sábado, 31 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LV)


LA GUARDIA NOCTURNA (II)

Si hay ritos que aportan algo así como un equilibrio entre recuerdos y deseos, entre la memoria y la voluntad, volver a reunirnos en la casa de Lombard en Cholula fue, sin duda, uno de ellos. Había algo silenciosamente victorioso en ese retorno; muchas cosas habían cambiado, y desde luego, era inviable recuperar algunos códigos, pero no fue difícil extraer de la nostalgia su esencia, y depurarla hasta convertirla en una paz suficiente, modestamente perfecta; la paz de lo restaurado, de la continuidad. Volvíamos a estar juntos en nuestro limbo, respetando, sí, lo que el tiempo nos había hecho, pero obligando a su vez al tiempo a aceptar alguna pequeña exigencia nuestra. Ya no beberíamos como antes hasta la afasia, ni bailaríamos ocultando y exhibiendo intenciones sexuales, ni discutiríamos desmemoriadamente en medio de drogas nuestras y de otros; pero ahí estábamos, como en un orgulloso reestreno teatral, repitiendo diálogos y escenografía.
En realidad, el que menos había cambiado era yo; ellos dos habían evolucionado hacia una nueva fase y habían hecho auténticos experimentos con sus vidas, no como yo, con mis bucles de introspección y mi autismo narcisista. Quizá por eso sentí que Lombard y Sor Juana actuaban con paternalismo hacia mí, permitiéndome ser una especie de hijo espiritual adoptivo, lejos de celos o rivalidades sexuales cuya existencia sólo podía situarse en ese tiempo pasado para ellos ya superado. No me desagradó la idea, aunque eso significara que Sor Juana me miraba ya de otra manera, muy distinta a los buenos tiempos eróticos. Me miraba, diría yo, con la ternura con la que se revisa un libro básico de la adolescencia que sabes superado pero que no quieres volver a leer para no sentir decepción (como mis viejos y adorables libros baratos de Alianza Editorial con las cubiertas de Daniel Gil). Por eso yo sabía que ya no había lucha posible entre Lombard y yo por ella y por eso también yo podía sentirme tranquilo, cómodo, arraigado, en la compañía de ambos. Yo deseaba a Sor Juana, claro, pero mi más voraz egoísmo no podía corroer la evidencia de que ella estaba mejor, en todos los sentidos, con Lombard que conmigo.
Los dos habían aceptado pasar fugazmente por Cholula no sólo para presentar de manera oficial a Daniel y restablecer lazos afectivos, sino también para arreglar asuntos de todo tipo y preparar con la máxima cautela el futuro. No averigüé mucho acerca de cómo fue la reconciliación familiar: intuyo la alegría, aunque también intuyo algo de hipocresía hacia el gringo, en cierta forma responsable de una separación tan larga. Fuera como fuera, la simple existencia del primer nieto compensaba cualquier posible rencor. La progenie Quezada continuaba. El patriarca estaría satisfecho.
Como era de esperar, Lombard y Sor Juana habían decidido cruzar la frontera del Norte, pero aún no se ponían de acuerdo sobre el destino: él, por fin, quería regresar a Philadelphia para ver a su hermana moribunda, con la que ya había hablado por teléfono y al parecer había ajustado todas las cuentas del pasado, pero Sor Juana, aun estando de acuerdo en que no querían aceptar los privilegios de papá Quezada, proponía instalarse en San Diego con el hermano mientras buscaban opciones laborales. Durante la cena, discutieron sin agresividad sobre el tema, mientras yo lamentaba en silencio las dos opciones.
Cuando el bebé se quedó dormido y Sor Juana se sentó tranquilamente con nosotros, empezamos la previsible labor memorística de sobremesa, seleccionando recuerdos especialmente valiosos, por lo épico o por lo cómico, de Cholula, de la universidad y su fauna, de México y su caos. Lombard y yo bebimos como adultos, y Sor Juana, como madre adulta, se limitó a una copa de vino. Apenas gritamos, y yo diría que el volumen de la música quedó a la mitad de lo que era habitual en otros tiempos. Generosamente, los dos se preocuparon por mí y por mi soledad. Ironicé levemente, para que entendieran que no quería disimular la melancolía. Ellos correspondieron a mi ironía recordándome las ventajas de ser profesor.
—Pero las estudiantes son siempre jóvenes, y el profesor no. Me empiezo a sentir milenario.
—¿No tienes miedo de acabar como Magallanes? –preguntó Sor Juana, aunque no sé si recordaba que ella ya alguna vez me había hecho esa pregunta; pero fue en otro contexto, y Magallanes estaba vivo entonces.
—Sí. Pero quiero creer que yo no lo apostaré todo por la literatura, como hizo él.
Lombard propuso un brindis por nuestro amigo y así lo hicimos. También aprovechamos, por supuesto, para despotricar contra el Niño Genio por su deslealtad gringófila.
—Magallanes debió haberse dado cuenta de que los tiempos habían cambiado –dijo Sor Juana—. De que los viejos mitos literarios habían caído. Tú aún puedes reaccionar.
—¿Para qué? ¿Cuál es la alternativa? Magallanes sufrió horriblemente, pero al menos tenía fe. Yo envidio a la gente con fe. A veces no me siento nada superior a él. En ningún sentido. Pudo haber aceptado mejor su derrota, pero luchó, y eso es quizá más de lo que yo puedo decir. Si yo fuera honesto conmigo mismo, debería aceptar que no hay esperanza para la literatura, y seguir adelante. Para la literatura en la que creo, quiero decir.
—La literatura siempre cambia y tú lo sabes perfectamente –intervino Lombard—. No puede ser de otro modo. Eso es la historia de la literatura, nos guste o no. No seas dogmático; acepta la ley del cambio. ¿Quieres que escribamos durante dos mil años como Thomas Mann, o como Faulkner, o como Proust? El psicoanálisis destruyó buena parte de la literatura fantástica al reducir muchas de sus ambigüedades, y lo mismo pasará con el pinche realismo mágico cuando por fin estos países salgan del subdesarrollo. El adulterio era un tema interesante en el siglo XIX y hoy ya no lo es. La represión de los homosexuales también será felizmente un tema caduco si el mundo sigue avanzando. Los tiempos cambian y los gustos y el propio lenguaje evolucionan. Acéptalo y serás feliz. Bueno, nunca serás feliz porque no sabes serlo, pero al menos no pasarás la vida amargado como el canijo de Magallanes.
—Creo que Magallanes –continué— era, en el fondo, plenamente consciente de que vivía desde dentro un proceso de extinción, pero estaba condenado y por eso es un mártir que merece nuestro eterno respeto; no tenía ninguna alternativa real y mantuvo hasta el final a sus ídolos sin quemarlos en la pira de la desmitificación. En el fondo, era un residuo analógico en el poderoso y avasallador mundo digital; yo, en cambio, estoy a medio camino. No creo en los tiempos épicos de la novela elitista y en el fondo sé que son una ilusión, pero necesito algo que hoy no encuentro, esa alquimia irrepetible de los precursores o fundadores. A veces sueño húmedamente con una refundación del género novelístico, pero aún no lo tengo del todo claro: sólo sé que en esa nueva novela habrá muerte y que no habrá Dios. Aunque en realidad no importa lo que yo quiera o pueda escribir, si es que alguna vez lo hago en serio; el problema es mucho más profundo.
—¡Ah, chingá…! No empieces con la crisis de la novela occidental –dijo Sor Juana—. Ya sé que te gusta esa teoría. Llevamos cien años repitiendo eso; ya déjalo.
—No compares mis teorías con las de Ortega y Gasset, por favor –pero qué bien sabía Sor Juana lo que a mí me gustaba predicar y delirar con ese tema, y qué hermosamente me criticaba y se burlaba de mí—. No digo que la novela vaya a desaparecer, aunque probablemente la ficción adelgace y pierda un par de tallas con las nuevas tecnologías; digo que los cambios que se están produciendo son irreversibles y, a pesar de todo, muy negativos culturalmente. Creo que hay algo que estamos perdiendo y que echaremos de menos dentro de unas décadas: cierta agresividad crítica que es intrínseca a la novela y que ha sido la clave de su valor como modelador de imágenes de la realidad a lo largo de siglos. 
“Veamos: ¿qué define el género más allá de formalismos y estructuras? La injusticia, el conflicto, no únicamente en un sentido social o ideológico, sino también en un sentido digamos existencial: la percepción de una grieta, de una inarmonía o un caos, una percepción que, desgraciadamente, es resultado inevitable del progreso racional a la hora de interpretar la realidad, así como del desgaste de la ingenuidad épica. Desde don Quijote a Meursault pasando por Madame Bovary o Bartleby, hasta llegar a Aureliano Buendía o el Tomás de Kundera, tal vez, la novela es el reino de lo problemático, aunque sea una problematización oblicua con respecto a la filosófica. Espera, gringo, espera, ya sé lo que vas a decir sobre la arrogancia de los novelistas filósofos. No olvides que yo, que no soy ni catalán ni español sino sólo cholulteca de adopción como Villefort, tampoco soy alemán, ni quiero serlo. En realidad, a mí también me aburren los novelistas que se meten a filosofillos, como me aburren los narradores oportunistas que ahora les quitan trabajo a periodistas e historiadores. A mí me gusta la ficción, y me gusta precisamente porque es un experimento inverificable. Pero no es lo mismo experimentar sobre el cáncer que sobre la celulitis. Ahora el problema como sustrato generador de acción novelística está siendo relegado a un segundo plano, sustituido por cierto hedonismo consumista propio de sociedades que no quieren ver sus problemas, sino que quieren reconocerse orgullosamente en el arte y asumir su destino de seres cultos, ciudadanos de la Historia que ha llegado a su fin. Sí, la novela sobrevive periféricamente, pero en el centro de la sociedad abierta y liberal sólo puede morir de apatía.”

—Y la culpa la tiene el capitalismo… —apuntó Lombard, con el que sin duda había discutido yo ya varias veces del mismo tema, aunque seguramente ni él ni yo lo recordábamos.

viernes, 30 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVI)


LA GUARDIA NOCTURNA (III)

—¡Por supuesto! —continué—. El triunfo del capitalismo y de la democracia liberal es mucho más penetrante de lo que pensamos, incluso en aquellos que presumimos de anticapitalistas. Fíjate: a lo que estamos asistiendo desde 1989 es a un proceso de falsa rehumanización del ser humano alienado. En otras palabras, a una campaña sistemática de derrota del nihilismo; el ser humano alienado y destruido de Kafka o Camus, el hombre en rebeldía permanente desde el romanticismo ha encontrado por fin la paz, o al menos una tregua cómodamente remunerada en la sociedad de consumo. Rebatiendo un poco a Kundera, el agrimensor K. de El castillo ha cambiado de actitud y ya no se siente solo e incomprendido; sabe que el mundo es una mierda, pero lo acepta creyendo que lo acepta voluntariamente, y que su decisión es fruto de su inteligencia y de las condiciones históricas. Cree que puede ser culto, creativo y libre, incluso que puede opinar sobre el mundo y que su opinión tiene alguna repercusión en la logosfera. Y mientras tanto piensa que tiene opciones materiales a su disposición: sexo, productos de consumo, capital simbólico. Nunca lo conseguirá en realidad más que provisionalmente, pero ya tiene un motivo para vivir que no tenía en los duros tiempos del ser—para—la—muerte. Y a ello hay que añadir, por supuesto, que ahora hay otros sujetos que tienen su oportunidad histórica y no quieren desaprovecharla: las mujeres, en especial.
—Para nosotras la historia no es como tú la cuentas, Álex. No lo olvides.
 —Claro, claro, a eso me refiero. Vivimos en un mundo poskafkiano en el que el nihilismo aún no ha podido imponerse porque se ha encontrado con una insospechada alianza en contra: el capitalismo, que llena el vacío de ser con sus golosinas y distracciones, y el marco cognitivo liberal, que, a pesar de todo, permite un cierto optimismo histórico para otredades, marginados, periféricos, subalternos y demás losers. La botella medio llena.
“El caso es que el ser humano sigue en el laberinto, pero ahora ha montado dentro una tienda de campaña y se esfuerza por vivir cómodamente. La democracia tiene sus virtudes, indiscutiblemente, pero en el terreno novelístico tiene un efecto sedante, o más aún, de haloperidol para la necesaria esquizofrenia de todo novelista: en una sociedad donde, en apariencia, todo se puede dialogar y se puede negociar, donde los antagonismos se flexibilizan y la sospecha pierde su fuerza subterránea, ¿qué sentido tiene escribir novelas? Si no sabemos dónde está el enemigo, ni dónde está el culpable, si la violencia es convertida en algo accidental y no en algo esencial, si todos los conflictos se atenúan y relajan en una convivencia más o menos pacífica, si cualquier pacto puede resolver a posteriori un problema expuesto por una novela, la novela pierde su capacidad para inquietarnos y desestabilizarnos.”
—Pero la democracia no ha resuelto todos los problemas… —dijo Lombard—. Eso lo sabemos. Siguen existiendo los problemas.
—¡Evidentemente! Estamos lejísimos del Paraíso. Sobre todo en México… Claro que siguen existiendo los problemas. Quizá haya menos genocidios y menos opresión, pero la injusticia permanece. Lo que ocurre es que tal vez ha habido una claudicación colectiva por la cual hemos perdido la fascinación por los extremos y hemos sacralizado el mal menor como solución totalizadora. Sí, los extremismos son perjudiciales en política, vale. Pero, ¿y en la novela? ¿Acaso no necesitamos fanatismo, extremismo, radicalismo? Claro, no de cualquier modo, no para epatar de forma rápidamente asimilable por las estructuras de poder. No se trata de provocar sin más, sino de ver el bosque y no los árboles, que ahora examinamos con fascinación olfativa y visual y cierta comodidad de turismo montañés.
“El pobre Sartre: ya nadie se acuerda de él. Y es cierto que es obsoleto en muchos aspectos. Sin embargo, no puedo dejar de releer Qu’est-ce que la littérature? y sentir una cierta nostalgia. Admito que todas sus teorías sobre el compromiso y la literatura en situación adolecían de confusionismo y voluntarismo, pero me pregunto si no es lícita una cierta sospecha sobre la caducidad de su poética sobre la escritura en situación. Vale, él mitificaba la resistencia contra el nazismo y todo eso, pero tal vez el hecho mismo de que hayamos renunciado a la grandilocuencia sartriana es otro síntoma de la neoalienación. ¿Acaso han desaparecido las situaciones extremas en las que está en juego la totalidad del hombre? ¿Acaso vivimos en la Comarca de los hobbits, una Arcadia de felicidad y armonía multisexual?
¿No será que estamos nosotros en una nueva fase, mucho más sutil y calculada, de la ignorancia feliz? ¿No será precisamente que la clave de nuestra real alienación es la absurda seguridad con la que creemos hoy que ya nos hemos librado del peligro de la alienación y que el mundo de Orwell es completa, inversamente opuesto al nuestro? La derrota intelectual del marxismo nos ha vuelto menos autocríticos, más arrogantes e increíblemente seguros de que ahora ya no es tan fácil alienarnos.
“El nihilismo no sólo es un enemigo del poder y del mercado; es también un enemigo del gen egoísta, de Dawkins. Por eso, después de fracasar plenamente en el siglo XX, hemos abandonado la era de la Tragedia para entrar en la de la Ironía. ¿Por qué la ironía funciona tan bien en términos comunicativos en nuestro mundo actual? Porque atenúa la tragedia y con ello facilita la supervivencia intelectual y emocional; consigue que remita la tentación suicida y nos permite avanzar diciendo las mismas cosas de antes pero con menos connotaciones autodestructivas. Pero, sobre todo, lo que la ironía nos permite es sentirnos inteligentes con el lenguaje, y esa es la clave.
“En la sociedad abierta, el individuo no puede asumir su fracaso existencial (porque eso sólo lleva a la muerte, sea en forma de suicidio o de utopía abortada) y lo sublima sintiéndose culto, o más exactamente productor y consumidor de cultura. La democracia liberal ha transformado a la masa, que ahora, en proporción creciente, se cree culta, aunque la mayor parte de las veces sólo repita comentarios de otros. Pero lee prensa, tiene títulos universitarios, toma fotografías que cree artísticas, va al cine y lee novelas; incluso puede que arriesguen más y vayan al teatro o lean poesía. En el fondo, no puede ser de otro modo; ¿cómo alguien va a admitir que NO es inteligente en nuestro mundo actual? El sujeto democrático tiene derecho al voto, pero también cree que tiene todo el derecho a decidir en los terrenos supuestamente minoritarios, como el arte. De ahí se llega a la falsa democratización del arte de acuerdo con leyes de mercado: la tiranía del número y lo masivo, que está alcanzando a la literatura y especialmente a la novela. Así se cierra el círculo del perfecto conformista que es a la vez el perfecto consumista: leemos novelas no problemáticas y así seguimos pensando que nuestro mundo no es tan problemático como el de otras épocas. Que hemos progresado, a pesar del 11-S y del 11-M, porque las amenazas más letales son afortunadamente menos frecuentes cada vez, y Hitler, Stalin, Pinochet o Mao por fin han logrado un status incuestionable de anitiejemplos. Y sí, sin duda hemos mejorado en términos políticos, pero no en términos novelísticos.
Me callé más por cansancio que por respeto al turno de habla. Lombard se sirvió un poco más de vino y reflexionó durante unos instantes, pero finalmente sólo suspiró. Sor Juana me dedicó una sonrisa que Lombard no percibió: fue una sonrisa larga, y yo sentí que en ella había querido incluir una cierta admiración no tanto por mis argumentos como por mi entusiasmo, y sobre todo una buena dosis de recuerdos de otros tiempos. Pero pasaron los minutos y cambiamos de tema, y ahí se acabó mi prédica. Entonces creí comprender lo que había sucedido: mis teorías eran probablemente absurdas, pero en otro tiempo las hubiéramos discutido por extenso y sin duda les hubiéramos dado tantas vueltas a las ideas que al final acabaríamos todos en el bando inverso al del principio del debate. Ahora, en cambio, Lombard y Sor Juana tenían otras prioridades, y la trascendencia de la novela, desde luego, no era una de ellas. Por primera vez esa noche me sentí solo, inmensamente solo, anacrónico, más infantil que Daniel.
Seguimos aún un par de horas hablando, hasta que el horario siempre difícil de los padres primerizos les obligó a mostrar las típicas muestras de fatiga. Pero nos tuvimos que despedir varias veces, porque nos demorábamos con diversos acuerdos de futuro y balances de la noche que habíamos pasado juntos, antes de llegar a la despedida definitiva. Lombard salió al patio para abrirme la verja de la puerta principal y yo tuve unos segundos para despedirme de Sor Juana. Nos abrazamos; primero con formalidad, hasta que uno de los dos (creo que yo) apretó un poco el cuerpo del otro. También creo que fui yo quien empezó la separación, pero fue para darle un beso en la boca, que ella aceptó con su generosidad de siempre. Lombard, por supuesto, lo vio todo desde la puerta y esperó a que nuestra despedida particular fuera completa.
En el patio, Villefort descansaba, tan perezoso y existencialista como siempre. Le dediqué una caricia rápida y me despedí de Lombard.
—Gracias por todo –me dijo.
Simulé que sabía exactamente a qué se refería con ese “todo” y le di un fuerte abrazo. Crucé la verja y me encontré con la silenciosa noche cholulteca, sólo alterada por ladridos ocasionales de perros y el retumbar de alguna discoteca en el Camino Real, a unas cuantas manzanas. La temperatura era baja, pero el frío en un lugar como Cholula, hay que recordarlo, es siempre soportable: estábamos en octubre y ya había terminado la temporada de lluvias, que vuelve incómodos los veranos y obliga a precauciones en el vestuario y a cambios de rumbo en cuanto cae el inevitable chaparrón de cada tarde. En cambio, el otoño en Cholula pasa inadvertido, quizá por primaveral; carece de connotaciones melancólicas y efusividades líricas. El día quema con el sol de los dos mil metros de altitud y la noche, con sus diez o doce grados, no es excesivamente norteña.
Decidí regresar a mi casa dando un largo paseo para disfrutar sensorialmente del alcohol, e incluso me entretuve, con algo de infantilismo místico, en la zona de la pirámide. Salté la poco intimidadora valla que impide el acceso a la zona arqueológica y ascendí hasta llegar a la iglesia. Me senté en uno de los asientos de cemento que funcionaban como improvisado mirador del cerro y ahí me quedé durante tal vez una hora. No hubo ningún éxtasis, pero sí diré que la embriaguez del whisky adquirió una cierta modulación metafísica. Regresé a mi casa en cuanto percibí que una pareja de jóvenes llegaba al mismo lugar con la evidente intención de tener una intimidad distinta y menos vulgar que la que ofrecen los moteles.

Nunca más volví a ver a Sor Juana y a Lombard con vida. Y tampoco vi sus cuerpos en los ataúdes, porque fueron convenientemente cubiertos ante la imposibilidad técnica de los maquilladores para arreglar lo que los asesinos hicieron apenas un par de días después de aquella noche. Aquella noche en la que yo me senté en la pirámide y pensé ingenuamente que hay percepciones más valiosas y profundas que las que uno tiene a la luz del día, frente a frente con la miseria humana, que es lo más eterno de que disponemos.

jueves, 29 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVII)


VÁMONOS, VILLEFORT

Hiperactivo, Quezada me habla de la policía, de investigaciones que están en marcha con ayuda incluso de agencias, así, en plural, de Estados Unidos; me dice que esta vez no se saldrán con la suya, porque se han excedido y ellos mismos lo saben, y alguien pagará por todo lo que ha pasado. Que los buenos ganarán la guerra, cueste lo que cueste. Quezada tiene algo así como una euforia rabiosa, como si ya estuviera convencido de haber encontrado la venganza exacta para el sacrificio previo.
Debería inspirarme compasión, y sólo me inspira asco. Me habla de policías y yo siento ganas de hablarle de Sonny Crockett y la melancolía de Miami Vice. De recordarle que los malos pueden ser arrestados y castigados, pero los que buscan la redención nunca la encuentran. Que siempre hay víctimas y que el pesimismo es luminoso, rotundo, fiable.
—Me engañaron, Álex. Nomás te puedo decir que me engañaron. Yo había hecho un pacto con ellos.
Sí, Quezada, ricachón de mierda, parodia de político liberal, patriota inmundo que seguro guardas todavía tu disfraz de charro en el armario junto con tus muertos y tus pecados, que con tu educación de Master yanqui te creíste lo bastante listo como para crear estrategias infalibles. Pero nunca supiste hacer nada bien, ni siquiera te enteraste de lo que hacía el tío Poncho con tu hija, no pudiste protegerla entonces ni lo has hecho ahora. Sí, Quezada, quisiste pactar con los cabrones, con los Anticristos, para garantizar tu cómodo nivel de vida y salvaguardar no tanto tu familia como tu orgullo; y seguramente hiciste lo peor que se puede hacer: te quedaste en medio, sin convencer a ninguno de los dos bandos, y seguro que ninguno te quiso salvar porque ninguno confió en ti, ni el bando de la ley ni el bando del crimen. Porque igual que fuiste ambiguo conmigo lo fuiste con Sor Juana y con todo el mundo, como el asqueroso hipócrita poblano que eres, como el empresario despreciable que también eres, y seguro que mañana rezarás con tu mujer y los dos os pensaréis que Dios os ha castigado por algo y que los caminos del Señor son inescrutables. No, Quezada, los caminos del Señor en México son perfectamente escrutables y están marcados en tu currículum de codicia y chulería. Sé que estás sufriendo, sí, sé que lo estás pasando mal, pero no me pidas que empatice contigo.
—Al menos, santo Dios, no fue secuestrada y violada.
¡Y aún pensarás que eso fue gracias al respeto que te tienen esos cabrones! No, Quezada, no fue violada, pero está muerta, como muerto está Lombard y no sé ni cómo verbalizarlo si no es con el odio profundo a tu recuerdo y a tu presencia o existencia en este México repugnante que gracias a gentuza como tú es un país desastroso que sólo atrae a gente perdida y desnortada como yo. He perdido a mi Diosa y he perdido a mi Cuate. He perdido a dos personas, pero también dos mitos, dos auras de sentido, dos pozos de significado para mis palabras diarias. Solamente me queda ahora un nivel dos de soledad, más duro y sofisticado que el nivel uno en el que he vivido siempre. Una soledad de la que no se sale ni cortándose las venas.
—Me pregunto por qué se salieron del campus. En el campus estaban protegidos.
Porque era lunes, pendejo, y tú nunca supiste nada de tu hija y lo que realmente le importaba. Los lunes por la mañana eran el día para ver a Dios, un Dios sueco mucho más decente que el canalla ese al que rezáis tú y tu mujer. Y ya no supe nunca si realmente lo encontraron, si fueron tiroteados antes de llegar a la pirámide de Cholula o después.
—Danielito es nuestra esperanza.
¿Esperanza? ¿Todavía hablas de esperanza? Te han matado a una hija y si no mataron al bebé fue porque lo dejaron a vuestro cuidado antes de ir al campus a visitar a Judith y a otros colegas. ¿Es que no entiendes nada? ¿Tienes esperanza acaso porque eres una fábrica de esperma y te sobran hijos que has soltado por el mundo convencido de que el universo gira alrededor de tu verga? Pobre Danielito; le daréis los mismos privilegios que a los anteriores niños de esa familia y, si no lo convertís en otro sacrificio humano, conseguiréis que perpetúe la estirpe de vuestra aristocracia malnacida. Danielito está bien jodido: sólo le esperan dos posibles destinos, la riqueza incalculable y la bipolaridad emocional; pero algún día, dentro de quince o veinte años, si la cirrosis no me mata de la misma manera que a Magallanes, volveré a este país sólo para hablar con el chaval y contarle cuatro verdades sobre quién era su madre y quién era su padre.
Yo no puedo arrebataros a Danielito. Yo sólo puedo quedarme con Villefort, pero te juro que me lo voy a llevar a España o adonde quiera que me vaya cuando salga de este horrible y bello lugar que es Cholula.

Vámonos, Villefort.

martes, 27 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (LVIII Y ÚLTIMA)

(para ir al inicio de la novela, clica aquí.)


LA PIRÁMIDE Y LA MENTIRA

Y tuve que irme, efectivamente. Por varios motivos; uno de ellos fue, sin duda, el pánico, una inseguridad panteísta, radical, fuertemente clavada en el estómago, allí donde la tensión se somatiza más eficazmente. Podría intentar describirlo mejor si realmente lo recordara; pero no es así, gracias a las pastillas que me recetaron en la clínica del campus y que me sonambulizaron durante prácticamente un mes. Además, el pánico no se alivió con la noticia de la detención de tres posibles asesinos. Aun suponiendo, como cree Quezada, algo ingenuamente según mi opinión, que fueron los auténticos responsables de la balacera, el autor intelectual sigue siendo múltiple, proteico, y sólo sabemos que sin duda vive en una excelente urbanización, quizá en la misma Cholula, o quizá en la otra punta del país. Sepa lo que sepa Quezada, nunca me lo contará, porque yo en este país sólo he sido un pobre extranjero que nunca entendió muy bien su lugar y su función. Quezada, sin duda, seguirá perteneciendo a ese ultramundo del Poder, el Dinero y la Muerte, mientras que yo sólo llegué a ser un archivista de desgracias con cara de funcionario sin mordida. Un turista del nihilismo que acabó descubriendo que México no tiene ni puta gracia y que cometió un profundo error (el error, otra vez, siempre) al pensar que llegaba a ese país para vivir Algo. Bien, ese Algo ha acabado siendo horrible, y no encuentro ninguna ventaja de haberlo conocido. He confirmado lo que siempre sospeché y supe, lo que una y otra vez hay que repetir y lo que nunca hay que olvidar: todo esto que llamamos vida es un espanto permanente en el que lo máximo que podemos tener es el mal menor. Nada vale la pena; nada vale tanta pena. Parece mentira que aún tengamos que recordarlo. Los Asertivos deberían pasar una temporada en Cholula, a modo de viaje de graduación.
Hubo, sí, otros motivos menores para dejar México y tan repugnantes que no sé ni siquiera si vale la pena relatarlos. Diré, en todo caso, que Villalobos, el Cid antiterrorista,  aprovechó la oportunidad para ajustar cuentas conmigo. Poco después de haber entrado en mi despacho para darme el pésame, cerró los estudios de literatura coincidiendo con el final del curso y nos ofreció a Judith y a mí ser absorbidos por un departamento de nueva creación en el que seríamos poco menos que dos rarezas de una disciplina en decadencia, sólo útil para enseñar algo de ortografía y sintaxis a la futura élite del país. Intenté negociar, pero tuve poca energía y en realidad pocas opciones: Villalobos, después de recitarme todos sus argumentos técnicos y económicos y de apelar a formas poco elaboradas del concepto realismo, me recordó la carta de renuncia sin fecha que firmé en su momento. Por mi parte, pensé recordarle mi amistad con las dos personas asesinadas, pero no quise recurrir a cualquier forma de lo que él pudiera entender por compasión. Finalmente, enmascarado de hipocresía mexicana, le dije que aceptaba las nuevas condiciones, pero salí de su despacho y regresé al mío para empezar a recoger mis cosas.
Creo que odiar y despreciar con más párrafos a Villalobos es legítimo, pero su evidente insignificancia me parece también un buen motivo para no hacerlo. Quizá debo dedicar más texto a algún otro canalla.
En la misma semana en que recibí el finiquito, llegó a mi despacho un paquete postal de Culiacán. No tenía remitente, pero antes de abrirla sabía el nombre y el contenido. Era, en efecto, el primer libro de poemas del Culero, aceptablemente editado por una editorial de su ciudad. En la cubierta se destacaba que el poemario había ganado el polémico premio poblano. Lo abrí y encontré con desagrado la dedicatoria: “para el mejor profesor que tuve nunca”.
El libro venía acompañado de una breve carta en la que el Culero me saludaba y me solicitaba con educación una crítica constructiva a su libro. Me pareció asombroso y a la vez repugnante que no hiciera ninguna alusión a los asesinatos. Confieso que pensé en arrojar el libro a la papelera, pero me pareció un gesto inútil, por poco violento. Entonces decidí leer el libro y realizar esa crítica. Me esforcé como nunca antes por analizar un texto, con mi mejor arsenal de métodos y conceptos teóricos; ni siquiera en mi tesis doctoral sobre el pobre Masip (pienso ahora mucho más en él que cuando lo estudiaba) me entregué tanto como en esa lectura envenenada, llena de cizaña hermenéutica y retórica lacerante, con la que machaqué todos y cada uno de los poemas, desde todas las perspectivas posibles y con todos los marcos teóricos, en el texto y en el contexto, en la estructura y en la Historia, en la tradición y en la ruptura.
El Culero nunca respondió y no supe nada más de él hasta que Judith me informó por correo electrónico de que había fallecido al parecer de una sobredosis de cocaína. Supongo que en casos así hay muchas hipótesis maliciosas que completan la esencial y básica del simple accidente por temeridad; a mi resentimiento y a mí nos ilusiona la posibilidad de que tal vez fuera un suicidio.
Recuerdo también esa semana porque recibí una visita inesperada en mi despacho, ya casi vacío de libros y papeles. Era Andrea, que llegó acompañada del que iba a ser su marido, un estadounidense altísimo con el que formaba una pareja muy llamativa a simple vista. Había otra estandarización en su vida: había conseguido en Los Ángeles un estable trabajo en una editorial especializada en temas chicanos. Nada de todo eso me sorprendió: lo que sí me sorprendió fue su frialdad a la hora de hablar de Sor Juana y conversar conmigo sobre ella. Yo esperaba una reacción más doliente y emotiva, pero se limitó a lugares comunes que evitaron cualquier recuerdo de esposas y gozosa sumisión. Sin duda, no iba a contar nada sincero en presencia del novio, aunque dudo que éste supiera suficiente español para comprender el diálogo. Pero no puedo evitar sentir que aquella represión era, voluntariamente o no, una traición a la Diosa que ambos compartimos. Le auguré en mi interior un destino de profunda infelicidad, aunque le deseé en voz alta, con sinceridad, lo mejor en su nueva vida.
Y Judith… sí, Judith, otra prueba del fracaso mexicano, aunque no tanto como Andrea, seguramente. Judith, la luchadora que pudo haber sido mi Diosa pero por suerte para ella nunca lo fue. Judith, la que, como en los cuentos folclóricos, actúa de proveedora de magia, sólo que fue una magia falsa la que me llevó a México. Aún intentó retenerme en Cholula, con múltiples argumentos e incluso algunas lágrimas. Me dijo que no podíamos dejar que Villalobos ganara, ni que ganaran todos los pendejos e hijos de puta que habían convertido a México en lo que era; razonó que una pequeñísima victoria es a veces una compensación suficiente para evitar los efectos de la ansiedad épica y mantener así una esperanza realista. Yo le di la razón (porque la tenía), pero me amparé en el legítimo derecho a la abulia. Entonces ella pudo decir otra cosa, pudo exponer un argumento más convincente que sin duda había pensado en su soledad de madre, pero no lo hizo. Podría haber dicho algo que no tuviera que ver con la universidad o con México, algo que no fuera social o intelectual o políticamente relevante, sino que tuviera que ver sólo con nosotros dos, con aquella cena en Barcelona tal vez, pero no lo hizo. Jamás se lo reprocharé, igual que sé que ella no me reprocha mi huida, ni mi melancolía.
—Creo que es el momento de irse a Cuba.
Y así lo hice. Dejé México con Villefort y empecé otra etapa de Intelectual Errante en el mundo global. Pero esa ya es otra historia, aunque sea, más o menos, el mismo fracaso.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ALMA MATER (II)

Hace unos meses dediqué una entrada a comentar brevemente la situación de la universidad española, pero temo que la magnitud del problema me obligará a convertir esa entrada en la primera de una larga serie. De hecho, yo diría que la reflexión sobre el tema es importante no sólo para los lectores que pertenezcan a mi gremio, sino también para todos aquellos ciudadanos preocupados por los ataques constantes al sector público español por parte de los defensores de la utopía neoliberal.
En ese sentido, dos noticias de las últimas semanas son especialmente relevantes y es conveniente ponerlas en relación aunque aparentemente estén desconectadas. Por un lado, tenemos el descubrimiento del bochornoso currículum plagiador del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, que ofrece pocas dudas científicas, por mucha presunción de inocencia que se quiera plantear cautelarmente, y que se agrava todavía más por la patética resistencia del sujeto a dejar su poltrona. No creo que sea el único caso en un futuro próximo: la creciente digitalización de fondos bibliográficos sacará los colores a más de uno/a que aprovechó la vieja cultura analógica para apañar publicaciones copiando de textos añejos o recónditos que creyó que serían eternamente de difícil acceso. Por ese motivo hay que entender que la compulsión plagiadora del rector es más que un hecho constatable: es también la sinécdoque de toda una estructura de poder académico opuesta por principio de Peter a la meritocracia intelectual y que explica en buena medida la instauración de la mediocridad y el nepotismo como normas generales de la universidad española durante décadas. Los rectores españoles, como otras tantas instituciones españolas de la democracia, han gozado genéricamente de una cierta inmunidad que les ha permitido llevar a la práctica sus modelos feudales y crear una clase social de auténticos privilegiados que en ocasiones (lo sé porque lo he visto) no pasan de trabajar una docena de horas a la semana. Digo una docena en total (incluyendo preparación de clases y, ejem, investigación).
Sin embargo, la denuncia de los evidentes privilegios de que ha gozado durante décadas una parte del profesorado universitario español no puede llevarnos a ser indiferentes ante las nuevas medidas neoliberales de ataque a la universidad pública, que ya hace tiempo muchos veníamos intuyendo aunque se han cocinado lenta y discretamente, y que se suman a las aplicadas, por imperativos tecnocráticos europeos, en otras áreas esenciales del Estado. Porque la otra noticia reciente a la que me refería es la publicación de los nuevos requisitos para acceder a los puestos de profesorado universitario funcionario: la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación ha subido notoriamente los niveles de exigencia de las acreditaciones previas que permiten presentarse a cualquier oposición a profesor titular. Aclaro que a mí personalmente no me afecta, pero lo cierto es que yo mismo no cumpliría hoy (después de quince años de experiencia posdoctoral) los criterios, y temo que muchos catedráticos (incluso de los buenos) tampoco. No voy a extenderme en detalles técnicos, pero algunos de los criterios parecen más ambiciosos que los de los tenure de Estados Unidos y son de difícil cumplimiento en áreas donde los posgrados son escasos o donde apenas hay recursos para la investigación y el calendario académico es tan exigente que impide cualquier estancia en centros de investigación internacionales.

Evidentemente, la competitividad universitaria es ineludible desde una perspectiva científica, y, por tanto, es razonable elevar el nivel para seleccionar y motivar óptimamente el talento académico. El primer problema es que el aumento de exigencia y la búsqueda de “excelencia” obligará a trabajar arduamente como docente y como investigador (es decir, en dos facetas cada vez más separadas logística e intelectualmente) sin que eso suponga, en principio, una mejora en los salarios. Pero el asunto es bastante más grave y profundo desde una perspectiva socioeconómica: la inversión durante años (los de vacas gordas) en formación predoctoral y posdoctoral en España ha creado una masa de investigadores y profesores que el sistema ya no puede absorber, porque el sector público debe ajustar sus gastos y hay que minimizar en todos los sentidos el funcionariado, que al parecer vive demasiado confortablemente y es poco productivo sin la sensación de un buen látigo neoliberal sobre la espalda. Por eso, esta situación de atasco es ideal para aplicar medidas implacables que, con la excusa de la necesidad de subir el nivel científico, logren una precarización evidente de investigadores y docentes ahorrando gastos y la vez manteniendo al personal joven con la espada de Damocles del despido o el recorte. Desde esa perspectiva, la carrera académica en España, que hace décadas era comodísima para algunos gracias al enchufismo salvaje, empieza a volverse enormemente complicada y desmotivadora. No hace falta pensar mucho para prever el futuro inmediato: muchos investigadores se irán al extranjero y no será raro que al final quienes entren en el sistema académico sean aquellos que, desde una posición económica familiar más desahogada, se puedan permitir el ejercicio de la paciencia. Con este panorama de colapso universitario, noticias como la desfachatez de algunos altos cargos académicos son especialmente irritantes porque confirman que el reajuste del sistema universitario se va a hacer al revés de como debería ser y, como tantas otras veces, ensañándose con el más débil.

domingo, 11 de diciembre de 2016

 SIMONE

Perezosamente, intento superar mis desfases en el conocimiento de la literatura latinoamericana actual aproximándome a obras que posean algún tipo de aval no demasiado contaminado de mercantilismo; en otras palabras, que no tengan faja con citas de críticos a la violeta y datos borreguiles de ventas. Por esas precauciones, y también por las restricciones de una presbicia desbocada, he llegado tardíamente a la novela ganadora del premio Rómulo Gallegos de 2013, Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo, que he leído en la edición argentina pero que, por lo que he descubierto, acaba de ser publicada en España. Para lectores no especialistas, hay que decir que el Rómulo Gallegos sí es un premio literario de verdad, muy a menudo irrefutable y casi siempre –como en el caso de la edición de 2013- respetable.
SIMONE (NOVELA): LALO, EDUARDO

Ignoro si el premio tuvo algo de cuota geopolítica al premiar a una de las literaturas nacionales menos conocidas a nivel hispánico. De cualquier modo, la novela compone algo así como un paradigma de la frustración literaria del escritor puertorriqueño contemporáneo, burocratizado por el pro pane lucrando de la vida universitaria, mortificado por el infantilismo de la sociedad de consumo, pero sobre todo irritado porque ese tipo de agravios son especialmente difíciles de sobrellevar en los países no hegemónicos y aún más en los que tienen todavía traumas coloniales, como es el caso de Puerto Rico. Descapitalizado simbólica y económicamente, el narrador sin nombre pero nada lejano del propio autor trata de sublimar su alienación analizando la multiforme realidad urbana de San Juan y cotejando su autocastigo con las diversas formas de la lobotomía colectiva. Un amor misterioso –no digo más- alterará las leyes de ese movimiento rutinario.
En ese sentido, la novela formaría parte del excedente de textos metaliterarios y autoficcionales con los que a menudo el escritor actual –es posible que yo mismo lo haya hecho alguna vez- trata de compensar su miopía sociológica y su inseguridad política con el ensimismamiento crítico y autocrítico y algún toque pseudopolicial de enigmas semióticos y misterios textuales. A Lalo le salva, desde luego, la virtud de su prosa, porque parece que se maneja mejor en la dicción que en la ficción, y en ese punto los resultados son ejemplares, como corresponde a un autor que también es poeta y aforista. Hay otro aspecto interesante, y más novedoso, que es el contenido orientalista, en concreto chino, que tal vez sea algo así como un yacimiento literario del nuevo siglo, acorde con la creciente importancia mundial de ese país, y sobre el que habrá que pensar con calma pronto.
Pero mi mayor placer lector con esta novela no deriva de esos esfuerzos, sino del evidente ajuste de cuentas con el que Lalo se despacha en la parte final de la novela, en la que el resentimiento literario se desata y explaya, gozosamente para él y para lectores como yo, contra la pinza terrible que hoy forman el sistema universitario estadounidense y la industria editorial española, dos focos de poder y codicia para el escritor puertorriqueño (pero también de otros muchos países) ante los cuales la resistencia es cada día menor. Lalo ridiculiza y caricaturiza la fatuidad del profesorado hechizado por el posestructuralismo más vacuo y por la tentación del mandarinato, pero es aún más vengativo con el sistema literario español, que resume en la figura de un personaje llamado Juan Rafael García Pardo que parece la quintaesencia del escritor español consagrado por la euroeconomía: arcaico que finge apertura de miras, paternalista y a la vez ignorante hacia lo latinoamericano, condescendiente hasta la náusea, indulgente con un mercado que acepta en virtud de un concepto perverso de democracia, servil con el poder y carente de todo riesgo creativo o existencial. No queda clara la alusión á-clef, pero no costaría demasiado desmontar el retrato robot a partir del canon de la literatura española de la democracia.
Es cierto que el desahogo de Lalo no es precisamente sutil y que a la diatriba se le ven mucho las costuras narrativas, pero esa toma de posición hostil me parece ante todo oportuna frente a la tiñosa mojigatería de tanto escritor o crítico español socialdemócrata de boquilla y neoliberal a la hora de cobrar, y en general frente al capitalismo cultural español, tan prepotente y fanfarrón. Que un escritor latinoamericano se sume a la necesaria impugnación del sistema de poder literario que en España nos ha intoxicado durante décadas gracias, especialmente, al holding de PRISA y al catetismo ilustrado de las universidades españolas, es más que una reacción defensiva de escritor celópata: significa una coincidencia feliz con la labor que desde este lado del océano se está llevando a cabo para desarticular el cuento de hadas de la cultura de la democracia. Ya está bien de jactancia triunfalista por una cultura domesticada de escritores que hacen publicidad para bancos y jamás critican los oligopolios, pero que se escandalizan ante el horrible populismo; una cultura que ha consagrado obras fungibles, ha repartido prebendas y lujos fomentando egos –véase a modo de ejemplo el grotesco espectáculo reciente de Rico vs. Pérez-Reverte-, y que ha promovido con todo el cinismo una hipotética superioridad del libre mercado sobre cualquier racionalización del valor estético. 
Muchos escritores latinoamericanos, tentados comprensiblemente por el poder editorial español, han aceptado las condiciones del mercado, muy a menudo neocoloniales; me alegra comprobar que alguno rompe con la ancestral cortesía latinoamericana y se atreve al menos a hablar del nuevo traje del emperador, aunque sea con excesos epatantes y algo de maximalismo: "cuando murió Franco y se estableció la democracia (...) la literatura española no pudo continuar justificando sus minusvalías y ya no pudo seguir sobrevalorándose a partir de la política de sus autores (...) En una generación, ante el vacío conceptual que creó el fin del franquismo, la literatura española no ha hecho otra cosa que hundirse y mostrar a esa supuesta cultura hispánica su nulidad" (p. 189).
Ojalá cunda el ejemplo.

(Nota para suspicaces: la edición española es de Fórcola, no de Random House o equivalentes.)

domingo, 4 de diciembre de 2016

SAUDADE

Dudo mucho que acabe yo cediendo a la tentación, tan vulgar hoy, de escribir novelas sobre personajes o acontecimientos reales para tratar de vender en las tiendas de los aeropuertos sin forzar mucho la imaginación, pero si así fuera se me ocurren algunos nombres interesantes precisamente porque ya no interesan a casi nadie. Uno de los que más me fascina, por remoto y tenaz, es el filósofo marxista húngaro Georg Lukács.
Acabo de leer la transcripción de un debate radiofónico de 1969 en el que Lukács, desde Budapest, se reencuentra, cincuenta años después, con su antiguo discípulo Arnold Hauser, autor de la famosa Historia social de la literatura y del arte, que habla desde Londres, donde lleva viviendo muchos años. Por supuesto, ha sucedido muchísimo en ese tiempo de separación: Hauser, por ejemplo, pasó diez años haciendo de chico para todo en una oficina de la ciudad inglesa para sobrevivir y Lukács tuvo sus problemas (¡él!) con la ortodoxia soviética. Hauser tiene 77 años y Lukács 84. Pero la conversación termina así:
Lukács: (…) y por lo que se refiere a nuestra discusión quisiera hacer una última pregunta. En Occidente ha surgido últimamente el término “pluralismo” –a mi parecer desprovisto de todo sentido-. La verdad, sin embargo, siempre se da únicamente en el singular.
Hauser: Al menos dentro de las ideologías individuales.
Lukács: Por otro lado, aquí existe el prejuicio de que la verdad se puede determinar de un golpe y literalmente en virtud de la decisión de cualquier institución; un prejuicio tan peligroso como el pluralismo. La verdad es lo que tenemos que reanimar y resucitar mediante el marxismo. Habrá que resolverlo en extensas polémicas; aunque discutamos por una cuestión durante treinta años, el resultado será, al fin y al cabo, solamente una verdad.
Hauser: Y de todas formas a tal verdad solo se llega después de haber transformado la sociedad.
Lukács: ¡Exacto!
Hauser: Seguramente no se puede cambiar primero una cosa particular y en consecuencia, después, la sociedad. No se puede encaminar un nuevo arte sin haber pensado anteriormente en la transformación del camino. Ese es el núcleo del problema, la esencia de nuestro proyecto.
Lukács: Puede ser con seguridad la base de una colaboración plena de discusiones.
(Arnold Hauser, Conversaciones con Lukács, Madrid, Guadarrama, 1978, p. 22. Cursiva del autor)
¿Es tierno o es monstruoso? ¿Es absolutamente anacrónico o tiene algo así como una vigencia oblicua?


Por cierto, dicen que ha muerto Fidel Castro.

domingo, 27 de noviembre de 2016

NUEVA DIALÉCTICA DEL MIEDO

Hoy en día cualquier preocupación se vuelve fácilmente multitudinaria, por la multiplicación inmediata del discurso, y en ese sentido no faltan los ruidosos que auguran un porvenir mundial ennegrecido por el neofascismo básicamente xenófobo y hasta presienten la llegada de una nueva Edad Media que revierta el camino racional moderno. Sin necesidad de ser apocalíptico y por tanto demasiado estridente, lo cierto es que Trump, el brexit, la amenaza lepenista y la indulgencia en España con la corrupción sistémica serían ejemplos coetáneos de una reacción conservadora que aúna de forma terrible legitimidad democrática e irracionalismo, poniendo contra las cuerdas y desconcertando a los diferentes impulsores del cambio sociopolítico, que no acaban de coincidir en el programa de acción de una hipotética agenda emancipatoria que ya no se sabe si ha de ser global, local o glocal.
Por supuesto, lo más fácil es recurrir a la denuncia de la ignorancia colectiva, de la insuficiencia educativa y la toxicidad de los medios hegemónicos. Pero las viejas teorías sobre la alienación parecen no ser tan útiles ya en la “sociedad del conocimiento”, que tantos apologetas optimistas e interesados defienden hoy en día. Esos mismos cándidos que se entusiasmaron con la Primavera Árabe y la función de las redes sociales en los acontecimientos, ahora deberían replantearse hasta qué punto los albores de esa nueva sociedad sólo están facilitando una obesidad mórbida de la cultura, en la que los discursos complejos se fragmentan y comprimen sólo para acabar cediendo ante viralidades que muchas veces son precisamente eso: patologías de la razón atontada.
Del mismo modo, el debilitamiento del proyecto europeo, con evidencias como la crisis de los refugiados, está poniendo de manifiesto la vanagloria de una fantasía de capitalismo humanizado y redentor que supuestamente iba a devolver a Europa la grandeza de sus mejores momentos de progreso (sus pocos momentos, en realidad). Pero sabemos, a pesar de tanta propaganda, que nada de eso es ni será sostenible en un mundo de competencia brutal e interminable, y en ese sentido tampoco debe extrañar que la ciudadanía adopte ciertas actitudes de resistencia que a algunos (pongamos de izquierdas) nos parecen irracionales y egoístas, pero que responden al miedo comprensible a una globalización amenazante en la que la opulencia prometida no llega y en la que algunos hacen concesiones y sacrificios pero otros no. Sí, la insolidaridad de los nuevos tiempos es penosa, pero la agotadora carrera de la competencia capitalista también lo es, y no parece que todo el mundo esté igual de ilusionado ante la incertidumbre de un mundo futuro basado en dogmas cada vez más opresivos, como el maldito culto a la "innovación" -o a la "calidad"-, que ofrecerá progreso (en según qué aspectos), pero a costa de un cansancio infinito.

En este caso, el miedo no es excusa, pero sí es causa. Algunos políticos saben manejar y aprovechar ese miedo, y nada más fácil para ello que carecer de categorías solidarias útiles, como lo fue (y debería seguirlo siendo) la de clase trabajadora, en la que nadie parece querer reconocerse ya. Así nos va.

domingo, 20 de noviembre de 2016

EL EJE DEL MAL

¿Qué se puede añadir sobre el tema global del año, la inquietante victoria en Estados Unidos de esa versión anaranjada de Jesús Gil? La inundación logorreica de chistes y análisis de todo tipo deja a estas alturas poco espacio para la originalidad y casi condena cualquier nuevo esfuerzo intelectual o simplemente retórico. El miércoles pensé empezar esta entrada augurando más absurdos, como un premio Nobel para Trump  -de la paz o de literatura, cualquier cosa es hoy posible- y ese mismo día ya alguien de muy poco talento me pisó la idea. Quizá habría que replantearse de nuevo la función estratégica del silencio en un mundo hipertrofiado de voces, pero la tentación narcisista de opinar es a veces invencible.
El resultado electoral es, desde luego, peligroso en muchos sentidos y, sobre todo, supone una gran decepción desde la perspectiva de la razón digamos ilustrada, pero también habría que templar algunas percepciones a la espera de los acontecimientos que han de venir. El fracaso de las encuestas, en cambio, es menos sorprendente de lo que parece en sociedades cada vez más caóticas y confusas, que mezclan la ansiedad y la improvisación de forma impredecible. No sé quién se extraña de que el poder de las encuestas se cortocircuite por culpa de la arrogancia que sustenta esos sistemas y que está llegando a extremos de saturación. Yo mismo estoy esperando que me llame Metroscopia algún día para decir exactamente lo contrario de lo que pienso y así contribuir al fracaso de esas encuestas tan cansinas como tóxicas.
De todos modos, aunque haya evidentes motivos para la indignación mundial, quizá esa indignación de ahora es en muchos sentidos curiosamente simétrica a la ingenua euforia generada por el triunfo de Obama, y es posible que ambos sentimientos sean igual de hiperbólicos. Al fin y al cabo, podría decirse que los estadounidenses, en su volubilidad, sólo han cambiado el juguete de marca Obama por el juguete de marca Trump. Para la progresía adoradora de Michael Moore (a ambos lados del océano), puede ser inconcebible y aberrante, aunque seguramente se rieron cuando Trump fue anfitrión de su celebrado Saturday Night Live. Pero lo cierto es que no entendieron en su momento la segunda victoria de Bush, y olvidan que, de no haber nacido en Austria, quizá Schwarzenegger hubiera ocupado también la Casa Blanca. Por ello, se escandalizaron en esta campaña con algunas declaraciones de su sabio de referencia, el ubicuo Zizek, y se olvidaron de pensar, entre otras cosas, en la comprensible irritación que produce que Beyoncé y tantos glamourosos también millonarios y más guapos que Trump defiendan a Hillary Clinton (o Klingon). Algo parecido, por cierto, a lo que pasó en España con el nefasto sindicato de “la ceja”.
En especial, la pseudoizquierda de las burbujas universitarias, acostumbrada a hablarse siempre a sí misma y a lavar su mala conciencia arielista con sus aburridos estudios culturales, ahora se rasga las vestiduras, asustada al comprobar la insignificancia de sus heroicos esfuerzos frente a la tiranía numerocrática y la pereza mental de la sociedad de consumo. Tampoco es muy distinto de lo que ha pasado en España, donde también se han magnificado respuestas como el 15-M que luego han sido rebajadas por los datos electorales. Parece evidente que algo falla en la razón democrática y que el conservadurismo (con su dosis evidente de egoísmo e ignorancia) resiste y aun se fortifica internacionalmente. Tanto el diagnóstico como la solución del problema están lejos de ser fáciles, desde luego, porque implican ante todo asumir muchos fracasos intelectuales y sociales frente a la cruda realidad de eso que hay que seguir llamando “las masas”.

Veremos si Trump acaba siendo peor que el presidente de La zona muerta o el de House of Cards. Se avecinan tiempos difíciles, seguro. Pero cuándo no ha sido así.

lunes, 14 de noviembre de 2016

ALMA MATER

En uno de los últimos días de su carrera, el campeón del mundo de ciclismo en ruta y ganador de una Vuelta a España Abraham Olano llegó agotado y desmotivado en el grupo de los últimos, y un periodista se apresuró a preguntarle si un campeón como él se sentía humillado de llegar con los colistas. El ciclista, que había apuntado ni más ni menos que a sucesor de Induráin, respondió algo como esto: “bueno, al fin y al cabo el último en llegar a la meta es el que ha pasado más tiempo esforzándose sobre la bicicleta, y eso también tiene su mérito”. Seguramente era la mejor respuesta para un mal día, y para una pregunta con mala fe.
La cultura depredadora de la competición en la que vivimos es profundamente arbitraria, y en la mayoría de los casos no sirve para nada el fair play de “lo importante es participar”, puesto que lo importante es generar la mayor ansiedad posible y machacar al perdedor, obviando el dato nada menor de que siempre alguien será el último. En estos tiempos, la obsesión medidora y tecnocrática está expandiéndose a los rankings educativos, generando una presión que debería ser positiva pero que, aparte de generar nuevas formas de estrés, corre el riesgo de crear otros órganos de poder que serían esas “agencias de calificación” del mundo universitario, cuyos criterios, aunque valiosos, no son infalibles. Así, por ejemplo, el famoso ranking de Shanghai privilegia la presencia de premios Nobel como alumnos o profesores (lo que está muy bien, pero beneficia objetivamente el rendimiento a corto plazo de las universidades dominantes, porque un premio Nobel no se consigue de la noche a la mañana), así como las publicaciones en revistas hegemónicas como Nature o Science, cuyo creciente poder tampoco está libre de sospecha (yo soy de letras y tengo poco criterio en el tema, pero alguno de ciencias ya lo ha señalado).
Los medios de comunicación empiezan ahora a prestar atención a los resultados anuales de esos rankings, que constituyen noticias jugosas y muy propicias para la chulería o el catastrofismo. En el caso español, después de demasiados años de bochornoso desinterés en el tema, se está consolidando y publicitando por fin la idea de que las universidades españolas están lejos del liderazgo internacional. La idea es indiscutible, desde luego, y no me dejaré llevar por el corporativismo para negar la evidencia, entre otras cosas porque tengo, aunque sea de manera atomizada, parte de responsabilidad. Los diferentes rankings pueden ser polémicos y cuestionables, pero sea cual sea la metodología coinciden básicamente en sus conclusiones: ninguna universidad española está, como mínimo, entre las cien mejores del mundo y pocas entre las quinientas. Por supuesto, siempre hay quien está peor, y no hay que olvidarlo: véase lo que ha sucedido en México, donde el mismísimo presidente de la República tiene un título académico de una triste universidad obtenido con una tesis plagiada casi en un tercio (y no dimite). Y también es cierto, según se explica aquí, que algunos indicadores no sitúan tan mal la producción investigadora española a nivel europeo (en ese sentido, el sistema estadounidense es como la NBA).
La verdad es que no necesitamos ningún ranking para detectar problemas que conoce cualquiera que forme parte del sistema académico español -otra cosa es que quiera admitirlo-. A diferencia, por ejemplo, de la sanidad pública, la universidad tiene un bajo nivel de prestigio para los propios españoles y eso se debe en buena medida a que, como institución, en muchos aspectos se ha modernizado desde el franquismo menos que el ejército. Además, ante el aumento evidente de la presión mediática por la imposibilidad de evitar las comparaciones, las universidades han respondido con lavados de imagen bastante arteros, como el programa Campus de Excelencia Internacional, que, exagerando un poco, vendría a ser algo así como si yo declarara mi piso de alquiler Patrimonio de la Humanidad o mi madre me nombrara Míster Universo.
Abundan las interpretaciones sobre las causas de esta situación. Podría decirse que buena parte del problema es presupuestario, y sin duda es así, aunque es significativo que en estos años de crisis las universidades españolas mantengan más o menos las mismas posiciones cuando las condiciones de trabajo han empeorado objetivamente: congelación de salarios, falta de incentivos y de promoción, recortes en ayudas a investigación, precarización de los jóvenes investigadores, aumento de carga docente, etc. Lo que nos lleva a un factor más endógeno, que en realidad es el decisivo, aunque por suerte parece que está remitiendo. Y ese factor no es otro que la célebre endogamia, peste que ha corroído el sistema universitario español desde hace décadas y que aún sigue ejerciendo su influencia deletérea.
Los niveles de perversidad y prevaricación disimulada que ha alcanzado la endogamia en España son bastante conocidos, y yo podría imitar la melancolía del androide moribundo de Blade Runner: “he visto…” . Pero combatir el problema no es fácil, entre otras cosas por la permisividad vergonzosa de los ilustrísimos y excelentísimos rectores, que han amparado el vasallaje neofeudal con la excusa de una lectura maliciosa del concepto de autonomía universitaria. Así, desde los años ochenta del pasado siglo (el proceso está bien explicado aquí), las universidades españolas se poblaron de una caterva de haraganes fatuos que, lejos, de romper con la bajeza de la universidad franquista, han perpetuado el servilismo más descarado, el derecho de pernada y el dedazo, casi siempre con un evidente tono falocéntrico. Hablamos de un perfil típico: profesor/a que ha hecho la licenciatura y el doctorado en la universidad en la que ahora trabaja; que carece de experiencia internacional y a menudo ni sabe inglés; que aduló indignamente al poderoso en su momento y consiguió meter el pie en el departamento, por delante de otros con tantos méritos o más; que fabricó su currículum publicando en la revista y en la editorial de la misma universidad, y que ha hecho todo tipo de triquiñuelas para simular un currículum más amplio (autoplagios, refritos, etc.); que finalmente ganó una oposición sin oposición, siendo el único candidato y con una plaza descaradamente orientada a su perfil, independientemente de las necesidades docentes o investigadoras de la universidad; y que con el tiempo olvida el estigma de su enchufe y sobreactúa quejándose de lo mal que están las cosas, exacerbando su vanidad y perpetuando el sistema a la hora de ejercer el poder que siempre estuvo deseando tener.
Por suerte, algunas cosas están cambiando, entre otras cosas porque en el contexto europeo ya no se pueden tapar todas las vergüenzas. Por ejemplo, la creación en 2007 de la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación (la odiada ANECA) ha impuesto unos estándares mínimos que le dan algo de objetividad a los procedimientos de contratación y ponen algo más difícil el amiguismo, aunque no lo han borrado del todo. El sistema es, desde luego, mejorable, sobre todo por su burocratización y por el énfasis en la cantidad más que en la calidad, pero al menos ha servido para poner un cierto límite al descaro de décadas de nepotismo. No obstante, la brutal competencia académica actual, entre otras cosas, está obligando a muchos jóvenes a “sobrepublicar”, con lo cual aparecen nuevas modalidades del problema; y a ello habría que añadir otros muchos peligros. Pienso en la campaña periodística de crítica a la universidad española, que puede esconder un interés espurio: renovar el sistema, sí, pero para aplicar criterios de rentabilidad empresarial y orientar la competitividad en un sentido estrictamente privatizador, que significaría sustituir la endogamia por la ley de la selva.

La cuestión de la prensa no es menor. Por ahí llegamos a otro aspecto del problema universitario español, que no produce sólo atraso científico y tecnológico. Hay una vertiente menos fácil de cuantificar y que no tiene que ver con los rankings, pero que sin duda es asimismo importante. Buena parte de la mediocridad y la ramplonería de la esfera pública española en el llamado "régimen del 78" se explica si recordamos que muchos novelistas, poetas, críticos literarios o de arte, intelectuales, pensadores e incluso políticos famosos de ayer y de hoy han sido favorecidos por ese sistema endogámico, que les ha permitido lleva una vida desproblematizada y ajena a las dificultades reales de la sociedad que supuestamente analizan o representan. Engolados y presuntuosos gracias a un sistema que les ha premiado por su conformismo, su claudicación y su endeblez teórica, han contribuido de manera lamentable al raquitismo del debate público en el país e, indirectamente, han engrandecido a figuras como García Calvo o Aranguren. Hay que recordar que la universidad no sólo educa a alumnos o genera investigación, sino que debe, sobre todo en el área humanística, producir discurso de altura crítica que también sea un beneficio social. No deberían olvidarse estos aspectos cuando los mass-media presentan con ostentación a los que predican y amonestan con su título de “profesor de universidad”. Y es que puede que acabemos siendo los últimos en la competición, pero quizá sea más grave que no tengamos a nadie que nos haga entender por qué y para qué estamos compitiendo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

CONTRACULTURA Y DESENCANTO


(Éste es el prólogo que escribí para el libro, recién publicado por Libros en su tinta ediciones, de Víctor Mercado, Contracultura y desencanto. El hippie, el yuppie y el serial killer para una construcción de la identidad cultural posmoderna. Más información sobre el libro aquí: https://www.facebook.com/Libros-En-su-tinta-Ediciones-224380637757387/ .)


¿Qué ha quedado de la contracultura? ¿Cómo entender la contracultura hoy: desde la arqueología, desde el rescate, desde la nostalgia, desde la resistencia? ¿Cabe recurrir a ella en tiempos de sarro cultural y logorrea tecnológica? ¿Hay que restaurar el bastión, aunque sea para orientarnos en el mapa?
Nunca hemos tenido tanto acceso a la cultura y tantas posibilidades textuales, y, sin embargo, quizá nunca como ahora hay que insistir en la metáfora de los árboles y el bosque. Es verdad que muchos experimentos del siglo XX parecen ya lejanísimos. No nos engañemos: nadie habla hoy de Herbert Marcuse, y menos aún de Guy Debord. Cualitativamente, quiero decir: seguro que mucha gente, a todas horas, en la galaxia de discursos de hoy, habla de ellos, pero como se habla de cualquiera con nombre y apellidos en la sociedad del narcisismo y la cornucopia textual; nada que ver con una posición de vanguardia. Su jerarquía se ha debilitado y una epidemia de obsolescencia los ha hundido, sometiéndolos, como a tantos otros, al sello industrial de la caducidad y postergándolos para garantizar que no se siga su ejemplo. El antiautoritarismo sesentayochista, por su parte, parece haber encontrado un hueco cómodo y dócil en la pedagogía y en general en la batalla educativa. Los asesinos en serie generados por la nueva sociedad posmoderna han tenido más suerte: la huella de Charles Manson fecunda en cientos de asesinos literarios y audiovisuales que son el fermento de un estupendo negocio en la sociedad del ocio.
¿Es el momento de volver a esos filósofos, de revitalizarlos para que compensen en alguna medida tanta liquidez o tanta gelatina como la que inunda del mundo actual? Víctor Mercado, en Contracultura y desencanto, lo intenta y lo consigue. Pero en realidad se remonta mucho más, hasta Schiller, por lo menos, para encontrar lo que podríamos considerar, con una dosis aceptable de ingenuidad, un ideal: sensibilizar la razón, racionalizar la sensibilidad. Ese ideal es el punto de partida del itinerario intelectual –pero también político, no lo olvidemos- que lleva a cabo en este libro. Un itinerario que nos conduce finalmente a las encrucijadas del presente, con sus síntomas inquietantes: la crisis tal vez definitiva del humanismo tradicional, las nuevas formas de barbarización masiva, los ultrasofisticados mecanismos actuales del poder.
 Su trabajo, en la buena tradición del ensayo como género, tantea y es consciente de la provisionalidad de las ideas, pero logra un camino bien trazado sobre un tema, la contracultura, poco desarrollado en España (quizás haya sido por falta de rival). El autor despliega un repertorio amplio de referencias y las conecta para introducirnos en una problematicidad radical y a la vez oportuna: ¿hacia dónde puede o debe ir la cultura occidental, después de tantas oscilaciones? Y para que el resultado no abuse del utillaje conceptual y la parafernalia verbal, nos documenta el proceso con interesantes ejemplos literarios y artísticos: del Accionismo Vienés a Houellebecq, pasando por dos calas literarias significativas que ya es tiempo de releer de otra manera: American Psycho, de Bret Easton Ellis, e Historias del Kronen, de José Ángel Mañas. Dos obras que a finales del siglo XX agitaron sus respectivos mercados literarios con intentos de estetización de la nueva violencia del mundo posmoderno, con su imaginario de snuff movies y culto yuppie al dinero. Puede que en ambos casos el valor estético fuera magnificado y distorsionado por la eficacia mercantil, pero no cabe duda de que, de algún modo, los dos textos respondieron alguna pregunta que había en el horizonte de los lectores. Y creo que tanto la pregunta como la respuesta están bien expuestas en estas páginas que siguen.
Aquellos años finales del siglo XX iniciaron, según Francis Fukuyama, el Fin de la Historia, y puede que tuviera razón, al menos como cambio de paradigma. Pero, por ejemplo, las snuff movies –signo-pesadilla de una época- no han sido el final del horror, sino sólo una etapa más, ahora continuada, entre otros indicios, por la aparición de una nueva escala de terrorismo. Mientras tanto, la tecnocracia neoliberal sigue extendiéndose y colonizando todos los aspectos de la vida: su control progresivo de la cultura ha sido eficiente y astuto, gracias entre otras cosas al desprestigio del marxismo como herramienta de análisis, que nos ha dejado inermes en buena medida ante las estrategias codiciosas de tanto sedicente intelectual de hoy (sobre todo en países como España). Para colmo, el humanismo tradicional ha caído en la trampa de su propia costumbre autocrítica, y, acomplejado, malvive en el wikimundo, aplastado entre una miríada de formas de erudición pintoresca. Los melancólicos defensores del Templo de la Cultura ven con asombro que su elitismo ya no es un signo de distinción, y todo un conjunto de advenedizos entusiastas creen que las nuevas tecnologías les permitirán acceder al poder y humillar a esa aristocracia volviéndola mesocracia. La universidad, el arte, la filosofía, la propia idea de crítica, están siendo acosadas y arrinconadas por la cultura del ocio, y la democracia acabará convirtiéndose a este paso en demoscopia. Y eso no es todo: el hostigamiento hacia los bienes públicos y compartidos impone cada vez más el marco cognitivo del individualismo y el culto a la privatización y la competitividad.
En cambio, los liberales sonríen y disfrutan: la mercadotecnia es para ellos la solución posnihilista a todos los problemas. Un producto cultural es bueno si se convierte en masivo; ergo, si es masivo será automáticamente bueno. Así nos va; tenemos millones de opinantes, expertos y artistas en potencia o en acto. El ciudadano de la democracia se cree culto y opina de todo, y la oferta cultural se expande sin aparente límite. Podría ser la realización de una utopía, y sin embargo sabemos que no lo es.

El humanismo fracasó, hay que admitirlo, y los sueños contraculturales de la razón también han producido monstruos. Pero ese diagnóstico, en sí mismo, contiene alguna semilla. La legitimidad de la crítica se mantiene indemne, sobre todo frente a los múltiples signos de simpleza y papanatismo que nos rodean a todas horas. Leer, discutir, respetar la complejidad del pensamiento y de cualquier solución: esa es la receta. Víctor Mercado cumple con el protocolo. La cultura sigue, y la lucha sigue.