miércoles, 21 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXII)


APUNTES DE LA NOCHE DEL 13 DE MARZO EN UN DIARIO NO CONTINUADO

Pregunta importante, creo: ¿soy yo mismo, pobre profesor y mediocre turista del caos, un ejemplo más de eso que llamamos fascinación por la violencia? Es decir, ¿hay en mí un impulso de muerte que me hace de algún modo, aunque sea microscópico, copartícipe de todas las maldades del mundo? Y si es así, cosa que temo (y mi viaje a México podría ser una prueba), ¿puede ese impulso ser objetivado y extirpado, o es inevitable y me acompañará siempre, a pesar de que, en sentido real, nunca haya cometido ni un solo delito?
Yo no defiendo la violencia ni la muerte, desde luego. Pero, ¿las rechazo con toda la energía y la determinación de que soy capaz? ¿Las rechazo sin concesiones, sin sublimaciones, sin esteticismos? ¿Las rechazo de ese modo tajante y rotundo que, si fuera universalmente compartido, haría imposible la violencia porque sería inconcebible e impracticable?
No, desde luego que no. Es posible que yo no sea capaz de vivir sin un modelo más o menos violento para todas mis luchas y mis esfuerzos. Y si es así, supongo que no es para sentirse orgulloso.

En días como éstos me pregunto también cómo se comparan las imágenes de la caída de las Torres Gemelas con las de los atentados de Madrid. Con qué método, protocolo, hermenéutica. ¿Quién nos puede enseñar a interpretar no obscenamente esas imágenes, a cuantificar la empatía justa, a posicionarse a la distancia precisa del vórtice, a controlar el virus nefasto de la fascinación? Si veo más intensa y duraderamente las imágenes, ¿acaso alcanzaré algo así como un conocimiento superior, un vigor ético o afectivo, un arraigo más sólido en el tiempo? ¿Es superior el shock de horror espontáneo, en unos segundos, a la náusea prolongada de horas e insomnios? ¿Cuál refleja mejor la condición traumática? ¿Cuál lo metaboliza mejor, es decir, de manera más perdurable, como nutriente de la memoria?
Me hago mil preguntas a cuál más banal y ajena a la verdadera naturaleza del problema: la carnalidad directa y empírica de la pérdida y del dolor, de la fisura en la realidad. Lo que yo todavía no he experimentado en mi vida. Lo que temo experimentar pronto.
Si el objetivo era lograr que todos sintiéramos la vulnerabilidad, el objetivo de los terroristas está logrado (¿pero debo decir eso, siquiera por escrito en estos apuntes tontos de diario de un solo día, que se acaba aquí y no continúa?). Una vez más, pienso que nunca ha habido paz; sólo ha habido intermitencias de la guerra. La paz es una gran mentira, en España y en México.
Nos engañaron con el pecado original; sólo hay una venganza original y perpetua.
Y mi propia perplejidad de estos días me asombra: ¿no se suponía que yo, con mis lecturas e introspecciones, ya estaba habituado al Mal, al menos a sentir la violencia como problema permanente, inocultable, como una esencia de esas que ahora dicen que no existen pero que aparecen de repente como un desplome?
Pienso que quizás, por primera vez en varios años, me hubiera gustado estar en España. Compartir la rabia, rezar laicamente, habitar en la patria del desamparo, admitir la orfandad como medida de todas las cosas. Por fin, estar parado y decir: “aquí”.
¿Es este el momento de regresar a España? Quizás sí. Y quizás podría volver acompañado. Ella estaría a salvo en España. Aunque quién puede estar a salvo hoy. Quién ha estado a salvo nunca.

Perderlo todo: necesito saber qué se siente, cómo es eso, cómo se supera, o cómo no.

lunes, 19 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXXI)


DIÁLOGOS

El viernes, Villalobos y yo tuvimos una primera discusión telefónica.
—Oye, esto no está tan claro –decía yo—. Otegi dice que ETA no tiene nada que ver.
—¿Y desde cuándo te crees a ese tipo? ¿No te das cuenta de que está disimulando tal vez porque se les ha ido de las manos, como lo de Hipercor?
—Pero no han reivindicado el atentado…
—¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso? ¿No has escuchado las declaraciones del gobierno?
—Sí, y ya ha admitido que hay una segunda línea de investigación. Y en la radio han dicho que había un terrorista suicida…
—No te creas nada, joder.
El sábado la discusión, también telefónica, subió de tono.
—¿Has visto lo que están haciendo? –decía él—. ¡Están jodiendo la jornada de reflexión! ¡Hijos de puta!
—El gobierno está mintiendo y tú lo sabes. Nos están ocultando información, coño.
—Me cago en la puta, ya te estás tragando las mentiras de la Ser y de El país. Lo que quieren es aprovechar el momento para putear a Aznar. Parece mentira que no te des cuenta. Es la democracia lo que está en juego, Álex. Hay que dejar que la policía investigue, y ya se descubrirá la verdad. Pero no se puede presionar así el día antes de unas elecciones. Se está manipulando a la gente. Están manifestándose frente a las sedes del PP. Pero tío, esto qué coño es! Les están llamando asesinos, Álex. ¿Cómo puedes defender eso?
—Yo defiendo que digan la verdad, hostia. Y aquí hay muchas cosas raras.
—Te están intoxicando. Quieren ganar las elecciones y están aprovechando a los muertos. Eso es asqueroso, absolutamente asqueroso. Jamás en mi vida había sentido tanto asco de ser español.
—Sois vosotros los que aprovecháis a los muertos, no me jodas.
—Eso no me lo dices a la cara.
—Te lo digo a la puta cara cuando quieras.
Eso exactamente fue lo que sucedió el domingo. Yo dudé si era conveniente presentarme a la fiesta de cumpleaños de Judith; ella insistió y pensé que Villalobos, con quien no tenía tanta amistad, no aparecería. Pero se presentó. Ni siquiera nos dimos la mano al encontrarnos en el interior de la casa, y todo el mundo (Magallanes, Lombard, el marido de Judith y otros profesores de diversas nacionalidades) captó inmediatamente la tensión entre los dos representantes españoles, salvo quizá la madre ciega de Judith, a la que conocí por fin en esa ocasión y que me pareció una señora encantadora.
Villalobos y yo nos mantuvimos a distancia durante la primera parte de la celebración y cada uno congregó un círculo de oyentes que preguntaba sobre la confusa y compleja situación en España. Por supuesto, cada uno daba su versión, con las conocidas referencias mediáticas, y, por supuesto, cada uno se esforzaba por decir en voz suficientemente alta sus argumentos. Los otros profesores mostraban curiosidad y respeto pero no se atrevían a tomar partido abiertamente, tal vez por cortesía, o tal vez por humildad a la hora de hablar de un país que no conocían bien.
Eran las dos de la tarde cuando Judith nos invitó a empezar a comer para cambiar de tema y así conseguir que nos relajáramos todos, particularmente nosotros dos. Villalobos y yo aceptamos la propuesta, pero en realidad no la cumplimos en lo más mínimo. A medida que bebíamos más, seguimos lanzándonos invectivas personales y sociopolíticas, sin el menor respeto al lógico protagonismo de Judith en el día de su cumpleaños.
—Así son los españoles cuando discuten –intervino Magallanes, viendo que Judith empezaba a dar signos de impaciencia—. Parece que sólo gritan, pero son capaces de acabar madreándose y de empezar una guerra civil.
—¿Por qué no vemos cómo van las elecciones? –preguntó Villalobos, y se encaró con el hermético esposo de Judith—. ¿Tienes canal internacional de Televisión Española?
El marido dudó, pero asintió después de consultar con la mirada a Judith, y encendió el televisor. En cuanto vimos los primeros resultados oficiales, lancé un grito de júbilo y rabia que evidentemente tenía un destinatario. El resto de los invitados empezaron a sentirse visiblemente incómodos y a enviarse señales entre ellos, pero no me importó en absoluto.
—Eres un imbécil, Álex –me replicó Villalobos con una mueca de asco que probablemente él consideraba insuperable—. Estarás contento. Los terroristas han ganado. Qué bonito. Gracias a gentuza como tú.
—No me toques los cojones, no me toques los cojones, que vamos a acabar mal. Tú sabes tan bien como yo que Aznar nos ha mentido y no ha sido ETA. Tiene lo que se merece.
Vi las imágenes de Aznar y Botella abucheados en el colegio electoral y me sumé desde México con todo mi entusiasmo. Judith, ya sin sutilezas, me abroncó y decidió apagar el televisor. Nos ordenó que dejáramos la discusión para otro momento, pero fue una orden inútil. Me sentí más español que nunca: esperpéntico, resentido, pero con una causa, con un deseo de justicia.
No hizo falta ni siquiera más alcohol para que llegáramos a las manos. Lombard y el marido de Judith se encargaron de separarnos, mientras Judith empezaba a llorar. Sólo Magallanes parecía entretenido, como si estuviera asistiendo a una pendencia de borrachos de cantina. Tras unos instantes de calma, el marido de Judith nos exigió que nos marcháramos. Villalobos y yo nos despedimos entre amenazas y acusaciones de destruir la democracia.
Únicamente me empecé a avergonzar cuando me despedí de la madre de Judith, con la que sí me disculpé de manera demorada y cabizbaja. Incluso diré, y estoy seguro de lo que digo, que sentí algo así como su mirada.

Nunca más volví a pisar esa casa.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ALMA MATER (II)

Hace unos meses dediqué una entrada a comentar brevemente la situación de la universidad española, pero temo que la magnitud del problema me obligará a convertir esa entrada en la primera de una larga serie. De hecho, yo diría que la reflexión sobre el tema es importante no sólo para los lectores que pertenezcan a mi gremio, sino también para todos aquellos ciudadanos preocupados por los ataques constantes al sector público español por parte de los defensores de la utopía neoliberal.
En ese sentido, dos noticias de las últimas semanas son especialmente relevantes y es conveniente ponerlas en relación aunque aparentemente estén desconectadas. Por un lado, tenemos el descubrimiento del bochornoso currículum plagiador del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, que ofrece pocas dudas científicas, por mucha presunción de inocencia que se quiera plantear cautelarmente, y que se agrava todavía más por la patética resistencia del sujeto a dejar su poltrona. No creo que sea el único caso en un futuro próximo: la creciente digitalización de fondos bibliográficos sacará los colores a más de uno/a que aprovechó la vieja cultura analógica para apañar publicaciones copiando de textos añejos o recónditos que creyó que serían eternamente de difícil acceso. Por ese motivo hay que entender que la compulsión plagiadora del rector es más que un hecho constatable: es también la sinécdoque de toda una estructura de poder académico opuesta por principio de Peter a la meritocracia intelectual y que explica en buena medida la instauración de la mediocridad y el nepotismo como normas generales de la universidad española durante décadas. Los rectores españoles, como otras tantas instituciones españolas de la democracia, han gozado genéricamente de una cierta inmunidad que les ha permitido llevar a la práctica sus modelos feudales y crear una clase social de auténticos privilegiados que en ocasiones (lo sé porque lo he visto) no pasan de trabajar una docena de horas a la semana. Digo una docena en total (incluyendo preparación de clases y, ejem, investigación).
Sin embargo, la denuncia de los evidentes privilegios de que ha gozado durante décadas una parte del profesorado universitario español no puede llevarnos a ser indiferentes ante las nuevas medidas neoliberales de ataque a la universidad pública, que ya hace tiempo muchos veníamos intuyendo aunque se han cocinado lenta y discretamente, y que se suman a las aplicadas, por imperativos tecnocráticos europeos, en otras áreas esenciales del Estado. Porque la otra noticia reciente a la que me refería es la publicación de los nuevos requisitos para acceder a los puestos de profesorado universitario funcionario: la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación ha subido notoriamente los niveles de exigencia de las acreditaciones previas que permiten presentarse a cualquier oposición a profesor titular. Aclaro que a mí personalmente no me afecta, pero lo cierto es que yo mismo no cumpliría hoy (después de quince años de experiencia posdoctoral) los criterios, y temo que muchos catedráticos (incluso de los buenos) tampoco. No voy a extenderme en detalles técnicos, pero algunos de los criterios parecen más ambiciosos que los de los tenure de Estados Unidos y son de difícil cumplimiento en áreas donde los posgrados son escasos o donde apenas hay recursos para la investigación y el calendario académico es tan exigente que impide cualquier estancia en centros de investigación internacionales.

Evidentemente, la competitividad universitaria es ineludible desde una perspectiva científica, y, por tanto, es razonable elevar el nivel para seleccionar y motivar óptimamente el talento académico. El primer problema es que el aumento de exigencia y la búsqueda de “excelencia” obligará a trabajar arduamente como docente y como investigador (es decir, en dos facetas cada vez más separadas logística e intelectualmente) sin que eso suponga, en principio, una mejora en los salarios. Pero el asunto es bastante más grave y profundo desde una perspectiva socioeconómica: la inversión durante años (los de vacas gordas) en formación predoctoral y posdoctoral en España ha creado una masa de investigadores y profesores que el sistema ya no puede absorber, porque el sector público debe ajustar sus gastos y hay que minimizar en todos los sentidos el funcionariado, que al parecer vive demasiado confortablemente y es poco productivo sin la sensación de un buen látigo neoliberal sobre la espalda. Por eso, esta situación de atasco es ideal para aplicar medidas implacables que, con la excusa de la necesidad de subir el nivel científico, logren una precarización evidente de investigadores y docentes ahorrando gastos y la vez manteniendo al personal joven con la espada de Damocles del despido o el recorte. Desde esa perspectiva, la carrera académica en España, que hace décadas era comodísima para algunos gracias al enchufismo salvaje, empieza a volverse enormemente complicada y desmotivadora. No hace falta pensar mucho para prever el futuro inmediato: muchos investigadores se irán al extranjero y no será raro que al final quienes entren en el sistema académico sean aquellos que, desde una posición económica familiar más desahogada, se puedan permitir el ejercicio de la paciencia. Con este panorama de colapso universitario, noticias como la desfachatez de algunos altos cargos académicos son especialmente irritantes porque confirman que el reajuste del sistema universitario se va a hacer al revés de como debería ser y, como tantas otras veces, ensañándose con el más débil.

viernes, 16 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXX)


VILLALOBOS

 se presentó a la hora de la comida en mi oficina. Llevaba rato buscándome, al parecer: estaba visiblemente alterado y necesitaba con urgencia un compatriota con el que analizar pormenores y encontrar causas.
—¿Has visto lo que han hecho esos cabrones? ¡Hijos de puta, hijos de puta!
Yo había impartido la clase penosamente por culpa de la resaca, pero, aprovechando que era una clase de literatura española del siglo XX, pude al menos concentrar mis energías en algo bastante fácil: un resumen para estudiantes mexicanos acerca de qué significaba en España el nacionalismo vasco y cómo se había llegado a más de treinta años de terrorismo etarra. Desde luego, yo no tenía respuestas y explicaciones de la matanza, pero al menos podía acercar a los chicos a la trágica actualidad española. Les hablé, creo que con ecuanimidad, de algunos atentados que recordaba especialmente, como el de Ernest Lluch, pero también amplié el tema hablando del asesinato de Carrero Blanco y su innegable incidencia histórica, de los GAL y del maléfico cuartel de Intxaurrondo, del atentado sufrido por el mismo Aznar, del asesinato de Miguel Ángel Blanco y de la manipulación mediática que generó; incluso les confesé, avergonzado, mi indulgencia adolescente y romántica con algunas formas de terrorismo y sus supuestos esfuerzos emancipadores. Al fin y al cabo, la galaxia mítica del Che Guevara incluyó a muchos y muy diversos héroes del fusil y la bomba en aquellos años, y más de uno en España, por ejemplo, llegó a pensar tonterías como que zapatistas y etarras compartían ideales y prioridades.
—Se han pasado esta vez –decía Villalobos—. Se han pasado los cabrones. Yo tengo familia en el Pozo del Tío raimundo. ¿Qué culpa tienen? ¡Putos vascos nazis!
Villalobos gritaba y yo no podía hacer nada más que asentir. A lo largo de la mañana, Lombard, Magallanes, Judith y todos mis conocidos, profesores, estudiantes o administrativos, me preguntaron mi opinión sobre el atentado.
—No sé… jamás pensé que estos de ETA llegaran tan lejos –repetía yo una y otra vez.
—¿Y qué pasará con las elecciones?
—Tampoco lo sé. Seguramente esto ayudará al partido de Aznar –dije en un precipitado análisis.
En el desayuno, en la cafetería de la universidad, frente a unos molletes, Sor Juana, oportunamente, me recordó que ella había visto por televisión, no mucho tiempo antes, la imagen de Ortega Lara rescatado de su zulo, y que esa imagen indicaba a la perfección el abismo moral al que se podía llegar en la defensa de una supuesta verdad absoluta.
—Algún día te contaré lo que vio mi papá en un pueblo de Veracruz –añadió—. También aquí tenemos iluminados.
El comentario me dejó helado y me esforcé por volver rápidamente al caso español, que me parecía más lejano y por tanto menos inquietante para mí y para ella. Sor Juana parecía sinceramente preocupada por España, es decir, por mí como metonimia del país, pero, por suerte, no veía el peligro en su lado del océano. Después se fue a la biblioteca a seguir escribiendo Atlántida y quedamos en que yo la buscaría por la tarde para pasar la tarde juntos, donde fuera. Yo no tenía ningún plan previsto y en realidad necesitaba tiempo para preparar otra clase, pero me impuse la tarea de pasar el máximo tiempo posible con Sor Juana y acompañarla a todos sus lugares habituales, incluidos aquellos en los que yo no me sentía especialmente cómodo, como determinados bares o cafés llenos de estudiantes chismosos.
Antes de que aquel día pudiera poner en práctica esa estrategia, Villalobos y yo pasamos bastante tiempo consultando en mi despacho la prensa española, tanto la de derechas como la supuestamente de izquierdas.
—Están desesperados, por eso han hecho esta barbaridad –decía Villalobos—. Saben que están acorralados y se lo están jugando el todo por el todo. Pues no, no vamos a ceder. Ahora sí han perdido toda oportunidad. ¡Ni negociación ni hostias!
Villalobos, atrapado por las noticias confusas procedentes de España, insistió en que comiéramos juntos y no pude resistirme esa vez. Propuso un restaurante del centro de Puebla y se pasó toda la comida analizando la situación española durante los últimos años, pero tuvo que detenerse más de una vez por culpa de una emoción profunda, patriótica, quizás, que yo no podía compartir y que en cierto modo me hacía sentir culpable. En más de un momento intuí los nudos en su garganta.
—En España vivimos en democracia, joder –decía—. Puede que no sea perfecta, pero compárala con México. Aquí no hay nada de democracia. Esto es una puta mierda, Álex. Ya me gustaría ver a esos mierdas de etarras viviendo en México, a ver en qué quedaba su patriotismo y toda esa opresión que dicen que sufren. Aquí sí hay opresión, hombre. Aquí te mueves un pelo y te matan. Aquí, los narcos y los corruptos tienen todo el poder y nadie se atreve con ellos. Y cuando se atrevan, esto será un desastre. Como Colombia o peor.
Hasta su calva parecía ruborizarse como resultado de la intensa emoción política.
Terminamos la comida y regresamos a la universidad, comprometidos a seguir comentando los sucesos españoles, por teléfono, en persona o por correo electrónico.  Además, estaba previsto que coincidiéramos en el cumpleaños de Judith, ese mismo domingo, día de las elecciones en España.
En mi casa, Sor Juana y yo seguimos con mucha atención las noticias que procedían de España. Empecé a sentirme mal, somáticamente mal, y me costó mucho concentrarme en cualquier actividad. Sor Juana lo detectó y trató de alegrarme de la manera más inesperada:
—Te ves mal… Por eso voy a darte una buena noticia. El Consejo se reunió ayer y decidimos que vamos a compartir el Secreto contigo.
Me había olvidado completamente del famoso Secreto. Era una puerilidad, por supuesto, y más en comparación con la gravedad de los acontecimientos reales (la cuna de Judas que tiraba de mí por los dos lados del océano), pero agradecí el detalle y funcionó como provisional distracción.
—Pero tendrá que ser el lunes… El lunes por la mañana, a eso de las doce.
—¿Tendré que disfrazarme de alguna manera?
—No… esta vez, no. Basta con que seas tú mismo. Mejor, que no seas del todo tú mismo y que no seas tan gacho como acostumbras ser.
—¿No puedes adelantarme nada?
—Mmm… te puedo dar un anticipo.
—A ver…
El rostro de Sor Juana, hermosamente teatral, exhibió con naturalidad una expresión de triunfalismo irónico.
—Vas a conocer a Dios.

Me dio la espalda para buscar una cerveza y comprendí que no valía la pena hacer más preguntas. Efectivamente, no volvimos a hablar del tema, y aquella noche fue la primera vez en toda mi vida adulta que la idea de Dios me hizo dormir más o menos bien.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXIX)


EL SEGUNDO HORIZONTE

El miércoles 10 de marzo, apenas cuatro días después de la celebración del cumpleaños del padre de Sor Juana, su hija y yo nos reunimos con Lombard en nuestra particular fuente Castalia de inspiración literaria, el bar Reforma, para tomar, como casi cada miércoles, unas cuantas copas. Pero esa noche fue algo así como una presentación oficial nuestra como pareja y una muestra de confianza hacia el gringo, que durante toda la velada pareció muy contento de vernos actuar según el código de una relación ya no clandestina. Magallanes había declinado amablemente la invitación y creo que los tres lo agradecimos: Lombard, a pesar de sus extravagancias, era mucho más cordial y menos áspero que el novelista oaxaqueño.
A lo largo de esa semana, no hablé con Sor Juana nada de la conversación con su padre, y de hecho procuré, por motivos estrictamente ansiolíticos, no pensar demasiado en ello. Concluí, después de seleccionar argumentos convenientes y descartar otros, que el padre estaba exagerando, como víctima de alguna amenaza no necesariamente seria, una de tantas que con seguridad recibía cada día en su tarea política. De todos modos, pensé que quizá convendría consultar, a solas, la opinión de Lombard, que me pareció el único confidente posible, a pesar de ser extranjero como yo.
Bebimos y brindamos muchas veces esa noche; Lombard verbalizó más de una vez su alegría por vernos juntos en público por fin, como si nuestra relación fuera un buen augurio general para todo el entorno. Sor Juana trató de frenar mi consumo de alcohol pero no le hice caso, y tampoco podría decir bien por qué. Bebí compulsivamente aun sabiendo que al día siguiente tenía clase. Bebí como pocas veces lo había hecho antes. Sor Juana se fue enfadando progresivamente y empezó a comportarse con la frialdad de sus pequeñas venganzas, rechazando mis intentos de contacto físico, rebatiendo de forma muy notoria algunas de mis opiniones o saludando con efusividad a otros clientes del bar.
Quizá fue Lombard el que empezó a bromear con la posibilidad de visitar un lugar de striptease; obviamente, ironizaba sobre sí mismo y sus necesidades. Sin embargo, Sor Juana apuntó su curiosidad sobre ese tipo de lugares y el tiempo que llevaba esperando poder conocerlos; no sé si lo hacía por feminismo o por antifeminismo, en realidad, pero empezó a mostrar un interés inesperado, que no parecía formar parte de nuestros juegos. A partir de ahí, nos fuimos envalentonando los tres y a base de sucesivas provocaciones de unos a otros nos encontramos con el compromiso de ir. Decidimos hacerlo a eso de las dos de la mañana, en plena fase álgida de embriaguez, y elegimos el que aparentemente parecía más civilizado y menos arrabalero, con el nombre glamouroso de Manhattan, un tugurio que Lombard ya conocía, según nos confesó finalmente.
Sor Juana era, desde luego, la única mujer entre el público, lo que suscitó más de una mirada por parte de otros clientes, que seguramente la compararon mentalmente con las bailarinas e incluso, como yo, la imaginaron en el escenario con algún disfraz ridículo y pueril. Por suerte, el ambiente era plácido y había poca chusma ebria y pendenciera. Sólo un tipo al parecer violento intentó entrar en el local y fue expulsado con pocas contemplaciones por los porteros. Aproveché el incidente, que vimos desde lejos, para preguntar a Sor Juana:
—¿No tienes miedo de estar en un sitio como este? Este no es un sitio para chicas.
—¿Es que no me podrías proteger si un borracho me mete mano?
La miré con perplejidad; ella captó mi inquietud y me evitó la obligación de responder.
—No seas tonto. Aquí no me va a pasar nada nunca. Mi papá es uno de los dueños. Sólo necesito decir su nombre y no pagaremos la cuenta.
Repetí la perplejidad y miré también a Lombard. Él ya lo sabía, de algún modo.
—Mi papá y un amigo libanés son los dueños, desde hace muchos años. Por eso tenía ganas de ver cómo funcionan estos negocios.
—Tu papá está en todas partes –le dije—. ¿No es un poco irregular ser procurador y tener estos negocios?
—Esto es México. Tú puedes tener todos los negocios que quieras.
No puedo recordar más detalles de esa noche, porque poco después empecé a cabecear, a pesar de las señoritas Deyanira, Jessica, Rubí y otras, y de sus acrobacias comentadas por un locutor paródico tal vez a su pesar. Sé incluso que me quedé dormido durante un rato, hasta que Sor Juana me despertó.
Por fin llegamos a mi casa a eso de las cuatro de la mañana. Yo había conseguido un modesto logro protector: que Sor Juana durmiera conmigo casi todas las noches y casi dejara ya su piso de estudiante, y eso, en cierto modo, significaba un paso adelante en nuestra relación, una primera convivencia más o menos pública después de meses de encuentros furtivos y tanteos sexuales. Pero Sor Juana no sabía que ese cambio en nuestras rutinas se debía no sólo a mis necesidades eróticas, sino también al brumoso proyecto de protegerla de los supuestos peligros.
El vigilante ya se había acostumbrado a su presencia, pero seguía sonriéndome como cada noche de ebriedad. Entramos en mi casa y lo primero que se me ocurrió decir fue una ironía sobre mi capacidad sexual esa noche. Sor Juana ni siquiera me replicó y se fue directamente a la cama. Yo esperé unos minutos, bastante mareado, y me entretuve consultando la actualidad en Internet. Empecé a buscar páginas de prensa española y apenas di crédito a lo que vi: un titular gigantesco decía “masacre terrorista en Madrid”.

No entendí nada. Pensé llamar a Sor Juana para que me confirmara la noticia desde su mayor lucidez, pero supuse que ya estaría dormida y no me atreví a despertarla. Cerré los ojos unos instantes y esa fue una pésima idea: me asaltaron unas invencibles náuseas y fui corriendo al lavabo a vomitar.

lunes, 12 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVIII)


"PROTEGERÉ A SU HIJA"
Fue la mía una afirmación ingenua y probablemente estúpida, y a nadie sobrio le hubiera convencido, pero Quezada quedó satisfecho con esa muestra enfática de virilidad.
—Ahora volvamos a la pachanga. Mi mujer ya debe estar buscándome para los regalos.
Me puse en pie temiendo un mareo, pero no sucedió nada. Volvimos al jardín y la fiesta continuó otras dos horas más, que pasé en buena medida intentando comer para recuperar lucidez y metabolizar el alcohol. Comprobé que Sor Juana por fin había superado su incomodidad aunque para ello había tenido que despeinarse y colocarse encima del vestido una cazadora menos elegante para combatir el frescor de la tarde-noche. Hablé con ella muy poco en todo ese tiempo; simplemente me aseguré de que esa noche se quedaba a dormir en su casa. Me sentí aliviado, como si esa decisión me permitiera tiempo para organizar alguna estrategia (¿pero qué estrategia?). Nos despedimos con un beso en la mejilla y con el compromiso de una próxima comunicación por chat, seguramente al día siguiente. Me llamó un taxi y dejé la casa después de despedirme protocolariamente de muchos de los invitados. Quezada volvió a la formalidad y sólo dijo “fue un gusto conocerte”.
El vigilante de la casa que era padre de familia me recibió con el saludo cortés y semiirónico de siempre. Pensé que ese vigilante, flacucho, juvenil y prematuro en todo, difícilmente nos iba a proteger a Sor Juana y a mí de cualquier amenaza seria fuera de un perro rabioso de la calle, y que lo más probable sería que huyera al primer indicio de problema real. Tampoco sería yo capaz de reprochárselo, teniendo en cuenta su mierda de sueldo. Le di las buenas noches con delicadeza inusual e incluso le hice algunas preguntas de cortesía sobre su hijo.
Entré en mi casa y lo primero que hice, antes incluso de cambiarme de ropa, fue mirar con odio los estantes de mis libros. Sé que maldije, incluso en voz alta, tanta seducción literaria del Mal, tanta vanidad de oteador de abismos. Pensé nuevamente en el experimento que había hecho conmigo mismo, y comprendí que ahora el experimento empezaba a salir mal, inequívocamente, con la rotundidad de la mala noticia en la boca del médico.
El experimento: asistir a la creación y desmoronamiento de una utopía, comprender sus grietas, participar de la asfixia y el derrumbe de todo un escenario. Ver cómo la esperanza se desangra una vez más, como siempre, como a todas horas.

El Mal, sí, tan grande e implacable con nuestras minúsculas ansiedades como el mismo océano que yo había cruzado. Pero, al final, el Mal quizá no es más que un temblor que nace en el estómago y aprieta todo el cuerpo; un nudo horrible y nada erótico del que ninguna mano suave te va a liberar. Un latigazo de miedo infantil, de desamparo, un presagio de orfandad. Y la fatalidad, lejos de ser un juego hermoso de recuerdos artísticos y nobles, es lo más parecido a una maldita broma sin gracia.

domingo, 11 de diciembre de 2016

 SIMONE

Perezosamente, intento superar mis desfases en el conocimiento de la literatura latinoamericana actual aproximándome a obras que posean algún tipo de aval no demasiado contaminado de mercantilismo; en otras palabras, que no tengan faja con citas de críticos a la violeta y datos borreguiles de ventas. Por esas precauciones, y también por las restricciones de una presbicia desbocada, he llegado tardíamente a la novela ganadora del premio Rómulo Gallegos de 2013, Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo, que he leído en la edición argentina pero que, por lo que he descubierto, acaba de ser publicada en España. Para lectores no especialistas, hay que decir que el Rómulo Gallegos sí es un premio literario de verdad, muy a menudo irrefutable y casi siempre –como en el caso de la edición de 2013- respetable.
SIMONE (NOVELA): LALO, EDUARDO

Ignoro si el premio tuvo algo de cuota geopolítica al premiar a una de las literaturas nacionales menos conocidas a nivel hispánico. De cualquier modo, la novela compone algo así como un paradigma de la frustración literaria del escritor puertorriqueño contemporáneo, burocratizado por el pro pane lucrando de la vida universitaria, mortificado por el infantilismo de la sociedad de consumo, pero sobre todo irritado porque ese tipo de agravios son especialmente difíciles de sobrellevar en los países no hegemónicos y aún más en los que tienen todavía traumas coloniales, como es el caso de Puerto Rico. Descapitalizado simbólica y económicamente, el narrador sin nombre pero nada lejano del propio autor trata de sublimar su alienación analizando la multiforme realidad urbana de San Juan y cotejando su autocastigo con las diversas formas de la lobotomía colectiva. Un amor misterioso –no digo más- alterará las leyes de ese movimiento rutinario.
En ese sentido, la novela formaría parte del excedente de textos metaliterarios y autoficcionales con los que a menudo el escritor actual –es posible que yo mismo lo haya hecho alguna vez- trata de compensar su miopía sociológica y su inseguridad política con el ensimismamiento crítico y autocrítico y algún toque pseudopolicial de enigmas semióticos y misterios textuales. A Lalo le salva, desde luego, la virtud de su prosa, porque parece que se maneja mejor en la dicción que en la ficción, y en ese punto los resultados son ejemplares, como corresponde a un autor que también es poeta y aforista. Hay otro aspecto interesante, y más novedoso, que es el contenido orientalista, en concreto chino, que tal vez sea algo así como un yacimiento literario del nuevo siglo, acorde con la creciente importancia mundial de ese país, y sobre el que habrá que pensar con calma pronto.
Pero mi mayor placer lector con esta novela no deriva de esos esfuerzos, sino del evidente ajuste de cuentas con el que Lalo se despacha en la parte final de la novela, en la que el resentimiento literario se desata y explaya, gozosamente para él y para lectores como yo, contra la pinza terrible que hoy forman el sistema universitario estadounidense y la industria editorial española, dos focos de poder y codicia para el escritor puertorriqueño (pero también de otros muchos países) ante los cuales la resistencia es cada día menor. Lalo ridiculiza y caricaturiza la fatuidad del profesorado hechizado por el posestructuralismo más vacuo y por la tentación del mandarinato, pero es aún más vengativo con el sistema literario español, que resume en la figura de un personaje llamado Juan Rafael García Pardo que parece la quintaesencia del escritor español consagrado por la euroeconomía: arcaico que finge apertura de miras, paternalista y a la vez ignorante hacia lo latinoamericano, condescendiente hasta la náusea, indulgente con un mercado que acepta en virtud de un concepto perverso de democracia, servil con el poder y carente de todo riesgo creativo o existencial. No queda clara la alusión á-clef, pero no costaría demasiado desmontar el retrato robot a partir del canon de la literatura española de la democracia.
Es cierto que el desahogo de Lalo no es precisamente sutil y que a la diatriba se le ven mucho las costuras narrativas, pero esa toma de posición hostil me parece ante todo oportuna frente a la tiñosa mojigatería de tanto escritor o crítico español socialdemócrata de boquilla y neoliberal a la hora de cobrar, y en general frente al capitalismo cultural español, tan prepotente y fanfarrón. Que un escritor latinoamericano se sume a la necesaria impugnación del sistema de poder literario que en España nos ha intoxicado durante décadas gracias, especialmente, al holding de PRISA y al catetismo ilustrado de las universidades españolas, es más que una reacción defensiva de escritor celópata: significa una coincidencia feliz con la labor que desde este lado del océano se está llevando a cabo para desarticular el cuento de hadas de la cultura de la democracia. Ya está bien de jactancia triunfalista por una cultura domesticada de escritores que hacen publicidad para bancos y jamás critican los oligopolios, pero que se escandalizan ante el horrible populismo; una cultura que ha consagrado obras fungibles, ha repartido prebendas y lujos fomentando egos –véase a modo de ejemplo el grotesco espectáculo reciente de Rico vs. Pérez-Reverte-, y que ha promovido con todo el cinismo una hipotética superioridad del libre mercado sobre cualquier racionalización del valor estético. 
Muchos escritores latinoamericanos, tentados comprensiblemente por el poder editorial español, han aceptado las condiciones del mercado, muy a menudo neocoloniales; me alegra comprobar que alguno rompe con la ancestral cortesía latinoamericana y se atreve al menos a hablar del nuevo traje del emperador, aunque sea con excesos epatantes y algo de maximalismo: "cuando murió Franco y se estableció la democracia (...) la literatura española no pudo continuar justificando sus minusvalías y ya no pudo seguir sobrevalorándose a partir de la política de sus autores (...) En una generación, ante el vacío conceptual que creó el fin del franquismo, la literatura española no ha hecho otra cosa que hundirse y mostrar a esa supuesta cultura hispánica su nulidad" (p. 189).
Ojalá cunda el ejemplo.

(Nota para suspicaces: la edición española es de Fórcola, no de Random House o equivalentes.)

viernes, 9 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVII)


LLEGA EL MIEDO

—No estaría bien que yo criticara a México—precisé, respetuosamente. Me han tratado muy bien hasta ahora.
Guardamos silencio durante unos instantes, en los que ambos entramos en un sopor reflexivo.
—Pero sí está rudo… —continuó Quezada—. Tanta violencia… Y tanta incultura. Mi papá me enseñó a luchar contra eso. Era un hombre liberal, un profesor de derecho, pero su ídolo era Lázaro Cárdenas, claro. Mi papá luchó siempre contra la violencia y también la sufrió. Aquí, cerca, en Huejotzingo, en el carnaval… Sí sabes, ¿no? El carnaval en el que se recuerda la batalla con los franceses y se disparan los fusiles en el zócalo. Siempre las balas son de fogueo, pero en aquellos tiempos a veces había “accidentes”… Y a mi papá quiso matarlo un cacique porque había defendido los derechos de unas gentes. Recibió un disparo en medio de mil disparos del carnaval. Nadie supo quién fue ni cómo. Sobrevivió de puritito milagro. Yo pude nacer y mi papá siguió luchando, sin miedo. Y ganó el juicio. El cacique dejó de ser cacique. Una esperanza para México.
Hizo otra pausa y yo me callé las preguntas que, en otro mundo posible, tal vez le hubiera hecho: ¿cómo nació la fortuna? ¿La creó el papá o la creó Quezada? ¿Y realmente el papá era tan santo y buena persona?
—No sabes lo difícil que es tomar algunas decisiones –continuó—. En este país cometes un pequeño error, ni que sea de buena fe, y ya te chingaste. Tienes que ser muy cuidadoso, pensarlo todo mil veces, ser más astuto que ellos…
—¿Ellos?
—Ya sabes quiénes. Lo que yo llamo los Anticristos… Ya sabes, mis vecinos en este fraccionamiento…
—Me imagino que será una lucha dura –dije, mientras trataba de decidir si las palabras de Quezada sobre sus vecinos eran una metáfora o no.
En ese momento, Quezada se alteró visiblemente y se contuvo antes de decir algo más. Le observé con atención; tenía los ojos enrojecidos por el alcohol y la mirada seguramente era tan turbia como la mía.
—Mi hija está en peligro, Alejandro. Ahora que he tomado lo suficiente y estoy briago, ya te lo puedo decir.
Reaccioné acercándome la copa a los labios hasta que comprendí que no debía beber más y dejé la copa sobre la mesa que separaba los dos sillones. Quezada buscaba las palabras adecuadas y hacía esfuerzos evidentes por mantener el control y conseguir la máxima precisión. Esperé unos segundos antes de balbucear una interrogación, pero él me cortó con un ademán, pidiéndome unos segundos para poder expresarse convenientemente.
—Yo sé que tienes algo con mi hija… No importa, ese no es el problema. Mi hija hace lo que se le pega la gana y tiene mucho que ya no hace caso de mis consejos. Sinceramente, prefiero que esté contigo a que esté con cualquiera de esos mugrosos estudiantes. No, no necesito que me digas si la quieres o no. Pero sí necesito que me ayudes. Es mi hija y la adoro. No podría soportar que le pasara algo.
—No acabo de entenderle, la verdad –dije, aunque sí intuía algo de lo que estaba sucediendo.
—Estamos en un momento delicado, Alejandro. He intentado ser honesto, cumplir con la ley, ayudar a México y eso en este país significa mucho riesgo. Estoy en medio de un proceso judicial importante. Es mejor que no sepas nada, pero te diré que es… complicado. Quieren que devuelva un favor que me hicieron hace años. Estoy amenazado desde hace tiempo. Tengo siete hijos y debo protegerlos a todos, porque todos son hijos míos. Pero con los otros seis es más fácil, porque cumplen las normas, tienen sus guaruras, son precavidos, no hacen locuras. Con ella es más difícil. No acepta que le ponga guaruras, no quiere volver a vivir aquí, donde podría estar más protegida. Ya sabes cómo es… Pero si está contigo, puede que tú sí la protejas.
Dicen que el alcohol lleva a la sobrevaloración de las facultades, pero yo me sentí más miedoso que nunca. Y ridículo: ¿cómo iba yo a proteger a Sor Juana, yo, el mismo que disfrutaba siendo esposado e inmovilizado, dominado y humillado? Qué poco sabía el padre de lo que realmente hacíamos Sor Juana y yo en la intimidad. Supongo que me aplicó la plantilla básica de machito, fuera español o mexicano, sin saber que nuestra relación se basaba precisamente en todo lo contrario.
—¿Pero cómo? Yo soy un simple profesor de literatura.
 —¡Ah, carajo! Nada es simple… Un profesor tiene más poder del que cree… Tú eres un doctor español, y eso te hace importante en este país. Te digo, España es un país querido y respetado. No se atreverán contigo; llamaría demasiado la atención. Además, trabajas en una universidad importante con dinero gringo y agentes de la CIA encubiertos. A ti no te van a chingar. Confía en mí.
—¿Y qué tengo que hacer? –pregunté, dejando para otro momento la alusión a los agentes de la CIA, que ya había escuchado alguna vez y a la que nunca había concedido crédito.
Quezada trató de parecer tranquilizador, como si tuviera un plan perfecto, pero le delataban muchos signos: sus exageradas medidas de discreción —cuando estábamos completamente solos en una habitación cerrada—, su ebriedad de anfitrión descortés, incluso cierta incomodidad a la hora de reclinarse y hacer descansar sus piernas. Entonces comprendí que ya tenía delante de mis ojos el verdadero símbolo que yo estaba buscando en esa casa: el rostro de un poder que se soñó absoluto y que se había vuelto inesperadamente vulnerable. La hendidura por la que el dinero deja de ser el escudo perfecto con el que algunos se sienten protegido en este mundo despreciable en el que vivimos.
—Lo más seguro es que nunca pase nada. Esos putos sólo asustan porque quieren que yo ceda. Y no saben que nunca voy a ceder y que los chingaré a todos al final. Pero… siempre hay una posibilidad. Por eso, vigila a mi hija… Quédate con ella todo el tiempo que puedas. En el campus estará segura. Luego llévala a tu casa, si puedes. Pero no la pierdas de vista. No la lleves a sitios peligrosos. Vigila quién la mira y quién la observa. Fíjate si ves el mismo carro cerca y anota la placa. No digas nada a nadie, y menos a ella. Confío en ti porque sé que eres un hombre serio y responsable, y creo que quieres a mi hija.
Desvié la mirada hacia la fotografía solemne del volcán, pero sólo un instante; me pareció inadecuada para mi creciente estrés. Traté de encontrar otra imagen más relajante y creí encontrarla en una de las estanterías más cercanas. Era una foto de la familia Quezada, más exactamente de una de las dos familias, la de Sor Juana, que aparecía en la foto jovencísima, con apenas trece o catorce años, en la frontera tan enigmática para mí entre dos feminidades. Y entonces pensé que, efectivamente, fuera de toda otra consideración, mi deber era sencillo y podía resumirse en la norma sublime de proteger a mi Diosa; es decir, hacer coincidir el juego y la tragedia, la violencia inocua de alcoba y la violencia estructural de la calle. Recurrí a algún modelo en mi archivo mental de héroes y Pike Bishop habló por mí:

—No se preocupe. Protegeré a su hija.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXVI)


OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO

De vez en cuando, Sor Juana se me acercaba para preguntarme cómo estaba y para controlar el progreso inevitable de mi ebriedad:
—¿Te la pasas bien?
—Mucho… disfruto de verte tan señorial y organizadora. Y con tantos admiradores.
Efectivamente, había al menos dos jóvenes, hijos de amigos del padre, que visiblemente coqueteaban con ella.
—¿Celoso? –me preguntó.
—Mucho.
—¿Y qué estás dispuesto a hacer para demostrarme que eres mejor que esos dos chambelanes?
—Lo que quieras…
—Vete preparando… Vamos a subir de nivel…
—Estoy preparado…
—¡Ya veremos!
Me dejó casi erecto con sus palabras, tan calculadamente provocadoras y sin embargo a la vez tan generosas. Y acto seguido me abandonó para irse, de forma nada casual, con uno de sus admiradores. Yo me dediqué a examinar minuciosamente su flirteo hasta que llegó a mis oídos una conversación casual que tenía lugar apenas a unos metros. Curiosamente, el gobernador se había colocado cerca de mí junto a dos amigos, y de forma discreta traté de captar alguna de las palabras. El gobernador era bastante cauto y sólo susurraba, pero uno de sus interlocutores parecía ya algo afectado por el alcohol:
—¡Tienes que hacer algo con esa vieja cabrona periodista! Nos ha estado jode y jode. Que dice que va a publicar un pinche libro, que no sé qué otra cosa más quiere hacer. ¿Por qué no le envías a alguien? Ándale, cabrón, haz algo…
El gobernador le pedía calma con la mano y no parecía especialmente preocupado:
—Ya le enseñaremos que en Puebla se cumple la ley. Le daremos un pinche coscorrón, si tú quieres.
—Así me gusta, mi góber.
Apuré mi tequila y comprendí que mi cercanía había sido detectada, por lo que opté por alejarme prudentemente en busca de más combustible, aprovechando la entrada en el jardín de seis mariachis que empezaron el repertorio de clásicos de José Alfredo Jiménez et alii. Lo penoso llegó poco después, cuando Gabriel, uno de los hermanos de Sor Juana, algo mayor que ella, le pidió la guitarra a un mariachi y trató de lucirse, arrebatándoles el protagonismo pero sin llegar a los mínimos exigibles de calidad. Se equivocó con la música y con la letra, y aun así fue aplaudido enfáticamente por todo el público, que, de manera incomprensible, agradeció mucho más su esfuerzo mediocre que el de los pobres mariachis que de verdad sí vivían de esas oportunidades y que estaban perdiendo el tiempo ante el capricho del niño rico. Sé que Sor Juana pensó lo mismo que yo porque fue la primera que, sin parecer ofensiva, trató de convencer al hermano de que devolviera la guitarra a los auténticos profesionales. Gabriel gruñó pero finalmente aceptó. Los mariachis, sumisos, le felicitaron con esa típica hipocresía repugnante de los humillados frente a los poderosos. Todos aplaudieron y rieron confirmando que la fiesta cumplía todos los requisitos de armonía e integración social propios del clasismo más rancio.
Pasé al menos dos horas hablando con familiares de Sor Juana, contrastando experiencias de todo tipo entre España y México, practicando toscamente una especie de diplomacia transoceánica. Sorprendí con algunos temas de mi desinterés: el flamenco, los museos, Almodóvar, la moda española, y lo compensé con algunas devociones que sí eran previsibles: la tortilla de patatas, las pinturas de Goya, el skyline maravilloso de Granada. Nos reímos varias veces de los Borbones (como si los dos emperadores del México independiente no hubieran sido ridículos…) y como tantas otras veces, constaté la admiración que la España constitucional, europea y tolerante inspiraba a los mexicanos, poco convencidos de las bondades del Tratado de Libre Comercio. En realidad, lo que me interesaba de todos esos diálogos era conocer algunos detalles de Sor Juana, particularmente los que podríamos llamar críticos: traumas, conflictos, tabúes familiares, todo aquello que las familias guardan y que Sor Juana protegía con especial cuidado por detrás de nuestros juegos sexuales y de nuestras conversaciones de metafisiqueo reciclado. Pero no obtuve nada más que recuerdos gozosos, viajes de infancia bien aprovechados, elogios hacia su capacidad de decisión y su independencia y alguna cariñosa y breve constatación de su excentricidad.
Los guardaespaldas seguían en su esquina, perfectamente sobrios y mudos.
Intenté comer varias veces para que se me bajara el pedo y no cometer así alguna imprudencia verbal de las mías. En una de esas ocasiones tropecé, y no es una exageración, con el licenciado Quezada. Nos reímos los dos y comprendí inmediatamente que él también estaba desinhibido como consecuencia del alcohol. Le dije que iba en busca de una cerveza para refrescar el gaznate después de tanto tequila y él pensó que hacer lo mismo sería una buena idea. Empezamos a hablar del paso del tiempo, de la universidad, de los largos matrimonios, de la superioridad de la cerveza mexicana sobre la española, y en eso se nos acabó la cerveza, con lo que propuse un nuevo caballito de tequila. El licenciado Quezada me negó con el dedo antes de hablar:
—No, no, te voy a enseñar algo mucho mejor. Ven conmigo, por favor.
Pensé de inmediato que la revelación que yo ya casi había descartado se iba a producir finalmente y que Quezada iba a compartir conmigo el privilegio sensorial de algún objeto elitista. Se despidió momentáneamente de algunos invitados y entramos en la casa de nuevo. Subimos unas escaleras marmóreas y llegamos a lo que parecía un estudio con aspiraciones de biblioteca. El licenciado me dio permiso para entrar y, mientras yo curioseaba mirando los lomos de los libros, se dirigió a una vitrina en la que conservaba las botellas más valiosas. La mayoría de los libros eran de derecho o de política mexicana. Era, de todos modos, un estudio razonablemente lujoso y bien decorado, con algunos cuadros de temática folclórica más o menos indigenista y una enorme fotografía del Popocatepétl humeante y señorial (será por eso que los poblanos lo llaman “don Goyo”). Me fijé también en la foto de un director de orquesta al que no reconocí; Quezada captó mi curiosidad y me explicó que el director era Riccardo Muti y que la foto correspondía al famoso concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, al que habían asistido él y su mujer.
—Fue un regalo para mi esposa. Aunque, si quieres que te sea sincero, Viena no me gustó. Creo que no podría vivir en una ciudad como esa. Como gran ciudad, prefiero la Ciudad de México. Soy más naco de lo quiero admitir y me gusta más ir a Garibaldi que escuchar ópera en Bellas Artes. Prueba esto –me dijo mientras me servía en una copa ancha lo que parecía whisky o coñac.
Lo olí teatralmente y supe que era whisky: pensé que no me sentaría muy bien la mezcla de tantos licores variados, pero no tuve fuerzas para rechazar la invitación, y más cuando el anfitrión se sirvió otra copa.
—Este es un gran whisky.
—Sin duda –dije tras saborearlo, aunque ya tenía el paladar tan quemado que no distinguí bien ninguno de los supuestos matices del licor—. Aunque el tequila también es una gran bebida.
—Pero ya no puedes confiar en los tequilas que venden hoy. Son muy sospechosos. Y es que nada funciona en México como debiera.
Me invitó a sentarme frente a él en uno de los sillones y empezó a hablar larga y didácticamente de su país, de sus problemas económicos, políticos y morales. Yo iba asintiendo con educación, sin prestar demasiada atención y desde luego sin discutir argumentos que me parecían nefastos desde el punto de vista ideológico: el fatalismo de “lo mexicano”, la responsabilidad gringa y aun española en el fracaso histórico del país, la imposibilidad radical del mexicano para una democracia eficaz, incluso la pérdida de valores religiosos guadalupanos.

—Fíjate que, a pesar de todo, España, la Madre Patria,… en muchos aspectos es hoy un ejemplo para nosotros. Ya sabes que los mexicanos tenemos nuestras tragedias y nuestros resentimientos: la chingada y Octavio Paz y todas esas mamadas. A mí me han llamado muchas veces malinchista por decir que México debía aprender de España, volver más a España y alejarse del pinche modelo gringo. Yo hice mi maestría en los Estados Unidos, en Boston, y quedé impresionado de cómo funciona ese país. Pero tenemos que abrir nuestras mentes y trabajar en otras direcciones... Si seguimos obsesionados por los gringos nunca saldremos del hoyo. España puede ser un buen ejemplo. Yo quiero que mis hijos vayan a estudiar una maestría a España. A Barcelona o a Madrid. Y me dicen malinchista porque soy crítico con mi país. Pero es que México está cabrón, Alejandro… Tú ya lo habrás empezado a ver. Cualquier pinche día tenemos otra revuelta. Si no son los indios, serán los narcos, si no, los nacos, jaja… Yo lucho por México porque amo este país y amo a sus gentes. Porque creo que podemos ser un gran país, porque tenemos un potencial económico, cultural y humano que no tienen muchos países del mundo. Pero para eso debemos aprender, chingaos. Quiero ayudar a la democracia aquí. Democracia de a de veras, no esta democracia mafufa que tenemos. Pero no sabes lo difícil que es a veces. México es un país rudo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

YO NO HE MUERTO EN MÉXICO (XXV)


FUE SOR JUANA

la que me abrió la puerta de la supercasa y, aunque a veces me cuesta percibir estas cosas, estoy seguro de que se ruborizó. Había pasado por la peluquería y toda su estética era mucho más formal y bruñida, incluido un estupendo vestido azulado antitético a su ropa universitaria, espontánea, caprichosa y heterodoxa. Incluso los pendientes, sin ser ostentosos, eran evidentemente inusuales, y no estaban en mi archivo mental fetichista. Le di un discreto beso en la mejilla antes de burlarme de su  disfraz de señora respetable de clase alta poblana:
—Ya estás chingando… No entiendes lo que hay que hacer por la familia— replicó.
No pude insistir más en el sarcasmo porque me distrajo la aparición de la primera de las varias criadas de la casa, con su estandarizado uniforme negro con su delantal blanco y cofia. La criada le susurró algo a Sor Juana, probablemente algún problema organizativo de la fiesta, y Sor Juana la tranquilizó de manera explícita. La criada era, hay que decirlo, indígena.
—¡Deja de mirarla! –me dijo Sor Juana, en nuestro código interno, en cuanto la criada se alejó unos metros.— Ya sé que te gustan los uniformes de criada. Un día de éstos le pediré que te deje el suyo y le ayudarás a limpiar la casa.
—Me encantaría –dije yo—. Además, sería un acto de justicia social. Se saldaría una deuda.
—Ya empezaste con tus mamadas… Ven, te presentaré a la familia. A la familia oficial.
Como era de prever desde la puerta, la casa era inmensa y me produjo la previsible inquietud de quien no sabe desenvolverse en espacios grandes y paredes alejadas y por eso no es capaz de seguir una línea recta. Atravesamos un amplio hall con estatuas religiosas y profanas e incluso una fuente aparentemente sin agua, y avanzamos a través de dos comedores. Yo me esforcé por disimular mi curiosidad casi ilimitada y observé con discreción en busca de lo que más me podía interesar a efectos de morbo ideológico: ese objeto, no necesariamente el más notorio o espectacular, que de algún modo sintetizaba el lujo familiar con sus específicas connotaciones de falsa nobleza y aspiraciones versallescas, de mal gusto poblano y ADN caciquil. En mi fulgurante repaso encontré, lógicamente, mil objetos decorativos que me llamaron la atención, desde ediciones bíblicas lujosas hasta cuadros pre y posvanguardistas (en uno me pareció divisar la firma de Hirst, y por lo malo de la pintura, me pareció que la firma podría ser auténtica), y sobre todo muchas colecciones empezadas, como si en esa casa habitara un coleccionista de colecciones fracasadas: obras de Octavio Paz, tarros de cerveza europea, alebrijes originalísimos, sables aparentemente muy antiguos. Pero me sentí algo decepcionado porque no se me apareció el símbolo preciso, justo, lleno de significado y revelación.
Llegamos sin más comentarios al enorme jardín, en el que ya se habían acomodado unas veinte personas que disfrutaban de un buffet y una taquiza con camareros profesionales. Sor Juana me fue presentando a sus hermanos, tíos, primos y primas, incluso a sus abuelos, nonagenarios silenciosos pero muy dignos en sus movimientos y gestos. Uno de sus tíos, el tío Poncho, me saludó muy efusivamente y delató una curiosidad por mí mayor que los demás.
El homenajeado y su esposa estaban, al parecer, en la biblioteca. Utilicé mis mejores modales con todos los invitados que me fueron presentados y me esforcé por no parecer gruñón o demasiado español, es decir, quejumbroso y gritón. Se habían formado también otros círculos de gente (la mayoría, hombres encorbatados y elegantes, pero también había algún cura quizá con status de arzobispo o similar) a los que Sor Juana no me presentó. Sólo reconocí en uno de ellos al rector de nuestra universidad.
—Son empresarios amigos de mi papá. Y algunos son socios de sus negocios.
—¿Pero tu papá no es procurador?
—Pues sí, pero también tiene un restaurante, un rancho, una agencia automotriz y otra de bienes raíces. Y alguna cosa más que ahora no recuerdo… Ah, mira, esto sí te va a interesar.
Me señaló con las cejas a los nuevos invitados que acababan de llegar y reconocí a uno de ellos: el nuevo gobernador, al que había visto varias veces en televisión. Saludó cariñosa y políticamente a la mayoría de los invitados, incluyéndome a mí y por supuesto a Sor Juana, a la que beso y abrazó de forma sospechosa. Enseguida me fijé en sus guardaespaldas, tres moles también encorbatadas y sin duda armadas, inequívocamente mestizos, que, después de un saludo rápido y sin contacto físico a la familia, se aproximaron al círculo más lejano, en el que había otros cuatro tipos igualmente musculosos y trajeados. Entonces comprendí que todos ellos eran guardaespaldas y que participarían sólo marginalmente de la gran fiesta. Pensé acercarme a ellos y entablar conversación, pero después de una media hora me di cuenta de que nadie les prestaba atención y que, en realidad, su presencia era absolutamente menospreciada por todos.
Fueron llegando más invitados hasta completar al menos una cincuentena, a lo que habría que añadir los niños que empezaron a molestar con sus carreras y travesuras. Por fin apareció en el jardín el padre de Sor Juana con su esposa, entre vítores y bromas sobre su edad. Pronto les cantaron “las mañanitas”; yo, por dignidad, me abstuve de cantar esa canción ridícula.
El licenciado Quezada Higgins parecía tan poco mexicano como yo: alto, delgado, pálido y canoso, aunque compensaba la palidez con una sonrisa estupenda. Indiscutiblemente, cuidaba mucho su imagen, usando gafas juveniles, pantalones vaqueros y una camisa negra que hacía innecesario el aderezo formal de la corbata. La esposa, de familia española aunque nada parecía quedar de ese origen, era algo más joven que él; una mujer esbelta, de larga cabellera morena seguramente teñida, de rostro maquillado con celo y con cierta rigidez a la hora de comportarse en público.
Quezada saludó al rector y al gobernador, pero no les dedicó más tiempo que al resto de invitados, incluido yo. Sor Juana me lo presentó con naturalidad:
—Este es el Dr. Ramírez. Mi profe de literatura española.
—Mucho gusto, doctor. Muchas gracias por venir.
Me apretó la mano con fuerza y después la madre me dio un beso en la mejilla antes de preguntarme cordialmente si todas mis necesidades en la fiesta estaban siendo satisfechas.
—Mi hija nos ha dicho que le gustan mucho sus clases –agregó, y yo pensé, por esa formalidad, que la madre no sabía nada de nuestras aventurillas sexuales—. A ver si usted consigue que mejore su promedio para que pueda hacer un buen posgrado.
—Seguro que sí –dije simulando convicción.
Quezada pidió silencio a todos, hizo un agradecimiento global y dio instrucciones muy claras para que todo el mundo comiera y bebiera, con lo que se activó la alegría fiestera, con los rasgos autóctonos, tanto musicales como gastronómicos y aun gestuales. Nadie se desmadraba en presencia de las altas instancias políticas, pero sí había suficiente espontaneidad, con bailes, algunas palabras groseras que no llegaban a ofender, carcajadas cada vez más agudas y coqueteos no siempre bien disimulados. Yo me sentía lógicamente perdido como extranjero, pero entre taco y taco de cochinita pibil y trago y trago de tequila fui poco a poco integrándome y dejándome llevar por la cordialidad general. Sor Juana apenas me hacía caso, porque debía atender a muchos familiares y amigos de la familia, pero eso no suponía ningún problema, porque así yo podía saborear a distancia su exquisito perfil social de ese día, adivinando su incomodidad básica pero reconociendo y admirando su indiscutible saber hacer. Viéndola en aquel contexto familiar, pensé, con algo de decepción, que más tarde o más temprano acabaría cediendo a la fuerza de esa vida seria, que la experiencia universitaria (incluido yo mismo) sólo era un capricho juvenil, un entretenimiento con fecha de caducidad en cuanto terminara sus estudios y encontrara un hombre con el que poder compartir responsabilidades familiares.

Ese hombre difícilmente iba a ser yo.