenta que en México la injusticia es tan natural como el maíz.
Esos ricos vivían en lujosas zonas residenciales de Cholula y Puebla a veces de difícil acceso, valladas e incluso protegidas con alambradas y garitas de vigilantes. No siempre el lujo era visible e inequívoco desde el exterior o desde la calle, sino que se camuflaba hábilmente con las urbanizaciones de menos nivel económico, garantizando cierta discreción necesaria para evitar contratiempos. Algunos de mis estudiantes vivían en esas zonas, pero otros preferían salir a la intemperie y compartir alguna casilla cholulteca en la que poder drogarse y follar sin moralinas.
Con el tiempo llegué a pensar incluso que yo me había convertido, de algún modo, en el peor cómplice de la desigualdad social mexicana, ayudando a los niños ricos a lograr sus objetivos hedonistas y a satisfacer sus caprichos humanísticos. Un criado culto de esos niñatos fresas, en definitiva, perfecto para mantener el statu quo de sus amos a cambio de un cómodo sueldo que, sin ser comparable al de las buenas universidades de Estados Unidos, me permitía pagar caprichos que no tenía en Barcelona.
—Niños fresa –continuaba Lombard—, en el fondo son los que me hacen sentir vivo desde que llegué a este país hace tantos años. Son adorablemente ingenuos a veces; y la ventaja con respecto a los Estados Unidos es que aquí nadie se quejaría del sexual harassment. Las estudiantes van de caza, Alejandro. Alguna se te echará encima más tarde o más temprano; primero, porque sus compañeros son aún mucho más ingenuos que ellas, y no les resultan atractivos, en general; y segundo, porque el profesor es el trofeo, y eso lo hace especialmente excitante. Yo no he tenido relaciones con estudiantes, pero no ha sido por falta de oportunidades. Sin embargo, he sido su tutor espiritual, les he enseñado a usar anticonceptivos, las he acompañado cuando han tenido que abortar e incluso en ocasiones les he tenido que prestar dinero porque no se atrevían a contárselo a su familia. No, no he cogido con las estudiantes, pero conozco toda su vida sexual y sentimental. Podría hacer un mapa sexual de toda Cholula y no me equivocaría mucho. Pero esa pelea ya no es para mí. Además, yo soy mayor que tú. Tú aún estás delgado y además, eres el güero, el rubito. Lo tienes todo para arrasar, si es lo que quieres. Si no, tienes a la Robaina, que está desesperada por quitarse a su marido. Sea como sea, no te faltarán oportunidades por aquí. Puedes incluso casarte y quedarte toda la vida. No tengas miedo a las represalias; los papás de estos niños no se enteran de la mitad de lo que pasa. Además, en general prefieren que quien esté con su hija sea alguien respetable, por ejemplo un doctor español. Eso queda bien para algunas pseudoaristocracias de por acá. Afortunadamente, las estudiantes de literatura son un poco menos conservadoras. Quieren conocer algo más de la vida. Como Sor Juana.
En todas partes es habitual que los profesores reciban apodos más o menos hirientes por parte de los estudiantes; uno de los rasgos curiosos de Lombard es que él se anticipaba y a cada estudiante le ponía su mote, y lo hacía sin pudor alguno. Sor Juana ya conocía perfectamente la existencia de su mote, y lo asumía como peaje del aprendizaje con Lombard. El argumento fundamental del gringo para justificar el mote era la aparente ambigüedad sexual de la chica, más proclive en la noche cholulteca a los encuentros lésbicos que a los heteros, aunque nunca parecía encontrar una pareja estable de ninguno de los dos sexos. Pero es que además Sor Juana también aspiraba a ser escritora y practicaba una poesía densa, compleja, capaz de disimular lo autobiográfico con ramalazos de surrealismo y conceptos grandilocuentes. Su gran proyecto era una extraña obra multigenérica de la cual tardé mucho en saber algo más que el título, sugerente aun sin ser original: Atlántida.
Era, probablemente, la estudiante más atractiva de su generación de estudiantes de literatura y en ello estábamos de acuerdo los tres hombres del cuerpo docente: Lombard, Magallanes y yo. Los pocos estudiantes masculinos y no gays de literatura opinaban lo mismo, y uno de ellos, un norteño llamado Rodrigo (a quien Lombard apodaba El Culero), la perseguía tenazmente desde el primer curso en el que coincidieron. Los méritos de Sor Juana eran muy evidentes: era independiente y siempre parecía ir un paso por delante de todos sus candidatos, a los que respondía con sorprendentes contraofertas o con negativas silenciosas pero absolutamente rotundas e incluso humillantes. Físicamente, tenía la perfecta hibridación de disciplina europea en el cultivo de la imagen (delgada, fina, coquetamente desaliñada, con un estupendo catálogo de gestos y sonrisas que calculaba siempre) y un aire exótico visible sobre todo en sus ojos oscuros, recuerdo genético de alguna presencia no criolla en sus ancestros.
Rodrigo, en realidad, podía ser su contraparte perfecta: otro aspirante a poeta, mesiánico en sus pretensiones literarias, extravagante y desafiante siempre en virtud de una supuesta fe poética sagrada y eterna. Rubio y con ojos claros, era, al menos en principio, también una especie de guapo oficial o paradigmático dentro de un grupo a menudo estrafalario como el de los estudiantes de humanidades, a menudo descuidados y autodestructivos en su imagen pública. Pero Sor Juana no parecía aguantar la seguridad en sí mismo del norteño, acostumbrado a no mostrar nunca dudas y a aspirar al liderazgo grupal. Lombard y Magallanes habían hecho sus apuestas acerca de si finalmente ella cedería o no. Yo me tomé un tiempo antes de poner mi apuesta y debo decir, por cierto, que no fui el ganador.
Fuera como fuera, Rodrigo y Sor Juana eran dos de los mejores seguidores de aquel profesorado extraño y por momentos incompetente del que yo formaba parte, y todos nos reuníamos más o menos cada semana para discutir fuera del supuesto rigor académico del aula de literatura y de otras muchas cosas. La mayor parte del tiempo las discusiones eran amables y respetuosas; nadie podía negarle a los chicos su interés por la literatura y parecían escucharnos con atención, incluso cuando ironizábamos, sobre todo Lombard, sobre sus aspiraciones literarias y sus ingenuos mitos (la inmortalidad literaria, los valores absolutos, la pureza del arte incontaminado por el dinero y la codicia). Hasta que Rodrigo, ya ebrio, decidía cambiar de tema y orientar toda su conversación a seducir a la reina literaria, olvidándose de nuestras magistrales observaciones. Yo los miraba de reojo, divirtiéndome con sus complejas negociaciones eróticas, y disfrutando perversamente con los habituales fracasos de Rodrigo.
—No lo olvides nunca, Alejandro. La pregunta fundamental es: “¿a qué se dedica tu padre?”.



sábado, 18 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VII)


CHOLULA Y EL MÉXICO QUE NO ES ETERNO PERO SIGUE SIENDO REAL

Cojamos (con perdón, que puede haber lectores mexicanos) la típica postal de Cholula y empecemos un rápido recorrido turístico para entender el marco de nuestra posbohemia. Cholula es, en pocas palabras, un buen lugar para aprender de la vida las verdades esenciales que la sociedad de consumo quiere tapar con su simulacro de plenitud; mucho más que Barcelona o París, sin duda. Porque, claro, la universidad elitista y las urbanizaciones de ricachones sólo eran un espejismo o una burbuja de sofisticación y engaño frente al remanente telúrico, el absoluto indisimulable de la desgracia y el desastre; y es que en cualquier momento, por un despiste o por un simple paseo, en Cholula salías del método ilustrado y el paradigma sistemático de la razón secularizada y te podías meter en la América Latina de los tópicos, pobre, rematadamente pobre, inepta para la democracia burguesa y llena de agujeros morales y físicos. Ese México profundo que está en la superficie y nunca deja de estarlo, que pide a gritos otra revolución, y que, parafraseando al poeta, muere rodando de su propia muerte, descompuesto, fetalmente abrazado a su propia tradición de siglos de oprobio.
Lo que veremos en esa postal típica, con toda seguridad, es el centro espiritual de la colectividad: la iglesia de la Virgen de los Remedios, que corona un pequeño cerro verdoso. Al fondo de la imagen, encontraremos infaliblemente los dos volcanes (siempre nevados gracias al PhotoShop) separados por el Paso de Cortés: el Popocatépetl, todavía activo y amenazante, y el Iztaccíhuatl, ya extinguido. La iglesia no tiene especial interés histórico-artístico (hay otras cincuenta en el pueblo, increíblemente) salvo por su subsuelo, porque el cerro, en realidad es una enorme pirámide prehispánica enterrada, la más grande del mundo, mucho más que las egipcias, si tenemos en cuenta la longitud de la base (más de ochocientos metros por lado). Cuando los españoles llegaron a la región, la pirámide, que había sido un importantísimo centro religioso durante siglos, ya llevaba tiempo abandonada, en lo que constituye otro de esos célebres misterios arqueológicos prehispánicos, como Teotihuacan. Evidentemente, sacarla a la superficie sería una proeza turística, pero supondría levantar medio pueblo, ya que las ruinas de la pirámide ocupan buena parte de la zona más céntrica. De ahí que no se pueda disfrutar de la maravilla al mismo nivel que otros espacios monumentales como la misma Teotihuacan o Monte Albán. Como tantas otras veces, el potencial económico de la zona está desaprovechado, aunque no parece importar mucho a los cholultecas, más preocupados por levantar negocios que aprovechen de forma parasitaria la rentabilidad de la vida universitaria: bares de todo tipo, taquerías, tiendas de copisteria y papelería y esos ultramarinos llamados hermosa y literariamente “misceláneas”.
Además, en cierto sentido, pueblos como Cholula hay mil en México: escarbas en casi cualquier parte del país y te sale un centro ceremonial o cualquier otra herencia antiquísima (o una momia de Guanajuato). Por eso suele impresionar más a los extranjeros como yo que a los mexicanos, a los que el caos no les resulta tan glamouroso porque tienen que soportarlo con excesiva frecuencia. En cambio, para un europeo, las ruinas y los estratos misteriosos de la tierra se suman a la permanente excitación de los reiterativos terremotos y del majestuoso volcán que, entre otras feas costumbres, escupe a menudo cenizas que irritan los párpados; y todo ello forma una aventura sensorial muy distinta de la paz tecnocrática de las sociedades teóricamente estables, tolerantes y desarrolladas. Por supuesto, yo también me dejé llevar inicialmente por la lectura mítica, sin entender (entonces) que no tiene nada de mágica una realidad pobre, conflictiva y en muchos aspectos irresoluble como la de Cholula y los demás pueblos desestructurados del país. “Esto no es lo real maravilloso de Carpentier; es lo real putrefacto”, decía Miguel Magallanes, y lo acompañaba con una sonrisa cínica, de desengañado, de exrevolucionario, de escritor lánguido, en definitiva. “Me caga lo exótico de México. Odio a André Breton, a Artaud y a todos los turistas del surrealismo”, repetía.
Pero volvamos a la postal y apliquemos algo parecido a la tecnología que usa el agente Deckard en Blade runner. La pirámide semisecreta y la iglesia de los conquistadores forman un simbionte curiosísimo, pero la vida espiritual es densa y compleja en Cholula y está llena de opciones irracionalistas para almas en crisis: más de un ingenuo neohippie sube a la iglesia no por liturgia católica, sino para cargarse de supuestas energías positivas generadas por la pirámide en los solsticios y en momentos especiales del año que son determinados normalmente por alguna droga reveladora. Por si fuera poco, justo a un lado del cerro de la pirámide, está el sanatorio Nuestra Señora de Guadalupe, el mismo sanatorio donde, como me dijo Judith, estuvieron ingresados y murieron varios escritores y donde el propio Magallanes pasó tres meses para curar su añeja adicción al alcohol. El sanatorio, predominantemente blanco, conserva un aire prefreudiano, terrorífico, de rutina de electroshock y lobotomía; como si fuera el reino de la señorita Radgett, la castrante enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco.
Magallanes nunca hablaba de su experiencia en el sanatorio, salvo para jurar con vehemencia que jamás volvería a ese sitio. Algo tenía, desde luego, de reverso siniestro de la universidad ajardinada y cosmopolita: parecía más bien una prisión blanca de desahuciados mentales, espectros de la locura nacional y médicos que creen en la eficacia terapéutica de las sanguijuelas. La posición del sanatorio junto a la iglesia y al lado de la pirámide enterrada cerraba el triángulo tétrico de la espiritualidad enferma, decadente, irredenta. Sanatorio, pirámide e iglesia: difícil encontrar en todo el mundo un mazacote como ese de soluciones atascadas, agolpadas y retorcidas para almas sufrientes y desorientadas. Difícil encontrar otro montón de chatarrería espiritual que quepa en menos de un kilómetro cuadrado de sinsentido y aberración.
Mejor alejarnos de ahí, por si acaso, y dejarnos llevar por el milenario Camino Real para entrar en las calles de las dos Cholulas (San Pedro y San Andrés, esta última todavía más mugrosa) y admirar el paisaje humano y los diferentes grados del desmadre, desmadre que podemos entender amablemente como una extravagancia general y polvorienta, pero también como el México perenne, mal asfaltado, oloroso a fritanga, sin desagües para la época de lluvias, vigilado por policías lentos y panzones que nunca correrán detrás del delincuente porque se cansan demasiado. El México que de tan reacio a la llegada de la modernidad se ha vuelto posmoderno.
Los medios de transporte son muy variados: hay autobuses sólo algo mejores que las guaguas cubanas, junto a coches lujosos (los de algunos estudiantes) pero también destartaladas quincallas sin cristales, y abundan los ciclistas, con bicicletas robadas que van pasando de unas manos a otras como parte del intercambio global. La amenaza para los ciclistas viene de los malditos perros ociosos, que enloquecen con el misterio diametral de las ruedas y persiguen arduamente los tobillos hasta que el ciclista acelera y el perro famélico se queda sin energía. El asunto de los chuchos no es menor: una estadística local llegó a afirmar que hay tres perros por habitante humano en Cholula, y las autoridades, siempre tan preocupadas por la jerarquía de los problemas, hablaron de “fauna endémica”. Eso sí, hay menos cagadas de perro por las calles que en Barcelona. Y es lógico, porque qué van a cagar unos perros muertos de hambre.
Esos perros parecen sacados de una película de Tarkovski. Y es que ser perro en Cholula no es únicamente un destino atroz: es también una metáfora de algo más profundo, tal vez (me atrevo a decir) una intuición del ser mismo y su desamparo. Los lugareños no piensan en esos términos, pero algo pensarán, porque protegen a los perros de la periódica llegada del camión de la perrera. En cuanto lo ven aparecer, abren las puertas de sus casas y atraen a los perros con algo de comida hasta que el camión desaparece y el peligro pasa. En ocasiones, sin embargo, no consiguen salvar a los perros, que aparecen muertos en cualquier descampado del pueblo. Entonces alguien les echa cal a los cadáveres, y así te encuentras de vez en cuando, en un arcén o un descampado, el triste espectáculo de una muerte blanca que dura días y días, y el último rictus del hocico abierto de un perro que jamás tuvo ni collar.
Algunos estudiantes adoptan a perros como mascotas existencialistas, y así yo conocí y compartí veladas con muchos de esos animales. Entre todos los bautizábamos y por eso todavía recuerdo a Zenaida, Hamlet, Solovino y sobre todo a los que yo bauticé: Occidente, Palinuro de México y el inseparable trío compuesto por Villefort, Danglars y Mondego (los enemigos del Conde de Montecristo). Con ellos he dialogado muchas veces, en términos jocosos pero también metafísicos; con ellos he paseado hasta las cantinas, he ido de compras, he hecho de flâneur transculturado por las cercanías de la pirámide o por el Camino Real. Luego, por la noche, cuando me perdía entre las calles a menudo sin asfaltar, solía encontrármelos de nuevo y a veces no me reconocían, e incluso se ponían agresivos, sin duda por el alcohol de mi aliento. Alguno había, sin embargo, que no me ladraba, sino que me acompañaba melancólico hasta la puerta de mi casa, esperando una adopción que yo, aterrado ante la enorme responsabilidad de salvar a un ser vivo de la tristeza, no le podía a ofrecer.
Los perros son, en cierta forma, los verdaderos habitantes de Cholula, y la tierra, increíblemente, parece más suya que nuestra.

viernes, 17 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (VIII)


CHOLULTECAS

Por esas mismas calles pueden verse también las diversas formas del matriarcado (siempre falso y aparente) en las mujeres que se ponen el mandil negro con ribetes rojos y fríen las tortillas en los comales en la puerta de la casa, y que venden, sin permiso legal, por supuesto, deliciosa comida baratísima (memelas, gorditas, chalupas) para estudiantes blanquitos tanto como para albañiles prietos. No es un gran negocio, pero algo es algo. Y es que en Cholula abundan los emprendedores, desde luego; el gobierno los llama autoempleados y yo los llamo muertos de hambre. El más asombroso que recuerdo no fue el típico tragafuegos, más abundante en el DF, sino el vendedor de lupas que se apostaba todo el día en un semáforo en la carretera que unía Cholula a Puebla.
Lupas, ni más ni menos. ¿Cuántas lupas pudo vender ese hombre a lo largo del tiempo que duró su oferta comercial (semanas, desde luego)? Yo pensé alguna vez comprarle una lupa, no por piedad, sino por verdadera curiosidad científica: para examinarle a él con la lupa y encontrar en alguna parte de su cuerpo el origen de su descabellada política comercial.
Pero quejarse de la pobreza y la falta de oportunidades revela, una vez más, la obsesión retrógrada de los resentidos como yo. En Cholula, la oferta educativa es también amplia: al amparo de la universidad, surgen escuelas privadas que buscan su mercado en la población pobre necesitada de un título para el ascenso social. Así te encuentras por la calle cualquier anuncio, pintado a mano pero además con mano de ebrio, que promete educación de calidad. Por ejemplo: Escuela Harvard. Por debajo, entre paréntesis, encontramos una aclaración tal vez innecesaria: “(de México)”. Por si alguien no se había dado cuenta y esperaba encontrarse a un premio Nobel impartiendo docencia en un cuartucho con seis mesas, y gallinas de conserjes en la puerta. Los perros dan las conferencias magistrales, claro.
No es raro encontrarse también algún Cambridge que ofrece clases de alto nivel de informática o secretariado. Es lógico que los pobres quieran el título de ese Harvard o ese Cambridge de pega. Necesitan un signo de distinción adecuado para no seguir el camino de la señora que por la calle se ofrece a un blanco desconocido como yo para hacerle la limpieza de la casa, o del niño que vende chicles en las cantinas y que trata de convencerte de que le compres diciendo mecánicamente que su padre le pegará si no consigue vender una cantidad mínima. Nunca he podido averiguar si eso es verdad o no, y aunque lo hubiera averiguado, tampoco sé muy bien qué hubiera hecho al respecto, si llorar, denunciar a la policía o simplemente invitar al niño a un tequila. La pobreza, claro, ni siquiera es tema de conversación: está ahí delante, como parte de la decoración, y todo el mundo sabe que no tiene arreglo. Se les administra la dosis mínima de compasión y se sigue adelante.
En realidad, uno, que siempre ha sido votante comunista, llega en México a reinterpretar el capitalismo. El capitalismo es horrible, pero en México el afán de lucro es más obsceno todavía porque no funcionan los contrapesos liberales, ni los sindicales, y el empresario vive en la impunidad de saber que todo se puede arreglar con la mordida correspondiente. Ese es quizá el meollo: que en México todo se puede arreglar, pero, paradójicamente, nada, en sentido estricto, tiene ya arreglo.
No negaré que ese caos tenía algo de ideal para mí, como extranjero con aspiraciones de desarraigo judío. Yo llevaba años buscando un buen sitio para, digamos, morir, pronto o tarde, y desde luego ni Barcelona ni París cumplían los requisitos lapidarios mínimos. Necesitaba una tierra más vertiginosa y accidentada, más cercana a mi propia sensibilidad confusa y desorientada, de escritor frustrado, profesor frustrado, comunista frustrado, amante frustrado, hijo frustrado, catalán frustrado. Cholula era, cómo decirlo, un mapa imposible que sí es el territorio. Un lugar perfecto para dejarse llevar por fin por la querida autodestrucción, sabiendo que encajas en el ambiente y que todo se felicita de tenerte cerca y saber que eres uno más. El abandono: esa maravillosa sensación que hay que construir poco a poco, con algo de sabiduría, desprendiéndote de toda la gloria y la hazaña, rindiendo tributo al desastre humano, desperdiciando el tiempo de manera sistemática y exponencial.
No he muerto, claro, o sea que no soy un narrador muerto como en Pedro Páramo, por si alguien tenía dudas. Pero creo que he pasado muchas noches fantasmales en Cholula, paseando a solas por las calles desiertas, mal iluminadas y peor pavimentadas, cantando esa canción hermosa que me enseñó Lombard, “Show Me The Way To Go Home”,en espera de un borracho pendenciero y armado, o hablando en voz alta con el espectro de Paulino Masip y contrastando nuestros currículos perdedores, o vomitando delante de alguna iglesia, o marcando el triste camino a un perro desamparado y despidiéndome con lágrimas de él. Cualquiera de esas noches podría haberme muerto, y mi muerte tendría algo de mística, aunque fuera sucia. Lo que es seguro es que todas esas noches toqué fondo, y en el fondo me sentí a gusto, como diciendo: por fin puedo sentarme y esperar.
I´m tired and I want to go to bed
I had a little drink about an hour ago
And it’s right up to my head.

jueves, 16 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (IX)


EL OAXAQUEÑO

—Sé lo que es el talento literario. Lo sé perfectamente. ¿Sabes por qué? Porque yo no lo tengo. Y Vargas Llosa sí lo tiene.
Me llamó la atención que Miguel Magallanes detestara Internet con tanta energía y tanto rencor. Manejaba muy torpemente las nuevas tecnologías, y eso era así por varias causas: su visión deficiente, sus dedos gruesos por la mala circulación, su falta de formación técnica (lógica en los de su generación), pero sobre todo porque no podía evitar detestar cualquier tentativa, por muy democrática que fuera, de borrar la frontera entre alta y baja cultura. Él había creído siempre en esa alta cultura y se veía a sí mismo como un escalador que pasa toda la vida intentando penosa y arriesgadamente escalar una montaña para al fin encontrarse con que otros llegan en helicóptero con facilidad y, para mayor agravio, le dicen que la vista desde la cima no vale demasiado.
—Nunca supe por qué no salió aquella reseña en Vuelta. Todo hubiera cambiado para mí. Pero algún mamón lo impidió. Y nunca he podido averiguar quién fue el puto que me jugó chueco.
Me contó esa imprecisa anécdota no menos de cuatro veces. Creo que se había convertido en parte esencial de su protocolo etílico, en un desahogo rutinario y ególatra con el cual pretendía impresionarnos. Casi siempre el protocolo se completaba con dos o tres tequilas más, que le llevaban a una breve fase de exaltación, primero, y luego finalmente al decaimiento y el sopor, fuera en la cantina o en alguna fiesta privada. Yo sospecho que en realidad se cansaba de su propio malditismo, y que bebía amargado por su discurso reiterativo, por su incapacidad de entender y aceptar su fracaso como escritor.
La guardia nocturna... Te diré que para mí era una novela más argentina que mexicana, y yo pensé que por eso precisamente iba a triunfar en México, porque hubo un momento en el que teníamos que escapar de tanta mexicanidad. Yo veía que necesitábamos algo distinto a las novelas del boom, grandilocuentes, totales, pretenciosas… Carajo, la mía no lo era: era una burla de todo eso. Pero no era una burla vacía, afrancesada, un artificio hueco y experimental de esos que se hicieron también en aquellos años, ni siquiera era algo como las mamadas de Cabrera Infante. Era un intento de contarlo todo, todo, en sólo ciento cincuenta páginas. Ni una más. Yo quería seguir siendo profundo como los grandes, político como ellos, pero más corto, sólo un poco más corto. Lo teníamos en el ambiente. Fuentes ya valió, Donoso también, incluso Cortázar pendejeó con su 68, modelo para armar. Era el momento en que los grandes empezaban a dar síntomas de debilidad. Incluso Vargas Llosa nos decepcionó a todos con su Pantaleón. Necesitábamos algo nuevo, sin pasarse de humor, pero sin ser banal.
“Y lo peor es que sí deseaba hacer una de esas novelas totales, siempre lo deseé y aún lo deseo. Pero una luz en la cabeza me dijo: No seas pendejo, las novelas totales caducan, ya las han hecho Vargas Llosa, Fuentes, Lezama y los otros, hay que buscar otra cosa, hay que adelantarse al futuro. Esas Graaaaaaaaaaandes Oooooobras han cumplido ya su función histórica: hemos visto toda la historia de México y la de América Latina trasladadas a la ficción, nos hemos reconocido y redescubierto en ellas, nos hemos quitado los complejos con Europa, ya no somos pura mierda subdesarrollada, en algo sí que funcionamos y somos creativos. Eso pensaba yo”.
Siempre me llamó la atención que un tipo tan autocastigado como Magallanes tuviera sin embargo una apariencia relativamente buena para sus sesenta años, excepción hecha del abdomen notoriamente inflamado al cual daba palmaditas cada cierto tiempo como bendiciendo la resistencia de su hígado. Desde un punto de vista genético tenía ventajas con respecto a mí: mucho pelo con pocas canas, buenos dientes y una piel sorprendentemente sana y lisa. Me admitió más de una vez que su bigote le parecía un signo anticuado ya de mexicanidad, pero que no se sentía capaz de renunciar a él. Yo le decía que el bigote va a desaparecer en Europa y él, tan rápido a veces en sus respuestas, me ponía el ejemplo de José María Aznar. “No me hagas hablar de ese hombre”, le respondía yo. Corría el año 2002, o quizá 2003.
—Yo pensé que sabía tratar a la mafia de la literatura mexicana –continuaba—. Me recibieron bien al principio, sabían que había estado en Barcelona, que mi segunda novela la había publicado allá, y eso era muy importante. Les mentí, les mentí y les dije que había estado en el DF en el 68, y no era verdad, yo estaba todavía en Oaxaca, apenas supe nada de Tlatelolco, yo prestaba poca atención a la política entonces. Sólo quería ser escritor.
El gobierno de Oaxaca lo trató como a un joven genio y le concedió una beca especial para estudiar literatura en la Ciudad de México. Magallanes decía que se sintió como Rubén Darío en su juventud: un superdotado que era admirado públicamente y al que hicieron creer que era un genio y que se convertiría en la gran esperanza de la literatura oaxaqueña. De todo el estado, ni más ni menos. Por fin los chilangos se iban a joder, porque los pobres oaxaqueños, periferia de la periferia, tenían ahora sí un genio, un talento literario capaz de escribir de todo, con talento verbal, con buen oído, que con quince años se había leído todo lo que podía leerse, que era capaz de imitar y parodiar docenas de estilos literarios en prosa y verso.
En la universidad teníamos también a un estudiante superdotado, al que llamábamos el Niño Genio, que, a diferencia de casi todos los demás, no procedía de una familia rica y estudiaba gracias a una importante beca nombrada en honor a un famoso filántropo mexicano y que se reservaba para no más de cinco estudiantes de todas las carreras. El Niño Genio tenía dos importantes defectos: era poblano y abstemio. Ser poblano o apoblanado implica, desde cierta sociología chismosa, un exceso de hipocresía y de apego a las normas sociales, así como una carencia de riesgo o coraje. Y, a diferencia del resto de sus compañeros, el Niño Genio no bebía ni se drogaba, porque sin duda quería aprovechar al máximo su experiencia académica. En ese sentido, era absolutamente excepcional: una máquina lectora insaciable, un monstruito para muchos repelente (para poner un ejemplo, lo que debió de ser Pere Gimferrer con veinte años), consumidor voraz de libros sin miedo a la novedad erudita o al clásico más exigente. Era capaz de entregar trabajos de investigación que probablemente superaban, pongo por caso, a los de los supuestos especialistas españoles en literatura latinoamericana. A veces, hay que decirlo, sospechábamos que era un gigantesco bluff, porque llenaba esos trabajos de extrañas combinaciones metateóricas y ultrafilosóficas, usando a Paul de Man y a Deleuze para cualquier cosa y su contrario. Pero siempre acabábamos cediendo, ante la evidencia de que no podíamos rebatir sus argumentos y era mejor no discutir con él porque siempre tenía a mano una cita rizomática o deconstructiva con la que podía socavar nuestra jerarquía académica.
El Niño Genio escuchaba siempre con atención a Magallanes y el viejo escritor se esforzaba por adoptarlo con la posible ilusión, suponía yo, de que algún día el joven estudiante se dedicara a consagrar La guardia nocturna con un sesudo estudio publicado en alguna universidad prestigiosa.
—¿Cómo era Octavio Paz? ¿En serio odiaba a Rulfo? ¿Conociste en Barcelona a García Márquez? ¿Estuviste en su departamento de Sarriá? ¿De veras sólo tomaba whisky? ¿Es verdad lo que cuenta Mauricio Wacquez, que los españoles en Teruel llamaban a Donoso Don Oso porque pensaban que así era su apellido?
Miles de preguntas como esas hacía el Niño Genio en cuanto tenía la oportunidad, y Magallanes respondía con evidente orgullo de abuelo literario, aunque muchas veces las respuestas eran contradictorias e insuficientes. No era de extrañar: entre el alcohol y el paso del tiempo, no parecía probable que Magallanes recordara bien esos tiempos heroicos en los que hizo un trayecto inverso al mío, cruzando el océano para instalarse en Barcelona en los últimos años del franquismo. Al parecer, malvivió durante dos o tres años esperando una oferta que nunca llegó: le echaba la culpa de esos años nefastos a la agente literaria Núria Monclús, que nunca le respondió, a la capillita de los latinoamericanos procastristas con los que no simpatizó y a los anticastristas con los que tampoco se puso de acuerdo, incluso a Eduardo Mendoza y a La verdad sobre el caso Savolta. “En cuanto salió Mendoza, ya no me pelaron a mí ni a tantos otros. Ya los pinches españoles tenían su “gran” novelista y ya estaba bien de sudacas”. Emigró para triunfar y fracasó. Pero pudo convertir su fracaso en algo heroico cuando regresó a México, convirtiéndose en líder de los resentidos (la metralla, como si dijéramos) del boom. Sin embargo, no salió la reseña de su novela por alguna extraña razón y pasó a ser un novelista más, un segundón que siguió insistiendo durante veinte años con otras seis o siete novelas hasta que encontró el retiro de la docencia universitaria en Cholula, donde podía dar de vez en cuando seminarios sobre López Velarde, su poeta preferido, cuyos versos sabía de memoria, o sobre Arreola, otro de sus autores preferidos y al que llegó a conocer en persona.
Según me contó Judith Robaina, se fue sumergiendo en el alcohol con el paso de los años y el deterioro de sus ya escasas ilusiones literarias, aunque mantuvo un mínimo autocontrol que le permitía dar sus clases a media mañana y emborracharse desde la media tarde. “¿Que soy mal profesor? Me vale madre. También lo era Vladimir Nabokov. Sí, era un genio escribiendo, pero sus cursos estaban de la chingada”. Sólo en contadas ocasiones abandonaba su carácter huraño y malcarado, y normalmente eso sucedía cuando tenía algún motivo de alegría literaria: alguien hablaba de él en algún artículo de prensa o congreso académico, se reeditaba algún libro suyo o era invitado a hablar de su obra. Sin embargo, esas pequeñas alegrías, esas resurrecciones provisionales de su vanidad literaria, a la larga le machacaban bipolarmente de nuevo, obligándole a asumir su destino mediocre, que además añadía otros datos más tristes aún sobre los que nunca hablaba, como sus intentos de desintoxicación y, sobre todo, la existencia de una exesposa y una hija que en Veracruz apenas tenían contacto con él, seguramente hartas de la amargura de que hacía gala de forma repetitiva.