jueves, 23 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVI)


LA GUARDIA NOCTURNA (III)

—¡Por supuesto! —continué—. El triunfo del capitalismo y de la democracia liberal es mucho más penetrante de lo que pensamos, incluso en aquellos que presumimos de anticapitalistas. Fíjate: a lo que estamos asistiendo desde 1989 es a un proceso de falsa rehumanización del ser humano alienado. En otras palabras, a una campaña sistemática de derrota del nihilismo; el ser humano alienado y destruido de Kafka o Camus, el hombre en rebeldía permanente desde el romanticismo ha encontrado por fin la paz, o al menos una tregua cómodamente remunerada en la sociedad de consumo. Rebatiendo un poco a Kundera, el agrimensor K. de El castillo ha cambiado de actitud y ya no se siente solo e incomprendido; sabe que el mundo es una mierda, pero lo acepta creyendo que lo acepta voluntariamente, y que su decisión es fruto de su inteligencia y de las condiciones históricas. Cree que puede ser culto, creativo y libre, incluso que puede opinar sobre el mundo y que su opinión tiene alguna repercusión en la logosfera. Y mientras tanto piensa que tiene opciones materiales a su disposición: sexo, productos de consumo, capital simbólico. Nunca lo conseguirá en realidad más que provisionalmente, pero ya tiene un motivo para vivir que no tenía en los duros tiempos del ser—para—la—muerte. Y a ello hay que añadir, por supuesto, que ahora hay otros sujetos que tienen su oportunidad histórica y no quieren desaprovecharla: las mujeres, en especial.
—Para nosotras la historia no es como tú la cuentas, Álex. No lo olvides.
 —Claro, claro, a eso me refiero. Vivimos en un mundo poskafkiano en el que el nihilismo aún no ha podido imponerse porque se ha encontrado con una insospechada alianza en contra: el capitalismo, que llena el vacío de ser con sus golosinas y distracciones, y el marco cognitivo liberal, que, a pesar de todo, permite un cierto optimismo histórico para otredades, marginados, periféricos, subalternos y demás losers. La botella medio llena.
“El caso es que el ser humano sigue en el laberinto, pero ahora ha montado dentro una tienda de campaña y se esfuerza por vivir cómodamente. La democracia tiene sus virtudes, indiscutiblemente, pero en el terreno novelístico tiene un efecto sedante, o más aún, de haloperidol para la necesaria esquizofrenia de todo novelista: en una sociedad donde, en apariencia, todo se puede dialogar y se puede negociar, donde los antagonismos se flexibilizan y la sospecha pierde su fuerza subterránea, ¿qué sentido tiene escribir novelas? Si no sabemos dónde está el enemigo, ni dónde está el culpable, si la violencia es convertida en algo accidental y no en algo esencial, si todos los conflictos se atenúan y relajan en una convivencia más o menos pacífica, si cualquier pacto puede resolver a posteriori un problema expuesto por una novela, la novela pierde su capacidad para inquietarnos y desestabilizarnos.”
—Pero la democracia no ha resuelto todos los problemas… —dijo Lombard—. Eso lo sabemos. Siguen existiendo los problemas.
—¡Evidentemente! Estamos lejísimos del Paraíso. Sobre todo en México… Claro que siguen existiendo los problemas. Quizá haya menos genocidios y menos opresión, pero la injusticia permanece. Lo que ocurre es que tal vez ha habido una claudicación colectiva por la cual hemos perdido la fascinación por los extremos y hemos sacralizado el mal menor como solución totalizadora. Sí, los extremismos son perjudiciales en política, vale. Pero, ¿y en la novela? ¿Acaso no necesitamos fanatismo, extremismo, radicalismo? Claro, no de cualquier modo, no para epatar de forma rápidamente asimilable por las estructuras de poder. No se trata de provocar sin más, sino de ver el bosque y no los árboles, que ahora examinamos con fascinación olfativa y visual y cierta comodidad de turismo montañés.
“El pobre Sartre: ya nadie se acuerda de él. Y es cierto que es obsoleto en muchos aspectos. Sin embargo, no puedo dejar de releer Qu’est-ce que la littérature? y sentir una cierta nostalgia. Admito que todas sus teorías sobre el compromiso y la literatura en situación adolecían de confusionismo y voluntarismo, pero me pregunto si no es lícita una cierta sospecha sobre la caducidad de su poética sobre la escritura en situación. Vale, él mitificaba la resistencia contra el nazismo y todo eso, pero tal vez el hecho mismo de que hayamos renunciado a la grandilocuencia sartriana es otro síntoma de la neoalienación. ¿Acaso han desaparecido las situaciones extremas en las que está en juego la totalidad del hombre? ¿Acaso vivimos en la Comarca de los hobbits, una Arcadia de felicidad y armonía multisexual?
¿No será que estamos nosotros en una nueva fase, mucho más sutil y calculada, de la ignorancia feliz? ¿No será precisamente que la clave de nuestra real alienación es la absurda seguridad con la que creemos hoy que ya nos hemos librado del peligro de la alienación y que el mundo de Orwell es completa, inversamente opuesto al nuestro? La derrota intelectual del marxismo nos ha vuelto menos autocríticos, más arrogantes e increíblemente seguros de que ahora ya no es tan fácil alienarnos.
“El nihilismo no sólo es un enemigo del poder y del mercado; es también un enemigo del gen egoísta, de Dawkins. Por eso, después de fracasar plenamente en el siglo XX, hemos abandonado la era de la Tragedia para entrar en la de la Ironía. ¿Por qué la ironía funciona tan bien en términos comunicativos en nuestro mundo actual? Porque atenúa la tragedia y con ello facilita la supervivencia intelectual y emocional; consigue que remita la tentación suicida y nos permite avanzar diciendo las mismas cosas de antes pero con menos connotaciones autodestructivas. Pero, sobre todo, lo que la ironía nos permite es sentirnos inteligentes con el lenguaje, y esa es la clave.
“En la sociedad abierta, el individuo no puede asumir su fracaso existencial (porque eso sólo lleva a la muerte, sea en forma de suicidio o de utopía abortada) y lo sublima sintiéndose culto, o más exactamente productor y consumidor de cultura. La democracia liberal ha transformado a la masa, que ahora, en proporción creciente, se cree culta, aunque la mayor parte de las veces sólo repita comentarios de otros. Pero lee prensa, tiene títulos universitarios, toma fotografías que cree artísticas, va al cine y lee novelas; incluso puede que arriesguen más y vayan al teatro o lean poesía. En el fondo, no puede ser de otro modo; ¿cómo alguien va a admitir que NO es inteligente en nuestro mundo actual? El sujeto democrático tiene derecho al voto, pero también cree que tiene todo el derecho a decidir en los terrenos supuestamente minoritarios, como el arte. De ahí se llega a la falsa democratización del arte de acuerdo con leyes de mercado: la tiranía del número y lo masivo, que está alcanzando a la literatura y especialmente a la novela. Así se cierra el círculo del perfecto conformista que es a la vez el perfecto consumista: leemos novelas no problemáticas y así seguimos pensando que nuestro mundo no es tan problemático como el de otras épocas. Que hemos progresado, a pesar del 11-S y del 11-M, porque las amenazas más letales son afortunadamente menos frecuentes cada vez, y Hitler, Stalin, Pinochet o Mao por fin han logrado un status incuestionable de anitiejemplos. Y sí, sin duda hemos mejorado en términos políticos, pero no en términos novelísticos.
Me callé más por cansancio que por respeto al turno de habla. Lombard se sirvió un poco más de vino y reflexionó durante unos instantes, pero finalmente sólo suspiró. Sor Juana me dedicó una sonrisa que Lombard no percibió: fue una sonrisa larga, y yo sentí que en ella había querido incluir una cierta admiración no tanto por mis argumentos como por mi entusiasmo, y sobre todo una buena dosis de recuerdos de otros tiempos. Pero pasaron los minutos y cambiamos de tema, y ahí se acabó mi prédica. Entonces creí comprender lo que había sucedido: mis teorías eran probablemente absurdas, pero en otro tiempo las hubiéramos discutido por extenso y sin duda les hubiéramos dado tantas vueltas a las ideas que al final acabaríamos todos en el bando inverso al del principio del debate. Ahora, en cambio, Lombard y Sor Juana tenían otras prioridades, y la trascendencia de la novela, desde luego, no era una de ellas. Por primera vez esa noche me sentí solo, inmensamente solo, anacrónico, más infantil que Daniel.
Seguimos aún un par de horas hablando, hasta que el horario siempre difícil de los padres primerizos les obligó a mostrar las típicas muestras de fatiga. Pero nos tuvimos que despedir varias veces, porque nos demorábamos con diversos acuerdos de futuro y balances de la noche que habíamos pasado juntos, antes de llegar a la despedida definitiva. Lombard salió al patio para abrirme la verja de la puerta principal y yo tuve unos segundos para despedirme de Sor Juana. Nos abrazamos; primero con formalidad, hasta que uno de los dos (creo que yo) apretó un poco el cuerpo del otro. También creo que fui yo quien empezó la separación, pero fue para darle un beso en la boca, que ella aceptó con su generosidad de siempre. Lombard, por supuesto, lo vio todo desde la puerta y esperó a que nuestra despedida particular fuera completa.
En el patio, Villefort descansaba, tan perezoso y existencialista como siempre. Le dediqué una caricia rápida y me despedí de Lombard.
—Gracias por todo –me dijo.
Simulé que sabía exactamente a qué se refería con ese “todo” y le di un fuerte abrazo. Crucé la verja y me encontré con la silenciosa noche cholulteca, sólo alterada por ladridos ocasionales de perros y el retumbar de alguna discoteca en el Camino Real, a unas cuantas manzanas. La temperatura era baja, pero el frío en un lugar como Cholula, hay que recordarlo, es siempre soportable: estábamos en octubre y ya había terminado la temporada de lluvias, que vuelve incómodos los veranos y obliga a precauciones en el vestuario y a cambios de rumbo en cuanto cae el inevitable chaparrón de cada tarde. En cambio, el otoño en Cholula pasa inadvertido, quizá por primaveral; carece de connotaciones melancólicas y efusividades líricas. El día quema con el sol de los dos mil metros de altitud y la noche, con sus diez o doce grados, no es excesivamente norteña.
Decidí regresar a mi casa dando un largo paseo para disfrutar sensorialmente del alcohol, e incluso me entretuve, con algo de infantilismo místico, en la zona de la pirámide. Salté la poco intimidadora valla que impide el acceso a la zona arqueológica y ascendí hasta llegar a la iglesia. Me senté en uno de los asientos de cemento que funcionaban como improvisado mirador del cerro y ahí me quedé durante tal vez una hora. No hubo ningún éxtasis, pero sí diré que la embriaguez del whisky adquirió una cierta modulación metafísica. Regresé a mi casa en cuanto percibí que una pareja de jóvenes llegaba al mismo lugar con la evidente intención de tener una intimidad distinta y menos vulgar que la que ofrecen los moteles.

Nunca más volví a ver a Sor Juana y a Lombard con vida. Y tampoco vi sus cuerpos en los ataúdes, porque fueron convenientemente cubiertos ante la imposibilidad técnica de los maquilladores para arreglar lo que los asesinos hicieron apenas un par de días después de aquella noche. Aquella noche en la que yo me senté en la pirámide y pensé ingenuamente que hay percepciones más valiosas y profundas que las que uno tiene a la luz del día, frente a frente con la miseria humana, que es lo más eterno de que disponemos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LV)


LA GUARDIA NOCTURNA (II)

Si hay ritos que aportan algo así como un equilibrio entre recuerdos y deseos, entre la memoria y la voluntad, volver a reunirnos en la casa de Lombard en Cholula fue, sin duda, uno de ellos. Había algo silenciosamente victorioso en ese retorno; muchas cosas habían cambiado, y desde luego, era inviable recuperar algunos códigos, pero no fue difícil extraer de la nostalgia su esencia, y depurarla hasta convertirla en una paz suficiente, modestamente perfecta; la paz de lo restaurado, de la continuidad. Volvíamos a estar juntos en nuestro limbo, respetando, sí, lo que el tiempo nos había hecho, pero obligando a su vez al tiempo a aceptar alguna pequeña exigencia nuestra. Ya no beberíamos como antes hasta la afasia, ni bailaríamos ocultando y exhibiendo intenciones sexuales, ni discutiríamos desmemoriadamente en medio de drogas nuestras y de otros; pero ahí estábamos, como en un orgulloso reestreno teatral, repitiendo diálogos y escenografía.
En realidad, el que menos había cambiado era yo; ellos dos habían evolucionado hacia una nueva fase y habían hecho auténticos experimentos con sus vidas, no como yo, con mis bucles de introspección y mi autismo narcisista. Quizá por eso sentí que Lombard y Sor Juana actuaban con paternalismo hacia mí, permitiéndome ser una especie de hijo espiritual adoptivo, lejos de celos o rivalidades sexuales cuya existencia sólo podía situarse en ese tiempo pasado para ellos ya superado. No me desagradó la idea, aunque eso significara que Sor Juana me miraba ya de otra manera, muy distinta a los buenos tiempos eróticos. Me miraba, diría yo, con la ternura con la que se revisa un libro básico de la adolescencia que sabes superado pero que no quieres volver a leer para no sentir decepción (como mis viejos y adorables libros baratos de Alianza Editorial con las cubiertas de Daniel Gil). Por eso yo sabía que ya no había lucha posible entre Lombard y yo por ella y por eso también yo podía sentirme tranquilo, cómodo, arraigado, en la compañía de ambos. Yo deseaba a Sor Juana, claro, pero mi más voraz egoísmo no podía corroer la evidencia de que ella estaba mejor, en todos los sentidos, con Lombard que conmigo.
Los dos habían aceptado pasar fugazmente por Cholula no sólo para presentar de manera oficial a Daniel y restablecer lazos afectivos, sino también para arreglar asuntos de todo tipo y preparar con la máxima cautela el futuro. No averigüé mucho acerca de cómo fue la reconciliación familiar: intuyo la alegría, aunque también intuyo algo de hipocresía hacia el gringo, en cierta forma responsable de una separación tan larga. Fuera como fuera, la simple existencia del primer nieto compensaba cualquier posible rencor. La progenie Quezada continuaba. El patriarca estaría satisfecho.
Como era de esperar, Lombard y Sor Juana habían decidido cruzar la frontera del Norte, pero aún no se ponían de acuerdo sobre el destino: él, por fin, quería regresar a Philadelphia para ver a su hermana moribunda, con la que ya había hablado por teléfono y al parecer había ajustado todas las cuentas del pasado, pero Sor Juana, aun estando de acuerdo en que no querían aceptar los privilegios de papá Quezada, proponía instalarse en San Diego con el hermano mientras buscaban opciones laborales. Durante la cena, discutieron sin agresividad sobre el tema, mientras yo lamentaba en silencio las dos opciones.
Cuando el bebé se quedó dormido y Sor Juana se sentó tranquilamente con nosotros, empezamos la previsible labor memorística de sobremesa, seleccionando recuerdos especialmente valiosos, por lo épico o por lo cómico, de Cholula, de la universidad y su fauna, de México y su caos. Lombard y yo bebimos como adultos, y Sor Juana, como madre adulta, se limitó a una copa de vino. Apenas gritamos, y yo diría que el volumen de la música quedó a la mitad de lo que era habitual en otros tiempos. Generosamente, los dos se preocuparon por mí y por mi soledad. Ironicé levemente, para que entendieran que no quería disimular la melancolía. Ellos correspondieron a mi ironía recordándome las ventajas de ser profesor.
—Pero las estudiantes son siempre jóvenes, y el profesor no. Me empiezo a sentir milenario.
—¿No tienes miedo de acabar como Magallanes? –preguntó Sor Juana, aunque no sé si recordaba que ella ya alguna vez me había hecho esa pregunta; pero fue en otro contexto, y Magallanes estaba vivo entonces.
—Sí. Pero quiero creer que yo no lo apostaré todo por la literatura, como hizo él.
Lombard propuso un brindis por nuestro amigo y así lo hicimos. También aprovechamos, por supuesto, para despotricar contra el Niño Genio por su deslealtad gringófila.
—Magallanes debió haberse dado cuenta de que los tiempos habían cambiado –dijo Sor Juana—. De que los viejos mitos literarios habían caído. Tú aún puedes reaccionar.
—¿Para qué? ¿Cuál es la alternativa? Magallanes sufrió horriblemente, pero al menos tenía fe. Yo envidio a la gente con fe. A veces no me siento nada superior a él. En ningún sentido. Pudo hacer aceptado mejor su derrota, pero luchó, y eso es quizá más de lo que yo puedo decir. Si yo fuera honesto conmigo mismo, debería aceptar que no hay esperanza para la literatura, y seguir adelante. Para la literatura en la que creo, quiero decir.
—La literatura siempre cambia y tú lo sabes perfectamente –intervino Lombard—. No puede ser de otro modo. Eso es la historia de la literatura, nos guste o no. No seas dogmático; acepta la ley del cambio. ¿Quieres que escribamos durante dos mil años como Thomas Mann, o como Faulkner, o como Proust? El psicoanálisis destruyó buena parte de la literatura fantástica al reducir muchas de sus ambigüedades, y lo mismo pasará con el pinche realismo mágico cuando por fin estos países salgan del subdesarrollo. El adulterio era un tema interesante en el siglo XIX y hoy ya no lo es. La represión de los homosexuales también será felizmente un tema caduco si el mundo sigue avanzando. Los tiempos cambian y los gustos y el propio lenguaje evolucionan. Acéptalo y serás feliz. Bueno, nunca serás feliz porque no sabes serlo, pero al menos no pasarás la vida amargado como el canijo de Magallanes.
—Creo que Magallanes –continué— era, en el fondo, plenamente consciente de que vivía desde dentro un proceso de extinción, pero estaba condenado y por eso es un mártir que merece nuestro eterno respeto; no tenía ninguna alternativa real y mantuvo hasta el final a sus ídolos sin quemarlos en la pira de la desmitificación. En el fondo, era un residuo analógico en el poderoso y avasallador mundo digital; yo, en cambio, estoy a medio camino. No creo en los tiempos épicos de la novela elitista y en el fondo sé que son una ilusión, pero necesito algo que hoy no encuentro, esa alquimia irrepetible de los precursores o fundadores. A veces sueño húmedamente con una refundación del género novelístico, pero aún no lo tengo del todo claro: sólo sé que en esa nueva novela habrá muerte y que no habrá Dios. Aunque en realidad no importa lo que yo quiera o pueda escribir, si es que alguna vez lo hago en serio; el problema es mucho más profundo.
—¡Ah, chingá…! No empieces con la crisis de la novela occidental –dijo Sor Juana—. Ya sé que te gusta esa teoría. Llevamos cien años repitiendo eso; ya déjalo.
—No compares mis teorías con las de Ortega y Gasset, por favor –pero qué bien sabía Sor Juana lo que a mí me gustaba predicar y delirar con ese tema, y qué hermosamente me criticaba y se burlaba de mí—. No digo que la novela vaya a desaparecer, aunque probablemente la ficción adelgace y pierda un par de tallas con las nuevas tecnologías; digo que los cambios que se están produciendo son irreversibles y, a pesar de todo, muy negativos culturalmente. Creo que hay algo que estamos perdiendo y que echaremos de menos dentro de unas décadas: cierta agresividad crítica que es intrínseca a la novela y que ha sido la clave de su valor como modelador de imágenes de la realidad a lo largo de siglos. 
“Veamos: ¿qué define el género más allá de formalismos y estructuras? La injusticia, el conflicto, no únicamente en un sentido social o ideológico, sino también en un sentido digamos existencial: la percepción de una grieta, de una inarmonía o un caos, una percepción que, desgraciadamente, es resultado inevitable del progreso racional a la hora de interpretar la realidad, así como del desgaste de la ingenuidad épica. Desde don Quijote a Meursault pasando por Madame Bovary o Bartleby, hasta llegar a Aureliano Buendía o el Tomás de Kundera, tal vez, la novela es el reino de lo problemático, aunque sea una problematización oblicua con respecto a la filosófica. Espera, gringo, espera, ya sé lo que vas a decir sobre la arrogancia de los novelistas filósofos. No olvides que yo, que no soy ni catalán ni español sino sólo cholulteca de adopción como Villefort, tampoco soy alemán, ni quiero serlo. En realidad, a mí también me aburren los novelistas que se meten a filosofillos, como me aburren los narradores oportunistas que ahora les quitan trabajo a periodistas e historiadores. A mí me gusta la ficción, y me gusta precisamente porque es un experimento inverificable. Pero no es lo mismo experimentar sobre el cáncer que sobre la celulitis. Ahora el problema como sustrato generador de acción novelística está siendo relegado a un segundo plano, sustituido por cierto hedonismo consumista propio de sociedades que no quieren ver sus problemas, sino que quieren reconocerse orgullosamente en el arte y asumir su destino de seres cultos, ciudadanos de la Historia que ha llegado a su fin. Sí, la novela sobrevive periféricamente, pero en el centro de la sociedad abierta y liberal sólo puede morir de apatía.”

—Y la culpa la tiene el capitalismo… —apuntó Lombard, con el que sin duda había discutido yo ya varias veces del mismo tema, aunque seguramente ni él ni yo lo recordábamos.

martes, 21 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LIV)


ECHÉ UN VISTAZO POR LA VENTANA; 

pronto oscurecería y yo no había avisado al taxista. Pero no pude ni siquiera empezar a angustiarme; sentía una embriaguez tan perfecta que me hizo olvidar ese resentimiento perpetuo que me acompaña como una úlcera. Fueron minutos de utopía cristalizada, sí: un nudo complejo y duro se había deshecho con suavidad, con un solo y elegante estirón. Por primera vez en muchos años (quizá en todos mis años), mi vida tenía una utilidad objetiva, comprobable, inapelable. Por primera vez había algo más en mí que mi sistemática ruina. Mi egoísmo quedaba lejos.
Sor Juana, maravillosamente reconvertida en proyecto de matriarca, había minimizado en segundos todos mis delirios, mis afanes de superioridad, mis teorías, tan permanentes como falibles. Vagamente invencible, al decir de Neruda, me enseñó el sitio al que debería pertenecer.
—Jeff es duro, más de lo que crees… Y le gusta mucho esta vida aislada e incómoda. Se siente pleno, realizado, libre. Yo también, pero ahorita, con el bebé, él está muy nervioso. Demasiado nervioso. Desde que nació, la convivencia ha sido más difícil. Se altera con todo lo que le pasa al bebé, sufre mucho con cualquier riesgo de enfermedad, con cualquier posible peligro por muy tonto que sea. Sufre mucho más que yo, y eso no es normal. Creo que pronto querré regresarme. En verdad, no quiero que aquí crezca Daniel. Todo está lindo, pero no soy tan insensata como para condenar a mi hijo a vivir aquí sólo por mi capricho y mi rebeldía. El problema es que Jeff no quiere ni oír hablar de salir de aquí. Carajo, quiero un poco de civilización. ¡No la pinche riqueza de la aristocracia, pero algo que no sea esta pobreza! Ojalá y tú puedas convencerlo…
—Puede que todo se arregle antes de lo que esperas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a ser optimista.
—Tú nunca has sido optimista. Me estás asustando.
Dejamos la conversación en ese registro irónico y unos minutos después entró Lombard, jadeante. Se sorprendió de mi presencia y hubo unos instantes tensos, hasta que yo repetí la broma del alcohol y Lombard se lanzó a abrazarme.
—Joder, os habéis escondido bien –le dije—. Ni el National Geographic llega hasta esta región.
Lombard sí se había avejentado notoriamente. Había perdido peso y tenía unas manchitas oscuras en el rostro que le daban un aire enfermo. Pero mentalmente parecía muy sano, enérgico incluso, lejos de la indolencia de la marihuana y más cerca de la rutina de leñador o agricultor.
Tardamos unos instantes en organizar el diálogo sin expresiones de duda o sorpresa.
—Cuéntame, ¿qué dice Cholula, la ciudad milenaria?
—Murió Magallanes…
—Chale…
—Se le reventó una variz en el esófago y se desangró por culpa de la cirrosis. En los últimos tiempos ya estaba bastante mal. Ahora nos toca a nosotros hacer un congreso de homenaje. A ver de dónde sacamos el dinero.
—¿Y Judith?
—Ya sabes, como siempre. Esforzándose por que todo funcione sin darse cuenta de que todo funciona por casualidad. Cada día ve más claro que nos van a cerrar la licenciatura. Además, tiene que pelear con el cretino de Villalobos. Mi compatriota ha enloquecido definitivamente. Se ha convertido en detective y se pasa el tiempo investigando los atentados del 11-M. Interviene en foros de internet, escribe artículos, envía correos a toda la universidad. Dice que le persiguen y que teme por su vida. Que el gobierno de Zapatero va a enviar a la policía a detenerle. Incomprensiblemente, nadie se atreve a destituirle de su puesto de decano.
—What the fuck! Pinche pendejo… Hasta eso, qué sabrá él de persecuciones. Que hable del crimen organizado, a ver si se atreve. ¿Y el Niño Genio?
—Se fue a Estados Unidos y ya se olvidó de nosotros. Pero sé que va a todo tipo de congresos y que ha iniciado su carrera académica. Pronto tendrá su tenure-track, ganará más dinero que nosotros y luchará por tener siempre la última palabra sobre América Latina.
—¿El Culero?
—No hemos sabido nada más de él. Se fue al Norte con su familia de hijos de puta, al parecer. Pero sé que un hermano pequeño estudia economía en nuestra querida universidad. Hay que aprender a blanquear los negocios de la familia.
Seguimos el repaso de nombres y figuras locales, hasta que me di cuenta de que ya estaba oscureciendo y decidí apresurarme, aprovechando que Sor Juana estaba en la cocina y tal vez no podría escucharme si yo conseguía bajar el tono de voz.
—Jeff, he venido en un taxi que me está esperando y tengo que avisarle.
—Te diría que te quedaras a dormir, pero no tenemos recámara de invitados.
—Lo sé, no te preocupes. Escúchame, he venido hasta aquí por algo importante… En Cholula conocí a un hombre que te estaba buscando. Se llama Christopher Lawson.
La nueva sorpresa de Lombard fue mucho más intensa que la de hacía sólo unos minutos; se quedó boquiabierto y empezó a acariciarse la barba de un modo que podía considerarse compulsivo, casi arañándola. Pensé que la culpabilidad, esa culpabilidad antigua e inolvidable a la vez, estaba creciendo en su interior y que pronto se ahogaría de algún modo. Yo le miré tranquilizadoramente e incluso me acerqué para ponerle una mano en el hombro, tratando de que entendiera que su secreto estaba a salvo conmigo, si él así lo quería.
—Me dio una carta para ti –dije en el mismo tono de voz—. Creo que es muy importante que la leas.
Saqué la carta del bolsillo interior de mi cazadora y sentí, básicamente, que por fin había cumplido una misión en la vida. Una misión modesta, pero en todo caso superior a todos mis anteriores esfuerzos por hacer algo de valor en el mundo, incluidos mis cuentos sobre Heidegger o mis estúpidas clases sobre novela española de la democracia. Lombard, todavía mudo, recibió la carta y la sostuvo en su mano sin abrirla, en una actitud que entendí de autocontrol ante un objeto que le inspiraba un miedo colosal. Concentrado pero sin duda vulnerable, asintió en un gesto de agradecimiento, aunque optó por mantener cerrado el sobre y sacudirlo varias veces contra la palma de la otra mano. Pensé que el asunto requería de intimidad y que mi presencia sólo podía estorbar.
—Esta noche me quedaré en Cuetzalan a dormir –dije ya en otro tono de voz, para que Sor Juana me oyera—. Puedo regresar mañana y hablamos con calma.
—Sí, por favor –intervino Sor Juana, desde la cocina. Lombard asintió mientras intentaba recomponerse. Parecía pensar dónde esconder la carta.

Yo no quería irme, desde luego. Sin celos ni rencores, nuestro reencuentro había sido inesperadamente plácido para los tres, fácil, como una lección elemental de vida. Ellos eran la Familia y yo era el Huésped; y en cierto modo, todo era armónico, equilibrado, con límites justos y seguros para los tres. Éramos un teorema perfecto, como si los tres hubiéramos descartado nuestros respectivos suicidios al mismo tiempo.

lunes, 20 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LIII)


ME ABALANCÉ SOBRE ELLA

con el énfasis de la mayor alegría que había tenido en los últimos tiempos y casi la asusté. Nos saludamos torpemente, algo acelerados los dos por la sorpresa, y forcé un beso en la mejilla al ver que el abrazo era imposible por la presencia del bebé. Dediqué los segundos siguientes a contemplarla de arriba abajo y a preparar algún elogio de su aspecto. No necesité mentir: estaba tan hermosa como siempre, aunque su apariencia fuera tan distinta. Sor Juana había mimetizado bien las costumbres locales y había abandonado su look coqueto y levemente transgresor para simular que nunca había pisado unos grandes almacenes. Podría decir que había madurado o envejecido en todo ese tiempo, pero creo que lo había hecho sólo en la misma medida que yo.
Su desconcierto inicial fue, sin duda, tan grande como el mío. Sólo que mi desconcierto era gozoso, intenso, como en los escalofríos del amor adolescente y las primeras citas, y yo no sabía si ella sentía algo equivalente.
—Pero ¿qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? –preguntó, mirando a su alrededor como con un celo excesivo, lo que me hizo desconfiar.
—Consulté al oráculo…
—Ay, pinche Nilsson… Qué chismoso.
Reímos los dos y creo que ese momento cómplice, unísono, nos relajó a ambos.
—Te presento a Daniel –me dijo descubriendo el rostro abrigado del bebé—. Ya ves que mi vida ha cambiado bastante.
El bebé tenía apenas unos meses. Le acaricié la carita somnolienta y luego me fijé en el rostro de la madre: sonriente y diríase que feliz. Me dijo que tenía que comprar algo de comida y me pidió que la acompañara.
—Tenemos mucho de qué hablar –dije yo, o ella, quién sabe.
—Qué milagro –dije yo, o ella, quién sabe.
Entramos en la tienda y esperamos a que hiciera las compras antes de empezar a ponernos al día. Aunque parecía desenvolverse muy bien con el bebé, me ofrecí, naturalmente, a cargar con todo.
—Jeff tiene chamba en Yohualichan. Da clases de inglés. Regresará al rato.
Interpreté sus palabras de manera positiva, como si el mensaje oculto fuera que Lombard, sin duda, se alegraría de verme. Ciertamente, yo no había pensado que también habría podido ser lo opuesto: que Lombard se molestara con mi llegada o la interpretara de algún modo hostil.
Salimos y Sor Juana me señaló el camino por una calle informe y sin apenas tráfico.
— Hay que caminar tantito. Unos diez minutos.
En ese trayecto apareció por fin la incomodidad; ella le dedicó mimos a su hijo y yo opté por guardar silencio para no parecer demasiado inquisitivo o impaciente. Pero al cabo de un par de minutos, y después de varios saludos a gente del pueblo, Sor Juana, sin que se lo preguntara, empezó a resumirme su voluntario exilio. Habían llegado a ese pueblo casi azarosamente; ella lo recordaba de alguna antigua excursión juvenil a las comunidades indígenas y, sin otra justificación, decidieron instalarse allí con los ahorros de Lombard, que, al parecer, eran bastante sustanciosos después de tantos años de profesor sin cargas familiares ni otros gastos aparte de las drogas y el alcohol de la noche cholulteca.
Tras el primer impacto emocional, muy estimulante, de la nueva vida, llegaron las asperezas de la vida subdesarrollada, allí donde la globalización apenas llega, o llega sólo como deyección de productos superfluos de consumo masivo. Pero Sor Juana no parecía arrepentida de nada:
—Me hice una limpia de mi pasado fresa…¡Así ya no podrás estar fregando con mi origen social! Te quedaste sin argumentos, Álex. Ahora te toca a ti, tan comunista que eres.
Los dos encontraron trabajo dando clases de español o de inglés o de lo que fuera, aunque muchas veces los sueldos ni siquiera se cobraban, sobre todo si eran sueldos que dependían del gobierno.
—Admito que me has derrotado –ironicé, de una forma que creo que era previsible y, en cierto modo, entrañable para ella—. Para un intelectualillo de clase media yo como yo, lleno de amor y odio a la vez hacia la modernidad, todo esto es muy auténtico y espiritual. Sólo te ha faltado alojar en casa al subcomandante Marcos.
—Idiota.
—No, tonta. Has madurado. Ya no eres la señorita poblana que coqueteaba con el caos para luego regresar al bunker familiar.
—Sí, se acabaron las Atlántidas y todos los demás juegos… —sentí que me aludía con esa última palabra, pero no pude dejar de sonreírle—. ¡Aunque me caga no encontrar algunas cosas en este pinche pueblo!
—Como un carrito de bebé, supongo.
—Si apareces con un carrito de bebé, te corren del pueblito por satánico.
Luego habló del embarazo y aquí el relato se volvió impreciso y más metafórico. No hice preguntas indiscretas: fuera cual fuera el proyecto previo sobre esa maternidad, Sor Juana no dejaba lugar a dudas sobre su plenitud actual. Me pareció sincera, aunque quizá me lo pareció porque estaba especialmente sexy y vitalista, con su largo vestido blanco y sus ojos negros muy abiertos, como desacomplejados ante ese entorno austero. Pero no, no era sólo seducción: había una indiscutible coherencia en su comportamiento, que por fin veía yo con claridad. Sor Juana vivía la vida por ciclos que agotaba y exprimía rápidamente, siempre buscando más y no descansando nunca. Ella, a diferencia de mí, había cerrado clara y significativamente su ciclo de Cholula, dando un portazo monumental a las buenas costumbres y a los negocios familiares. Y había pasado a otra fase, con errores o aciertos, pero siempre con voluntad. Yo, en cambio, vengo de ninguna parte y voy a ninguna parte, y mi paso por países y ciudades es sólo una larga autopsia de mí mismo.
—Te he extrañado –le dije tras un momento de silencio que creí oportuno.
—Yo también… —dijo, jugando al desvío de las miradas—. Siento la despedida. Fueron días difíciles. Sabes que no podía seguir en Cholula.
—Lo sé. No te guardo ningún rencor. Ni a Lombard.
—Él te quiere un chingo. Y yo también.
Por fin llegamos a la casa, situada en las afueras del pueblo, al principio de un camino de tierra que se adentraba en el bosque. En la puerta, tumbado con una relajación que parecía propia de un gato, descansaba un perro al que reconocí.
—¡Villefort!
El perro no me reconoció, pero se dejó acariciar. Sor Juana me dijo que se había llevado de Cholula también a Danglars, aunque éste murió poco después de instalarse. Estuvimos de acuerdo en que el destino de Mondego, del que ni ella ni sabíamos nada desde hacía mucho, había sido seguramente penoso.
Sor Juana abrió la puerta de la casa y, entre susurros tranquilizadores al bebé, me invitó a entrar. Debo reconocer que esperaba un hogar algo peor, como una improvisada cabaña de madera en la selva. Pero, dentro de lo que cabía, la casita era un rincón acogedor y provisto con todo lo indispensable desde el punto de vista material: nevera, televisión, un horno eléctrico de dos fogones y sobre todo libros, muchos libros mal amontonados pero que sumaban más que todas las bibliotecas de la región, seguramente. Sor Juana me invitó a sentarme y pasó a ocuparse del bebé. Yo preferí dejarla en su intimidad de madre y me puse a curiosear entre los libros, la mayoría en inglés.
—¿Te gusta mi casa? –dijo después de arreglar al bebé y dejarlo en una cuna de diseño más bien artesanal.
—Para vivir, prefiero la de tu papá, sinceramente. Pero para tener experiencias místicas, supongo que ésta está mejor.
—¿Y qué dice mi papá?
—Que no respondes sus e-mails. Ha comprado una casa en San Diego y dice que podéis iros todos allá y ser felices. Dice que ya no hay peligro. Que ha hecho las gestiones necesarias para garantizar tu seguridad. No puedo ser más preciso porque no me dijo mucho más. Ya sabes: tu padre es muy ambiguo.
—¿Por eso has venido hasta acá? ¿Para decirme que todo está arreglado?
—No. Vengo porque tengo un mensaje para Jeff.
—¡No mames! ¿De quién?
Vi el susto en su rostro y me apresuré a tranquilizarla con todos mis recursos.
—Tranquila, no es el mensaje que podríais temer… Creo que es una buena noticia. Bueno, en realidad no lo es, pero pienso que le ayudará. No puedo explicártelo todavía. Es sobre su familia. Quieren ponerse en contacto con él.
—Ah, su familia… Sigue sin hablar de eso. Ni siquiera cuando nació Daniel.
Se disculpó porque era la hora del pecho para el bebé.
—No tenemos cerveza. Jeff ya no toma. Y yo tampoco.
—Os puedo perdonar todo este teatro de vida natural y genuina, pero la ausencia de alcohol es intolerable.

—Ni modo, todo cambió… Está chida la vida acá, pero es difícil. ¿Sabes? Creo que ya me quiero regresar.  Pero no sé cómo decírselo a Jeff.

domingo, 19 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LII)


EL VIAJE DENTRO DEL VIAJE

Decidí seguir las recomendaciones del más reciamente mexicano de los contactos que me quedaban en Cholula: Román. El mismo Román que con toda seguridad me detestaba desde la primera noche que nos vimos, ese Román malhumorado y austero que representaba el patriotismo tenaz sin medalla. Un hombre que tenía un arraigo impensable para mí, esa inclinación más o menos telúrica de quien no conoce mucho mundo pero tiene ojos lúcidos para ver y diagnosticar los males de su tierra, y, sobre todo, voluntad para combatirlos.
—No lo conozco, debe ser un pueblito muy pequeño de la Sierra Madre Oriental. Probablemente ni haya camiones que lleguen hasta allá, ni siquiera los camiones guajoloteros, sólo combis que vayan de pueblo en pueblo. Podrías rentar un taxi en Cuetzalan. Sería más cómodo. Regatea con el taxista para que te lleve y te regrese.
—¡Órale! El gachupín por fin se aleja de la seguridad del desarrollo liberal—burgués y entra en el México profundo –intervino sarcásticamente Judith—… Nomás ten cuidado. Tú no sabes moverte en ese inframundo… Donde vas no es como Cholula; Cholula es Sears, en comparación. Aquello es casi como la selva lacandona. No hay campus universitarios, ni bares para estudiantes ricos. Y está bien lejos.
—Y yo que pensé que Cholula era mi gran aventura existencial. ¿Acabaré como Bogart en El tesoro de Sierra Madre?
—No le asustes, Judith –dijo con su severidad habitual Román, sin duda molesto también por mis estereotipos ingeniosos—. Esas son buenas gentes. Gentes pobres, sin mala onda. Pero no olvides algo: en esos pueblos apenas si llegaron los españoles, apenas si llegó la independencia, apenas si llegó la revolución, apenas si llegó Internet. Nomás llego la Coca-Cola, que está en todas partes.
Antes de despedirme, le pregunté a Román, creo que solidariamente, por la lucha de los campesinos.
—Iremos a juicio dentro de unos meses. Estamos buscando un buen abogado.
Y aproveché también para preguntarle por Quezada. Román sólo sabía, por la prensa, que se rumoreaba que iba a dimitir próximamente para dedicarse por completo a sus negocios. Pensé que el rumor tenía fundamento, y así lo dije, sin entrar en más detalles.
—Pero dime, ¿para qué quieres encontrar al gringo? –insistió Judith—. No sé si es bueno que se regrese a Cholula. No podemos volver a contratarle. Villalobos no lo aprobaría nunca. Y quién sabe si no sea demasiado peligroso dejarse ver por Cholula. Vas a buscarla a ella, ¿verdad?
Había decidido no darles muchas explicaciones, en parte porque eso me hubiera obligado a hablarles del inverosímil Nilsson, y no sé si yo hubiera sido buen narrador de ese relato. Preferí hacer un sumario y centrarme en la enfermedad de la hermana de Lombard. Pero era evidente que Judith desconfiaba de mis aclaraciones.
Me despedí de ellos de manera solemne, como si los tres asumiéramos internamente que mi viaje era mucho más que una excursión turística y que la separación podía acabar siendo larga. Incluso Román pareció concederme por fin algo de respeto y sentí que disculpaba mi intrínseca tosquedad española. Se despidió de mí con seriedad viril, casi castrense, abrazándome de un modo que me pareció sincero.
Dos días después, un sábado, salí temprano en autobús hasta un hermoso pueblito llamado Cuetzalan, en el que el negocio turístico funciona de forma bastante eficiente y en el que incluso no es difícil ver curiosidades inolvidables como los famosos Voladores de Papantla. Allí desayuné y busqué a un taxista que estuviera dispuesto a ser mi chófer durante un día o quizá más de uno. Tuve que negociar duramente y regatear mucho, cosa a la que nunca había podido acostumbrarme bien en México, por culpa, sin duda, de nuestra educación europea tan contractual y leguleya.
—Señor, en esa carretera hay asaltos… Se pone refeo… Tendríamos que regresar antes de que se haga de noche…
Le convencí por mil pesos y salimos de viaje.
Entramos en la sierra. En Cuetzalan ya se pierden de vista los volcanes, lo que en cierto modo garantiza que se entra en otra parte muy distinta del estado de Puebla, mucho más indígena y menos colonial, de clima húmedo y frondosidad. El taxista, taciturno, se limitó a conducir y me permitió observar y reflexionar en silencio. La carretera era, sorprendentemente, de buena calidad, aunque serpenteaba de una forma poco recomendable para el aparato digestivo. Como auguró Román, la mayor parte de los signos de la sociedad desarrollada se iban desvaneciendo, con la excepción de los enormes carteles de Coca-Cola, alguna sorprendente y casi exótica antena parabólica, y algún anuncio infame de propaganda del gobierno del estado, presumiendo con cínico orgullo de logros como que casi toda la población tenía acceso a la electricidad. Pasamos apenas un par de pueblitos en media hora, y entre uno y otro sólo vimos un restaurante de carretera y dos o tres talleres, de apariencia poco fiable, de reparación de coches.
Yo seguía nuestra trayectoria con un mapa, para asegurarme de que el taxista no cometía errores en regiones que probablemente no conocía muy bien. Sentía, desde luego, una inevitable curiosidad turística, a pesar de que ya conocía lugares recónditos en Oaxaca y en Chiapas, como la memorable iglesia de San Juan Chamula donde los paisanos rezan precisamente con latas de Coca-Cola para, según me dijeron otros turistas no sé si bien documentados, eructar y expulsar malos espíritus. Pero también sentía, como en esas otras ocasiones, una especie de desconfianza ante mi propia vulgaridad de viajero estándar, ante las etnosensaciones ya fuertemente codificadas y ritualizadas por tantos y tantos relatos previos al mío. El viajero por México es casi un burócrata de la experiencia turística y cambiar las reglas parece muy difícil también para alguien como yo, tan europeo de mala conciencia a mi pesar.
Antes de llegar a nuestro destino, nos encontramos con lo que parecía un poco agresivo retén. Media docena de chicos adolescentes o menores aún se habían situado a ambos lados de la carretera y en cada uno sujetaban el extremo de una cuerda. El taxista frenó y negoció con ellos en voz bajísima. Finalmente, les dio un billete, creo que de no más que veinte pesos, y soltaron la cuerda. Noté que todos me miraban con ajenidad, tal vez con una mezcla de curiosidad y menosprecio. De cualquier modo, les dediqué una sonrisa y me esforcé, aunque fuera un esfuerzo fugaz, por no parecer un asqueroso turista rico.
 Unos minutos después encontramos el pueblo. Era, efectivamente, un rincón remoto, que, por comparación, convertía la mugrosa Cholula en un foco de avances sociales y desarrollo urbanístico. En seguida llegamos al zócalo del pueblo, con su mercado, su iglesia, su miniparque y su presidencia municipal, y la mayor variedad de color del pueblo, sobre todo por las abundantes guirnaldas con los tres colores de la bandera mexicana, que enlazaban balcones de las primeras plantas así como algunos árboles del zócalo. Probablemente había habido en fecha reciente algún evento político que había servido para llenar el pueblo de insensata esperanza patriótica, o tal vez se trató de una fiesta local para conmemorar al santo oficial. De cualquier modo, la armonía de la decoración tricolor intentaba mantener un cierto efecto festivo, y quizá el efecto seguía funcionando. A partir de ese zócalo enérgicamente nacional, el pueblo se extendía en calles empinadas casi siempre sin asfaltar y pequeñas casas blancas de improvisada construcción, muchas con tejados triangulares de tono rojizo. Con todo, el hecho de que no se tratara de un pueblo polvoriento sino más bien fresco lo volvía algo más hospitalario de lo que me había augurado Román.
El taxista aparcó el coche frente a la presidencia municipal, y nada más bajarme y echar un primer vistazo alrededor comprendí que yo era el único güero que en ese momento podía estar pisando el lugar, salvo, tal vez y ojalá, Lombard; eso sí, yo le ganaba con mi palidez de queso panela. Procuré, como tantas otras veces, controlar mis típicos aspavientos de español pomposo y confirmé que había sido una buena idea no llevar conmigo ninguna cámara de fotos, ni ningún otro objeto enfático de turista impertinente. Los lugareños nos miraron silenciosamente al principio, quizá apostando para sus adentros sobre el motivo de nuestra llegada, pero pronto volvieron a sus rutinas, no muy estresantes, por lo que me pareció deducir. Sólo una niña de grandes ojos negros me siguió observando durante unos instantes, como dudando de mi condición zoológica; le sonreí y la saludé moviendo los labios sin hablar. Me miró fijamente, desoyendo las llamadas de su madre, hasta que finalmente me aceptó dentro de los seres buenos del universo y se rió de mis payasadas.
Me pregunté si el gobernador del estado, tan aficionado al regocijo de determinadas fiestas de cumpleaños, había pisado alguna vez un pueblo como ese. Me pregunté si había alguna escuela o si los niños, como otras veces había visto con mis propios ojos, tenían que viajar hasta la escuela haciendo autostop, peleándose entre ellos por conseguir meterse en el primer coche que pasara cerca. Me pregunté cómo sería el cementerio, si lo había. Comprobada la dejación del Estado, me pregunté incluso si ese pueblo no estaría mejor rodeado de alguna plantación de marihuana, aunque el precio moral fuera ceder al macabro poder de los narcotraficantes.
El pueblo era, desde luego, manifiestamente pobre, buñuelescamente, diría yo; pero la realidad parecía ser asumida con una resignación no neurótica, aunque desde luego sí famélica. Su demografía era fácil de identificar: pocos ancianos hombres por culpa de la baja esperanza de vida, tampoco demasiados hombres en edad trabajadora por culpa de la emigración, y sí bastantes mujeres, adultas o ancianas o en una edad ambigua con fundas doradas en algunos dientes y rostros serios, inhibidos y agrietados. El apego a las tradiciones era visible e incluso escuché conversaciones en alguna lengua indígena. Podría sintetizarlo todo en un balance melancólico, pero creo que la tristeza no era, a pesar de todo, la cualidad esencial del pueblo, sino sólo un suplemento aportado por mi mirada externa. Quizá esa cualidad esencial podría ser, en realidad, la pequeñez o la estrechez, tan polisémica y aplicable a casi todo, fueran casas, calles, sueños, discursos o intimidades. Eso sí, todo el conjunto, en definitiva, era una perfecta némesis antihedonista y precarizada de las bacanales plutócratas de Quezada y sus amigos, francos delincuentes o simples canallas explotadores, tan patriotas pero tan incapaces de ceder ni uno de sus privilegios a cambio de una mínima compensación en forma de justicia social. Una vez más, odié a los ricos, odié especialmente a los ricos mexicanos, y me odié provisionalmente a mí mismo por haber parecido rico alguna vez.
La gente del pueblo enseguida se portó conmigo con la habitual amabilidad, tan tierna y susurrante, de casi todo México, y, sin paternalismos, me limité a respetar la humildad como código de los anfitriones. Busqué un bar e invité al taxista a comer chalupas mientras pensaba cómo iba a actuar para encontrar a Lombard y a Sor Juana.
Con discreción y casi de pasada, pregunté al camarero si conocía a algún gringo que se hubiera instalado en el pueblo. Creo que subestimé la discreción del camarero; estoy seguro de que conocía a Lombard, pero respondió tenazmente lo contrario. Entonces me di cuenta de que, absurdamente, yo había confiado en una especie de azar rayuelesco-cortazariano que me llevaría a encontrar de manera inevitable a Sor Juana Pero posiblemente no sería nada fácil y tal vez tendría que volver más en más de una ocasión a ese pueblito. Decidí que pasearía por el pueblo durante el día y que, si no había señales de mis amigos, volvería con el taxista a Cuetzalan para pasar la noche en alguno de sus hoteles. El taxista, mientras tanto, se quedó durmiendo en el interior de su vehículo.
Paseé durante varias horas por el pueblo, buscando alguna artesanía local entre cerveza y cerveza. Creí alguna vez divisar a Lombard: era, evidentemente, una ilusión fruto de la alianza entre ansiedad y miopía. Visité la iglesia, que no tenía, a mi juicio, nada arquitectónicamente especial; una sobria fachada, una portada inconclusa y sólo algunos azulejos poblanos seguramente más modernos. Pero no me quedó duda de la importancia del templo; el sacerdote, ceñudo y firme, me miró como diciéndome: “esto no es un monumento turístico; aquí se viene a rezar”. Procuré ser respetuoso y evitar que mi olor ateo a azufre causara problemas.
El virus alienante de la sociedad de consumo, con sus necesidades, sus placeres engañosos y sus urgencias, empezó a hacerme sufrir a eso de las siete de la tarde, coincidiendo con un descenso de la temperatura ambiental. Me aburría más que el taxista y pensé que todo el viaje había sido finalmente sólo una pseudoaventura creada por mi imaginación y tal vez por los disparates del sueco mesiánico. Entré en una tienda de abarrotes a una manzana del zócalo para comprar algo que me despertase a base de gas y cafeína y bebí una lata justo delante del establecimiento, distraído y quizá también melancólico. Y entonces sucedió lo que llamaré hiperbólicamente el milagro. Al otro lado de la calle, Sor Juana caminaba también distraída. No la reconocí inmediatamente; el proceso fue más complejo. Diría que hubo tres momentos, tal vez en sólo un segundo: en el primero, la reconocí por su rostro, menos indígena que el contexto y por eso más llamativo para mis ojos; en el segundo, pensé que la vista otra vez me engañaba y deduje que no era ella porque llevaba a un bebé en su pecho arrebozado en mantas; en el tercero, confirmé que sí era ella porque no podía ser de otro modo.

viernes, 17 de febrero de 2017

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LI)


PLEGARIA

Tengo que detenerme ahora en un detallito cultural: los mexicanos suelen ducharse con pastilla de jabón y no con gel de baño, como solemos hacer los españoles. Pero debo decir que la pastilla de jabón me irrita especialmente, entre otras cosas, porque exalta mi torpeza y a la vez castiga mi espalda obligándome a agacharme demasiadas veces.
Tardé bastante en encontrar una tienda en Cholula donde vendieran algún tipo de gel adecuado y aproveché una mañana sin clases para aprovisionarme. Una vez cumplida la misión me senté en una terraza de los portales del zócalo para tomar el café más decente que se podía consumir en el pueblo. Pasé media hora escuchando a la fauna típica de los portales: músicos callejeros de todo tipo y género, vendedoras indígenas de chapulines y otras curiosidades gastronómicas y antropológicas, niños con su cajita de chicles y caramelos, y estudiantes y turistas, perfectamente distinguibles por su tez blanca enrojecida por el sol y su actitud boquiabierta.
Era lunes por la mañana y yo pensaba en mi clase de la tarde, una vez más sobre novela española de la democracia. Repasaba mis apuntes mentales (que incluían, una vez más, mis vengativos ajustes de cuentas) sobre el tema cuando percibí un rostro entre los paseantes:
—¡Dios! –grité espontáneamente.
En las mesas contiguas reaccionaron con sorpresa, pensando que yo estaba indignado o herido de algún modo. Sonreí tranquilizadoramente y me levanté aprovechando que la cuenta ya estaba pagada.
Sven Nilsson caminaba con su lasitud característica, esa singular mezcla de amable enajenación y altivez no lo bastante narcotizada, y yo diría que incluso llevaba la misma ropa de la última vez que lo había visto, que también fue la primera. No había sabido absolutamente nada de él en todo ese tiempo, y tampoco puedo decir que hubiera pensado mucho en su vida excéntrica. De cualquier modo, me alegró la mañana, quizá porque activó una nostalgia no del todo triste, la de otros tiempos menos solitarios y menos fúnebres.
Nilsson, como siempre, parecía pasear sin rumbo, embriagado por el ajetreo del núcleo social del pueblo y la diversidad de colores y voces. Le seguí durante unos metros sin atreverme a llamarle de nuevo y finalmente le puse por detrás una mano en el hombro. El sueco se giró y me miró inexpresivamente.
—¿Se acuerda de mí? –le pregunté con seriedad de examinador.
—Claro que sí –dudé visiblemente de que dijera la verdad, y él reaccionó casi ofendido—. El profesor español. Alejandro Ramírez.
Acepté sonriente su victoria y nos dimos la mano. Le invité a tomar algo en otra de las terrazas.
—Lo siento, ya sabes que no practico esas costumbres. Acompáñame mientras paseo, si quieres. Podemos hablar. Así me cuentas cómo te va la vida.
No sé si era oracular o mesiánico o las dos cosas al mismo tiempo, pero Nilsson seguía transmitiendo la misma extraña confianza del primer encuentro. No parecía haber empeorado, ni física ni mentalmente. Empezamos a dar lentamente la vuelta al zócalo, deteniéndonos en puestos y tienditas para curiosear sin comprar. Nilsson jugaba nuevamente a simular una curiosidad infinita por lo humano, como si cada objeto fuera una profunda novedad cosmogónica para él. Era capaz de observar atentamente una gorra simulando que desconocía el modo de utilizarla. Los dependientes, de todos modos, parecían perfectamente acostumbrados y apenas le prestaban atención.
Mientras paseábamos así, preparé mentalmente muchas preguntas tramposas con la intención de ponerle en evidencia y desenmascarar su locura o su farsa, o simplemente para que dijera alguna boutade metafísica de las suyas con la que pudiera reírme. Sin embargo, cuando por fin intentaba verbalizarlas, todas se me agolpaban y atascaban, y me acababa reprimiendo: un pudor, cierta compasión, quizá también una oscura complicidad interna, me impedían atacar a ese hombre y me invitaban a seguirle con una simulada docilidad de discípulo.
Acabamos entrando en el convento franciscano de San Gabriel, otra de las maravillas coloniales de Cholula, en una de las esquinas del zócalo. Nilsson me dio, sin que se lo pidiera, algunas explicaciones históricas sobre los franciscanos y sobre fray Bernardino de Sahagún. Había verosímil erudición en sus palabras y por eso tuve la intuición de que alguna vez había sido profesor, posiblemente de arte, y quizá en la misma universidad de Cholula. En cierto modo, eso explicaría su comportamiento y su evolución disparatada: se trataría de otro buscador de magia que acabó devorado por su propia ficción. No tan lejos de Magallanes, de mí, o de Lombard. O incluso de Judith, siempre tan entregada a su constructivismo redentorista pero estéril, siempre tan reacia a aceptar la inutilidad elemental de todos los proyectos.
En un momento de silencio, mientras seguíamos en el atrio, le pregunté por su salud y por su vida en el sanatorio. Formulé la pregunta con honestidad, pero también con algo de temor a una respuesta grosera. Nilsson me respondió amablemente:
—Ese sanatorio es un buen lugar para observar y entender el mundo. Soy inmune a sus métodos, por supuesto, pero me parece idóneo para cumplir mis objetivos sin que nadie perciba mi presencia.
Deduje de sus palabras autosuficientes cierto horror diario de drogas y castigos, y esa deducción, sin duda, ayudó a que cambiáramos de tema, pronto, pero también a que el nuevo tema fuera una especie de confesión por mi parte, quizá para hacerle entender que fuera del sanatorio la vida no era mucho mejor. Así, en el atrio del convento, de pie y prudentemente alejados de turistas y fieles, le hice una confesión larga y sincera; una confesión laica pero que no llegaba a psicoanálisis, un desahogo puro frente a un hombre que, en caso de entender mis motivos de caos, sólo podía contribuir empeorándolos. Le hablé de todos mis fracasos vitales, que encadené con coherencia cronológica y afectiva; le resumí todos mis errores en un único relato, el relato anodino y sin épica de un pobre aspirante a descifrador de misterios que había acabado en Cholula sin saber en realidad por qué ni para qué. Nilsson me escuchaba con el imprescindible respeto terapéutico, aunque parecía igualmente intrigado por miles de fenómenos a su alrededor, como si jugara a remedar una omnisciencia. Y le hablé, por supuesto, de Sor Juana, aunque omití los detalles principales sobre su padre y la huida con Lombard.
—Ah, sus visitas eran muy agradables. Es una pena que ya no venga a verme. ¿La extrañas? –me preguntó por fin mirándome a la cara, garantizando así que me prestaba atención.
—Sí. Creo que nunca llegamos a entendernos bien, pero la extraño, sí. Y me preocupa lo que le pueda pasar. Hay demasiado caos en ella. Temo que algún día eso la lleve al desastre.
—No debes preocuparte. Ella está bien allí dónde está.
Sonreí burlonamente: por primera vez, su frivolidad había conseguido molestarme. Deseché toda mi benevolencia anterior y le dediqué en silencio un rápido desprecio. La inconsciencia no siempre es una excusa, y los locos no siempre son divertidos. Pensé informarle de la verdadera gravedad de la situación de Sor Juana para que de una vez por todas se dejara de caricaturas y afrontara los hechos reales, empíricos, jodidamente concretos, concretos como el puto país en el que él había hundido su vida (y seguramente también el puto país del que había huido, que no por ser europeo deja de ser puto). Pero supuse que no serviría de nada ningún esfuerzo didáctico y me limité a hablarle con aspereza:
—¡Como si usted supiera dónde está!
El histrión sueco elevó el mentón y pasó a mirarme con recelo de ofendido:
—¡Pues claro que lo sé! Deberías tenerme más respeto. Eres una persona inteligente, sensible, con curiosidad metafísica. No entiendo por qué te cuesta tener un poquito de fe.
Dudé en unos instantes de parpadeo rápido, pero acabó convenciéndome la firmeza de su actitud, señorial y magistral. Empecé la pregunta definitiva balbuceando y la terminé nervioso, casi hipertenso:
—¿Realmente sabe dónde está?
Es posible que él leyera mi sorpresa como algo próximo a un fervor, porque sonrió luminosamente.

—Sí. A otro no se lo diría, pero a ti sí puedo decírtelo. Los dos sabemos que debes ir a buscarla, aunque ella no te espera. Está en San Miguel Tepotlán.